Capítulo 7 #4
En el pasillo de atrás, Bonnie se agachó hasta el suelo para tirar de una pesada anilla que abría una trampilla.
—Este es el agujero de las patatas. —Apoyó la puerta recia contra la pared y comenzó a bajar una escalera de madera muy empinada.
Lena sujetó a Ella con fuerza y bajó los escalones de uno en uno, siguiéndola dentro del oscuro agujero.
Por suerte, en el último peldaño, Bonnie tiró de una cuerda que iba unida a una única bombilla que iluminó un sótano excavado a mano con vigas de madera sin tratar y las paredes alineadas con rocas.
El olor a tierra y madera húmeda predominaba allí, junto con el dulce aroma a sidra de las manzanas almacenadas.
Apoyadas contra una pared había cajas forradas de paja y llenas de patatas y nabos.
En las demás paredes había estanterías improvisadas que albergaban filas de botes de conservas llenos de frutas y verduras: amarillas, moradas, blancas, verdes, rojas.
Lena sacudió la cabeza, asombrada. Al menos en lo que concernía a la comida, parecía que el sueño americano era una certeza después de todo.
Y entonces, a pesar de su asombro, una oleada de incomodidad la embargó y se vio transportada al pasado, a las noches interminables que pasó escondida en el sótano debajo de su apartamento, hacinada en la oscuridad casi completa con el resto de los residentes mientras las bombas les explotaban sobre la cabeza, todos exhaustos y aterrorizados por si serían los siguientes, carbonizados o enterrados vivos bajo una montaña de escombros.
Los pulmones se le vaciaron de aire y, por un instante, no pudo respirar.
Cerró los ojos con fuerza y se obligó a alejar esa imagen.
La guerra había quedado atrás y ella necesitaba mirar hacia delante.
Entonces se imaginó a Bonnie y a Jack Henry escondidos en el sótano, callados y asustados mientras esperaban a ver si el sheriff los encontraba, y la sensación de sentirse atrapada volvió con más fuerza aún.
Se suponía que la vida iba a ser diferente en los Estados Unidos; se suponía que los niños serían felices y despreocupados, no que tendrían que esconderse por miedo.
Bonnie y Jack Henry no tenían que preocuparse de que una bomba cayera sobre su casa, pero el miedo era el mismo, daba igual la causa.
—¿Te va a dar un jamacuco? —se inquietó Bonnie.
Lena negó con la cabeza y se recordó que tenía que respirar. No sabía lo que era un jamacuco, pero notó la preocupación en la voz de Bonnie.
—No me gusta pensar que tú y tu hermano os tengáis que esconder aquí abajo.
—Esto no es nada. Espera a ver el escondite bajo el cobertizo.
Lena tragó saliva. Había creído que los niños tenían que esconderse en el cobertizo, no debajo.
—¿Por qué? —preguntó, aunque no estaba segura de querer oír la respuesta.
—No es muy grande, eso es todo. Pero no tenemos tiempo de preocuparnos por eso ahora. Voy a decirte lo que tenemos aquí abajo, en el agujero de las patatas.
Lena asintió y se esforzó al máximo por prestar atención mientras Bonnie señalaba los diferentes botes de conservas.
—Tenemos maíz agridulce, remolacha encurtida, cebollas encurtidas, cerezas, ruibarbo, tomates verdes, mermelada de fresas y confitura de manzana —enumeró—.
Y aquí hay huevos encurtidos, judías verdes, patas de jamón, guisantes y chucrut.
Y este verano tendremos que recoger una buena cantidad de verduras del huerto.
—¿Has hecho tú todo esto?
—Papá y Jack Henry me ayudaron un poco. Pero esto no es nada.
Muy pronto tendremos berros, cardillos, diente de león, setas, moras y también frambuesas.
Y después de que soltemos a los puercos para engordarlos con bellotas este otoño, también habrá carne de cerdo.
Claro que eso es un día entero de trabajo, porque hay que reunir las tinas, la prensa para la manteca, el molinillo para las salchichas y el resto del equipo.
—Señaló varios sacos de arpillera en un rincón—.
También tenemos nueces, avellanas y nueces pecanas.
Lena sentía que la cabeza le daba vueltas. ¿Cómo era posible que una sola familia tuviera tanta comida?
—Nunca he oído hablar de algunas de las cosas que me estás nombrando.
Bonnie la miró como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿Nunca has oído hablar de setas y avellanas?
— Ja —dijo Lena—. Sé lo que son las setas y las avellanas. Crecen silvestres en Alemania. Pero no conozco las otras cosas que has dicho. Recuerda que tienes mucho que enseñarme.
Bonnie sonrió.
—Bueno, supongo que tenemos tiempo.
Tras una lección rápida sobre cómo recoger huevos y alimentar a las gallinas, Bonnie la llevó al establo para que conociera al Viejo Sal y a Botoncito.
Luego le enseñó el resto de la propiedad, descalza y con Ella apoyada en la cadera como si hubiera criado a un centenar de bebés.
La pequeña reía encantada con todo lo que Bonnie le señalaba e incluso prestaba atención cuando intentaba enseñarle los nombres de las cosas en inglés: «mulo», «flor», «gallina», «hierba», «cielo».
Mientras recorrían un sendero hacia los cobertizos, Bonnie se puso a cantar de nuevo y Ella sonrió con tantas ganas que acabó babeando.
El cabello suave se le agitaba con la brisa tibia.
Si Lena no las hubiera conocido, habría pensado que eran hermanas, unidas por una cómoda familiaridad desde el día en el que Ella nació.
Quizá fuera una señal de que se avecinaban cosas buenas. O eso esperaba, al menos.
Cuando llegaron a una chocita ubicada sobre un arroyuelo de la montaña, Bonnie le tendió a Ella, abrió la puerta y las hizo pasar.
Corría agua cristalina bajo una abertura cuadrada en mitad del suelo, y había vasijas de barro, jarras de cristal y barriles de madera dentro de la corriente borboteante.
—Esto es la fresquera. Es donde conservamos la mantequilla, la leche dulce, los encurtidos en salmuera, la carne fresca de pollo y cerdo, y cualquier otra cosa que haga falta que esté fría. —Sacó una jarra del agua, abrió la tapa y se la acercó a Lena—. ¿Quieres probarlo? Es mi favorito.
—¿Qué es?
—Angostura de cerezas silvestres. Esto cura todos los males.
Lena tomó el recipiente, probó con cuidado el líquido que contenía e hizo una mueca de asco. Sabía a tierra y a madera quemada mezcladas con agua estancada. Le devolvió la jarra a Bonnie y se limpió la boca con los labios fruncidos.
—¡Sabe fatal!
Bonnie se echó a reír.
—A Jack Henry tampoco le gusta. A papá sí, pero solo con un trago de mula blanca.
—¿Mula blanca?
— Moonshine.
—¿Qué es moonshine? —dijo Lena.
Bonnie se la quedó mirando boquiabierta.
—¿No has oído hablar del moonshine?
Lena negó con la cabeza.
—Caray, supongo que es verdad que tengo mucho que enseñarte. El moonshine es whisky fabricado con la pulpa del maíz, manzanas o melocotones. Mucha gente lo fabrica y lo bebe aquí arriba, y mucha gente lo vende también aunque se supone que no se puede.
—¿Tu padre lo fabrica?
Bonnie negó con la cabeza.
—No. Dice que ya tenemos suficientes problemas como para preocuparnos de que nos metan en la cárcel por hacer moonshine.
—¿Por eso no le gusta el sheriff ?
—No es la única razón. —Volvió a meter la jarra de angostura en el agua.
—¿Cuáles son las demás?
—No estoy segura.
De repente, de algún modo, Lena tuvo la sensación de que Bonnie sabía exactamente el porqué del resentimiento de Silas hacia el sheriff, pero no quiso presionarla en busca de una respuesta en ese momento.
Se estaban llevando bastante bien y Lena ya se sentía abrumada por todas las cosas nuevas que estaba viendo y aprendiendo.
—¿De verdad te gusta la bebida de cerezas o estabas haciendo una…? ¿Cuál es la palabra? ¿Una broma?
Bonnie rio.
—Siento haberlo hecho, pero al menos no era té dulce de la yaya.