Capítulo 10
E l viejo molino harinero se erguía sobre unas pilastras burdas encima de un riachuelo estrecho; su noria de madera giraba gracias a la corriente rápida que originaba una cascada entre rocas.
Una cerca de madera recorría la represa del molino antes de subir por una ladera cubierta de hierba hacia una cabaña con el tejado torcido, una pocilga con una ventana rota y un cobertizo de madera de poca altura rodeado de manzanos.
Había dos carretas tiradas por caballos al lado del camino, y tres mujeres, reunidas cerca del molino, charlaban con un hombre enjuto de cabello banco y encrespado.
En la zona entre la casa y el molino, unas niñas jugaban a perseguirse y otras saltaban a la comba, mientras que varios niños se turnaban para golpear una pelota con un palo.
Gritos y risas de felicidad llenaban el ambiente.
Lena se detuvo para tomar a Ella en brazos. Estaba cada vez más nerviosa.
—¿Conoces a todas estas personas? —le preguntó a Bonnie.
—Claro que sí. No hay mucha gente a la que no conozca por aquí. Vamos, no van a morderte.
Lena esperaba que Bonnie tuviera razón. Ya era bastante malo andar siempre preocupada por si la aceptaban; ahora, gracias a Silas, los extraños le provocaban un nuevo temor.
El hombre del pelo encrespado levantó la barbilla cuando se acercaron y las mujeres miraron por encima del hombro para ver quién se aproximaba. Una se dio la vuelta y saludó a Bonnie con la mano; por los brazos delgados brazos y los movimientos rápidos recordaba a un pájaro.
—Vaya, hola, Bonnie —saludó—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi por aquí con tu padre.
—Hola, Nellie. Papá está trabajando en el aserradero hoy.
Las otras dos mujeres sonrieron también. Una tenía el rostro arrugado y bronceado como una pasa, mientras que la otra lucía el pelo ondulado y el rostro bello de una estrella de cine.
Cuando la mujer del rostro arrugado vio a Ella en brazos de Lena se le iluminaron los ojos:
—Cielo santo, ¿quién es este angelito?
—Esta es Ella —dijo Bonnie—. Y esta es su mamá, Lena. Ahora viven con nosotros en la granja.
—¿De verdad? —se extrañó Nellie.
—Sí. Vienen de Alemania. —Se dirigió a Lena—. Estas son Nellie McCauley, Betty Lee Blanchard y Sandy Craig. Nellie vive en la cordillera. Betty Lee y Sandy vienen de Sugar Hollow, cerca de la bifurcación norte del río Moorman. Y el señor Early es el dueño de este molino.
—Es un placer conocerles.
—Encantada de conoceros a vosotras también —dijo Sandy.
Las otras asintieron.
—¿Tu marido también ha venido a los Estados Unidos? —quiso saber Betty Lee.
Aunque había sabido que iban a hacerle esa pregunta más pronto que tarde, Lena se encogió por dentro.
No había forma de saber cómo reaccionarían estas mujeres al saber que su hija había nacido fuera del matrimonio.
¿Cómo lo había denominado Silas? «En el lado equivocado de la cama».
Ya había soportado suficientes críticas por su falta de marido allá en Alemania; no sentía deseos de que la criticaran ahí también.
Y, de todos modos, como se había repetido cientos de veces, el padre de Ella bien podría estar muerto.
—No. El hombre con quien me iba a casar murió antes de la boda.
Con suerte, la excusa provocaría más empatía que curiosidad.
—¡Cielos, eso es horrible! —exclamó Sandy.
—Pobrecita —la compadeció Betty Lee.
—Lo siento mucho —se condolió Nellie.
—Gracias —repuso Lena. Se sentía aliviada. Bajó la mirada el tiempo suficiente para parecer tan consternada como requería la situación y esperó que nadie le preguntara cómo había muerto.
—¿Y cómo habéis acabado viviendo aquí, en la cordillera Azul? —preguntó Nellie.
—¿Eres una de esas novias por correspondencia? —intervino el señor Early—. ¿Estás comprobando si Silas y tú os tomáis cariño?
Nellie le lanzó una mirada de reproche.
—¡Señor Early! —lo reprendió—. Aun cuando eso fuera así, no es asunto nuestro, ¿verdad?
—Es pariente de papá —aclaró Bonnie—. Una prima lejana. No tenían nada en su tierra, de modo que papá dijo que podían venir a vivir con nosotros y a ayudarnos.
—Vaya, qué generoso —dijo Sandy—. Supongo que, después de todo, Silas Wolfe tiene corazón.
—Sé amable —la reconvino Nellie.
—Solo está resentida porque Silas no se fija en ella —terció Betty Lee.
Sandy le lanzó a Betty Lee una mirada hosca.
—¿Sabes que puedes ir al infierno por mentir igual que se va por robar?
—Ya basta, muchachas —zanjó el señor Early—. No asustemos a la señorita Lena. —Le pidió disculpas con la mirada—. Siento haber dicho algo inoportuno. No pretendía faltarle al respeto.
Lena asintió y le dedicó una sonrisa débil. De todos modos, no tenía ni idea de lo que era una novia por correspondencia.
El señor Early se dirigió a las otras mujeres.
—Ahora decidme qué os hace falta y volvamos al negocio.
—Yo necesito veinticinco kilos de harina de maíz —apuntó Nellie.
—Nosotras lo mismo —se sumó Bonnie.
—Nosotras venimos en busca de alforfón y harina de maíz —dijo Sandy en referencia a Betty Lee y a ella misma—. Veinticinco kilos de cada.
—Puede que la harina de maíz tarde un rato —avisó el señor Early—. Todavía no la he metido en sacos.
—No hay problema —dijo Nellie—. Todas tenemos que ponernos al día. ¿Verdad, señoras?
Las otras mujeres asintieron.
Bonnie le tironeó a Lena de la manga y señaló a los niños que jugaban en el patio.
—Voy a saltar a la comba con Ruby Ann y con Jessomay.
—¿Tu padre te dejaría hacerlo?
Bonnie asintió con ojos anhelantes.
—Papá siempre deja que Jack Henry y yo vayamos a nuestro aire mientras se pone al día con el señor Early. —Por primera vez desde que Lena llegara, Bonnie sonaba y actuaba como una niña de su edad.
—De acuerdo. Intentaré que Ella se duerma mientras esperamos para comprar la harina de maíz.
Bonnie sonrió y corrió hacia las otras niñas, el cabello rubio le ondeaba sobre la espalda.
Una vez hubo encontrado un lugar mullido en la hierba para sentarse, Lena envolvió a Ella dentro del chal y se recostó contra la pared del molino.
Comenzó a mecerla con suavidad de lado a lado y a canturrearle una nana en alemán.
Entre la larga caminata para llegar hasta allí y el sonido rítmico de la noria, que vibraba como el latido de un corazón gigantesco al otro lado del edificio, Ella se quedó dormida en cuestión de segundos.
Mientras las mujeres conversaban y le pagaban al señor Early —Nellie con dinero en efectivo, Betty Lee y Sandy con huevos y verduras—, Lena prestaba atención a todo lo que decían.
—¿Sabéis que el pequeño de Beulah Mae perdió una pierna la semana pasada por culpa de una desbrozadora?
—dijo Sandy—. Bobby Roy, creo que se llama.
¿No os acordáis? A ver, la abuela era de la familia Sawyer y su hermana, Flora, a la que se llevó un cáncer, se casó con el hijo mayor de Emmet, Luke.
Beulah Mae se casó con el primo segundo de Dale, Hollis.
¿Os acordáis de Hollis? Venía cada año para Acción de Gracias.
—¿El que era alto y delgado con verrugas, o el bajito con las uñas renegridas de porquería? —preguntó Betty Lee.
—El alto y delgado —precisó Sandy.
—¿Era hermano de Robby Roy?
—Creo que sí, pero no estoy segura.
—George Pollock ha vuelto a merodear —dijo Nellie—. Hice a los niños entrar en casa tan pronto como lo vi.
—Ese hombre está como una cabra —dijo Sandy—. Allí arriba, en su mansión elegante, pavoneándose con un traje de vaquero, jugando con serpientes de cascabel y montando guateques elegantes para sus amigos ricos y borrachos.
—¿Estaba el sheriff Dixon con él? —preguntó Betty Lee.
—Yo no lo vi —negó Nellie.
—No habrías podido verlo —intervino Sandy— porque es más rastrero que una serpiente en el surco de una carreta.
Lena dejó de canturrear y se quedó muy quieta, con la esperanza de que las mujeres dijeran más cosas sobre el sheriff.
Al parecer, Silas no era el único que no se fiaba de él, lo cual la tranquilizó un poco.
Pero ¿quién era George Pollock? ¿Y por qué Nellie hacía a los niños meterse en casa cuando ese hombre andaba cerca?
—¿Habéis oído que el sheriff Dixon y su ayudante se llevaron al chico de los Corbin el otro día? —preguntó Betty Lee—. Le dijeron a su madre que se lo llevaban para evaluarlo.
Sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
¿El sheriff se había llevado a un niño? Y después de que Enzo hubiera sido «evaluado» en la isla de Ellis, los médicos habían amenazado con encerrarlo de por vida.
Quizá Bonnie tuviera razón. Tal vez Silas quisiera que ella y Jack Henry se escondieran porque alguien los había llamado deficientes mentales.
Pero ¿por qué querría el sheriff encerrarlos?
¿Y por qué le haría eso a ciudadanos estadounidenses, en especial a niños?
¿Pensaba que Bonnie y Jack Henry serían incapaces de conseguir trabajo?
¿Creía que se convertirían en delincuentes que no contribuirían a la sociedad? No tenía sentido.
—¿Evaluarlo? —preguntó Sandy—. ¿Para qué? ¿Y quién?
—No lo sé —dijo Betty Lee—. Gertie Corbin estaba tan conmocionada que no quise preguntarle.
Antes de que las mujeres pudieran decir más sobre el asunto, los estallidos y chisporroteos de un vehículo que se acercaba hicieron que prestaran atención a la carretera.
Un automóvil cubierto de polvo apareció en la cima de la colina.
Una nube de polvo marrón se alzaba tras él.
Bajó hacia el molino y se detuvo con brusquedad sobre la hierba.
Bonnie y los demás niños dejaron de jugar y levantaron la vista para ver quién había llegado.
El señor Early salió del molino con un gesto de asombro que hacía que se le frunciera el ceño.
Un hombre con un sombrero negro y un abrigo entallado salió del lado del conductor.
Abrió la puerta trasera y sacó un zurrón marrón.
—¿Quién demonios es ese? —se preguntó Sandy.
—Que me aspen si lo sé —dijo el señor Early—. Nunca he visto a esa persona por aquí.