Capítulo 15 #3
Lena sintió que el rubor le subía a las mejillas.
Quería que esas mujeres supieran que era una buena madre y que Ella estaba sana ahora.
Por no mencionar que Betty Lee no tenía derecho a decir que estaban delgadas si hablaba al lado de mesas abarrotadas de comida.
No tenía ni idea de las veces que ellas dos habían pasado hambre ni de todo a lo que Lena había tenido que renunciar para darle a su hija una vida mejor.
Abrió la boca para responder, no muy segura de lo que diría, pero Teensy intervino para ayudarla:
—¡Pobrecita! Mi Judd leyó en el periódico la situación tan difícil que se vive en Europa.
No me extraña que estéis un poco flacuchas.
—Tomó un plato y guio a Lena de vuelta a las mesas—.
Ahora deja que te ayude a preparar un plato para la comida de tu niña.
¿Qué tal un poco de puré de patatas y unos guisantes?
Supongo que le gustará el pollo en salsa, y también las manzanas cocidas.
—No te olvides de que deben probar mi tarta shoofly —le recordó Betty Lee—. Es la mejor que van a probar en su vida.
Lena no tenía ni idea de qué era una tarta shoofly, pero si incluía la palabra «mosca» en el nombre debía de ser algo espantoso.
—Vaya, bendita seas, Betty Lee —repuso Teensy—, pero ya tendrías que saber que primero va a probar mi tarta de fresas.
Betty Lee carraspeó y dijo:
—Bueno, me ha gustado volver a verte, Lena. Supongo que mis parientes se están preguntando dónde estoy, de modo que más me vale volver con ellos. Mientras tanto, puedes probar cualquier tarta que se te antoje. —Le sonrió a Teensy y se marchó—. ¡Pasad un buen día!
Lucy se abrió camino por la fila para colocarse junto a Lena y añadió una porción de repollo a su plato de pollo frito.
—Yo también tengo que salir pitando. Me ha gustado conocerte.
—Encantada —se despidió Lena.
Cuando las dos mujeres estuvieron lo bastante lejos como para que no pudieran oírla, Teensy se inclinó y dijo por lo bajo:
—Que sepas que quiero a Lucy y a Betty Lee con toda mi alma, pero Lucy tiene menos sentido común que el que Dios le dio a una piedra y Betty Lee es más entrometida que un mapache. De modo que vigila lo que dices cuando esas dos estén cerca.
Lena asintió. Sentaba bien tener a otra persona adulta de su lado, y saber que Teensy era su pariente hacía que se sintiera aún mejor, pero no tenía ni idea de qué responder.
Cuando terminaron de llenar platos para ella y para su hija, Lena le dio las gracias a Teensy por su ayuda y emprendió el camino de vuelta a la pendiente.
Debajo de los robles, Bonnie seguía sentada sobre la manta y charlaba con una mujer esquelética que estaba sentada en una mecedora y con dos hombres canosos sentados en sendos tocones de árboles.
La mujer, con un delantal largo y un vestido del color de las ciruelas que le llegaba hasta los tobillos, y el hombre que tenía al lado, con arrugas profundas arrugas y ojos lechosos, parecían tener cien años.
El otro hombre parecía algo más joven, pero no mucho.
Ella estaba de pie delante de la mecedora, donde jugaba con un montoncito de bellotas en el regazo de la mujer.
Esta señaló con la barbilla en dirección a Lena.
—¿Es ella? —preguntó.
—Sí —confirmó Bonnie—. Esta es Lena.
—Hola —saludó la mujer.
—Hola —dijo Lena.
Ella se dio la vuelta y levantó una bellota para enseñársela a su madre.
—Bellota —dijo con una sonrisa. Luego volvió a dejarla sobre el delantal de la anciana, quien ahuecó las manos, cubiertas de venas azuladas, alrededor de las bellotas, levantó el montón y lo dejó caer ruidosamente sobre el regazo. Ella rio.
—Es Arlene Hoy —presentó Bonnie—. Este es su marido, Dice, y su hijo Clary. Han sido buenos amigos nuestros desde que tengo memoria.
—Cierto —asintió Dice—. Yo cazaba con el abuelo de Silas mientras las mujeres se quedaban en casa y bebían aguardiente casero.
Arlene le dio una palmada juguetona en el brazo.
—Eso no es cierto y lo sabes. Es más probable que estuviéramos pescando en Horsehead Creek por si acaso los muchachos volvíais a casa sin nada que reflejara vuestros esfuerzos.
—No le hagas caso —refutó Dice—. Siempre volvíamos con algo, aunque solo fueran un par de ardillas escuchimizadas. —Echó la cabeza hacia atrás y lanzó una risotada que reveló sus encías desdentadas. Clary y Arlene rieron con él.
Bonnie se levantó de la manta.
—Ha sido un placer hablar con vosotros, pero voy a ir a por viandas.
—Ha sido muy agradable también ponernos al día contigo —se despidió Arlene—. Asegúrate de decirle a tu papá que venga a saludar.
—Claro —dijo Bonnie antes de echar a correr hacia la casa.
Feliz de ver que Bonnie estaba de mejor humor, Lena se sentó en la manta y llamó a Ella para que se acercara a comer. Su hija paseó la mirada una y otra vez de las bellotas al plato de comida que su madre sostenía y al fin agarró un puñado de bellotas y se acercó a ella.
—No —dijo Lena—. Déjalas donde estaban. No son tuyas.
—Claro que sí —la contradijo Arlene—. Ella y Bonnie se lo han pasado en grande recogiéndolas del suelo.
—Oh. No lo sabía. Gracias. —Le ofreció una sonrisa amistosa a Arlene y le dijo a Ella que podía traer las bellotas consigo.
La bebé caminó hacia la manta y se sentó. Sujetaba las bellotas con felicidad. Cuando Lena le acercó una cucharada de comida, su hija, como siempre, abrió la boca como un pajarito. Pero tras saborear el pollo en salsa dejó caer las bellotas y agarró la cuchara para comer ella sola.
—Tiene buen apetito, ¿verdad? —observó Arlene. Le brillaban los ojos de ese modo en que le brillan a un anciano cuando mira a un niño pequeño.
Lena asintió. «Y estoy muy agradecida porque por fin tiene comida en abundancia».
Bonnie regresó con un plato a rebosar, se sentó y se lo apoyó sobre las rodillas.
Como siempre, Lena se quedó atónita por la cantidad de comida que alguien tan joven podía consumir de una sentada.
Pero, claro, Bonnie trabajaba tan duro como un adulto y necesitaba el sustento.
Mientras ambas niñas disfrutaban de su comida, Lena terminó de comer a su vez.
Después tomó a Ella en brazos, la meció para que se durmiera y la tumbó en la manta entre las dos.
Bonnie se reclinó apoyada en los codos y soltó un gruñido de satisfacción.
—Voy a esperar un poco antes de ir a por el postre. Estoy tan llena que voy a reventar.
—Yo también…
En el centro del patio, los hombres continuaban trabajando con el maíz.
Arrancaban la farfolla y los pelos de las mazorcas antes de lanzarlas a otro montón ya peladas.
De pie junto a Silas, Jack Henry arrancaba farfollas tan rápido como podía para intentar seguir el ritmo de los adultos y los niños mayores.
—¿Te parece que a tu hermano le gustaría comer ya? —dijo Lena.
—Supongo que estará impaciente por echarles mano a las viandas —dijo Bonnie—. Pero no va a parar hasta que papá lo haga.
«Claro». Lena tendría que haberlo sabido.
Enzo era igual a su edad. Intentaba caminar tan rápido como su padre o cargar tanta madera como él.
A veces incluso copiaba a Vater cuando apoyaba la cabeza en las manos a la hora de la cena, como si estuviera preocupado por sus muchos problemas.
«Enzo». ¿Habría conseguido el trabajo en Berlín?
¿Se habría recuperado después de haber estado tan enfermo?
Esperaba con impaciencia que llegara otra carta suya.
Cerca de las pilas de maíz, un hombre se acercó a Silas, le dio un golpecito en el hombro y le entregó lo que parecía ser un periódico doblado.
Tras mirar el periódico por unos instantes, Silas asintió, le dio las gracias al hombre y emprendió la marcha hacia Lena y Bonnie con el periódico aferrado en un puño.
—¡Cielos! —dijo Arlene—. Parece que está hecho una fiera.
Bonnie se incorporó y miró nerviosa a Lena. Cuando Silas las alcanzó, le puso el periódico a Bonnie en la cara y golpeó una fotografía con un dedo.
—¿Lo ves? —La rabia le endurecía la voz.
Bonnie miró la fotografía y palideció.
—Léelo —exigió Silas.
Bonnie pronunció las palabras con voz temblorosa.
—«La may… mayoría de los paletos de las montañas viven en ch… chozas no mejores que cubiles de animales».
—¿No os lo advertí? —rugió Silas.
Bonnie asintió.
—Lo siento, papá.
—Me importa una mierda lo mucho que lo sientas. De ahora en adelante, ¡haz lo que te diga! —gritó Silas.
—Sí, señor.
—¿Qué te tiene tan alterado, Silas? —preguntó Dice desde su asiento en el tocón.
Silas no le hizo ningún caso y le lanzó a Lena una mirada de asco.
—Y eso también se aplica a ti, por partida doble.
Entonces tiró el periódico al suelo y se marchó echo una furia.
—¡Hola a ti también! —gritó Dice tras él. Silas miró hacia atrás, pero siguió avanzando. Dice sacudió la cabeza para mostrar su decepción.
Lena recogió el periódico. En la portada aparecía una fotografía granulosa: Bonnie y los demás niños descalzos junto a la pocilga destartalada del molino del señor Early.
— Ach, nein —se lamentó—. No debería haberte permitido que salieras en las fotos.
—No es culpa tuya —dijo Bonnie con ojos húmedos.
Arlene chasqueó la lengua.
—¿Estás bien, Bonnie?
Esta asintió antes de levantarse y recoger los platos sucios.
—Creo que iré a ver qué hacen los demás niños.
Lena asintió.
—Intenta divertirte y no te preocupes. Tu padre no estará enfadado para siempre.
—No estoy tan segura de eso. —Bonnie se dio la vuelta y bajó la pendiente.
Lena la vio marcharse y deseó poder creer que Bonnie se equivocaba. A medio camino hacia la casa, la vio sujetar los platos con una mano para poder enjugarse la cara con la otra.
—¿Qué ha alterado tanto a Silas? —preguntó Clary.
Lena se levantó y le acercó el periódico. Él y Arlene miraron la fotografía con ojos entrecerrados.
—¿Esa es Bonnie con las hijas de Betty Lee y de Sandy? —preguntó Arlene.
Lena asintió.
—Parece que también están un par de los pequeños de Nellie McCauley —dijo Clary—. Y los nietos del señor Early.