Capítulo 13
C on el mes de julio en su máximo esplendor, hacía más calor en Wolfe Hollow del que había hecho jamás en la ciudad natal de Lena.
Todo parecía moverse más despacio, desde las abejas en los manzanos hasta las gallinas que picoteaban en el patio.
El calor la agobiaba como si llevara rocas cosidas en la bastilla del delantal mientras ella y Bonnie pasaban horas en el huerto, regando y recolectando verduras, arrancando las malas hierbas y plantando las cosechas del otoño.
Y, como los niños, ya iba descalza la mayor parte del tiempo.
Tenía el rostro y los brazos tan oscuros como una baya.
Aunque Bonnie le había retirado la palabra por un tiempo tras el incidente con Penélope, la de la Universidad Sweet Briar, cuando le regaló a Lena un pañuelo con sus iniciales bordadas quedó claro que todo había quedado perdonado.
Las dos, junto con Jack Henry, habían pactado no contarle a Silas lo que había acontecido en el establo; de todos modos, no habrían sido capaces de acordarse de todo lo que se había dicho y no querían que Silas se enfadara con Jack Henry por permitir que una extraña lo hubiera acorralado.
Pero, aun cuando Lena quería proteger a Jack Henry, a veces se preguntaba si no estarían cometiendo un error al no contárselo a Silas.
Hombre prevenido valía por dos, como decía su madre.
Pero, claro, si Silas estuviera en el trabajo cuando alguien fuese a por Ella, si es que iba alguien, o si aparecía el hombre sobre el que Penélope les había advertido, saber lo que había pasado no sería de ayuda.
Con los festines recurrentes de carne y verduras, tortitas de alforfón y pan casero, Ella se convirtió en una niña rolliza a la que le encantaba acarrear leña y correr detrás de las gallinas en el patio.
Lena también sentía los cambios en su propio cuerpo, en los brazos más fuertes y en el paso más firme, en la capacidad de trabajar más duro sin cansarse.
También veía los cambios en el espejo rajado que colgaba sobre su cómoda, en las costillas no tan visibles, en el cabello más largo y espeso, y en la desaparición de las bolsas oscuras debajo de los ojos.
Por desgracia, casi dos meses después de su llegada, seguía sin recibir carta de Mutti y Enzo.
Todos los jueves vigilaba la aparición del carromato del correo con el corazón en un puño.
Rezaba para que el cartero le trajera una carta que nunca llegaba.
Ahora, entre la preocupación por su familia y su vigilancia constante por si aparecían el sheriff o algún otro extraño, un extraño que pudiera llevarse a Ella, siempre estaba con el alma en vilo.
Eso provocaba que se le cayeran los cubiertos, que se le olvidara añadir ingredientes a una receta y que se despertara mil veces durante la noche para comprobar que Ella estuviera bien y para mirar por la ventana.
Una tarde especialmente calurosa y brumosa de finales de julio, mientras Ella dormía la siesta bajo la sombra de un manzano, Lena y Bonnie tendían la ropa de la colada en el tendedero mientras Jack Henry acarreaba cubos de agua desde el arroyuelo hasta el establo con el rostro rojo y sudoroso.
Aún tenían que regar el huerto y limpiar el gallinero antes de hacer la cena, pero Lena no veía el momento de tomarse un descanso con un gran vaso del té de lavanda que se estaba enfriando en la fresquera mientras trabajaban.
Como de costumbre, a pesar del calor, Bonnie cantaba.
Tras colgar la última sábana en el tendedero, Lena recogió la cesta vacía de la colada y miró hacia Ella, acurrucada sobre una manta con Poppy bien abrazada contra el pecho y una sonrisita soñadora en el rostro.
Lena nunca había imaginado que su pequeñita pudiera ser tan feliz ni estar tan sana.
Entonces se dio cuenta de que Bonnie había dejado de cantar.
Se quedó inmóvil un momento y prestó atención.
Quizá Bonnie se encontraba entre canciones e intentaba decidir qué cantar a continuación.
De repente, unos chillidos risueños llenaron el aire.
Se asomó entre los delantales y las camisas húmedos para mirar hacia la fresquera.
Para su sorpresa, Bonnie y Jack Henry estaban metidos en el arroyo hasta las rodillas y se lanzaban cubos de agua a la cabeza.
Sonrió. Le encantaba oír que los niños se divertían, en especial cuando estaban trabajando.
Dejó la cesta de mimbre y se encaminó hacia ellos con las manos en las caderas, como si estuviera enfadada.
Cuando Bonnie y Jack Henry la vieron llegar, salieron del arroyo con expresión abatida.
—¿Qué estáis haciendo? ¿No tenemos suficiente ropa que lavar y colgar en el tendedero?
—Lo siento —se disculpó el chico. Se secó el rostro y recogió uno de los cubos.
Bonnie se retiró mechones mojados de las mejillas.
—No hemos hecho nada malo. Solo nos estábamos refrescando. Hace más calor que en el infierno aquí fuera.
Lena miró a Jack Henry con el ceño fruncido.
—¿Todos los animales tienen agua?
Jack Henry asintió. Le caía agua por la nariz.
—Entonces hay que encargarse del huerto. Llena ese cubo y dámelo. Bonnie, tú llena el otro. Tenemos mucho trabajo que hacer antes de que vuestro padre vuelva a casa.
Jack Henry hizo lo que le decía y le dio el cubo.
Cuando Bonnie se enderezó después de llenar el segundo cubo, Lena le vació el primero sobre la cabeza.
Bonnie chilló y encorvó los hombros con la boca abierta por la sorpresa.
Entonces se echó a reír y le lanzó agua a Lena, quien se retiró justo a tiempo.
Lena se metió en el arroyuelo, rellenó el cubo y le lanzó el agua a Jack Henry.
Bonnie y él saltaron hacia atrás y empezaron a salpicarla con las manos y los pies.
La corriente fría era una maravilla, aún más refrescante que el té de lavanda.
Durante los minutos siguientes gritaron y vitorearon y se echaron agua por la cabeza los unos a los otros; Lena no se acordaba de cuándo había sido la última vez que se había reído con tantas ganas.
Le parecía que habían pasado años. Se detuvo un momento para recuperar el aliento, feliz de ver que Bonnie y Jack Henry se lo estaban pasando bien.
—Traeré a Ella para que se refresque también —dijo mientras trepaba por la orilla—. Pero no le echéis agua en la cabeza.
—Oh, vaya, eso no es divertido —dijo Jack Henry con una sonrisa—. A lo mejor le gusta.
Lena sacudió un dedo juguetón en su dirección.
—Ni hablar.
Mientras Bonnie y Jack Henry permanecían en el arroyuelo, Lena se escurrió la falda y el delantal, y se dirigió hacia el manzano.
La hierba estival era como una toalla caliente para los pies.
Se había sentido muy lenta y acalorada toda la mañana, pero ya estaba renovada y preparada para afrontar el resto del día.
Quizá jugar en el arroyuelo los días soleados y calurosos tendría que formar parte de su rutina habitual.
Tras ella, Jack Henry y Bonnie continuaban empapados.
Sus salpicaduras y sus risas llenaban la tarde sofocante.
¿Qué diría Silas si viera a sus hijos en el agua, empapados y vestidos?
¿Qué diría si la viera a ella en el agua también, a la persona que se suponía que debía mantenerlos a raya?
Quizá le hiciera bien. Quizá después de cenar les dijera que volvieran a meterse en el agua para recordarle las alegrías sencillas de la vida.
Así vería con qué poco podía hacer felices a sus hijos.
Sonrió ante la idea. Miró por encima del hombro para observarlos… y se quedó paralizada.
En la distancia, una nube de polvo se movía por la carretera. La levantaba un vehículo que se aproximaba.
—¡Viene alguien! —gritó.
Bonnie y Jack Henry dejaron caer los cubos de inmediato, salieron en tropel del agua y corrieron hacia el cobertizo. Durante un segundo, Lena no tuvo ni idea de qué hacer. ¿Tomar a Ella en brazos y correr con los niños?, ¿entrar en la casa y empuñar el rifle?
Entonces Bonnie gritó y eso la hizo ponerse en movimiento.
—¡Vamos!
Lena corrió hacia el manzano, levantó a Ella con la manta y todo, y corrió hacia el cobertizo. Asustada por haberse despertado con sobresalto, Ella comenzó a llorar e intentó deshacerse de los brazos de su madre y de la ropa húmeda.
—Calla —le susurró Lena—. Todo va bien.
Cuando Lena llegó al cobertizo, Bonnie y Jack Henry ya estaban dentro y se estaban escondiendo detrás del viejo tractor.
Antes de entrar en el edificio, Lena miró hacia la carretera.
El vehículo que se acercaba seguía estando demasiado lejos como para distinguir quién o qué era, pero el rugido del motor se oía cada vez más próximo.
Se apresuró a entrar en el cobertizo y rodeó el tractor, donde Jack Henry ya había retirado la carretilla y había apartado la alfombra raída hacia un lado.
Tiró de la anilla de hierro de la trampilla para abrirla.
Bonnie bajó corriendo los empinados escalones y desapareció en la oscuridad.
Lena quedó paralizada en el borde del oscuro agujero; de repente la sobrecogieron los recuerdos de la guerra: el estruendo de las sirenas, sus vecinos pálidos y asustados, el miedo que impregnaba el sótano como un ser vivo.
Entonces un fulgor parpadeante inundó el agujero y Bonnie apareció al pie de los escalones con una lámpara de aceite en la mano.
—Baja de una vez —le ordenó con voz firme. Dejó la lámpara en el suelo y alargó los brazos hacia Ella.