Las mentiras que nos contaron Capítulo 15
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Capítulo 15

L ena contestó de inmediato a la carta de Enzo.

Se esforzó al máximo en asegurarse de que su hermano entendiera que él no tenía la culpa de la muerte de Mutti y en hacerle saber que ella y su pequeña estaban bien, tenían comida en abundancia y un techo sobre la cabeza.

Pero era demasiado pronto para admitir que no podía enviarle ningún dinero.

Él necesitaba descansar y reponerse, y no quería preocuparle.

Tres días más tarde, durante el desayuno, Silas los informó a ella y a los niños de que, al finalizar sus tareas matinales, irían a la granja de los McDaniel, donde se había organizado una reunión para pelar el maíz.

Lena no tenía ni idea de qué significaba eso, pero Bonnie y Jack Henry parecieron ilusionados al enterarse de la noticia, de modo que supuso que se trataría de algo bueno.

Y, sin importar lo poco que durase, sería de agradecer una distracción del peso de la pena que llevaba consigo, por no mencionar que era agradable tener un día de asueto en el trabajo.

La carta de Enzo había aliviado un poquito su dolor, pero el agujero que Mutti le había dejado en el corazón parecía enorme e infinito.

Al cabo de un rato, ella y Bonnie seguían a Silas y a Jack Henry por un camino de grava que subía por la montaña hacia Chestnut Ridge y la granja de los McDaniel.

Junto a Lena, Bonnie llevaba a Ella en la sillita de paseo de mimbre mientras le hacía muecas y se reía.

La bebé soltaba risitas, encantada, y Lena también reía, pues siempre le mejoraba el ánimo el ver a su hija tan feliz.

Incluso Jack Henry, que intentaba imitar a su padre dando zancadas largas y varoniles, las miraba por encima del hombro y sonreía.

Como siempre, Silas iba en silencio, miraba al frente y caminaba con determinación.

Cuando comenzaron a subir por otra carretera empinada, los sonidos lejanos de la música les llegaron por el estrecho valle: un ritmo rápido y animado que parecía rebotar en las montañas y hallaba eco en los bosques espesos. Sonaba como una polca, pero sin acordeones ni trompetas.

—¿Qué es eso? —le preguntó Lena a Bonnie.

La niña se la quedó mirando boquiabierta.

—¿Nunca has oído música?

—Claro que he oído música, pero nada que sonase así.

—Es música de la montaña. A mamá le encantaba, y vaya si cantaba bien. —Sonrió con orgullo—. ¿Verdad que sí, papá?

Silas gruñó.

—Espera a oír a Bushrod Conner y a Hosey Ruf tocando el banyo y el violín —dijo Bonnie—. Nadie en estas colinas toca como ellos. Cuando Bushrod empieza a tocar su violín, los muchachos se ponen a saltar como locos.

Y empezó a cantar al ritmo de la música que bajaba por la montaña mientras le sonreía a Ella, iba casi bailando detrás de la sillita de la niña.

Le pregunté si me amaba,

ella dijo que me amaba un poco.

La rodeé con mis brazos

como una parra abraza a un árbol.

Cindy en verano,

Cindy en otoño.

Si no consigo a Cindy,

nunca me casaré.

De repente, Silas se detuvo y se dio la vuelta hacia ella.

—¡Cierra de una vez esa bocaza que tienes, niña! —rugió.

Bonnie se detuvo en seco, sobresaltada por el estallido. Lena se detuvo también.

—Sí, señor —dijo Bonnie al tiempo que dejaba caer la cabeza.

—¿Qué te he dicho sobre cantar cuando yo estoy presente?

Bonnie lo miró con ojos llorosos.

—Lo siento, papá, pero era una de las canciones favoritas de mamá y pensé que a Ella podría gustarle.

—Me importa un rábano lo que pienses. No quiero oírla salir de tu boca.

—Pero, papá —intervino Jack Henry—, esa música viene de la fiesta. ¿No es ahí a donde vamos?

Silas lo fulminó con la mirada.

—¿Os pensáis que no lo sé? No puedo decirles a los muchachos de la fiesta lo que pueden o no pueden hacer, ¡pero sí puedo decírselo a mis propios mocosos!

—Sí, señor —asintió Jack Henry antes de continuar la marcha.

Con rostro herido y triste, Bonnie esperó a que Silas se diese de nuevo la vuelta y continuara andando. En la sillita de mimbre, Ella la miraba con expresión de asombro; sin duda se preguntaba por qué había dejado de cantar y de reírse.

Lena era incapaz de entender cómo Silas podía estar preocupado por que alguien les arrebatara a sus hijos y, al minuto siguiente, ponerse a gritarle a Bonnie por cantar.

Sí, la pena hacía que la gente hiciera y dijese cosas horribles a veces, pero romperle el corazón a tu propia hija era cruel e irracional.

Cuando el hombre comenzó a caminar de nuevo, Lena se acercó más a Bonnie y le susurró:

—Quizá puedas enseñarnos a mí y a Ella esa canción más tarde.

Bonnie asintió, pero sin sonreír.

Nadie habló durante el resto del camino.

* * *

En la granja de los McDaniel, carretas y caballos ensillados se alineaban al lado de la carretera, junto a alguno que otro vehículo y algún camión agrícola.

Docenas de personas abarrotaban el amplio patio entre la cabaña de dos plantas y el granero de madera: mujeres con faldas de guinga y vestidos de algodón apilaban comida sobre mesas improvisadas, niños descalzos correteaban y jugaban a perseguirse o a la comba, y hombres con mono y botas de trabajo se reunían alrededor de una inmensa pila de maíz en el centro de toda la actividad.

Junto al granero, una mujer y tres hombres hacían música: dos hombres tocaban violines y el tercero las cuerdas de lo que parecía una guitarrita de cuerpo redondo; la mujer tocaba un instrumento extraño que se apoyaba sobre el regazo y que parecía una guitarra extraña, sin mástil.

En el patio de tierra, cerca de los músicos, una multitud de mujeres y niños bailaban una giga rápida mientras un anciano con un mono que le quedaba grande intentaba seguirles el ritmo y otros miraban y seguían la música con los pies.

—¿De dónde ha salido toda esta gente? —le preguntó Lena a Bonnie.

—No te haces idea de cuántas montañas y valles hay aquí arriba, en la cordillera Azul. Apuesto a que hay gente a la que todavía ni conocemos. —Normalmente, tras haber dicho algo ingenioso, se habría reído, pero la tristeza le arrugaba el rostro.

Mientras Silas y Jack Henry se unían a los hombres junto a la pila de maíz, Lena y Bonnie llevaron a Ella pendiente arriba, hacia la parte trasera del patio, en dirección a una hilera de robles vetustos donde las madres se habían sentado con sus bebés y sus niños en mantas a la sombra, y donde los ancianos se habían acomodado en mecedoras, sillas de cocina y taburetes de madera.

Varias personas saludaron a Bonnie y ella les devolvió el saludo.

Algunos de los ancianos fumaban pipas de maíz, los labios casi invisibles se les retraían hacia las encías desdentadas.

En un claro entre los árboles, un grupo de mujeres se congregaban alrededor de lo que parecía ser un mantel sujeto por un marco de madera.

Lena pensó que estaban comiendo en alguna especie de mesa extraña, pero no había platos frente a ellas, ni comida, ni bebida.

—¿Qué están haciendo allí? —le preguntó a Bonnie. Señaló al grupo.

Bonnie miró en la dirección que le indicaba.

—Es una reunión de patchwork.

—No sé qué es eso —admitió Lena. Sacó una manta de la sillita, la extendió sobre la hierba y depositó a Ella ahí.

—Están cosiendo una colcha como la que tienes en tu cama. Dentro de un par de semanas irán a vender colchas y cestas en la feria estatal.

—¿Feria estatal?

Bonnie puso los ojos en blanco.

—¿Tampoco sabes lo que es una feria estatal?

Lena negó con la cabeza.

—Es como una feria, pero más grande —dijo Bonnie—.

Con una noria, un tiovivo, juegos de azar, palomitas de maíz y manzanas de caramelo.

También hay todo tipo de concursos, como el premio al mejor cerdo o a la mejor vaca, a las hortalizas más grandes y a los pasteles más sabrosos.

El año pasado Jack Henry ganó un premio por hacer caer al payaso al tanque de agua tres veces seguidas.

Papá siempre nos deja ir con Teensy y Judd McDaniel porque son parientes, pero supongo que este año no.

—¿Por qué no?

—Porque el año pasado Teensy estaba empeñada en participar en el Concurso de Familias Idóneas, pero le dijeron que a las gentes de la montaña no se les permite tomar parte porque no son inteligentes ni están tan en forma como para pasar las pruebas.

Entonces Judd se peleó con el hombre que estaba al mando porque este le dijo que Teensy no debería tener más hijos si era demasiado estúpida para saber que antes que nada tenía que entregar una historia familiar y que un médico diera el visto bueno para poder participar.

Le dio un puñetazo tan fuerte al hombre que casi lo manda al quinto pino.

El sheriff Dixon metió a Judd en la cárcel dos días.

Eso fue casi en la misma época en la que él y George Pollock empezaron a fisgonear por aquí arriba.

Lena meneó la cabeza. Podía entender que hubiera concursos para elegir el mejor pastel o la patata más grande, pero juzgar a las personas del mismo modo le parecía extraño, por no decir mal.

Y, de todos modos, ¿por qué parecía que todo el mundo en los Estados Unidos estaba obsesionado con determinar si la gente era o no inteligente?

Bonnie se sentó con las piernas cruzadas junto a Ella. Lena también se sentó al otro lado de su hija.

—Ahora que me has hecho pensar en eso —dijo Bonnie—, ¿te acuerdas de aquella mujer entrometida que sorprendió a Jack Henry y le dijo que trabajaba para un hombre del…

, cómo se llamaba? ¿La Oficina Eu… Eugénica?

Seguí preguntándome dónde había oído esa palabra antes, y ahora ya me acuerdo.

Cuando anunciaban a los ganadores de las Familias Idóneas, siempre la decían.

—¿Qué significa eso?

Bonnie sacudió la cabeza.