Capítulo 10 #2
—A mí me parece un señoritingo de ciudad —opinó Nellie.
Cuando se abrió la puerta del pasajero, una mujer fornida con gafas redondas salió, se colgó un bolso del brazo y rodeó el vehículo para reunirse con el hombre. Le dijo algo mientras gesticulaba hacia el molino.
—Esa de ahí se parece a la señorita Sizer —observó Betty Lee.
—¿Quién? —preguntó el señor Early.
—La señorita Miriam Sizer —repitió Betty Lee—. Esa nueva maestra de la escuela de verano.
—¿Qué está haciendo aquí arriba? —dijo Nellie—. Mi Jacobo fue a esa escuela varios días y, si queréis mi opinión, esa mujer es un pelín demasiado entrometida para mi gusto.
—¿Por qué dices eso? —dijo Sandy.
—Lo digo porque se pasó más tiempo haciendo preguntas que enseñando —dijo Nellie—. Le preguntó a mi niño por mi marido y a qué se dedicaba para ganar dinero. Cuántas hermanas y hermanos tenía, qué tipo de comida comía…, ese tipo de preguntas. Decidme para qué necesita saber todo eso una maestra.
—He oído que enseñó a la clase a cantar América —apuntó Betty Lee.
—¿Para qué? —se extrañó Sandy.
Betty Lee se encogió de hombros.
El hombre se separó del automóvil y comenzó a caminar hacia ellas. La mujer lo seguía. A medio camino, el hombre rebuscó en el zurrón y sacó una caja negra del tamaño de su mano que parecía tener unos diales plateados.
—¿Es eso una cámara? —dijo Sandy.
—Eso parece —asintió el señor Early.
El hombre levantó la cámara y apuntó al molino.
—¿Nos está haciendo fotografías? —aventuró Sandy.
—Supongo que sí —afirmó el señor Early.
Lena se levantó del suelo, con cuidado de no despertar a Ella, y le hizo gestos a Bonnie para que volviera.
La niña, que había estado mirando a los recién llegados con suspicacia, ya estaba acercándose a ella.
Cuando llegó a su altura, se quedaron junto al molino y varios metros por detrás de las demás.
El hombre bajó la cámara y se aproximó a ellos. Era joven y esbelto, y caminaba con confianza. La mujer, de mediana edad y con una boca terca decorada con una doble papada, lo seguía a varios pasos de distancia, recorriendo con cuidado el camino irregular y lleno de piedras.
Betty Lee se apresuró a recoger a su bebé, que estaba jugando en un charco de fango cerca de la cerca de la represa. Entonces le gritó a una niña que estaba construyendo una casita de ramas debajo de un roble:
—¡Mary Frances, ven aquí con mamá ahora mismo!
La pequeña soltó las ramitas que llevaba en la mano e hizo lo que se le decía. Betty Lee se reunió con ella a medio camino, la agarró del brazo y la guio hasta la seguridad de sus amigas.
—¿Conoces a ese hombre y a esa mujer? —le susurró Lena a Bonnie, que negó con la cabeza.
Uno de los niños más mayores se acercó corriendo a los extraños.
—¿Me hará una fotografía? —inquirió feliz y entusiasmado.
Otro niño lo siguió:
—¡A mí también!
El hombre siguió caminando y asintió:
—Claro que sí, chicos.
Cuando él y la señorita Sizer llegaron al grupo, ella habló primero.
—Buenos días, señoras —saludó. Le dedicó al señor Early un gesto seco con la cabeza—.
Señor. Como muchas de ustedes ya saben, soy la señorita Miriam Sizer, la maestra temporal, durante el verano, de Old Rag.
También ayudo en sus investigaciones al psicólogo Mandel Sherman y al escritor científico Thomas Henry.
Me gustaría presentarles al señor Rothstein, quien ha sido contratado por la Sección Histórica de la Administración para el Reasentamiento para que tome fotografías aquí arriba en la cordillera Azul.
Acaba de pasar una semana en una cabaña cerca de la familia Corbin, pero le gustaría hacer más fotografías antes de marcharse.
—¿Por qué razón hace los retratos? —preguntó el señor Early.
—Pues para la posteridad, claro —repuso la señorita Sizer—. El señor Rothstein es un fotógrafo excelente.
El aludido sonrió como si se sintiera avergonzado.
—Es cierto. Me pagan para tomar fotografías, pero también espero poder montar un libro sobre estas montañas y las personas que viven en ellas. —Miró al señor Early—. ¿Es usted el dueño de este magnífico molino?
—Lo soy.
—Vaya, es precioso. Uno de los mejores que he visto jamás. Un poco erosionado por las inclemencias del tiempo, pero, en mi opinión, eso aumenta su encanto. Sería la portada perfecta para mi libro.
—Gracias de todo corazón —dijo el señor Early—. Lleva en mi familia seis generaciones.
—¿De verdad? —se admiró el señor Rothstein—. Qué legado tan impresionante. —Se dirigió a las mujeres—. ¿Les importaría que les hiciera unas fotografías?
—¿Quiere fotografiarnos a nosotras? —se extrañó Nellie.
—Y a sus hijos, si les parece bien —añadió el señor Rothstein.
—Vaya, no sé —dudó Nellie, que miraba preocupada a las demás.
Betty Lee negó con la cabeza.
Sandy se encogió de hombros, no muy segura de qué opinar.
—Quizá deberíamos irnos —le susurró Lena a Bonnie.
—Pero todavía no tenemos la harina de maíz y no nos queda ni una pizca —murmuró Bonnie—. Y papá no va a enterarse de nada de esto a menos que tú se lo cuentes.
Lena suspiró. Bonnie tenía razón. No había motivos para contarle a Silas que unos extraños habían aparecido en el molino. El molino no era su casa.
El señor Early se sujetó los tirantes con los pulgares.
—¿De verdad han subido hasta aquí, hasta estos valles, solo para hacernos fotografías?
—Sí, señor —asintió el señor Rothstein—.
Pero, si he de serle sincero, no me había percatado de la distancia que hay hasta donde ustedes viven.
De lo contrario, habría alquilado una carreta con un caballo.
Estas carreteras empinadas han sido algo difíciles para mi vehículo.
—Se dio la vuelta para admirar las vistas—.
Pero comprendo por qué les gusta vivir aquí arriba.
La señorita Sizer hizo una mueca, como si se hubiera tragado algo podrido.
—Le advertí que estas carreteras primitivas no estaban hechas para los vehículos modernos.
Estas personas son retrasadas e ignorantes.
No saben cómo ser civilizados y carecen de la ambición para mejorar sus condiciones de vida.
—Entonces, como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que acababa de decir, dejó de hablar.
Mostraba en el rostro una mezcla de vergüenza y asco—.
Esperaré en el automóvil. —Dio media vuelta y caminó con dificultad de vuelta al vehículo.
El bolso se le bamboleaba como un péndulo colgado del brazo.
El señor Rothstein rio con torpeza.
—Algunas personas no reconocen el encanto a la vieja usanza cuando lo tienen delante —dijo, como si ser divertido y simpático pudiera excusar el comportamiento de la señorita Sizer.
—Y algunas personas no valen un comino —afirmó el señor Early.
—Lo siento —se disculpó el señor Rothstein—. La señorita Sizer está más molesta conmigo que otra cosa. El viaje en automóvil resulta polvoriento y se pasa mucho calor, y me temo que no me he asegurado de que estuviera cómoda.
Las mujeres y el señor Early intercambiaron miradas mientras decidían si aceptar su disculpa o decirle que se fuera con viento fresco.
Sandy se mordió el labio y le preguntó al señor Rothstein:
—¿Va a ver mucha gente nuestras fotografías?
—Sin duda. Algunas aparecerán incluso en los periódicos de todo el país.
A Sandy se le iluminaron los ojos de los nervios:
—Vaya, que me aspen. ¿Dónde quiere que nos pongamos?
Lena miró a Bonnie, notó una oleada de inquietud. Ojalá pudieran comprar su harina de maíz e irse a casa.
Con una sonrisa satisfecha, el señor Rothstein estudió de un vistazo lo que los rodeaba.
—¿Qué tal si se ponen cerca de ese cobertizo de madera?
—¿Yo también puedo salir en la fotografía? —preguntó Mary Frances al tiempo que daba un paso adelante.
Betty Lee tiró de ella hacia atrás.
—Calla, niña.
—Eso depende de tu madre —dijo el señor Rothstein—.
Pero estoy seguro de que le gustaría tener una fotografía de una niña tan bonita como tú.
—Señaló con la cabeza al bebé que Betty Lee llevaba en brazos—.
Y de tu lindo hermanito también. Tiene una familia preciosa, señora.
Si yo fuera de los que apuestan, apostaría mi dinero a que todos ustedes ganarían sin esfuerzo el Concurso de Familias Idóneas de la feria estatal.
Ante tales palabras, Betty Lee se ruborizó y miró a su hija y a su hijito con una sonrisa orgullosa.
—Bueno, supongo que un par de fotografías no le hacen daño a nadie.
—A la gente de la montaña no se le permite participar en ese concurso —le recordó Sandy.
Nellie le dio un codazo, irritada.
—Eso no importa. Solo les está haciendo un cumplido a ella y a sus criaturas.
Haciendo caso omiso de ese intercambio de palabras, Betty Lee usó su delantal para empezar a limpiar el barro que le cubría las manos y la cara al bebé.
—Oh, no se preocupe por eso —dijo el señor Rothstein—. A los niños les gusta jugar en el barro y todo el mundo lo sabe. ¿Por qué no deja…? —Miró a la hija de Betty Lee—. ¿Cómo te llamabas, querida?
—Mary Frances.
El señor Rothstein volvió a sonreírle a Betty Lee.
—¿Por qué no deja que Mary Frances sostenga al pequeño mientras tomo fotografías de los adultos? Después retrataré a los niños.
—De acuerdo —dijo Betty Lee, y le entregó el enfangado bebé a Mary Frances.
El señor Rothstein se dirigió a los demás.
—¿Les importaría salir también? Solo necesitaré unos minutos de su tiempo. Y no le digan a nadie que lo he dicho, pero son ustedes el grupo más atractivo con el que me he encontrado hasta ahora. Sería un honor y un privilegio incluirlos en mi obra.
El señor Early soltó una risita.
—Es usted un marrullero, ¿eh?
Mientras esperaba a que las mujeres respondieran, el señor Rothstein fingió no haber oído lo que le había dicho.
Pero Lena estaba de acuerdo con el señor Early.
Quizá fuera por lo que le había pasado con el padre de Ella, pero le resultaba difícil confiar en alguien que se mostraba simpático y elogioso en demasía con personas a las que no conocía de nada.
Sandy apoyó una mano juguetona en el brazo de Nellie.
—Vamos, será divertido.