Las mentiras que nos contaron Capítulo 14
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Capítulo 14

L os días espantosos e interminables que siguieron a la noticia devastadora de la muerte de Mutti hizo mucha humedad; el cielo pendía nublado, brumoso y claustrofóbico.

A pesar de su angustia, Lena hacía todo lo que se esperaba de ella: cocinar y cuidar del huerto, limpiar y lavar la ropa; cuidar de Ella y, cuando se ellos se lo permitían, de Bonnie y Jack Henry también.

Aun así, a veces la verdad la golpeaba y casi conseguía que cayera de rodillas, y en esas ocasiones tenía que sentarse para no caerse al suelo.

Por la noche se despertaba sobresaltada cada pocas horas con la frente perlada de sudor y el corazón palpitando con fuerza.

Y cada vez apartaba las sábanas, se levantaba de un salto y se acercaba deprisa a la cuna de Ella para asegurarse de que la pequeña seguía allí.

Entonces volvía a caer en la cama, aliviada porque nadie se había llevado a su hija, e intentaba recuperar el aliento hasta que la realidad le enviaba una corriente de pena a los huesos.

Mutti había muerto.

Y Enzo podía estar muerto también.

Entonces el flujo ardiente de pánico volvía a apoderarse de ella y se quedaba tumbada en la cama, despierta, sudorosa e inquieta hasta que llegaba la mañana.

Había contestado la carta de Frau Müller de inmediato para darle las gracias por comunicarle lo de Mutti y por acoger a Enzo cuando no tenía ningún sitio al que ir.

Y aun cuando Frau Müller le había dicho que le escribiría cuando tuviera noticias sobre el estado de salud de Enzo, Lena le suplicó que respondiera tan pronto como le fuera posible, solo porque reflejar esas palabras sobre el papel conseguía que se sintiera un poco menos inútil.

Cuando el carromato del correo llegó tres días más tarde, corrió para recibirlo mientras rezaba por que le trajera noticias de que su hermano había sobrevivido.

Pero no llegó ninguna carta para ella. Ninguna a la semana siguiente, ni a la siguiente.

Y entonces, por fin, casi cuatro semanas después de saber que su madre había muerto, llegó un sobre con el nombre de su hermano y la dirección de Frau Müller en el remite.

Frau Carla Müller

Piesbacher Str. 7 // #2

66701 Beckingen

Alemania

Sostuvo la carta contra el pecho un momento y rezó para que Enzo la hubiera escrito después de haber sido ingresado en el hospital y no antes. Tenía que estar vivo. Tenía que estar vivo… Y abrió el sobre con manos temblorosas.

Querida Lena:

Espero que os vaya de maravilla en los Estados Unidos a ti y a mi preciosa sobrina cuando te lleguen estas líneas.

Estoy seguro de que la noticia del fallecimiento de nuestra madre habrá sido muy dura para ti, pero espero que no te detenga en tu empeño por conseguir una vida mejor.

Siento mucho no haber podido hacer más por protegerla.

Para cuando me di cuenta de que no estaba dormida y busqué al médico del barco, ya era demasiado tarde.

Ya había muerto. Por favor, no te enfades conmigo.

Lo hice lo mejor que pude. Todas las noches me hacía prometer que, si a le pasaba algo antes de que encontráramos la forma de volver a los Estados Unidos, te dijera lo mucho que os quiere a ti y a Ella, y que deseaba que siguierais fuertes y felices sin importar nada más. Espero que tengas la oportunidad.

En cuanto a mí, me han dado el alta en el hospital y voy a alojar me con Frau Müller hasta que me recupere del todo.

Le ha escrito a su hijo menor, que trabaja como albañil en Berlín, para ver si puede encontrarme trabajo allí.

Con suerte dirá que sí y podré ahorrar para mi billete a los Estados Unidos.

Mientras tanto, por favor, envíame dinero si puedes.

Me gustaría pagarle a Frau Müller por su generosidad.

Os echo de menos a ti y a Ella más de lo que te puedas imaginar, y espero veros pronto.

Tu hermano que te quiere,

Enzo

Llorando lágrimas de gratitud, Lena dejó caer la cabeza y le dio gracias a Dios por haber salvado a su hermano antes de echar a correr cuesta arriba hacia la casa para contárselo a Ella y a Bonnie.

Como era natural, el no poder enviarle dinero le preocupaba, pero, por el momento, el alivio y la felicidad eclipsaban cualquier culpa que pudiera sentir por no cumplir su promesa.

Enzo estaba vivo. Y, si conseguía trabajo en Berlín, quizá pudiera regresar a los Estados Unidos antes de lo que esperaban.

Tal vez juntos consiguieran encontrar un lugar en el que vivir fuera de las montañas, donde la vida en los Estados Unidos era más de lo que se había imaginado.

Tal vez algún día ella sería como esas mujeres modernas que había visto en Hoboken que llevaban faldas de tubo y zapatos elegantes de tacón para salir a almorzar y para ir al teatro con sus amigas.

Tal vez pudiera conseguir un trabajo de verdad, con un salario, y Ella podría acudir a un buen colegio.

Cuando se encontraba a medio camino subiendo la cuesta, el viento arreció y trajo consigo el aroma dulce de la madreselva y de los pinos.

La carta le aleteaba en la mano. Se detuvo, dobló la carta y se la metió en el bolsillo del delantal.

Una ráfaga de aire repentina y fuerte bajó de la montaña e hizo tintinear el carillón de cucharillas que colgaba en el porche.

La colada ondeaba en el tendedero. Levantó la vista hacia el cielo, casi esperando que una nube de tormenta llegara desde las cimas cercanas.

Entonces, de un modo tan repentino como había llegado, el viento amainó.

Los girasoles del huerto se quedaron quietos y un cardenal se posó en la hierba frente a ella para gorjear su fuerte trino.

Un chochín que iba dando saltos a lo largo de la valla se unió al canto, llenando el silencio inesperado con sus gorjeos.

En la casa, Bonnie y Ella la miraban expectantes desde los escalones del porche.

La bebé estaba sentada sobre las rodillas de Bonnie, quien le levantó un bracito para hacerla saludar.

—¡Espero que hayas recibido buenas noticias esta vez! —le gritó.

Lena sonrió y les devolvió el saludo.

—¡Mi hermano está vivo!

—¡Hurra! —exclamó Bonnie mientras hacía a Ella rebotar sobre sus rodillas. Luego la bajó del porche, le tomó las manitas entre las suyas y se pusieron a girar en círculo sobre la hierba cantando una alegre canción. La bebé reía y miraba contenta a Bonnie con ojos llenos de adoración.

Y en ese preciso instante, de un modo tan inesperado como el viento repentino que había llevado el aroma fragante de los árboles y las flores, Lena se dio cuenta de que ya era demasiado tarde para marcharse.

Si Enzo iba a los Estados Unidos, tendría que trabajar en el aserradero con Silas, tal y como habían planeado desde el principio, hasta que fuese lo bastante mayor para tomar sus propias decisiones.

Porque Lena ya se había enamorado de las montañas y de Wolfe Hollow; y, lo que era más importante, se había enamorado de la niña y del niño que vivían allí.

A pesar de todo, su hija y ella misma necesitaban a Bonnie y a Jack Henry tanto como ellos las necesitaban a ellas.

Y con más pasión y determinación rezó para que Silas pudiera evitar que el estado le arrebatara sus tierras y para que los dejaran en paz, y así Bonnie, Jack Henry y Ella podrían crecer felices y sanos en la cordillera Azul, adonde pertenecían.