Capítulo 10 #4
—Mira, Silas —intervino el señor Early—, este joven no está haciendo nada malo. Le gustó mi molino y pidió hacerle fotografías para incluirlas en su libro. Eso es todo. Y todos nosotros permitimos que nos hiciera unos retratos también. Eso no le hace daño a nadie.
Junto a la carretera, Miriam Sizer bajó del automóvil y subió a duras penas el camino hacia ellos. Torcía el gesto con preocupación.
—¡Yo no he dado permiso para que le hagan fotografías a mi hija!
—declaró Silas. Le lanzó una mirada severa a Lena antes de devolver su atención al señor Early—.
¿Y si está conchabado con ese granuja, con el tal George Pollock?
—Se dirigió a las demás mujeres—. Vosotras lo habéis visto, Sandy y Nellie, sé que lo habéis visto, cuando se pasea por ahí con esos hombres lampiños con sus abrigos elegantes y sus botas de montar negras.
Y mientras se pasean nos señalan como si fuéramos un puñado de animales en un zoológico.
Nellie y Sandy asintieron con timidez y bajaron la mirada.
—¿Y si este hombre está aquí haciendo fotografías para esos tipos del Gobierno con los que colabora Pollock? —dijo Silas.
Miriam se situó detrás de él mientras intentaba recuperar el aliento.
—¿Quién es usted y qué diantres se cree que está haciendo?
Encendido de rabia, Silas se dio la vuelta para mirarla.
—Usted no tiene por qué saber quién soy ni lo que hago. Solo agarre a su hombre y lárguese.
Miriam soltó un grito ahogado.
—Disculpe, pero no voy a tolerar que me hable en ese tono. No he hecho nada para merecer tan flagrante falta de respeto. Tampoco se la merece el señor Rothstein.
Silas podría haberla fulminado con los ojos en ese instante.
—Sé que ustedes, los de la ciudad, nos desprecian. Se creen que todos somos basura blanca; que somos endógamos, ignorantes y pobres; y que pueden arrebatarnos lo que es nuestro porque ustedes son mejores que nosotros. ¡Pero no son nada más que una panda de delincuentes!
Miriam se quedó boquiabierta.
—¿Cómo se atreve a acusarme de tales cosas, cuando no he hecho nada más que intentar mejorar la vida de los niños de estas colinas dejadas de la mano de Dios?
Nellie dio un paso adelante. Miraba a Miriam Sizer con ojos críticos.
—¿Por eso le preguntaba a mi Jacobo a qué se dedicaba su padre y lo que comíamos para cenar? ¿Planea darnos dinero y viandas?
Aturullada, Miriam abrió la boca para hablar, pero no consiguió proferir palabra.
—Que todo el mundo se calme, por favor —intervino el señor Rothstein—. La señorita Sizer solo me trajo aquí para que pudiera intentar capturar la vida en estas montañas, para mostrar cómo es en realidad vivir y trabajar aquí.
—Y una mierda —dijo Silas. Señaló a los niños—. Mi hija nunca se pasea por ningún sitio con barro en la cara.
—Estaban jugando en los charcos —repuso el señor Rothstein.
—Yo no —negó Mary Frances.
—Él me dijo que me frotara la cara con barro —apuntó uno de los nietos del señor Early.
—A mí también —se sumó su hermano—. También nos pidió que nos quitáramos los zapatos.
—Ya estabais descalzos —lo contradijo el señor Rothstein—. Mis únicas instrucciones fueron para indicar dónde debían colocarse para hacer las fotografías.
—Eso no es cierto —intervino Nellie.
—¡Está mintiendo! —gritó Mary Frances.
El resto de los niños y las mujeres asintieron para indicar que así era.
Silas miró al señor Early.
—¿Este tipo está mintiendo?
El señor Early lo confirmó.
Silas dio otro paso hacia el fotógrafo con la barbilla bien levantada.
—Supongo que se pondrá en camino, señor Rothstein. No tiene nada que hacer aquí. Y si me llegan rumores de que ha vuelto a merodear por estos valles, va a desear no haber nacido. ¿Lo entiende? —Miró a Miriam con el ceño fruncido—. ¡Y ahora váyanse y no vuelvan!
Miriam se aclaró la garganta, dio media vuelta y se dirigió al vehículo. Sin decir palabra, el señor Rothstein devolvió la cámara a su estuche y la siguió cabizbajo.
Silas miró a Bonnie y a Lena con expresión adusta.
—¿Qué te dije de no hablar con gente a la que no conoces?
—Solo me estaba haciendo una fotografía —dijo Bonnie—. No estaba hablando con él.
—No me faltes al respeto, jovencita —dijo Silas—. Sabes muy bien a lo que me refiero.
Bonnie bajó la mirada y empezó a arrastrar un pie por la hierba.
Silas soltó un suspiro de frustración y miró hacia las montañas, como si estas pudieran ofrecerle la respuesta sobre qué hacer a continuación.
Mientras pensaba, no dejaba de mover la mandíbula como si farfullara.
Tras un minuto largo y tenso, relajó los hombros y volvió a mirar a Bonnie y a Lena con el ceño fruncido.
—Ya me ocuparé de vosotras dos cuando lleguemos a casa. —Dio media vuelta y caminó con desgana de vuelta al carromato.
Con una sensación de náusea en la boca del estómago, Lena lo vio subir al alto asiento del conductor sin mirar atrás. La carreta desapareció carretera abajo.
Nellie apoyó una mano sobre el hombro de Bonnie.
—¿Estás bien, cariño?
Bonnie asintió.
Betty Lee parecía dominada por el pánico:
—¿Pensáis que Silas tiene razón? ¿Y si ese fotógrafo estaba conchabado con George Pollock?
—¿Y qué si lo está? —dijo Sandy—. ¿Qué va a hacer con un puñado de fotografías?
—No estoy segura —admitió Betty Lee—, pero la señorita Sizer dijo que el fotógrafo acababa de estar en la casa de los Corbin.
—¿Y qué? —preguntó Sandy.
—El sheriff Dixon se ha llevado a uno de sus hijos —aclaró Betty Lee.
Sandy abrió los ojos como platos y el señor Early dio un zapatazo al suelo. Mostraba indignación en el rostro.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Tendría que haberlo sabido. Debería haberlo echado a patadas de mi propiedad en el momento en el que puso un pie en ella. Espero que puedan perdonarme, señoras.
Nellie parecía molesta y confundida.
—Lo que decís no tiene ningún sentido —opinó—. Que ese fotógrafo pasara tiempo en la casa de los Corbin no tiene nada que ver con el sheriff Dixon. Estáis haciendo una montaña de un grano de arena.
Sus palabras parecieron tranquilizar a Betty Lee y a Sandy, pero solo un poco. Sandy se retorcía los dedos y miraba a Betty Lee como si estuviera a punto de echarse a llorar. Betty Lee recogió a su bebé, tomó a Mary Frances de la mano y miró al señor Early con seriedad.
—¿Y si me da el alforfón y la harina de maíz? Tenemos que irnos a casa.
—Ah, sí —dijo el señor Early levantando un dedo, como si acabara de acordarse—. Ahora mismo los traigo. —Aún ruborizado, dio media vuelta y entró en el molino.
Mientras escuchaba la conversación, Lena se preguntaba si contarles a las mujeres lo que había pasado con Enzo y sus sospechas sobre los motivos por los que Silas quería que sus hijos se escondiesen, así como su teoría sobre por qué se había llevado el sheriff al niño de los Corbin.
Pero tenía que asegurarse primero. Tenía que preguntarle a Silas por Pollock y los tipos del Gobierno a los que había nombrado.
Además, asustar más a la gente era, con toda probabilidad, una mala idea.
De todos modos, podía darse el caso de que no la creyeran, puesto que acababan de conocerla.
Mientras le daba palmaditas a Ella en la espalda e intentaba decidir qué hacer, Bonnie se le acercó más, tanto que casi estaba apoyada en ella.
—Todo irá bien —la tranquilizó Lena, aunque dudaba de sus propias palabras.
—Papá no se enfadaba así antes. Pero desde que murió mamá se pone como loco. No me gusta.
Lena tuvo que admitir que se sentía aliviada por que Bonnie estuviese tan preocupada por el enfado de su padre que todavía no hubiera relacionado lo que le había pasado al niño de los Corbin con las fotografías del señor Rothstein…
, o quizá su mente joven e inocente no alcanzaba a entender algo tan horrible. Lena apenas era capaz de comprenderlo.
—Intenta no preocuparte. Le diré a tu padre que fue idea mía lo de que te unieras a los demás niños para las fotografías.
Y entonces, despacio y con cierta inquietud, rodeó a Bonnie con un brazo y la abrazó. Para su sorpresa, Bonnie se apoyó con fuerza contra ella y le dio la mano a Ella. Por fin se mostraba receptiva al consuelo que Lena deseaba con tanta desesperación ofrecerle.
El señor Early salió del molino y cargó el alforfón y la harina de maíz en las carretas, y Betty Lee, Sandy y Nellie reunieron a sus hijos y se dirigieron cada cual a su casa.
Cuando el señor Early salió con el último saco de harina de maíz, Bonnie lo tomó con ambas manos y se lo cargó sobre un hombro.
Gruñó por el esfuerzo y emprendió el camino hacia la carretera.
Lena la siguió con Ella bien arropada entre los brazos.
—Pensaba que querías que yo cargara con eso —dijo.
—No —respondió Bonnie—. Ya te he causado suficientes problemas hoy.