Las mentiras que nos contaron Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Bonnie no le iba a poner las cosas fáciles. Lena se comió el resto de los huevos y el pan mientras se preguntaba qué tendría que hacer para demostrar que solo quería que fueran amigas.

—Espero poder hacer pronto la mayor parte del trabajo para que tú y Jack Henry podáis dedicaros a jugar y a leer libros.

Jack Henry se rio.

—Bonnie no sabe leer.

Bonnie dio tal puñetazo sobre la mesa que asustó a Ella.

—Cierra el pico, zopenco. ¡Sí que sé leer!

Ella empezó a llorar y Jack Henry le dedicó una mueca a Bonnie.

—¿Cómo demonios vas a saber si sabes leer? Hace casi dos años que no vamos a la escuela.

—¡He dicho que te calles! —gritó Bonnie—. ¡Sé leer, porque leo los libros de mamá todas las noches!

Lena se sentó a Ella sobre el regazo para consolarla y se dirigió a Bonnie:

—Por favor, no chilles. La estás asustando.

Bonnie relajó los hombros y miró a Ella con una expresión que mezclaba rabia y arrepentimiento.

—Lo siento, muñequita, pero mi hermano puede ser un maldito tonto algunas veces. Si tuviera el cerebro hecho de cuero, no tendría suficiente para hacerle una montura a un abejorro.

Jack Henry se enfurruñó. Se puso de pie, llevó su plato vacío al fregadero y cruzó la cocina en dirección a la puerta trasera.

—Voy a decirle a papá que has dicho palabrotas —gritó por encima del hombro.

—¡Adelante! —le chilló Bonnie—. ¡Ya ves lo que me importa!

Aún sobre el regazo de Lena, Ella se calmó y se quedó mirando a Bonnie.

Sin duda se preguntaba cómo el corderito que cantaba se había convertido a esa velocidad en un león que rugía.

Lena la ayudó a terminar de comer mientras Bonnie jugueteaba con su comida con cara mustia, con un codo sobre la mesa y la barbilla apoyada en la mano.

—Yo también me peleaba a veces con mi hermano —dijo Lena—. Mutti se enfadaba mucho cuando yo le llamaba Scheisskopf. Creo que en inglés significa ‘gilipollas’.

Aunque intentó no hacerlo, Bonnie sonrió.

Era la reacción que Lena había esperado.

—¿Crees que tu padre me entenderá si digo palabrotas en alemán?

Bonnie encogió un hombro.

—Supongo que no. Pero dice que decir palabrotas no es de señoritas.

—Entonces quizá yo pueda enseñarte un poco de alemán. —Lena le hizo un guiño.

Bonnie asintió con expresión sonriente.

—Puede ser nuestro… —Se interrumpió—. ¿Cuál es la palabra para algo que no puedes contar?

—¿«Secreto»?

— Ja, puede ser nuestro secreto.

Al fin Bonnie sonrió y se sentó derecha. Los ojos le brillaban, traviesos.

Aliviada por haber hecho progresos, sin importar cuán pequeños o fugaces fuesen, Lena apuró su café. Se sentía renuente a aprovecharse del momento, pero no había otro modo de obtener las respuestas que necesitaba.

—¿Te parece bien que te pregunte algunas cosas que no comprendo?

—Supongo.

—¿Por qué os dice tu padre a ti y a Jack Henry que os escondáis cuando viene la policía?

—Papá dice que el sheriff Dixon es un hombre malo.

Lena se había imaginado varias razones, pero no había esperado esa. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Quizá Silas tuviera buenas razones para ocultar a sus hijos.

—¿Por qué es malo? ¿Qué ha hecho?

Bonnie se encogió de hombros.

—No sé. Papá no nos lo ha dicho.

Lena gruñó por dentro. Tenía que averiguar la verdad para poder dejar de imaginarse lo peor.

—¿Por qué ya no vais al colegio Jack Henry y tú?

Bonnie tomó un sorbo de leche y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Cuando mamá murió, tuvimos que quedarnos en casa para ayudar a papá con la casa y la granja.

Lena se reprendió por haber hecho esa pregunta. Claro que era por eso. Quería saber qué le había pasado a la madre, pero Bonnie estaba abriéndose un poco al fin y no quería volver a disgustarla.

—¿Te gustaría ir al colegio?

Bonnie asintió.

—Claro que sí, pero a Jack Henry le da igual aprender o no. Lo único que le gustaba del colegio era que papá nos dejaba ir montados en el Viejo Sal .

—¿El Viejo Sal ?

—Nuestro mulo gris. Él también nos cuida muy bien. Conoce el camino a casa, incluso en medio de una tormenta de nieve. Tenemos dos mulos, el Viejo Sal y Botoncito. Pero a Botoncito le falta un hervor, ya sabes lo que quiero decir.

Lena negó con la cabeza.

—Que no es muy listo.

—No había oído eso antes. Pero tú y tu familia decís muchas cosas que nunca había oído.

Bonnie se echó a reír.

—Supongo que es cierto.

La pequeña Ella se le revolvía cada vez más en el regazo. La dejó en el suelo, sin perderla de vista, para que caminara tambaleante por la cocina.

—¿Has leído los libros que pertenecían a tu madre?

—Solo uno por ahora. Hay muchas palabras difíciles, así que tardo mucho.

—Muchas palabras inglesas me parecen complicadas a mí también, pero quizá podamos aprenderlas juntas.

Bonnie se encogió de hombros.

—Quizá. Pero los guardo debajo de mi cama porque mi papá se pone triste cuando los ve.

—¿Tú también te pones triste?

—Algunas veces, pero a mamá leer y cantar le gustaba más que un caramelo, así que leer sus libros hace que me sienta más cerca de ella.

—Estoy segura de que ella también se siente feliz cuando los lees.

Bonnie miró a Lena con ojos llenos de curiosidad.

—¿Crees que puede verme leerlos?

Lena asintió.

—Tu madre siempre estará contigo.

—Eso es lo que papá decía —dijo Bonnie—. Cuando hablaba de ella.

—¿Ya no habla de ella?

Bonnie negó con la cabeza. La barbilla empezaba a temblarle.

—No. Y yo quiero que hable de ella para que no se me olvide cómo era.

Lena sintió que el corazón se le encogía ante el dolor familiar de la pena.

Ella tenía dieciséis años cuando su padre murió y guardaba miles de recuerdos con él.

Pero Bonnie perdió a su madre cuando todavía era muy pequeña.

Claro que Lena había experimentado y presenciado una buena cantidad de sufrimiento y pérdida durante la guerra: un tío muerto en combate, un primo que murió de gripe española, compañeros de clase que perdieron a sus padres y a sus abuelos…

Pero perder a uno de tus progenitores era diferente.

No era de extrañar que a Bonnie le preocupara olvidarse de su madre, en especial si Silas no hacía nada por mantener vivo su recuerdo.

De repente Lena se acordó de su propia madre y del hecho de que no tenía ni idea de cuándo volvería a verla otra vez, si la veía otra vez.

Y a Enzo también. Le escocían los ojos por las lágrimas.

Quería abrazar a Bonnie y decirle que la entendía, pero eso no sería de gran ayuda.

Y, de todos modos, tal vez Bonnie no recibiera con agrado su abrazo.

—Si alguna vez quieres hablar de tu madre, yo te escucharé.

Bonnie se limpió la mejilla con un gesto brusco de la mano, enfadada consigo misma por llorar.

—Puede que más tarde. Tenemos cosas que hacer primero.

Lena le apoyó una mano sobre el brazo a Bonnie con suavidad y le entristeció que estuviera tan preocupada por ocuparse de sus tareas.

—Entonces podemos hablar y trabajar al mismo tiempo.

Pero solo si tú quieres. Y cuando hayamos terminado con la cocina, quizá puedas llevarme a ver al Viejo Sal y a Botoncito antes de que me enseñes algunas de las cosas que hay que hacer.

Porque, cuanto antes pueda hacer yo todo el trabajo aquí, antes podrás volver al colegio.

—No creo que papá nos vaya a dejar volver al colegio todavía.

—¿Por qué no?

Bonnie se encogió de hombros y se levantó para empezar a recoger la mesa.

Lena se incorporó para ayudar. Bonnie llevó los vasos al fregadero, le dio a Ella unas jarras de medir y unas cucharas de madera para que se entretuviera jugando, y echó más troncos al fuego para calentar el agua para lavar los platos.

También dejó las cáscaras de los huevos y los posos del café en un tazón con el esmalte descascarillado.

Mientras Lena terminaba de recoger todos los platos sucios de la mesa y de ordenar la encimera, se mantuvo en silencio para ver si Bonnie quería hablar de su madre. Pero la niña trabajaba en silencio.

Cuando los cubiertos y los platos estuvieron lavados y guardados, y la sartén de hierro fundido fregada y colocada sobre la hornilla para que se secara, Lena levantó a Ella para colocársela sobre la cadera y siguió a Bonnie hasta un cuarto del tamaño de un armario justo al lado de la cocina.

—Esta es la despensa.

Cada estante y espacio disponible estaba lleno de productos no perecederos y utensilios de cocina: un contenedor de harina y sacos de judías secas, rodillos de amasar y una trituradora, café y una caja de cerillas, una jarra de vinagre y un bote de cerámica.

Lena nunca había visto tanta comida junta en un mismo lugar ni tantos utensilios para cocinar.

—Papá compra la sal y el azúcar montaña abajo y nosotros cultivamos nuestras propias hierbas. —Bonnie señaló los ramilletes que colgaban bocabajo del techo—. Compramos la harina de maíz y el alforfón en el molino del señor Early, en Weakley Stream. Eso está por allí, en el siguiente valle.

—¿Qué es alforfón?

—Es la harina que usamos para hacer tortitas con melaza de sorgo, que conseguimos de Dewey Fray, en Walnut Holler. Le compramos harina normal a Homer Ring, de Pond Ridge Gap. Y les compramos miel y sirope de arce a Lydia y Roy Stanton, de Old Pigbump Road.

Lena sacudió la cabeza. ¿Cómo iba a acordarse de todo eso?

—¿Podrías ponérmelo por escrito? No creo me acuerde de todo.

—Supongo, pero no voy a irme a ninguna parte, de modo que puedo ayudar hasta que le pilles el tranquillo.

Cerca de la pared trasera de la despensa, Bonnie abrió un casillero hecho a mano para revelar unos platos de un blanco lechoso con platitos y tazas a juego, todos bordeados de rosas amarillas.

—Este es el juego de porcelana que mamá pidió por catálogo a Sears y Roebuck. Mamá solo lo usaba para Navidad y los cumpleaños, y papá ya no nos deja usarlo porque cuesta trece dólares.

—Es precioso.

—Mamá dijo que será mío cuando me case y tenga mi propia familia —dijo Bonnie—. Pero no creo que papá vaya a acordarse. —Cerró la puerta del casillero y salió de la despensa—. Vamos, todavía nos queda mucho que hacer.