Capítulo 13 #3
Por desgracia, me temo que tengo más noticias tristes.
Tu hermano está en el hospital. Se encuentra aquejado de tifus, creo que lo contrajo en el barco.
Cuando volvió aquí, a la ciudad, lo acogí y dejé que durmiera en la habitación de nuestro querido Hermann.
Pero pronto resultó obvio que se encontraba muy enfermo.
Dios mediante, sobrevivirá. Volveré a escribir tan pronto como haya novedades.
De nuevo, siento mucho tener que enviarte estas noticias tan malas.
Saludos afectuosos,
Carla Müller
Lena se quedó mirando la carta. Las palabras eran borrones ante sus ojos.
Durante un instante fue incapaz de moverse o de pensar.
Sintió que se derrumbaba y caía, como si se despeñara por el borde de un precipicio.
Y de pronto se vio en el suelo, con las manos sobre el rostro, la respiración solo jadeos cortos y superficiales.
« Nein! ¡No puede ser verdad! ¡No puede ser!
¡ Mutti no! ¡Y tampoco Enzo!». Uno tras otro, sollozos violentos le brotaron de la garganta.
Cada gemido desgarrador le destrozaba el cuerpo y la mente como una daga.
Una mano amable le tocó un hombro.
—¿Lena? ¿Estás bien?
Se retiró las manos del rostro. Bonnie se quedó mirándola con Ella en brazos, el joven rostro oscurecido de preocupación.
Motivada por una necesidad repentina y desesperada por abrazar a su hija, Lena se impulsó hasta ponerse de rodillas y atrajo a Ella hacia sus brazos temblorosos para apretársela contra el pecho.
—¿Qué demonios ha pasado? —indagó Bonnie con voz que reflejaba su inquietud—. ¿Has recibido malas noticias?
Lena asintió y, de algún modo, las palabras surgieron, incluso con el corazón roto en mil pedazos.
—Mi madre murió en el barco de vuelta a Alemania. Y mi hermano está muy enfermo.
Bonnie abrió mucho los ojos.
—Maldición. Lo siento muchísimo. Es la peor de las noticias que cualquiera podría recibir.
Lena solo pudo volver a asentir, pues el rostro se le descompuso de nuevo y la cabeza se puso a latirle al compás del corazón destrozado.
Ni ella ni su familia deberían haber salido nunca de Alemania.
Sí, habrían sido pobres y habrían pasado hambre, pero al menos habrían seguido estando juntos.
Juntos y vivos. Era demasiado y no podía soportarlo.
Abrazó a Ella con más fuerza mientras lloraba.
Le empapaba con lágrimas ardientes el cabello suave y las mejillas.
Era huérfana. Y Ella nunca tendría un recuerdo nítido de su Oma, quien la había querido más que a su propia vida.
Aún peor, la pobre Mutti nunca oiría la primera frase de Ella ni la vería crecer.
Nunca celebraría su cumpleaños ni las Navidades.
Nunca la vería casarse ni convertirse en madre.
Ella gimoteaba en brazos de Lena y comenzó a llorar, cada gemido más fuerte y asustado que el anterior. Lena se retiró y la miró, preocupada por haberla apretado con demasiada fuerza.
—¿Qué pasa, mein Liebchen ?
—Supongo que la has asustado al llorar tan fuerte.
Lena besó a Ella en la frente y le acarició las mejillas húmedas.
—Lo siento —dijo al tiempo que se obligaba a sonreír—. Todo está bien. ¿Ves?— Se enjugó las lágrimas—. Estoy bien. Por favor, no llores. Mamá está aquí.
La niña siguió haciendo pucheros y mirándola mohína y con ojos húmedos.
Lena volvió a besarla. Sentía la pena y la culpa como una losa sobre el pecho.
Aun cuando se le había roto el corazón, tenía que ser fuerte por su hija sin que importara nada más.
El solo hecho de pensar que ella hubiera provocado tan solo un segundo de miedo o dolor a Ella la desgarraba como un millar de cuchillos.
—¿Quieres que me la lleve de vuelta al huerto para que tú puedas tumbarte un rato? —se ofreció Bonnie.
Negó con la cabeza. Necesitaba a Ella más que nunca.
Se puso de pie, recogió la carta y el sobre, y comprobó el matasellos.
Era del 5 de julio de 1928. Más de cinco semanas atrás.
Mutti ya estaba enterrada. Y era probable que el destino de Enzo también se hubiera sellado.
O bien había sobrevivido, o bien ya estaba muerto y enterrado también.
Nein. Se negaba a pensar así. Enzo era joven y estaba sano.
Si alguien podía sobrevivir al tifus, ese era él.
Tenía que mantener la esperanza hasta que supiera qué había pasado en realidad.
Era el único modo de poder seguir siendo fuerte para su hija.
Se metió la carta en el bolsillo del delantal y levantó a Ella.
Entonces se fijó en el rostro de Bonnie, tenso y obstinado; la pobre niña estaba intentando no llorar.
Se le encogió el corazón todavía más. Claro, ese sufrimiento le habría recordado a Bonnie sus propias pérdidas.
Y Bonnie había perdido a su madre a una edad mucho más temprana, y además a cuatro hermanos.
¿Cómo era capaz de seguir día tras día sin derrumbarse?
Se le humedecieron los ojos de nuevo y alargó la mano libre hacia Bonnie.
La niña, que tenía los ojos cargados de lágrimas, vaciló, no muy segura de qué hacer.
Entonces se rindió al abrazo de Lena y sollozó bajito, con un brazo alrededor de Ella y el otro de la cintura de Lena.
Esta estrechó con fuerza a Bonnie y a Ella, una niña vulnerable en cada brazo, y maldijo al dios cruel que dejaba madres sin hijos e hijos sin madre.