Capítulo 9
C on Ella subida a caballito, Bonnie abría la marcha por el bosque en dirección al molino.
Iban siguiendo un sendero muy descuidado que serpenteaba entre robles y arces, subía por sendas rocosas y se colaba entre precipicios y peñascos.
Lena se había ofrecido varias veces a cargar a Ella con el chal, pero Bonnie insistía en llevarla a cuestas y le prometió que se la entregaría si se cansaba demasiado.
Además, había razonado Bonnie, una de las dos tenía que llevar el saco de harina de maíz de vuelta a casa y Lena bien podría intentarlo.
El problema era que, incluso sin un saco de harina de maíz en los brazos, Lena apenas podía seguirle el ritmo, de modo que, en su fuero interno, se sentía aliviada de que Bonnie quisiera llevar a Ella.
Temprano esa misma mañana, cuando salieron de la casa, había ansiado que llegara el momento de la caminata, deseosa de estirar las piernas y de respirar el aire con aroma a pino, como en su hogar, allá en Alemania.
Claro que ya había pasado tiempo desde la última vez que caminó por las colinas que rodeaban su pueblo natal, la última vez había sido antes de que Ella naciera, pero pensó que el viaje hasta el molino sería fácil.
Se equivocó. No ayudaba que Bonnie se hubiera puesto zapatos, lo cual la hacía tan rápida y le confería un paso tan seguro como el de una cabra montesa.
E incluso con Ella a la espalda, iba cantando a pleno pulmón y no sonaba, ni una sola vez, como si le faltase el aire; no sabía cómo lo hacía.
Para cuando llegaron a una zona de terreno nivelado, Lena iba jadeando y estaba empapada de sudor. Se preguntaba cómo iba a conseguir acarrear un saco de harina de maíz de vuelta a la casa. Cuando se detuvo para recuperar el aliento, Bonnie redujo la marcha para mirarla.
—Vamos. Quiero enseñarte algo un poco más allá. Pero tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo?
Lena se habría reído si hubiera encontrado las fuerzas para hacerlo. No tenía a nadie a quien contarle nada. Asintió y apoyó las manos en las caderas mientras seguía intentando recuperarse. Mientras Bonnie deshacía el camino para acercarse a donde estaba, agradeció la pausa.
—Tienes que prometerlo —insistió Bonnie.
—Lo prometo.
Cuando emprendieron de nuevo el camino, llegaron a un campo de flores silvestres cuyos pétalos azules, amarillos, morados, rojos, blancos y rosas se mecían bajo la brisa como si hubieran salpicado pintura. Bonnie hizo un ramillete diminuto de capullos morados y rosas, y se lo dio a Ella.
—Es muy hermoso —admiró Lena—. ¿Era esto lo que deseabas mostrarme?
Bonnie negó con la cabeza.
—No, yo no soy la única que conoce este campo.
Mamá me lo enseñó hace una eternidad. Y aquí es donde la abuela Creed recoge algunos de sus ingredientes, como bergamota, rosas de color rosado, dedalera, equinácea, coreopsis, ruda, campánula, sanguinaria, algodoncillo y muchas otras que no recuerdo ahora mismo.
—No puedo creer que retengas los nombres de tantas plantas. ¿Quién es la abuela Creed? Ya la has mencionado antes.
—Llamamos a la abuela Creed cuando enfermamos o nos lastimamos.
Aprendió a curar de su bisabuelo, quien aprendió de los cheroquis.
Claro que todo el mundo sabe cómo usar azufre en polvo para las picaduras de los insectos, y también sabemos que pensar en Willie Cook nos quita el hipo.
Sabemos que una infusión de corteza de sauce alivia los dolores, que el té de hierba gatera cura el cólico de los bebés, que la bardana ayuda con las picaduras de serpientes y, dependiendo de si la cortas arriba o abajo, la corteza de olmo rojo cura los males del estómago; pero la abuela Creed hace de todo, desde ayudar en un parto hasta recetar medicinas, pasando por arreglar piernas rotas y entrañas sangrantes.
Lena sacudió la cabeza asombrada. Su familia tenía sus propios remedios naturales, como leche caliente con miel para la tos y gárgaras con agua salada para el dolor de garganta, pero nunca había oído hablar de los tratamientos que Bonnie había mencionado.
—Te diré otra cosa —añadió la niña con una mueca burlona—: más te vale no tener artritis cuando seas vieja, porque la cura de la abuela Creed para eso es tomar moonshine con gusanos molidos.
—Rompió a reír y entonces, para consternación de Lena, echó a correr por el campo con Ella, que reía, a cuestas.
Lena rezongó y corrió para alcanzarlas. En la linde del campo de flores silvestres, Bonnie se agachó para pasar por debajo de una rama baja y desapareció.
Lena fue tras ella y la siguió por un camino angosto entre árboles altos y arbustos frondosos.
Cuando llegaron a un claro circular, Bonnie bajó a Ella al suelo, la tomó de la manita y la llevó hacia un círculo de árboles donde latas viejas, trozos de latón, botellas marrones y cubos oxidados colgaban de cuerdas desde las ramas más bajas.
Bonnie le soltó la mano a Ella, recogió dos palos y empezó a cantar una canción sencilla mientras golpeaba las latas, las botellas y los cubos.
La chiquitina reía encantada y se mecía de lado a lado, bailando y siguiendo el ritmo.
Lena sonrió y se llevó una mano al corazón, asombrada y encantada a partes iguales por aquel lugar mágico y por el impresionante talento de Bonnie.
Esta buscó otro palo y se lo dio a Ella, quien golpeó un cubo que colgaba más bajo, primero vacilante, después con más fuerza.
El rostro se le llenó de alegría. Lena encontró un palo y se unió a Bonnie con un ritmo a dos tiempos.
Al cabo de un momento perdieron el compás y se echaron a reír.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Lena.
—Jack Henry y yo lo hicimos hace un par de veranos, cuando papá nos dejaba que saliéramos solos a explorar. No digas nada, pero de vez en cuando nos escabullimos hasta aquí y añadimos más cosas. Quizá podamos volver más a menudo ahora que tú estás aquí.
Lena le dedicó una sonrisa alegre, conmovida por su buena disposición para compartir algo tan especial y agradecida por que confiara en que no lo contaría.
—Me encanta. Gracias por enseñármelo.
—No olvides que es un secreto. No queremos que nos lo fastidien.
—Prometo no contarlo.
Después de que Ella jugara y tamborileara unos minutos más, Bonnie se agachó para que la niña volviera a subírsele a cuestas.
—Sube, muñequita. Este caballo está a punto de marcharse.
Para asombro de Lena, Ella soltó de inmediato el palo y caminó tambaleante hacia Bonnie con una sonrisa. Era como si hubieran desarrollado su propio idioma secreto.
Por allí cerca, un pájaro soltó un trino rápido y fuerte, y otro le contestó.
Antes de que Ella la alcanzara, Bonnie dio de pronto una voltereta sobre la hierba y volvió a agacharse hacia Ella. La bebé se detuvo y se la quedó mirando boquiabierta, encantada pero sorprendida.
—Lo siento, muñequita —se disculpó Bonnie—. Pero cuando oyes el canto de un chotacabras tienes que dar una voltereta para que la espalda no te duela más de un año.
—¿Te duele la espalda? —inquirió Lena.
Bonnie sonrió.
—No, solo me gusta dar volteretas. Pero la abuela Creed jura que funciona.
—Cuando tuvo a Ella a caballito y las piernecitas delgadas enganchadas a los brazos, se levantó—.
La otra cosa que me contó es que cuando oyes ya entrada la noche a la vieja gran lechuza en los valles de la montaña, bien puedes prepararte para la nieve. Y eso es verdad, porque lo he visto.
De nuevo, Lena pensó en lo mucho que tenía que aprender y en lo ridículo que era que alguien pensara que Bonnie era deficiente mental.
Más bien al contrario: era un alma vieja y sabia, una mujer experimentada reencarnada en niña, bien enraizada y bautizada con los secretos de esas montañas antiguas.
Podría enseñarles un par de cosas a los que parecían no ver su inteligencia.
Con Bonnie marcando el camino, salieron del claro y subieron otra leve colina hasta llegar a un terraplén escarpado y cubierto de hierba que llevaba hacia una carretera sin asfaltar.
—El molino está al girar el recodo, solo un poco más allá —dijo Bonnie—.
A menos de un kilómetro subiendo por esta carretera.
—Dejó a Ella en el suelo para dejar que caminara y señaló hacia una vía más estrecha que se bifurcaba hacia la izquierda—.
Antes había un almacén por allí, en Walnut Holler, pero eso fue antes de que llegara el ferrocarril.
Ahora tenemos que conducir montaña abajo hasta Swift Run Gap para comprar provisiones.
—¿Dónde está la escuela?
—Pasaste junto a ella en el camino de subida hacia Wolfe Holler.
La iglesia que está enfrente de la estafeta de correos es la escuela los días de diario.
Pero no tiene letrinas. Los niños van colina abajo y las niñas van colina arriba.
Y, la verdad, no es nada agradable en invierno, cuando el viento sopla por todo el risco.
No echo nada de menos esa parte de la enseñanza.
Lena recordó haber visto una iglesia enfrente de la oficina de correos. Le parecía que estaba a cientos de kilómetros montaña abajo.
—¿Montabais en mulo hasta tan lejos para ir a la escuela?
Bonnie asintió.
—Claro que sí. Salíamos poco después del alba y volvíamos a casa con tiempo de sobra para hacer la cena.
Y ya te he dicho que nos encantaba montar en el Viejo Sal .
En invierno pasábamos mucho frío a veces, pero el Viejo Sal podía ir muy rápido cuando quería.
Y cuando hacía buen tiempo, no había nada más agradable que recorrer los caminos de tierra cantando y oyendo a los pájaros en los árboles y a las abejas entre la hierba crecida.
Interrumpió los recuerdos de Bonnie el ruido de cascos de caballos y el crujido de las ruedas de un carromato que se aproximaban, venía del recodo que tenían delante. Antes de que Lena supiera qué estaba pasando, Bonnie agarró a Ella y se dirigió hacia el bosque.
—¡Vamos! —le susurró inquieta.