Capítulo 13 #2
Lena empezó a bajar los peldaños mientras se sujetaba al borde del marco de la puerta con una mano.
Le tendió a su hija a Bonnie para que la acogiera entre los brazos.
Jack Henry la siguió, cerró la trampilla tras él y, con una cuerda gruesa, amarró la anilla al peldaño superior.
Cuando llegó al último escalón, tiró de una segunda cuerda y la alfombrilla se deslizó hasta volver a colocarse en su sitio sobre la puerta.
El escondite tenía menos de la mitad de espacio que el agujero de las patatas y era igual de frío, con paredes de tierra y un suelo irregular también de tierra.
Apoyado contra la pared trasera había un banco de madera basta en el que solo cabían dos personas.
Bonnie se sentó en el banco con Ella, que gimoteaba y miraba desconcertada a su alrededor.
Mientras la lámpara les arrojaba sombras parpadeantes sobre la cara, Bonnie le susurró a Ella al oído y Jack Henry se sentó en el suelo, se reclinó contra la pared y tomó aire una y otra vez con fuerza.
Lena se abrazó y se sentó junto a Bonnie; gotas de agua caían al suelo desde la ropa empapada.
Entonces Lena se percató de que también había gotas en los escalones, ellos mismos las habían derramado sobre la madera al bajar con la ropa mojada.
¿Y si también habían dejado un rastro en el suelo del cobertizo, facilitando así que cualquiera encontrara su escondrijo?
No. Para cuando alguien decidiera echar un vistazo en el cobertizo, el agua ya se habría secado. O eso se dijo para tranquilizarse.
—¿Cuánto tiempo tendremos que ocultarnos aquí abajo? —preguntó en voz baja.
—Depende de cuánto tenga pensado quedarse el que esté ahí fuera —susurró Jack Henry.
—¿Cómo sabremos si ya se han ido?
—Echaré un vistazo dentro de un rato —dijo el niño—. A menos que oigamos a alguien dando tumbos aquí en el cobertizo. Pero supongo que cuando no vean a nadie por la casa se irán.
—¿Cuántas veces habéis tenido que esconderos así? —quiso saber Lena.
Jack Henry se encogió de hombros.
—Cuatro o cinco veces.
—Seis —corrigió Bonnie.
—No —negó Jack Henry—. Eso no es así.
—Sí es.
La pequeña Ella se removió en el regazo de Bonnie. Levantó una manita y, con dedos suaves, le tocó la barbilla.
—Canta, porfi —le pidió.
Bonnie intentó sonreírle, pero le temblaban los labios. Entonces comenzó a mecerse y a cantar en voz baja la nana que Mutti cantaba; su voz era apenas un susurro.
Miraban hacia la trampilla y se miraban entre sí con ojos llenos de preocupación mientras Bonnie cantaba en tono quedo; estuvieron así durante horas, o eso fue lo que les pareció.
De vez en cuando, Jack ladeaba la cabeza hacia el techo para intentar oír sonidos que llegaran desde arriba.
Como estaban aislados del sol, con el pelo y la ropa mojados, habían empezado a temblar.
Por suerte, Ella no había jugado en el agua como ellos, pero Lena la envolvió en la manta por si acaso.
Al cabo de un rato la bebé se bajó del regazo de Bonnie para jugar en el suelo; por suerte, no era consciente del posible peligro que acechaba.
Mientras cavaba en los charquitos que había formado el agua que les goteaba de la ropa y se manchaba las manos y las rodillas, Lena tomó la manta, la usó para echársela por los hombros y atrajo hacia sí a Bonnie para que se acurrucara junto a ella.
—Parece que tenemos más colada que hacer —dijo la niña al tiempo que señalaba el jersey amarillo de Ella.
—No pasa nada. Al menos con eso está callada.
Al cabo de un rato, Lena se sentó en el suelo y se reclinó contra la pared.
—Métete bajo la manta con Bonnie —le dijo a Jack Henry.
Jack Henry negó con la cabeza.
—No tengo frío.
—No seas tonto —dijo Bonnie—. No voy a morderte.
—No estoy muy seguro de eso.
—Allá tú —dijo Bonnie—. Pero no me culpes cuando te pongas enfermo.
En ese preciso instante, unas pisadas que parecían recorrer el suelo del cobertizo resonaron sobre ellos.
Todos quedaron paralizados y con los ojos muy abiertos.
Un golpe amortiguado retumbó encima de la trampilla.
Entonces hubo un chirrido metálico y otro golpetazo.
Lena levantó a Ella y la abrazó contra el pecho para protegerla mientras miraba fijamente la trampilla. La pequeña empezó a llorar.
—Calla —susurró Lena—. Lo siento. No llores.
—¡Jugar con tierra! —pedía Ella mientras intentaba llegar hasta el barro.
Lena le tapó la boca con los dedos y sacudió la cabeza.
—Ahora —le susurró.
Arriba, arrastraron la alfombra sobre la trampilla y alguien manipuló la anilla de hierro.
Jack Henry se puso en pie de un salto, subió corriendo los escalones y agarró la cuerda que mantenía la puerta cerrada.
La puerta se sacudió y traqueteó, y comenzó a levantarse.
Bonnie se tapó la boca con la mano y Lena mecía a Ella susurrándole al oído que se mantuviera en silencio mientras notaba que el corazón le golpeteaba con fuerza las costillas.
La trampilla empezó a abrirse. Una rendija de luz solar penetró en el oscuro agujero.
Jack Henry se enrolló la cuerda en los brazos y tiró hacia abajo usando todo su peso corporal. La puerta se cerró de golpe.
—¿Bonnie? —dijo una voz masculina sobre la puerta—. ¿Jack Henry? ¿Estáis ahí abajo?
—¡Papá! —exclamó Bonnie. Se puso en pie y corrió hacia los escalones.
Lena abrió la boca para protestar, para pedirle que esperase, para decirle a Jack Henry que sujetase la cuerda hasta que estuvieran seguros. Pero él ya la había soltado y la trampilla se abrió de par en par. Bonnie salió del agujero y le rodeó la cintura a Silas con los brazos.
Lena soltó un suspiro de alivio y relajó los hombros tensos. Se puso de pie y siguió a Jack Henry por las escaleras con Ella sobre la cadera. Todos parpadearon ante la luz del sol.
Silas le apoyó una mano sobre el cabello a Bonnie.
—¿Por qué demonios estáis todos mojados?
Se retiró hacia atrás y levantó la vista para mirarlo.
—Nos estábamos refrescando en el riachuelo cuando Lena vio que un vehículo subía por la carretera.
—¿Era el sheriff otra vez? —preguntó Silas.
—No estamos seguros —dijo Jack Henry—. Nos escondimos tan pronto como Lena lo vio.
—Bien —declaró Silas—. Eso está bien. —Miró a Lena con una expresión que se parecía mucho a la gratitud.
Por primera vez, ella sintió que él se había dado cuenta de que estaban en el mismo bando. Quizá la perdonase por lo que había sucedido en el molino con el fotógrafo, pero estaba demasiado abrumada para hacer o decir nada.
—¿Qué haces en casa tan pronto? —inquirió Bonnie—. Todavía falta bastante para la hora de la cena.
—Virgilio se pasó por el aserradero —explicó Silas—. Dijo que habían recogido a la viuda Spinney en el puente y se la habían llevado. Vine para asegurarme de que no estuvieran aquí.
* * *
Al día siguiente, Bonnie y Lena estaban arrancando malas hierbas en el huerto cuando el carromato del correo hizo su aparición semanal.
Bonnie corrió para recibirlo y después volvió al huerto con una sonrisa en el rostro y una carta en la mano.
A Lena le dio un vuelco el corazón. Por fin.
Su madre le había escrito. Le arrebató la carta, pero enseguida se detuvo.
Su nombre estaba en el sobre, pero la letra no era la de Mutti . Comprobó la dirección del remitente.
Frau Carla Müller
Piesbacher Str. 7 // #2
66701 Beckingen
Alemania
Se puso muy nerviosa. Frau Müller era una amiga y vecina cuyo hijo mayor había muerto en la guerra. ¿Por qué diantres le habría escrito?
—¿No es lo que habías estado esperando? —preguntó Bonnie.
Incapaz de hablar, le dedicó una débil afirmación con la cabeza.
Cuando hubo comprobado que Ella seguía en el rincón más alejado del huerto, se acercó a la sombra de un árbol cercano, respiró hondo y abrió la carta.
Le temblaban los dedos mientras desplegaba la única hoja de papel de correo aéreo, dejó caer el sobre al suelo.
Querida Magdalena:
Te escribo estas líneas con mucho pesar para hacerte saber que tu querida madre ha fallecido.
Según Enzo, se encontraba enferma de gravedad en el barco de regreso a Alemania y murió la cuarta noche del viaje.
El médico dijo que había sido el corazón.
Será enterrada junto a tu padre mañana por la mañana aquí en Beckingen.
Sé que esto es muy difícil para ti, que te encuentras tan lejos, pero espero que halles consuelo en saber que murió en paz mientras dormía.
Estaba tan feliz y aliviada de que tú y su querida nieta pudierais ir a los Estados Unidos con ella que, aun cuando estoy segura de que la entristeció dejaros allí, la idea de que vosotras dos tendríais una vida mejor la ayudará sin duda a descansar en paz.
Espero que tú también puedas encontrar la paz en ese conocimiento.