Capítulo 9 #3
—¿Se enfadará tu padre por que hayas estado hablando con Virgilio? —preguntó Lena.
—Supongo, pero Virgilio es como de la familia y papá es muy cabezota. Está que echa fuego porque Virgilio vende moonshine.
—¿Echa fuego?
—Significa que está muy enfadado. Papá cree que Virgilio va a conseguir que el sheriff Dixon husmee por aquí más todavía. Y por eso quiere que se mantenga alejado de nosotros.
—Le pregunté a tu padre por el sheriff, pero no me dijo mucho.
—Claro que no. Papá ya no dice mucho sobre nada, a menos que esté enfadado.
—Sí, lo he notado.
Caminaron en silencio un par de minutos, cada una perdida en sus propios pensamientos, mientras Ella daba patadas a las piedrecillas y recogía hojas.
—¿Puedo hacerte preguntas sobre algunas cosas que ha dicho Virgilio? —dijo Lena.
Bonnie se encogió de hombros.
—Si no quieres hablar, no tenemos por qué hacerlo. Solo pretendo entender y ayudar si es posible. Virgilio ha dicho que tus padres perdieron otros hijos.
Bonnie asintió con los ojos clavados en la carretera.
—Georgie y Matilda Grace pillaron la viruela, y Jeramiah se ahogó en un barril de agua de lluvia cuando tenía dos años. Ya sabes que la última nació muerta. Pero papá no le puso nombre porque dice que mató a mamá.
— Ach, Gott. Lo siento mucho. Tú y tu familia habéis sufrido mucho. Pero sabes que no fue culpa de esa bebé que tu madre muriera, ¿verdad?
Bonnie volvió a encogerse de hombros.
—Eso ahora ya no importa. —Se detuvo cerca de un saliente rocoso donde la carretera comenzaba a virar para rodear una colina boscosa—.
Ahí delante está el puente Sugar Gulch. Virgilio ha dicho que la viuda Spinney está ahí otra vez, de modo que tenemos que ir por el bosque y cruzar el lecho del arroyo.
—¿Quién es la viuda Spinney?
—Lo único que sé seguro es que está como una cabra.
Lleva años paseándose por ese puente, sollozando, con un bebé en los brazos.
Pero su marido y su bebé están muertos y no lleva en brazos nada más que un fardo de mantas viejas.
Hay quien dice que su marido la abandonó y que ella lanzó al bebé desde el puente para hacerle daño al marido.
Otros dicen que su marido murió en la guerra y que el bebé murió de hambre porque ella estaba tan destrozada que se olvidó de alimentarlo.
—Tomó a Ella en brazos—. La cuestión es que cada vez que ve a un bebé se pone a gritar que es suyo.
Lena se estremeció y se rodeó con los brazos. Qué historia tan espantosa. Ya tenía bastante por lo que preocuparse sin que una loca intentara llevarse a su hija.
Antes de que pudiera decir nada, Bonnie cambió de rumbo y se internó en el bosque oscuro.
Lena la siguió e intentó seguirle el ritmo mientras se abrían paso entre arbustos espinosos, pinos altos y gruesos robles.
De repente, un lamento largo y quedo les llegó entre los árboles.
Lena quedó paralizada. Bonnie siguió adelante sin inmutarse.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Lena.
—La viuda Spinney. Vamos, tenemos que darnos prisa.
En las profundidades del bosque, bajaron por un terraplén rocoso y escarpado hacia la orilla de un riachuelo, un puente de madera se alzaba sobre ellas.
Los gritos de la viuda flotaban sobre la barandilla del puente y retumbaban en el barranco como los aullidos de un animal torturado.
A Lena se le puso la piel de gallina. Reconocía ese grito de dolor espantoso y desdichado.
Lo había oído de pequeña cuando las mujeres del vecindario se enteraban de que su marido o sus hijos habían muerto en la guerra, y lo había vuelto a oír en la garganta de su madre cuando Vater murió, pero nunca de forma tan continuada.
Desde el fondo del terraplén, levantó la vista hacia el puente.
Una figura oscura recorría los espacios entre los tablones antes de pararse y mirar por la barandilla.
—No te detengas —la instó Bonnie mientras se apresuraba hacia la orilla rocosa del riachuelo. Se pasó a Ella de la cadera a la espalda y enganchó los brazos debajo de las piernecitas de la niña—. Una vez casi nos atrapa a mí y a Jeramiah.
Lena observó el agua, que corría rápida y superficial, y luego miró hacia los rápidos agitados que había corriente abajo.
—Dame a Ella —dijo.
—Es mejor que la lleve yo. Llegar al otro lado puede ser algo difícil si no conoces el camino.
Comenzó a cruzar el riachuelo; pasaba de roca en roca con la agilidad de un funambulista a pesar de llevar a la niña a cuestas.
Lena reunió todo el valor que pudo y la siguió por las piedras resbaladizas, usando los brazos para mantener el equilibrio.
Volvió a levantar la vista hacia el puente: la viuda Spinney las estaba mirando fijamente con ojos negros como la noche, piel blanca como la nieve y el largo cabello gris colgando sobre la barandilla como cuerdas enredadas.
Lena resbaló y casi cayó al agua. Se le llenaron los zapatos de agua fría, pero recuperó el equilibrio y cruzó el riachuelo como si lo hubiera hecho cientos de veces, moviéndose tan rápido como podía sin caerse.