Capítulo 12
A la mañana siguiente, el tercer día que pasaba Lena en la granja Wolfe, el sol naciente disolvía despacio una capa baja de nubes que rodeaba las montañas muy temprano y revelaba poco a poco las cimas verdeazuladas y los valles profundos.
Los pájaros gorjeaban en los árboles y revoloteaban como flechas negras en el cielo azul pálido, y el rocío llenaba de destellos las flores y el huerto.
Lena estaba sentada en una silla con respaldo de cañas para operar el agitador de la mantequera mientras Ella jugaba a sus pies.
En la mecedora, junto a ella, Bonnie remendaba monos y camisas; de vez en cuando miraba en dirección a Jack Henry, que estaba reparando una valla cerca del establo.
Más que nunca, en especial después de su conversación con Silas, Lena se encontraba en alerta máxima y no hacía más que mirar una y otra vez el camino de tierra y la entrada por si llegaban vehículos o carretas; si aparecían, estaba preparada para levantar a Ella del suelo y correr hacia el cobertizo con Bonnie y Jack Henry.
Los retazos turbadores de las pesadillas que se le reproducían en la cabeza no ayudaban: despertar y descubrir que la cuna de Ella estaba vacía, que la viuda Spinney desapareciera en el bosque con su pequeña envuelta en una manta mohosa, Lena buscando y gritando y perdiéndose en la oscuridad.
Se levantó y se acercó al barril del agua mientras se esforzaba por quitarse de la cabeza esas imágenes perturbadoras.
Llenó el cazo y dio un largo sorbo y sintió gratitud cuando el agua fría le corrió por la garganta reseca.
Cuando regresó junto a la mantequera, Ella levantó la mano para enseñarle algo.
—Mira, mamá.
Lena se agachó para verlo mejor.
—¿Qué es eso, mein Liebling ?
Soltó una risilla y estiró un dedito. Una mariquita roja y negra le correteaba por un nudillo antes de recorrer el camino hacia la punta de la uña diminuta.
Volvió a reír y Lena sonrió, agradecida por la inocencia de su hija, así como por la ilusión que se le reflejaba en los ojos, y rezó para que pudiera permanecer así tanto tiempo como fuera posible.
Alargó la mano para acariciarle la mejilla suave, pero un retumbar de pezuñas hizo que se irguiera con la espalda tensa.
Bonnie también se puso alerta y levantó la vista del mono que tenía en el regazo.
Dos caballos castaños polvorientos tiraban de una carreta cerrada blanca y negra por la carretera que llevaba hasta su camino de entrada.
Pero en vez de ir sentado en un banco delante, el conductor iba dentro, lo cual dificultaba ver de quién se trataba.
Por suerte, Bonnie se relajó de inmediato.
—No es nada, es solo el carromato del correo —dijo mientras dejaba el mono sobre el brazo de la mecedora. Se levantó y se encaminó hacia los escalones.
Lena suspiró de alivio y volvió a sonreírle a Ella para hacerle saber que todo iba bien.
Entonces una bandada de mariposas le revoloteó en el estómago.
Tal vez el carromato del correo le llevara una carta de Mutti .
Quizá supiera por fin que su familia estaba a salvo de vuelta en Alemania.
Pero… no. Eso era imposible. Era demasiado pronto como para saber de ellos, aun cuando sentía que llevaban separados muchísimo tiempo.
Con suerte, Mutti y Enzo habrían salido de esa jaula odiosa de la isla de Ellis y estarían de camino a casa, pero no llegarían hasta que pasara un tiempo.
Al imaginárselos en otro barco, hacinados en los camarotes hediondos de tercera clase, sintió que se le revolvía el estómago de pena y de preocupación.
Con suerte, Mutti no volvería a marearse en el barco y, cuando llegaran a Alemania, ella y Enzo encontrarían con facilidad un sitio donde vivir.
Con más suerte, le enviarían una carta poco después para, al menos, tranquilizar a Lena a ese respecto.
Responder a su carta significaba tener que contarle a Mutti que Silas no iba a pagarle y que ya no tenía la posibilidad de enviarles dinero para sus billetes de barco, sí.
Pero primero les explicaría que ella y su hija disfrutaban de un techo recio, de una cama caliente en la que dormir y de montones de comida.
Y, claro estaba, omitiría contar lo de la necesidad de ocultarse cuando la policía hacía acto de presencia.
Lo último que quería era preocupar a Mutti .
Cuando Bonnie comenzó a bajar por la colina hacia el carromato del correo, Lena se levantó y la llamó. De repente volvía a sentirse inquieta.
—¿Estás segura de que es el correo?
—¡Claro! —gritó Bonnie por encima del hombro—. Lo dice en el maldito carromato.
Tenía razón. Cuando el vehículo estuvo más cerca, Lena pudo distinguir las palabras en un lateral: «Servicio Postal de los Estados Unidos».
Aun así, se esforzó por contener las ganas de correr tras Bonnie, sujetarla del brazo y decirle que corrieran a esconderse.
Porque, ¿y si Bonnie se equivocaba? ¿Y si dentro del carromato había alguien que no fuese el cartero?
Tomó a Ella en brazos por si acaso y observó cómo el carromato se detenía al principio de la ladera cubierta de hierba.
Cuando el conductor aseguró las riendas y salió, Lena contuvo el aliento.
El hombre metió la mano dentro del carromato y le tendió a Bonnie varios sobres.
Solo después de que volviera a subir y cerrara la puerta volvió Lena a respirar.
Y cuando el vehículo dio la vuelta para alejarse, dejó a Ella en el suelo del porche y regresó a la mantequera.
Bonnie subió los escalones corriendo.
—Lo siento, pero todavía no hay nada para ti. Solo una carta para papá del estado de Virginia y publicidad de la Compañía Pesquera Frank E. Davis. ¿Te imaginas recibir por correo un pedido de langostas y bacalaos muertos?
Al recordar los arenques que había comido en el barco, Lena hizo una mueca de asco y sacudió la cabeza.
Bonnie se echó a reír.
—Yo tampoco. Es de locos, qué quieres que te diga.
Más entrada la tarde, mientras Ella jugaba con unos bloques de madera en el suelo de la cocina, Bonnie le enseñó a Lena a cocinar judías pintas y pan de maíz.
—El secreto para hacer un buen pan de maíz es que la grasa esté caliente antes de que eches la masa en la sartén. Luego lo pones todo en el horno de leña.
Después de meter el pan de maíz para hornearlo, Bonnie tomó un caldero de judías pintas que habían estado en remojo toda la noche y las puso sobre la hornilla.
—Tienes que asegurarte de que haya agua suficiente para cubrirlas o se volverán oscuras y no estarán ricas —le explicó—.
Puedes usar grasa para darles sabor, pero nada funciona mejor que una buena pata de jamón.
—Removió las judías con energía con una cuchara de madera—.
Estas deberían estar listas para cuando papá llegue a casa.
—Sacó un repollo de un saco que había debajo del fregadero y se lo tendió a Lena—.
Fríelo con un buen trozo de grasa de beicon mientras voy a buscar más leche a la fresquera.
A papá siempre le dan ganas de beber leche dulce con su pan de maíz.
Bonnie salió de la cocina y Lena cortó el repollo en primorosas tiras finas, como le había enseñado. Justo cuando estaba a punto de poner una sartén de hierro forjado al fuego, la niña entró corriendo, casi sin aliento y con los ojos desencajados. A Lena le faltó poco para dejar caer la sartén.
—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que pasa? —Dejó la sartén sobre la encimera.
—Hay una mujer —anunció Bonnie mientras intentaba recuperar el aliento—. En el establo. Hablando con Jack Henry.
—¿La mujer del puente?
Negó con la cabeza:
—No, no la había visto nunca.
Lena levantó a Ella y se dirigió al pasillo trasero. El pánico le zumbaba en la cabeza como una avispa. Bonnie la siguió.
—Salí pitando de allí tan pronto como la vi. Jack Henry debe de haberse dejado la puerta principal abierta. Parecía aterrorizado.
Una vez fuera, Lena echó a correr por el camino que llevaba hacia el establo con Ella sobre la cadera. Empezó a gritar a todo pulmón con la esperanza de ahuyentar a la mujer.
—¡Ya vamos, Jack Henry!
Bonnie también se puso a gritar:
—¡Aléjate de mi hermano, perra mala!
Cuando ya estaban a medio camino del establo, gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer y el viento arreció hasta sacudir las hojas de los árboles.
Lena y Bonnie parpadeaban por la tormenta repentina y corrían por el camino con el delantal y la cabellera volando tras ellas.
Ella rebotaba en brazos de su madre y reía como si se tratase de un juego.
—No me extraña que no la oyéramos venir —gritó Bonnie para hacerse oír sobre el viento—. Aparcó allí abajo. —Señaló un vehículo rojo con forma de caja y ruedas cubiertas de barro que se encontraba casi oculto en la carretera.
Lena apretó el paso. Cuando llegaron al establo, Bonnie abrió de un tirón una puerta lateral y entraron deprisa. La mujer había arrinconado a Jack Henry junto a la escalera de mano que llevaba al henar.
—¿Puedo ayudarla en algo? —gritó Lena, que intentaba sonar intimidante.
La mujer se sobresaltó y se volvió hacia ellas con una mano sobre el corazón.
—¡Por Dios! Me ha dado un susto de muerte.
—¿Qué demonios se cree que está haciendo en nuestro establo? —rugió Bonnie.
La mujer, que vestía un abrigo entallado, una falda de tubo, un sombrero cloche y un bolso que colgaba bajo y llevaba cruzado al pecho, se dirigió hacia Lena y sonrió al tiempo que le ofrecía la mano extendida. Aparentaba tener más o menos la misma edad que ella.
—Me llamo Penélope Rodgers y soy alumna de la Universidad Sweet Briar.
Colaboro con el profesor Iván McDougle y con Arthur Eastbrook, de la Oficina de Registro de Eugenesia.
Varios de mis compañeros estudiantes y yo hemos subido hasta aquí con la esperanza de descubrir los orígenes de la tribu perdida. ¿Ha oído hablar de la tribu perdida?
Lena pasó por alto la pregunta de Penélope. Y su mano extendida.