Capítulo 8
H acia el mediodía, Bonnie y Lena ya habían tendido tres coladas en las cuerdas, habían desvainado una gran cantidad de guisantes en el porche delantero y habían remendado tres pares de pantalones.
Por suerte, Ella caminaba tras ellas sin quejarse y se entretenía con cucharas de madera y ollas en la casa, con la tierra y la hierba fuera, y persiguiendo a las gallinas en el patio.
Después de recoger judías verdes en el huerto, Lena le lavó a su hija la cara y las manos en el fregadero de la cocina mientras Bonnie ponía a hervir agua en un caldero en el que echó las judías verdes.
—Vamos a necesitar más leche para los bollitos gatunos —dijo—. Voy corriendo a la fresquera a por ella. Papá y Jack Henry querrán la comida pronto.
—¿Bollitos gatunos?
—Sí, los llamamos así porque son del tamaño de la cabeza de un gato.
Lena sacudió la cabeza, maravillada por las muchas y extrañas cosas que ya había aprendido.
Se preguntaba cómo iba a conseguir acordarse de todo.
Le secó las manos a Ella y la llevó hacia la ventana para mirar a Bonnie, quien corría sendero abajo hacia la fresquera como si la persiguieran.
Tal era su velocidad que levantaba tierra con los talones desnudos.
Cualquier otra persona habría visto a una niña que se divertía, que estaba jugando o que iba hacia el bosque para recoger bayas.
Pero Lena se imaginó a Bonnie corriendo hacia el cobertizo de techo bajo para esconderse en aquel agujero oscuro con Jack Henry.
Le besó con ternura las manos y el rostro a Ella, encantada con su olor inocente y limpio, con la sensación de su piel suave de bebé.
—¿Por qué Bonnie corre tan rápido? —pensó en voz alta—. ¿Por qué tiene que esconderse?
—Esco… esconderse —repitió Ella. Deslizaba la lengüita entre los dientes diminutos.
* * *
Tras comer judías y bollitos gatunos con salsa de leche para la comida del mediodía, que Lena aprendió que se llamaba «refrigerio», Jack Henry y Bonnie bajaron del desván una cuna blanca de hierro, le limpiaron el polvo y la colocaron en la habitación de Lena y Ella.
También bajaron un carrito de bebé hecho de mimbre, varios de los vestidos y gorritos que habían sido de Bonnie, un juego de bloques de madera, un sonajero con forma de cigüeña y una muñeca de trapo con cabello de lana amarilla.
Mientras Lena cubría el colchón de la cuna con una manta suave, Bonnie jugaba con Ella en el suelo.
—Esta es Poppy —le dijo mientras le enseñaba la muñeca de trapo—. Mi mamá me la hizo cuando yo era pequeña como tú, pero ahora es tuya.
Ella aceptó la muñeca de trapo y la abrazó debajo de la barbilla. Se mecía hacia delante y hacia atrás con expresión radiante. Lena levantó a Ella del suelo, con cuidado de que no dejara caer a Poppy, y la besó en la mejilla.
—Es hora de que duermas un poquito —dijo mientras tumbaba a Ella en la cuna. La bebé se resistió, se dio la vuelta y se puso de pie. La muñeca había quedado olvidada.
Bonnie se levantó del suelo y se situó junto a la cuna.
—¿Ayudará si le canto como mi mamá me cantaba a mí?
—Puedes probar —dijo Lena.
Volvió a tumbar a Ella, le metió a Poppy debajo de un brazo y le acarició con suavidad un lado de la carita a la niña. Ella comenzó a agitarse y se sentó, empeñada en no cooperar, pero cuando Bonnie comenzó a cantar se quedó quieta y se la quedó mirando con ojos soñolientos.
Buenas tardes, buenas noches.
Cubierta de rosas, rodeada de claveles,
deslízate bajo la colcha.
Mañana temprano, si Dios quiere, de nuevo despertarás.
Buenas noches, buenas noches,
Protegida por ángeles que te mostrarán en sueños el árbol de Navidad
sueña ahora feliz y dulce,
contempla en tus sueños el paraíso.
Para cuando Bonnie hubo terminado la canción, Ella estaba profundamente dormida y Lena se hallaba al borde de las lágrimas.
Mutti les cantaba esa misma nana a ella y a Enzo cuando eran pequeños…
, en alemán, claro, pero Lena había reconocido la melodía de inmediato.
Y Bonnie la cantaba de una forma tan hermosa que habría conmovido a cualquiera que la oyese.
Después de salir de puntillas del dormitorio y cerrar la puerta con cuidado tras ellas, Lena y Bonnie bajaron las escaleras.
Bonnie iba a enseñarle cómo hacer té de corteza de sasafrás y cómo fabricar un bálsamo con una planta llamada oreja de ratón.
Dicho bálsamo servía para curar picaduras de insectos y llagas en la boca.
—¿Dónde aprendiste a cantar así? —le preguntó Lena mientras bajaban.
—Mamá decía que lo heredé de ella. Y deja que te diga que era la mejor cantante de todos estos valles. Pregúntale a cualquiera, te dirán lo mismo. Papá y ella cantaban juntos todo el tiempo, pero él ya no canta.
A Lena le resultó muy difícil imaginarse a Silas cantando una canción, pero entonces recordó el retrato del novio guapo y joven que parecía tan lleno de vida y picardía, y se preguntó cómo habría podido ser en el pasado.
Era triste, pero parecía que Bonnie y Jack Henry habían perdido a ambos progenitores cuando su madre murió.
De vuelta en la cocina, Bonnie echó puñados de oreja de ratón, unas hojas de un color entre azul y gris con bordes redondeados, en un caldero de agua hirviendo mientras Lena cortaba raíces de sasafrás para el té.
—Estoy segura de que tu padre echa mucho de menos a tu madre.
—Claro que sí. Pero se le olvida que no es el único que la echa de menos. —Golpeó el borde de la tetera con la cuchara de madera con más fuerza de la necesaria y se dirigió al fregadero.
Lena notaba el corazón cada vez más encogido. Bonnie era más madura de lo que le correspondía por edad en muchos sentidos y había madurado por motivos por los que ningún niño debería hacerlo.
—No tienes por qué contármelo si no quieres. Pero me he estado preguntando cómo perdiste a tu madre.
Bonnie siguió dándole la espalda a Lena, respiró hondo y contuvo la respiración con los hombros muy tensos. Luego soltó el aire muy despacio.
—Murió dando a luz hace dos años, tres meses y cinco días. La bebé nació muerta.
Lena se quedó sin aliento.
— Ach, Gott. Lo siento mucho.
—Papá y la abuela Creed intentaron salvarlas a las dos, pero no pudieron hacer nada.
Se oía a mamá gritar a más de un kilómetro de distancia.
Sufrió mucho. Antes de morir, nos llamó a mí y a Jack Henry junto a su cama y nos dijo que fuéramos buenos para reunirnos con ella en el cielo.
Luego le dijo a papá que cuidara de nosotros y que se encargara de criarnos bien.
Pero soy yo la única que cuida de todo el mundo.
—Eso debe de haber sido muy duro para ti y para tu hermano. Cuando mi padre murió, creí que nunca iba a poder dejar de llorar.
Bonnie, que estaba junto al fregadero, se dio la vuelta. La sombra oscura de la pena se le había apoderado de los ojos.
—¿Qué le pasó?
—Tuvo una enfermedad muy mala. Los médicos no pudieron salvarlo.
—Supongo que entiendes lo mucho que echo de menos a mi mamá, entonces —dijo Bonnie.
—Sí. Y echar de menos a alguien a quien quieres es la peor sensación del mundo.
—Sí que lo es. Preferiría que me atropellara un carromato de troncos tirado por diez mulas. Al menos sabría que iba a sentirme mejor después de recuperarme.
Lena no podía argumentar nada contra tal afirmación. La pena era una herida que nunca sanaba.
—Sé que ya lo he dicho antes, pero estoy aquí para ayudar con las tareas y también para escucharte si quieres hablar. De cualquier cosa.
Bonnie asintió. Luego sacó un colador de debajo del fregadero y lo dejó sobre la encimera.
—Cuando la oreja de ratón haya hervido, tenemos que colar el líquido, ponerlo de nuevo en el caldero y añadir manteca de cerdo y una botella de aguarrás. Después hay mezclarlo todo bien, dejarlo enfriar y meterlo en latas.
Al parecer, ya había terminado de hablar sobre su madre y quería volver al trabajo, algo que Lena entendía a la perfección.
Hablar del pasado no iba a cambiarlo. Pero Bonnie había perdido a su madre y a una hermana menor al mismo tiempo.
Era demasiado dolor para que lo procesara sola alguien tan joven.
Y, por lo que Lena veía, Silas había fallado al no asegurarse de que sus hijos recibieran consuelo.
Se imaginaba los días que siguieron al funeral: Bonnie afanándose en la casa, atendiendo a su padre y a su hermano para asegurarse de que tuvieran comida y cualquier otra cosa que necesitasen.
¿Se habría permitido llorar siquiera? Lena quería que siguiera hablando, pero al menos se había abierto un poco y eso era suficiente por el momento.
—Mientras se cuece la oreja de ratón —siguió la niña—, podemos empezar con la cena.
Lena apenas podía creer que fueran que hacer más comida. Aún se sentía llena por los bollitos gatunos y la salsa de leche que habían tomado antes.
—No creí que fuésemos a comer tan pronto otra vez.
—Es la comida de la noche y es importante. —Bonnie metió la mano en un saco de arpillera que colgaba de la pared y sacó una cebolla—. Pero aún no he decidido si haremos ensalada de mostaza y gachas de maíz con queso, o alubias carillas y tocino frito.
—¿Tienes las…? —Lena no se acordaba de la palabra aunque la tenía en la punta de la lengua—. La…, el modo de hacer las diferentes comidas. No me acuerdo de cómo se llama. Las palabras que te dicen qué hacer.
—¿Las recetas?
— Ja. Sí. Las recetas.
—Tengo algunas. Mamá escribió algunas, pero no hacía falta escribir las básicas, como las judías y el pan de maíz.
—¿Me las escribirías?
—Supongo.
Ver a Bonnie trabajar con tanta eficiencia hizo que Lena se acordara de Mutti , quien se sentía muy feliz cocinando para su familia cuando tenía suficientes ingredientes.
Le habría encantado estar ahí y cocinar en esa cocina acogedora con tanta comida para elegir.
Pensar en su madre hizo que Lena se acordara de otra cosa que quería preguntarle a Bonnie.
—Jack Henry dijo que tenías papel para escribir cartas.
Bonnie asintió y sacó un cuchillo de carnicero enorme de un cajón.