Capítulo 7 #5
Lena también se rio. Ella la miró y sonrió, sin duda sorprendida de ver a su madre tan feliz.
—¿Y qué es té dulce de la yaya?
—No sé. Los adultos no nos lo dicen. Pero los ingredientes provienen de las ovejas.
Meten los ingredientes en un trapo y lo ponen a hervir en el fuego.
Después de hacer eso, lo queman todo. Así que creo que debe de ser algo horrible.
Los adultos dicen que nos lo harán tomar si caemos enfermos, pero tiene un sabor tan asqueroso que nadie se queja nunca si se siente mal.
Lena volvió a reír.
—Es como la medicina que mi madre nos daba a mi hermano y a mí. Sabía a pescado podrido. Ojalá estuviera aquí para que probase tu bebida de cerezas y viera toda la comida que has cultivado y conservado. Quedaría muy sorprendida.
Y justo entonces la sonrisa de Bonnie desapareció.
—¿Tu mamá murió también? —dijo en tono quedo.
— Nein —dijo Lena—. Quiero decir, no. Iba a venir aquí conmigo y con mi hija para ayudar a tu padre, pero los hombres de la isla de Ellis dijeron que ella y mi hermano debían regresar a Alemania. No sé si todavía están esperando subir a un barco o si ya van de camino a casa.
—¿Por qué los hicieron volver?
—Dijeron que mi hermano era deficiente mental y que no se le permitía quedarse, y que mi madre tenía que irse con él porque era demasiado joven para viajar solo.
Dijeron que ella también estaba enferma, pero eso no es cierto.
Han cometido un error, un error espantoso.
Mutti está bien y Enzo solo tiene que aprender más inglés. No es deficiente mental.
Luchaba contra las lágrimas, que se le agolpaban en la garganta, pero se negó a llorar. Bonnie ya había tenido suficiente pena en su vida para atribularla con más dolor.
—¿Qué significa «deficiente mental»? Nunca lo he oído antes.
—Parece que significa lento o… o… tarado. Dijeron que mi hermano no era lo bastante inteligente como para quedarse en los Estados Unidos, que no sería capaz de conseguir trabajo ni ganar dinero.
Bonnie adoptó una expresión afligida que le oscureció los rasgos. Se arrodilló para reordenar los tarros en el riachuelo y así ocultar el rostro.
—¿Qué sucede? —preguntó Lena—. ¿Qué pasa? —Esperó un momento, pero Bonnie no decía nada—. ¿Estás pensando en tu madre?
Bonnie se enderezó y sacudió la cabeza.
—No. No tiene nada que ver con mi mamá. Es solo… Es solo que… eso es lo que dicen de nosotros también. De mí y de Jack Henry. Incluso de papá. Dicen que somos lentos e ignorantes, que somos def… deficientes mentales.
Lena frunció el ceño.
—¿Quién lo dice?
—No sé. Gente importante. Oí a papá hablar de eso con el señor Corbin.
Lena no podía creer lo que estaba oyendo.
¿Qué le hacía pensar a esa «gente importante» que podía decidir lo que los demás eran o no capaces de hacer?
Bonnie era más inteligente y hábil que algunos adultos a los que Lena había tratado en Alemania.
Y ni Jack Henry ni Silas parecían lentos ni estúpidos.
Entonces otro pensamiento se le pasó por la mente y se le heló la sangre.
Tal vez el sheriff quería llevarse a los hijos de Silas por los mismos motivos que los médicos de la isla de Ellis habían amenazado con meter en prisión a Enzo si se quedaba en los Estados Unidos.
Pero eso no tenía sentido. Los Wolfe eran ciudadanos estadounidenses.
Seguro que no podían separarlos y encerrarlos sin razón alguna, ¿no?
Fuera cual fuese la respuesta, era evidente que Bonnie ni la sabía ni la entendía. Tendría que preguntarle a Silas.
—Las personas que dijeron eso sobre ti y sobre tu familia no saben de lo que hablan. Eres muy inteligente. Mira todas las cosas que me has estado mostrando y enseñando. Y aún sigo sin entender todo lo que me dices.
Bonnie se encogió de hombros sin ganas, al parecer resignada al hecho de que no había nada que pudiera hacer con respecto a la opinión de los demás. Entonces volvió a alargar los brazos hacia Ella y sonrió, y la pequeña se lanzó hacia ella, encantada de que su nueva amiga la llevase en brazos.
Después de la fresquera, Bonnie le enseñó a Lena el pozo que habían cavado y la leñera, donde había varias cuerdas de leña apiladas hasta el techo.
A continuación, entraron en el cobertizo bajo que contenía las herramientas para el huerto, estanterías y cajones llenos de maquinaria extraña, y cadenas oxidadas que colgaban de la pared trasera.
Tras rodear un viejo tractor, Bonnie le devolvió Ella a su madre.
Retiró una carretilla llena de rocas de encima de una alfombra sucia y raída, apartó la alfombra a un lado, tiró de una anilla de hierro que había en el suelo y abrió una trampilla.
Unos peldaños empinados y primitivos llevaban a la oscuridad.
—¿Aquí es donde tú y Jack Henry os escondéis cuando viene la policía?
Aún sujetando la puerta, Bonnie asintió. Se había puesto pálida de repente.
—Sigo sin entenderlo —dijo Lena—. ¿Por qué tenéis que esconderos?
—Ya te lo he dicho —susurró la niña—. Porque no somos inteligentes.