Capítulo 11
L ena y Bonnie ya habían terminado de poner la mesa para la cena cuando Silas entró con paso firme en la cocina por puerta trasera.
Llevaba la barba y el pelo llenos de serrín.
Lena había esperado que después de varias horas estuviera menos furioso, pero seguía con el ceño fruncido y apretaba la boca en línea dura y fina.
Lena dejó el último plato sobre la mesa y se acercó a la cocina para comprobar el punto de la carne que chisporroteaba en la sartén de hierro fundido.
—Espero que tengas hambre, papá —dijo Bonnie—. Hemos hecho tu comida favorita: chuletas de cerdo y manzanas fritas.
—¿Dónde está Jack Henry? —preguntó Silas.
—Todavía no ha vuelto del establo —le respondió su hija—. ¿Quieres que vaya a buscarlo?
—No. Llévate a la pequeña arriba hasta que te diga que puedes bajar. Quiero hablar con Lena.
—Sí, señor. —Bonnie levantó a Ella del suelo y se apresuró a salir de la cocina para subir al piso de arriba.
Lena lo miró a la cara. Se esforzó por parecer más calmada de lo que se sentía.
—Es culpa mía. Las otras mujeres permitieron que el hombre hiciera fotografías de sus hijos, de modo que le dije a Bonnie…
—Si vuelvo a pillarte otra vez permitiendo que algún extraño se acerque a mis críos, estarás fuera de esta casa en menos que canta un gallo. ¿Entendido?
Asintió. Luego respiró hondo y se armó de valor:
—Entiendo que esté preocupado. Y no ayuda que haya perdido a su esposa y a sus otros hijos, pero…
—¡Lo que me haya pasado no es asunto tuyo, maldita sea!
—… pero no le pasó solo a usted —continuó—. También les pasó a Bonnie y a Jack Henry. —Era consciente de que le temblaba la voz.
Él le clavó una mirada furiosa. Durante un segundo aterrador, Lena pensó que iba a pegarle o a echarla de allí, pero siguió hablando de todos modos:
—Bonnie me ha contado que ella y Jack Henry tienen que esconderse porque alguien dijo que eran deficientes mentales.
Pero usted y yo sabemos que eso no es verdad.
Es una de las niñas más inteligentes que he conocido jamás.
Y Jack Henry es dulce, amable y listo. Bonnie actúa como una persona fuerte, pero se siente asustada y triste.
Y Jack Henry se está esforzando mucho por ser un hombre como usted, pero es solo un niño.
Sé que no me corresponde decirlo, pero ellos solo quieren que los quieran.
No quieren que los traten como si fueran un… un problema.
El hombre la fulminó con la mirada durante lo que a Lena le pareció una eternidad. Los ojos le ardían de furia y de otra cosa que se parecía a la angustia. Y entonces, como si algo le hubiera cambiado en la cabeza, dejó caer los hombros y desvió la mirada. El agotamiento y la pena pesaban sobre él.
—Sé que mis pequeños no son deficientes. Pero aseguran que sí.
—¿Quién? —Lena sacudió la cabeza para mostrar su frustración—. No lo entiendo. ¿Es esto lo que hacen en los Estados Unidos? Dijeron que mi hermano también era deficiente mental y que lo encerrarían si…
—El estado quiere mis tierras —dijo Silas con voz atemorizada y sin mirarla a los ojos—.
Están planeando convertir estos valles en un parque para que la gente de la ciudad pueda venir los fines de semana a pisotear los árboles.
Quieren los bosques, las tierras de los McDaniel, el campamento de los Brown, las propiedades de los Bardeen y de los Corbin, la granja Shifflet, la casa de Sydney Allan y la mitad de las montañas de Jones, Chapman y Fork.
Eso son más de cinco mil acres solo en esta zona.
—Al fin la miró, de nuevo parecía enojado—.
De modo que ¿sabes lo que esos bastardos han hecho?
Han enviado a unos científicos para que nos hagan preguntas y nos estudien.
Ahora andan diciendo que somos un puñado de pueblerinos retrasados, endógamos y sin educación que vivimos en la miseria, y que sacarnos de estas montañas sería hacernos un favor.
Lena sintió que se le secaba la boca. Había visto cómo echaban a gente de su casa durante la guerra, pero estaban hablando de los Estados Unidos.
Se suponía que ese tipo de cosas no sucedían ahí.
Y Bonnie y Jack Henry ya habían perdido demasiado.
No podían perder su hogar también. Por no mencionar que ella y su hijita se quedarían sin un lugar en el que vivir.
—¿Cómo es eso posible?
Él soltó una risa cínica y cansada.
—Es posible porque son una panda de delincuentes desalmados.
Si tienes algo que el Gobierno quiere, tiene derecho a tomarlo tanto si estás de acuerdo como si no.
Si no me crees, pregúntales a los indios nativos americanos qué opinan sobre esta cuestión.
—Retiró una silla de la mesa y se dejó caer sobre ella, parecía que cargaba todo el peso del mundo sobre los hombros—.
John Nicholson, que vive en Pigbump Road, tiene quince hijos y una cabaña sobre dos acres de terreno.
¿Sabes lo que le ofrecieron por su casa y las tierras?
Dos dólares. ¡Dos dólares! Yo poseo doce acres, pero no me ofrecen ni un penique por ellos porque mis ancestros nunca registraron las escrituras en el tribunal del condado.
Y no importa que hayamos vivido en estas montañas desde el siglo XIX ni que todo el maldito valle lleve nuestro apellido.
Mi bisabuelo siempre decía que no necesitaba más documentos que un apretón de manos, y que la palabra de un hombre bastaba.
Pero ahora el estado dice que ocupo las tierras de forma ilegal y que no van a pagarme ni un centavo.
Pueden arrebatarme sin más todo lo que poseo.
Por primera vez desde que Lena lo conocía parecía vulnerable y asustado, lo cual la asustó a ella, a su vez, más que ninguna otra cosa.
Y nada de lo que ella pudiera decir iba a ayudarlos.
Había experimentado de primera mano lo cruel que podía llegar a ser un Gobierno con los ciudadanos inocentes, y ahora parecía que tendría que volver a enfrentarse a una situación parecida.
—Siento mucho que le estén haciendo esto a su familia. Pero ¿por qué quieren llevarse a sus hijos?
Él se encogió de hombros.
—Que me aspen si lo sé. Supongo que están intentando minarnos la moral, o quizá quieren menos gente a la que echar de las montañas. O es eso, o piensan que somos tan ignorantes y tan pobres que les estaremos agradecidos por tener menos bocas que alimentar.
A Lena le costaba creer lo que estaba oyendo. Con razón estaba Silas tan enfadado. Con razón les recomendaba a sus hijos que se escondieran. Pero ¿por qué el Gobierno decía que los niños eran deficientes mentales?, ¿para que no pareciera que los estaba secuestrando sin más?
—Alguien dijo en el molino que el sheriff se había llevado a un niño el otro día —declaró.
Silas asintió.
—El chico de los Corbin. Herbert. También se llevaron al hijo de Shady Bale porque dicen que es un poco lento de entendederas.
Dictaminaron que era retrasado. Luego se llevaron a la hija de Cory Beck, quien nació con solo un brazo.
Y desde entonces han hecho más redadas. Se llevaron a seis hermanos del clan Jenkins: los metieron en sus vehículos y desaparecieron carretera abajo.
Roy Jenkins intentó detenerlos y casi acabaron linchándolo.
Lena se sentía enferma. Retiró una silla y se sentó también cuando sintió que las piernas le fallaban de repente.
Pensar que se llevaran a Bonnie y a Jack Henry era horrible, pero, desde que pisara ese país por primera vez, había estado preocupada por si perdía a Ella, y ese peligro era más real que nunca.
Y pensar que ella había ido ahí para darle a su hija una vida mejor…
Se habría reído si no hubiera estado tan asustada.
—¿Sabe a dónde se llevan a los niños? Las mujeres del molino decían que el niño de los Corbin iba a ser evaluado.
—Nadie lo sabe con certeza. Shady Bale y Cory Beck bajaron de la montaña en busca de auxilio, pero la policía se negó a ayudarlos.
Dijeron que no eran más que un puñado de pueblerinos estúpidos.
La gente ha estado escribiendo cartas que no llegan a ninguna parte.
De lo único que estoy seguro es de que mis ancestros están enterrados en estas tierras.
En la ciudad, envejeces, te mueres y te olvidan al cabo de una semana.
Aquí arriba, en estas montañas, algunas de las personas del cementerio murieron mucho antes de que yo naciera, pero siento que las conozco.
Es gente de la que he oído hablar toda mi vida.
Y mi esposa y mis otros hijos también están enterrados aquí.
De modo que, si alguien quiere quitarme mis tierras, tendrá que matarme primero.
Y si se llevan a Bonnie y a Jack Henry, bien podría estar muerto de todos modos.
Lena sabía con exactitud a qué se refería. Si alguien se llevara a su hija, ella bien podría morirse también. Solo pensar que se la arrebataran era casi más de lo que podía soportar.
¿Cómo podían las familias de las montañas vivir así, con el miedo constante a que el Gobierno les quitara su casa y a sus hijos?
¿Y por qué no habían tomado medidas? Entonces se acordó de lo indefensos que su familia y otros ciudadanos alemanes se habían sentido durante la guerra, y cómo también entonces se habían llevado a gente.
Asimismo, recordó que, cuando llegó a casa de Silas, Jack Henry había querido ahuyentar al sheriff con un rifle y que su padre le había dicho que eso solo les traería más problemas.
Tenía razón, sin duda, pero ¿cómo iba ella a quedarse de brazos cruzados si alguien amenazaba a su hija?