Las mentiras que nos contaron Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Supongo que no importa que lo haga.

Sandy aplaudió encantada y se volvió para mirar a Lena.

—¿Vienes?

Lena negó con la cabeza.

—No, gracias.

—Acérquese, señor Early —pidió el señor Rothstein—. Quiero que el propietario de este excelente molino también salga en la fotografía. Reúnanse todos, por favor, debajo de los manzanos, delante del cobertizo de madera.

Mientras parloteaba y reía, el grupo se dirigió hacia los árboles. Betty Lee se desató el delantal y comenzó a quitárselo. Sandy se pasaba los dedos por el pelo.

—Por favor, no se preocupen por el delantal ni por el pelo, señoras. Es imposible que estén más guapas y quiero hacer capturas de su vida normal y rutinaria en estas hermosas montañas. Mi libro tratará sobre lo que significa de verdad vivir aquí arriba.

Junto al molino, Lena tumbó a Ella, aún envuelta en el chal, sobre la hierba y se sentó a su lado para observar lo que pasaba.

Bonnie también se sentó. Cuando todos se hubieron reunido debajo de los manzanos, el señor Rothstein le dijo a Sandy que tomase un saco de arpillera que estaba tirado sobre la horqueta de un árbol y que lo sostuviera como si estuviera recogiendo manzanas.

Entonces instruyó al señor Early para que se apoyara contra el cobertizo con las manos metidas en los bolsillos.

—Eso es. Muévase hacia delante un poco más. ¿Cómo se llama? ¿Sandy? Muy bien, Sandy, sí, así está perfecta. —Miró hacia atrás, hacia Lena—. ¿Está segura de que usted y sus hijas no quieren salir en la fotografía, señora?

Lena volvió a sacudir la cabeza.

El señor Rothstein se encogió de hombros.

—Allá usted —dijo antes de volverse hacia sus objetos de estudio—. ¿Están todos preparados?

Las mujeres sonrieron y asintieron.

—Supongo —dijo el señor Early—. Solo que no entiendo por qué quiere que parezca que soy más vago que un gato al sol.

—Por favor, no sonrían, señoras. Quiero que aparezcan naturales, como si acabara de encontrarme con ustedes esta excelente mañana mientras hacen sus tareas y charlan entre sí.

Las mujeres intentaron seguir sus instrucciones y adoptaron un aire más solemne, pero Sandy no podía dejar de sonreír.

—Imagínese algo triste —dijo el señor Rothstein—. Algo que casi la haga llorar.

Sandy hizo lo que le decía y la sonrisa le desapareció del rostro.

—Eso es —aprobó él—. Caramba, le juro que podría ser actriz.

Animada por sus palabras, Sandy adoptó un semblante aún más serio y para ello frunció el ceño.

—Perfecto —dijo el señor Rothstein.

Las otras mujeres imitaron a Sandy. Todas andaban con cara mustia, enfurruñadas y cabizbajas. Parecía que iban camino de un funeral.

Después de hacer varias fotografías, el señor Rothstein ordenó a Sandy y a cuatro de los niños, incluidos Mary Frances y su hermano cubierto de barro, que se colocaran en el porche delantero de la cabaña del señor Early.

—¿Les importaría quitarse los zapatos? —pidió el señor Rothstein—. Quiero que resulte evidente que estas fotografías se tomaron en pleno verano.

Los niños y Sandy se quitaron los zapatos y los lanzaron sobre la hierba al lado de la cabaña. Mary Frances y su hermano ya iban descalzos.

—¿Quiere que yo sujete al bebé? —preguntó Sandy.

—No —contestó el señor Rothstein—. Quiero que Mary Frances siga con el bebé en brazos. Pero si usted pudiera situarse cerca de los escalones y mirar hacia el horizonte como si estuviera esperando a alguien, sería maravilloso.

—Claro —dijo Sandy. Subió las escaleras y se colocó en su sitio.

—Ahora límpiese las manos en el delantal —indicó el señor Rothstein—. Como si acabara de lavar los platos.

Sandy se estaba tomando sus instrucciones muy en serio, de modo que se apoyó contra la barandilla con el delantal entre las manos y contempló las montañas con mirada triste.

A unos pasos detrás de ella, cerca de la puerta principal, Mary Frances abrazaba a su hermanito con la cara cubierta de barro.

—Ahora mira a Sandy, Mary Frances —pidió el señor Rothstein—.

Como si estuvieras triste y estuvieras esperando que te ayude con el bebé.

—Le dijo a uno de los niños—: Siéntate en el borde del porche con la cabeza gacha.

—Y a otro—: Métete las manos en los bolsillos del mono y pon cara de enfado, como si tu mamá acabara de regañarte.

Los niños hicieron lo que se les pedía.

Lena miró a Bonnie para ver si ella tampoco entendía nada, pero era difícil descifrar la expresión de su rostro.

Ya había visto antes retratos de personas que parecían abatidas, la mayoría hechos muchos años antes, en la época en la que a todo el mundo le daba miedo parecer borracho o loco debido al hecho de que las cámaras tardaban mucho en capturar la imagen.

Pero los tiempos habían cambiado. Las cámaras ya eran más rápidas y resultaba aceptable sonreír cuando te hacían un retrato.

Las expresiones que el señor Rothstein estaba pidiendo eran las más sombrías que Lena había visto jamás.

Había conocido a muy poca gente desde que llegara a Wolfe Hollow, pero no había visto a nadie tan abatido como Sandy y los demás parecían en ese momento. A excepción de Silas, claro.

Cuando el señor Rothstein terminó de hacer fotografías en el porche, les pidió a los niños que se colocaran junto a la pocilga, donde unos tablones rotos colgaban del tejado y trapos arrugados cubrían los paneles de una ventana rota.

Un niño empezó a ponerse los zapatos, pero el señor Rothstein le ordenó que permaneciera descalzo.

Bonnie le dio un golpecito a Lena en el brazo.

—Quiero salir en una fotografía.

Lena negó con la cabeza.

—No creo que sea una buena idea. ¿Qué diría tu padre?

—Papá no tiene por qué saberlo. Nunca la verá.

—Pero a él no le gustaría que hablases con ese hombre. No lo conoces.

—No voy a hablar con él. Solo quiero salir en una fotografía con los demás. A las madres no les importa que el fotógrafo sea un extraño. Al señor Early no le importa tampoco y es el abuelo de Tad y Garth. —Señaló a dos niños de la edad de Jack Henry—. Nunca me han hecho una fotografía.

Lena soltó un suspiro. Comparado con el estado general de la situación, hacerse una fotografía con los demás niños resultaba muy poca cosa. Y Bonnie tenía razón al decir que a nadie parecía preocuparle el hecho de que el fotógrafo fuera un extraño.

Bonnie se levantó y se limpió la hierba del vestido.

—Mamá me habría dejado hacerlo.

—De acuerdo —cedió Lena—. Pero no podemos contárselo a tu…

Antes de que acabara la frase, Bonnie había echado a correr para reunirse con los demás.

A pesar de su preocupación por que Bonnie apareciera en las fotografías, Lena no pudo evitar sonreír cuando esta se echó a reír, igual que el resto de los niños cuando el señor Rothstein les pidió que se mancharan de barro las mejillas.

Lena no se explicaba por qué quería que aparecieran tan sucios, pero era bueno ver a Bonnie feliz y comportándose como una niña.

Cuando hubo terminado de hacer más fotografías de los niños junto a la pocilga, el señor Rothstein les pidió a todos que se colocaran junto al molino, en el lado donde estaba la ventana rota y donde faltaban algunas piedras.

Mientras se preparaba para seguir fotografiando, las mujeres reunieron a sus hijos.

Entonces, de repente, llenaron el aire los sonidos de una carreta que se aproximaba por la carretera: el golpeteo seco de los cascos, el rechinar de las ruedas, el tintineo de las cadenas.

Todos se detuvieron para ver quién llegaba y el señor Rothstein se dio la vuelta para mirar hacia la carretera.

Cuatro grandes caballos de tiro, con los flancos y el vientre relucientes de sudor, tiraban de una carreta enorme que transportaba pilas de troncos cortados colina abajo.

Dos hombres iban sentados en el asiento elevado del conductor; uno sujetaba las riendas, el otro le sacaba una cabeza de altura y medio metro de ancho al primero.

A Lena le dio un vuelco el estómago.

Era Silas.

Se apresuró a levantarse del suelo y buscó a Bonnie entre los niños.

Al principio, no estaba por ninguna parte, pero luego la vio, en el centro del grupo, descalza y con la cara manchada de barro, preparada para posar para otra fotografía.

Levantó a Ella del suelo con chal y todo, y comenzó a dirigirse hacia ella.

Si se daba prisa, quizá pudieran esconderse detrás del molino antes de que Silas las viera.

—¡Bonnie! —gritó—. ¡Ven aquí!

Pero era demasiado tarde. Silas ya las había visto.

Le arrebató las riendas al conductor de la carreta y tiró de ellas para detener a los caballos junto al vehículo del señor Rothstein.

Al hacerlo, casi se vino abajo la pila de troncos.

El conductor soltó una maldición dirigida a Silas y le quitó las riendas de un tirón mientras lo miraba como si hubiera perdido la razón.

Silas se bajó de un salto del asiento elevado y avanzó hacia el molino con los puños apretados.

Bonnie corrió hacia Lena. Se había puesto pálida de preocupación. La pequeña Ella empezó a despertarse y se removió entre los brazos de Lena.

Cuando el señor Rothstein vio que Silas se dirigía hacia ellos, dio un paso atrás, pero no consiguió alejarse lo suficiente. Silas le dio un golpe en el pecho con un dedo.

—¿Quién demonios es usted y qué demonios está pasando aquí?

—Yo… soy Arthur Rothstein, fotógrafo. No busco problemas. Solo estoy haciendo unas fotografías. —Le tendió la mano.

Silas no hizo ningún caso de la mano extendida y se quedó mirándolo de forma amenazadora.

—Tiene que largarse de aquí antes de que le propine tal paliza que no lo reconocerán ni sus parientes.

Asustada por los gritos, Ella se despertó del todo y empezó a llorar.

Lena la conminó a guardar silencio meciéndola arriba y abajo.

A pesar de su propio miedo, Bonnie intentó ayudar y le dio unas palmaditas en la espalda sin quitarle ojo a su padre.

Por suerte, Ella se tranquilizó enseguida, parpadeó y miró a su alrededor con ojos soñolientos.