Las mentiras que nos contaron Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Había varios huevos marrones en una fuente de cerámica azul junto al fregadero, al lado de un cuenco de mantequilla y de una jarra de leche.

Una sartén de hierro fundido y una cafetera como la que tenían en su casa descansaban sobre la cocina de leña.

Al menos nadie tendría que decirle cómo usar esas cosas.

Se protegió la mano con un paño de cocina y abrió la puerta del hornillo para comprobar el fuego.

la lumbre ardía con fuerza. Derritió mantequilla en la sartén e incorporó seis huevos, rompiéndolos de uno en uno, a la sartén chisporroteante.

Mientras se freían, sacó platos de un estante, los dejó sobre la mesa y buscó el cajón de los cubiertos.

Justo entonces oyó voces que bajaban por la escalera. Los niños estaban despiertos. Se limpió las mejillas y se dio la vuelta con decisión para mirarlos. Ella también se convertiría en alguien importante para Bonnie y Jack Henry.

Jack Henry bajó primero, vestido con un mono de trabajo y botas de cordones, seguido de Bonnie, quien iba descalza y llevaba un vestido fino de algodón. Bonnie vaciló en el último escalón y se la quedó mirando con expresión airada antes de entrar en la cocina.

—Buenos días —saludó Lena. Intentó sonar alegre. Sacó una espátula metálica de un cajón y comprobó los huevos.

—Buenos días —respondió Jack Henry.

Bonnie se acercó al fogón y miró dentro de la sartén.

—A nosotros nos gustan los huevos estrellados —dijo—. Y crujientes por los bordes.

Se dirigió a un cajón de la encimera y sacó una hogaza de pan casero.

—Lo siento, pero no sé qué significa «estrellados».

Bonnie puso los ojos en blanco, se acercó a la cocina y le quitó la espátula a Lena.

—Significa que los cocinas hasta que empiezan a ponerse crujientes y entonces les das la vuelta sin romper la yema.

Muy rápido, solo hasta que la yema empiece a cocinarse.

—Volteó los huevos uno a uno antes de devolverle la espátula—.

Sácalos dentro de un par de segundos. Empieza por el primero que he volteado.

Mientras Jack Henry se afanaba cortando el pan con un cuchillo, Bonnie dejaba vasos y tazas de café sobre la mesa.

Después untó con mantequilla las rebanadas de pan y Jack Henry las fue dejando de una en una sobre los platos.

Trabajaban juntos como una máquina bien engrasada.

Sirvieron leche en vasos opacos, llenaron las tazas con café solo, retiraron las sillas y se sentaron.

Con cuidado de no romper las yemas, Lena sirvió los huevos, dos en cada plato, antes de dejar la sartén de nuevo sobre la hornilla y volver a la mesa.

—Gracias por la ropa para dormir, Bonnie.

La niña le dio un bocado al pan y se quedó mirando el plato en silencio. Se la veía molesta.

Lena volvió a intentarlo.

—Nos queda bien.

Bonnie apuñaló sus huevos con el tenedor.

Era como si se hubiera vuelto sorda. Lena respiró hondo y retiró una silla.

No tenía ni idea de si era normal que Bonnie estuviese malhumorada por las mañanas o si su estado de ánimo era el resultado de la presencia de Lena.

El hecho de que llevara puesto uno de los vestidos de la difunta madre de Bonnie no ayudaba, sin duda.

Pero, al menos, de momento Lena podía reconfortarse con el desayuno caliente que tenía en el plato.

Tomó un sorbo de café y saboreó el líquido intenso y oscuro.

La última vez que tomó café en lugar de achicoria fue en una cafetería con el padre de Ella, en la época en que creía que su vida estaba a punto de cambiar a mejor.

Le parecía que había sucedido hacía mil años.

Y ahí estaba otra vez, en el lado equivocado de la esperanza de que su vida iba a mejorar, donde se preguntaba qué ocurriría a continuación y cómo lo superaría.

Tenedor en mano, se dirigió a Jack Henry.

—¿Dónde recibís el… el…? —Incapaz de recordar la palabra correcta, soltó un bufido de impaciencia—. ¿Dónde recibís la correspondencia?

Él frunció el ceño.

—La correspondencia —repitió ella—. Las… las cartas.

—¿El correo?

Ella asintió. Sí. El correo. Esa era la palabra que había estado buscando.

Había visto una oficina de correos de camino a la casa, pero le parecía que estaba a unos cien kilómetros montaña abajo y, con todas las vueltas que habían dado durante el trayecto, no sería capaz de encontrarla.

Aun cuando recordara dónde se encontraba, tardaría una eternidad en caminar hacia allí y volver.

Con suerte, la familia Wolfe enviaría y recibiría sus cartas en algún lugar más cercano.

—Mi madre va a enviarme una carta cuando ella y mi hermano hayan regresado a Alemania.

—El carromato del correo viene una vez a la semana —le explicó Jack Henry—. Siempre y cuando las carreteras no estén bloqueadas.

Ach, Gott. ¿Ahora también tenía que preocuparse de si cerraban las carreteras? Pero al menos no había necesidad de caminar media montaña abajo para recoger el correo. Y en esos momentos necesitaba sentirse agradecida por las cosas pequeñas.

—Me gustaría contestar a su carta cuando la reciba. ¿Tenéis papel de escribir y… y…? —¿Cuál era la palabra para el papel doblado en el que metes una carta?

—Bonnie puede darte de todo —asintió Jack Henry—. Sobres también. ¿Verdad, Bonnie?

Bonnie gruñó.

Lena soltó un silencioso suspiro de alivio.

Al menos ya sabía cómo mantenerse en contacto con su familia.

Justo entonces, los llantos de Ella se oyeron por la escalera.

Lena se puso de pie y comenzó a cruzar la cocina.

Le preocupaba que Ella se cayera de la cama antes de que ella pudiera llegar a la habitación.

Para su sorpresa, Bonnie se levantó de un salto y pasó corriendo junto a ella.

—Yo la traeré.

—¿No quieres terminarte la comida?

—Ya lo haré —repitió Bonnie, que ya subía corriendo las escaleras.

Lena comenzó a seguirla. No estaba segura de lo que haría Ella cuando alguien a quien apenas conocía entrara en aquella habitación nueva para ella. Se detuvo en el último escalón, preparada para subir si Ella parecía asustada. Cuando se abrió la puerta del cuarto, la niña lloró más fuerte.

—Buenos días, muñequita —saludó Bonnie con voz cantarina.

Ella se apaciguó, pero solo un poco.

—Oh, no llores —le dijo con dulzura—. No pasa nada. No te asustes. No voy a hacerte daño. —Y luego—: Eso es. Venga. Vamos a ver a tu mamá.

Cuando salieron de la habitación al pasillo, Ella seguía quejándose. Y entonces, para sorpresa de Lena, Bonnie empezó a cantar.

Mi Bonnie está en el océano.

Mi Bonnie está allá en la mar.

Mi Bonnie está en el océano.

Oh, devuélveme a mi Bonnie.

Devuelve, devuelve,

devuélveme a mi Bonnie.

Devuelve, devuelve,

devuélveme a mi Bonnie.

Lena dejó que una sonrisa le aflorase a los labios.

Bonnie tenía una voz clara y melodiosa, con el toque encantador de su acento de montaña.

Si no hubiera sabido la verdad, habría jurado que se trataba de la voz madura de una muchacha, no de la de una niña.

Cuando Bonnie llegó al principio de la escalera, le sonrió a la bebé, a la que llevaba en brazos, y señaló hacia Lena.

—¿Ves? Ahí está tu mamá, justo ahí, esperándote.

Lena saludó a su hija con la mano. La niña miraba a Bonnie con ojos maravillados y la boca abierta, como si nunca hubiera oído cantar a otra persona.

Bonnie bajó las escaleras con Ella, reanudó su canción y la llevó hacia la mesa de la cocina.

Oh, el viento sopla sobre el océano

y el viento sopla sobre la mar.

Oh, el viento sopla sobre el océano,

devuélveme a mi Bonnie.

Bonnie acomodó a Ella en una silla y le dijo a Jack Henry:

—Supongo que deberíamos bajar la trona del desván. Y la cuna también.

Jack Henry asintió, pero siguió concentrado en su comida, mojando el pan en la yema de los huevos y comiendo con rapidez.

Agradecida por el humor mejorado de Bonnie, Lena se sentó junto a su hija. Quedaba claro que Bonnie sentía debilidad por Ella, y se le daba bien cuidarla. Además de por la comida y por haber aprendido cómo recibía el correo la familia Wolfe, también tenía que sentirse agradecida por eso.

—Gracias por ir a buscarla. Creo que le encanta tu canción. —Sirvió media taza de leche y se la dio a Ella, quien la sujetó con ambas manos y dio un gran sorbo. Le cayeron goterones por la barbilla—. A mí también. Tienes una voz muy hermosa.

Bonnie le dedicó una leve sonrisa de apreciación, se sentó al otro lado de Ella y acercó más su silla a la de la niña.

Entonces, como una mamá gallina, le limpió la barbilla y le dio trocitos de pan con mantequilla para que se los comiera, con cuidado de que no fueran demasiado grandes.

Pero cuando Lena deslizó uno de sus huevos en el plato de Ella, Bonnie agarró el plato, con los trozos de pan y todo, y se lo llevó a la hornilla. La niña comenzó a llorar.

—¿Qué haces? —inquirió Lena.

—Hay que ponerle el huevo muy hecho o se ensuciará muchísimo —explicó Bonnie.

Lena quiso decir que ella le lavaría las manos después, pero, a pesar de su frustración por que Bonnie se hubiera llevado el plato de Ella, se mordió la lengua e intentó que la pequeña comiera otro trozo de pan.

—Calla —dijo—. No pasa nada. Bonnie te va a traer el huevo pronto.

Cuando Bonnie terminó de cocinarlo, sopló para enfriarlo un poco, lo cortó en trocitos y se los dio a Ella, quien dejó de llorar al instante.

—Hace mucho que no comíamos huevos —dijo Lena.

Jack Henry le dedicó una mirada de asombro con las mejillas infladas por la comida.

—¿Cómo es eso?

—Teníamos muy poca comida en Alemania. Y donde vivíamos no podíamos tener ni un huerto ni gallinas. Ya le he dicho a Bonnie que estoy aquí para cuidar de vosotros, pero necesitaré ayuda para aprender cosas sobre los Estados Unidos.

Bonnie soltó una risa rápida y desdeñosa.

—No necesitamos que nos cuiden. Nos ha ido muy bien solos. Solo nos hacen falta algunas manos extra por aquí.