Capítulo 15 #2
—No tengo ni idea, pero si tiene algo que ver con la gente que dirige el concurso de las Familias Idóneas, no es nada bueno.
—Se acercó al borde de la manta, arrancó un puñado de hierba y la lanzó con fuerza y expresión malhumorada.
Estaba decaída por la regañina de Silas, hablar sobre su posible prohibición de ir a la feria y acordarse de la mujer del establo.
—Siento que tu padre te haya gritado. No ha estado bien.
Bonnie encogió un hombro.
—Supongo que ya estoy acostumbrada.
—Todavía te quiere, aun cuando esté enfadado.
—Puede ser. Pero ya no quiero hablar más del asunto.
Lena suspiró. Bonnie había estado tan emocionada por ese día, y ahora parecía que se lo habían echado a perder. Lena quería decirle a Silas que estaba estropeando la relación con su hija por algo tan inocente como cantar, pero eso tendría que esperar.
—¿Por qué no comes algo y luego vas a jugar con las otras niñas?
—Todavía no tengo hambre. Me sentaré con Ella mientras tú vas a por tus viandas.
Lena sabía que había algo más que eso. Bonnie y Jack Henry se habían pasado media mañana hablando sobre los diferentes alimentos que se servirían ese día: costillas y budín de cerdo, patatas hervidas y salsa de salchichas, pollo y bollitos, compota de manzana y melocotones en almíbar, tartas y galletas y pasteles de frutas.
Incluso habían hablado del café que se hacía en una hoguera al aire libre.
Tal vez Bonnie quisiera pasar unos minutos a solas para lamerse las heridas que su padre le había infligido.
—¿Estás segura?
La niña asintió.
—Muy bien. También le traeré comida a Ella.
—Tómate tu tiempo. No vamos a ir a ninguna parte. —Recogió un diente de león y se lo enseñó a la bebé. Lo hizo girar entre los dedos mientras forzaba una sonrisa.
Lena fue bajando la pendiente hacia la casa; seguía asombrada por el número de personas que se habían reunido en esa granja aislada de las montañas.
Junto a la carretera, Virgilio se estaba bajando de su carreta y se acercaba a la pila de maíz con los ojos clavados en los músicos situados junto al granero.
Se detuvo para esbozar unos pasos de baile antes de continuar andando y Lena sonrió.
Todas las personas a las que había conocido hasta el momento le parecían amables —a excepción de Silas, claro— y, con suerte, eso seguiría así.
Cuando llegó a la mesa larga llena de alimentos que le resultaron extraños, tomó un plato blanco del final de la fila e intentó decidir qué darle de comer a Ella.
Como Bonnie y Jack Henry habían anunciado, había un surtido interminable de carnes y verduras y guisados y panes y bollitos y postres.
Pero todo era tan diferente a lo que estaba acostumbrada que a veces le resultaba difícil determinar qué era cada cosa.
—¡Hola, señorita Lena! —llamó una voz.
Era Betty Lee Blanchard, que se acercaba cruzando el patio con una bandeja humeante de carne marrón.
Lena la saludó agitando la mano.
—Me alegro de verte aquí —dijo Betty Lee cuando la alcanzó.
Dejó la bandeja sobre la mesa antes de dirigirse a una mujer fornida con un vestido floreado que estaba dejando una cesta de bollitos gatunos sobre otra mesa—.
Oye, Teensy, ¿has conocido ya a Lena? Ha venido desde Alemania para ayudar a Silas con la casa y los niños.
Teensy se limpió las manos en el delantal y se acercó.
—Por el amor de Dios —se admiró—, pues no la había conocido. Me alegro mucho de conocerte, Lena. Soy Teensy McDaniel, prima cuarta de Silas. Esta granja nos pertenece a mi marido, Judd, y a mí. —Sonrió con orgullo.
De modo que esta era la prima de la que le había hablado Virgilio.
—Es un placer.
—Supongo que Silas no te ha hablado de mí.
Lena negó con la cabeza.
—Condenado Silas —dijo Teensy, que seguía sonriendo—. Su abuelo y mi madre eran hermanos.
—Mi madre también era prima de Silas —dijo Lena—. Pero no estoy segura de por parte de quién. Decía que el padre de Silas era un buen hombre.
—¡Que me zurzan! —Teensy casi chillaba de emoción—.
¡Eso significa que somos familia! —Rodeó con premura la mesa, lo que hizo que su pecho generoso subiera y bajara, y abrazó a Lena con tanta fuerza que apenas podía respirar—.
Bienvenida a Old Rag Mountain. Ojalá Silas me hubiera dicho que venías, te hubiéramos preparado un buen guateque de bienvenida.
Betty Lee también rodeó la mesa.
—Y Teensy sabe cómo preparar un guateque de los buenos —aseguró.
—Gracias —sonrió Lena. Cuando Teensy la soltó al fin, salió de la fila para dejar que los demás pasasen.
—Y tu mamá tenía razón sobre el padre de Silas —afirmó Teensy—.
Era la persona más trabajadora del mundo.
Y un auténtico hombre de familia también.
Siempre deseoso de ayudar a los vecinos.
¿Y la mamá de Silas? Bueno, es casi una leyenda por estos lares.
Era capaz de ensillar un caballo por la mañana, cruzar las montañas a caballo para ayudar a una madre a dar a luz, atender a los enfermos, amortajar a los muertos, ponerle los arreos a una mula y cavar el huerto, y todo eso en el mismo día.
—Es cierto —corroboró Betty Lee—. La mamá de Silas también alimentaba a cientos de personas en funerales y pícnics.
Siempre decía que se alegraba de haber nacido pobre porque aprender a luchar te enseñaba a apañártelas con lo que tenías, y que te fuera bien a ti y a los demás era una gran parte de la alegría de vivir.
Teensy asintió.
—Si alguien hubiese intentado ganarle en bondad y amabilidad, en amor y humor, en compasión y orden…
, bueno, digamos que habría descubierto que era más fácil que se helara el infierno.
Cuando murió, Silas estuvo inconsolable durante casi un año.
Y, claro, no le ayudó lo más mínimo que acabara de perder a su padre en un accidente en las minas y que su hermano hubiese muerto unos años antes de un disparo en la cabeza cuando se le enganchó el rifle en la bota mientras cabalgaba.
«Cielo santo —pensó Lena—. ¿Cuántos seres queridos ha perdido Silas?».
Una mujer con un plato rebosante de pollo frito se acercó para unirse a la conversación:
—Ese Silas Wolfe está maldito, os lo juro.
Lena se encogió aún más. Ya tenía bastante de lo que preocuparse sin tener que preguntarse si Silas estaba maldito.
Teensy le lanzó a la mujer una mirada severa.
—Eso no es cierto y lo sabes, Lucy. Solo ha tenido una racha de mala suerte.
—Volvió a centrar la atención en Lena—. Me ofrecí a cuidar de sus hijos hace tiempo, pero es demasiado orgulloso para aceptar nada de nadie que conozca.
Él era el primero que se presentaba en casa de la gente para ofrecer su ayuda y se alegraba de recibir ayuda a cambio, pero no ha sido el mismo desde que su esposa murió.
Me alegra saber que, al menos, te tiene a ti.
—Es más bonita que un perrito moteado, ¿verdad? —dijo Betty Lee.
—Desde luego. —Teensy le sonrió a Lena como lo hubiera hecho una madre orgullosa.
—Debería presentársela a mi chico, Watson —insinuó Lucy.
Teensy se echó a reír. Los ojos le brillaban traviesos.
—Lucy siempre está haciendo de casamentera para sus muchachos, tal vez porque tiene doce hijos y está deseando que se marchen de casa.
—Calla. —Lucy sacudió una mano juguetona—. Tú estarías haciendo lo mismo si te encontraras en mi lugar. Vivir con un hombre ya es malo; imagínate vivir con una docena.
Todas rieron.
—Bueno, de todos modos, no te corresponde hacer de alcahueta —dijo Betty Lee—. Y Lena perdió a su prometido hace un par de años, de modo que supongo que primero deberías obtener su consentimiento.
—Vaya, querida —se lamentó Lucy—, lo siento. Pobrecita.
—Siento oír eso —se unió Teensy.
—Gracias —respondió Lena, que esperaba sonar sincera.
—¿Dónde está tu pequeña? —inquirió Betty Lee—. Ya verás cuando la veas, Teensy. Es una nena preciosa.
Lena señaló hacia la hilera de robles ancestrales.
—Está allí con Bonnie.
—Estoy impaciente por conocerla —dijo Teensy—.
Primero voy a traer el resto de las viandas y luego iré a ver a tu hija.
—Miró a Lena con ojos amables y llenos de cariño—.
Si necesitáis algo, que no te dé apuro pedírmelo, ¿me oyes?
Y me refiero a cualquier cosa que pueda haceros falta.
La sangre tira mucho en estas montañas, pase lo que pase.
—Y abrazó a Lena de nuevo, lo cual hizo que se sintiera culpable por permitir que creyera que su prometido había muerto.
—Gracias —volvió a decir Lena—. Lo haré.
—Durante un segundo se le ocurrió que podría preguntarle a Teensy si sabía algo sobre si el estado estaba intentando arrebatarle a Silas sus tierras, o si tenía hijos y le preocupaba que se los pudieran quitar.
Pero no era el momento, y, desde luego, no quería preguntárselo delante de las otras mujeres.
Teensy señaló a un hombre que llevaba un sombrero paja y se hallaba cerca del montón de maíz.
—Ese de ahí es Judd, mi marido. Y más allá, jugando a la comba, están dos de mis hijas, Janie Sue y Bobby Joe.
Mi hija menor está durmiendo la siesta en la casa y la mayor, Charlene June, está en la cocina ayudando con la comida.
Con la ayuda del Señor, algún día tendremos un niño, pero ahora mismo estoy contenta con nuestras cuatro hijas.
Se las arreglan para dejar la despensa vacía.
Lucy le dio un codazo a Teensy.
—Apuesto a que lo del niño no es por no intentarlo.
—Bueno, últimamente a Judd le interesa más intentarlo que a mí —rio Teensy.
—Como a todos los hombres… —dijo Betty Lee.
Las mujeres prorrumpieron en risas.
—¿Cuántos años tiene tu hija? —le preguntó Teensy a Lena.
—Dos.
Betty Lee abrió mucho los ojos.
—¿Dos? Cuando la vi en el molino habría jurado que no tendría más de uno. Vaya…, si es como un ratoncito. Vas a tener que comprar ese tónico saludable que vende la abuela Creed. Eso la pondrá fuerte. Y tampoco te vendría mal tomar un poco tú también. Estás algo delgada.