Las mentiras que nos contaron Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Tengo mucho papel de carta que me sobró de cuando la maestra nos asignó amigas por correspondencia.

La mía vivía en Washington D. C. Se llamaba Caroline.

—Llevó el cuchillo hacia la encimera y cortó la cebolla por la mitad con un golpe rápido.

El grueso metal golpeó la madera con un golpe contundente—.

Pero cuando le conté que uno de nuestros gallos había corrido sangrando por todo el patio después de que le cortaran la cabeza, no volví a saber nada de ella. No creo que le pirrase esa historia.

—¿«Pirrase»?

—No le gustó la historia.

Lena se imaginó a un gallo ensangrentado corriendo por el patio y no pudo culpar a Caroline por no querer leer aquello. Con suerte, Bonnie estaría con ella cuando tuvieran que preparar pollo para cenar.

En ese preciso instante, Jack Henry entró en la cocina. Sonreía orgulloso mientras sostenía en alto por la cola un animal despellejado y sin cabeza. Parecía una rata gigante.

Lena contuvo el aliento y dio un paso atrás.

—¿Nunca has visto una zarigüeya? —preguntó Jack Henry—. La he cazado y ya he vendido la piel.

Lena sacudió la cabeza con las manos sobre el estómago.

Bonnie tomó el cadáver despellejado, le inspeccionó las entrañas y se lo llevó al fregadero para limpiar el hueco del estómago.

—Justo a tiempo, Jack Henry —dijo—. Me estaba preguntando qué preparar para la cena. —Puso una segunda olla a calentar, lanzó la zarigüeya dentro y miró a Lena—. ¿Nunca has hecho estofado de zarigüeya antes?

—No. Teníamos muy poca carne en casa. Y nada que se pareciera a… a una zarigüeya. Cuando teníamos carne, Mutti siempre la cocinaba de una manera determinada para que no se desperdiciase nada.

—¿Sabes cómo cocinar una ardilla? —preguntó Bonnie.

Lena negó con la cabeza.

—¿Mapaches o ratas almizcleras? —añadió Jack Henry.

Lena volvió a negar con la cabeza.

Bonnie la miraba boquiabierta y asombrada.

—¿Marmota, perdiz, trucha?

—No. No sé qué son esas cosas. ¿Coméis carne todos los días?

—Pues claro que sí —se ufanó Jack Henry—. Papá y yo somos los mejores cazadores por estos lares.

Bonnie puso los ojos en blanco.

—Te he visto —dijo Jack Henry.

Bonnie no le hizo ningún caso. Se dirigió a Lena:

—Ve a por la sal a la despensa y te enseñaré a hacer el mejor estofado de zarigüeya que hayas comido jamás.

—También pescamos cubos de peces en Rust Creek —dijo Jack Henry—. Y si cazamos un ciervo en otoño, tenemos carne de venado para todo el invierno. ¿Verdad que sí, Bonnie?

—Claro. Lo que tú digas, Jack Henry.

Jack Henry se ruborizó de rabia.

—¡Pues a lo mejor saco esa zarigüeya de esa maldita olla y puedes decirle a papá qué ha pasado con ella!

Cuando Lena emprendió el camino hacia la despensa para buscar la sal, casi se estrelló contra Silas, que venía del porche trasero. El olor a serrín, metal y sudor entró en la cocina con él e impregnó el aire como una tormenta.

—¿Que me diga que ha pasado con qué? —preguntó.

—Nada, papá. Jack Henry estaba presumiendo de ser el mejor cazador de estas montañas.

—¡No estaba haciendo eso!

—¡Sí que lo hacías! Y sabes muy bien que yo puedo cazar y pescar tan bien como tú o como papá. ¿Quién cazó esos dos urogallos el otro día cuando tú fallaste, eh? Yo.

—¡No les estaba disparando a los urogallos! ¡Estaba apuntando a una marmota que tú ni siquiera viste!

—¡Ya basta de vuestros malditos gritos! —zanjó Silas con voz dura.

Se sujetó al respaldo de la silla de la cocina con ambas manos y sus nudillos se volvieron blancos—.

No pienso soportar estas disputas en mi casa.

Ya tenemos suficientes problemas sin que vosotros dos os enfrentéis como un par de cerdos salvajes.

Bonnie y Jack Henry se quedaron en silencio, y Lena desapareció dentro de la despensa, agradecida por poder escapar.

Cuando volvió a la cocina, Silas seguía allí y una tensión silenciosa pendía sobre todos ellos.

Le dio la sal a Bonnie, quien permanecía en silencio removiendo el contenido de las ollas.

—¿Qué más necesitas que haga? —dijo Lena en voz baja.

Bonnie señaló la cebolla que había sobre la encimera.

—Córtala en rodajas y añádela al estofado de zarigüeya.

Lena hizo lo que le decía.

—¿Dónde está la pequeña? —preguntó Silas.

Lena miró por encima del hombro para asegurarse de que se estuviera dirigiendo a ella. La estaba mirando.

—Está durmiendo arriba.

—Jack Henry —ordenó Silas—, ve al riachuelo y lávate para la cena.

—Sí, señor. —Jack Henry dio media vuelta, entró en el pasillo y salió por la puerta trasera.

—Bonnie —siguió—, cuando termines de preparar el estofado, sal con Jack Henry. Tengo que hablar con Lena. Iré a buscaros cuando hayamos terminado.

Lena sintió calor en el cuello y en el pecho. ¿Había hecho algo malo o es que tenía noticias de Mutti y Enzo? ¿La animarían aquellas noticias o se derrumbaría desmadejada en el suelo?

Después de que Bonnie añadiera pimienta y otras especias a la olla, se limpió las manos en un trapo de cocina y salió con Jack Henry. Lena añadió la cebolla a la zarigüeya y se dio la vuelta para mirar a Silas. Tenía los nervios de punta.

Estaba serio y tenía el ceño fruncido.

—Siéntate.

Lena retiró una silla y se sentó. Juntó las manos sobre el regazo para evitar que le temblaran. Silas permaneció detrás de la otra silla. Aún sujetaba el respaldo de madera como si quisiera partirlo en dos. Era difícil saber si se sentía incómodo o enfadado.

—Iré a trabajar en el aserradero de Corbin Holler mañana —anunció—.

Y de ahora en adelante pasaré allí dos días a la semana, más si puedo conseguir algún otro turno.

A veces llevaré una carga de madera montaña abajo y tendré que pasar la noche fuera.

Eso significa que estarás aquí sola con los críos.

Lena asintió.

—Jack Henry puede encargarse de las tareas de la granja mañana, pero tú y Bonnie tenéis que ir a por harina de maíz a Weakley Stream.

Normalmente iría yo y me llevaría a los niños conmigo, pero tendrás que hacerlo tú de ahora en adelante.

Bonnie te enseñará el camino. Tiene prohibido ir sola aunque te diga mil veces lo contrario.

Permaneced en los caminos durante todo el camino de ida y de vuelta.

—Sí, señor.

—Y Bonnie y Jack Henry saben lo que hay que hacer si el sheriff Dixon o su alguacil vienen a husmear.

Sería mejor que tú también te esfumaras.

No me hace ninguna falta que nadie se ponga a hacer preguntas si alguien te encuentra aquí con tu hija…

—Dejó la frase sin terminar, como si esas palabras hubieran conseguido que su mente volara a otra parte.

—Bonnie dice que el sheriff es un hombre malo. ¿Por eso tenemos que escondernos?

—No es solo del sheriff Dixon y de su alguacil de quienes hay que preocuparse. Tenéis que ir al cobertizo si viene alguien que Bonnie y Jack Henry no conozcan.

—Pero si no me dice el porqué, ¿cómo se supone que voy a…?

Levantó la silla y la dejó caer con fuerza en el suelo. Tenía el rostro retorcido de furia.

—¿Crees que te hace falta saber mis motivos para proteger a mis hijos? Solo tienes que hacer lo que yo te diga que hagas. ¡Y no me pirra que hagas tantas malditas preguntas!

Ella apretó los labios y esperó a que se calmase. Si quería gritarle, bien, que lo hiciera, pero seguía queriendo respuestas.

—Si Bonnie y Jack Henry están en peligro, ¿está mi Ella en peligro también?

Él apretó la mandíbula como si estuviera reprimiendo el deseo de estrangularla. Quizá quisiera golpearla con la vara de achicoria con la que había amenazado a sus hijos, aun cuando ella no supiera lo que era. Habló al fin:

—No tienen motivos para llevaros a ti ni a tu hija.

—¿El sheriff quiere llevarse a Bonnie y a Jack Henry? ¿Es porque alguien dijo que eran deficientes mentales?

Para su sorpresa, una expresión de dolor se apoderó del rostro de Silas. Tan rápido como había aparecido, al dolor lo sustituyó la rabia.

—No es el único motivo. Y no tengo tiempo de explicar el resto. Tengo demasiadas tareas que hacer antes de la cena. Voy a buscar a los críos para que te ayuden a terminar de cocinar.

Lena comenzó a responder, pero él se dio la vuelta, pasó por el porche trasero y salió de la casa.