Capítulo 7
L ena despertó con un sobresalto y de inmediato buscó a Ella para asegurarse de que estuviera allí.
Cuando sintió a su hija junto a ella, acurrucada y calentita con su camisón suave, se relajó, pero solo un poco.
Se incorporó y examinó la habitación en penumbra.
¿Era el ocaso o el amanecer? ¿Era de día o de noche?
¿Estaban en su casa, en su cama, o en un barco en mitad del océano?
Entonces lo recordó todo. Estaban en los Estados Unidos.
Arriba, en las montañas de Virginia. Y llevaba puesto el vestido de una muerta.
¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Una hora?
¿Dos horas? ¿Toda la noche? Solo había pretendido echarse un momento.
Intentó no despertar a Ella cuando se deslizó del colchón de paja y se acercó a la ventana.
Fuera, el sol naciente teñía el cielo despejado de un tono anaranjado leve y difuso.
Una niebla espesa rodeaba los picos distantes como un blanco mar que circundase islas azules.
Se retiró unos mechones de la cara y se alisó el delantero del vestido.
Con suerte, nadie se daría cuenta de que había dormido con el vestido puesto toda la noche.
Entró en pánico cuando fue a buscar sus zapatos.
¿Los había perdido en la planta despiojadora?
, ¿en el ferri?, ¿en el tren? Entonces se acordó.
Los había dejado en el porche para orearlos.
Por el momento tendría que ir descalza, como los niños.
Tras mirar a Ella un instante para asegurarse de que seguía dormida, salió de puntillas de la habitación y cerró con cuidado la puerta tras ella.
El olor a café recién hecho y a huevos fritos le llegó desde abajo y le hizo rugir el estómago.
Se apresuró a bajar las escaleras con la esperanza de no haber sido la última en levantarse de la cama.
En la cocina, Silas estaba sentado solo a la mesa y se estaba comiendo un plato de huevos y patatas fritas.
Cuando levantó la vista comenzó a sonreír, pero bajó la mirada de inmediato y levantó la taza de café con una expresión torturada y extraña en el rostro.
Al principio Lena pensó que se había atragantado con el desayuno, pero luego se acordó de lo que llevaba puesto.
Ver a otra mujer con el vestido de su difunta esposa debía de haberle dado impresión.
—Buenos días —le saludó—. ¿Quiere que despierte a los niños?
Él negó con la cabeza.
—Bajarán enseguida.
Lena juntó las manos y presionó los dedos contra los nudillos con tanta fuerza que le dolió.
¿Qué tendría que decir? ¿Qué tendría que hacer?
, ¿fregar la sartén de hierro fundido que estaba en el hornillo, servirse una taza de café y sentarse a la mesa, dejarlo solo, preguntar por qué sus hijos tenían que esconderse de la polizei ?
No. Era probable que esa pregunta tuviera que esperar. Al menos durante parte del día.
—¿Sabe dónde puedo encontrar el jabón para lavar la ropa?
—Bonnie lavó tu ropa anoche —dijo él sin levantar la vista—. Está tendida en la cuerda.
Sintió calor en las mejillas.
—Oh. Lo siento mucho. Me tumbé con Ella para asegurarme de que se quedara dormida y yo…
—No hace falta dar explicaciones —dijo él—. Hicisteis un largo viaje. Pero de ahora en adelante más te vale que recuerdes que estás aquí para cuidar de mis criaturas, no para que ellos cuiden de ti. —Recogió su plato y se puso de pie con un fuerte chirrido de la silla al empujarla hacia atrás.
— Ja. Quiero decir, sí. Estaba muy cansada y…
—Puedes empezar a preparar las viandas de la mañana —dijo mientras dejaba su plato en el fregadero—.
Bonnie te ayudará a limpiar la cocina y te enseñará el resto de las cosas que tienes que hacer.
Cuando Jack Henry termine de desayunar, se irá ir al establo para que yo pueda marcharme al aserradero.
Volveré más avanzada la mañana. —Le dio la espalda y tomó su sombrero negro, que estaba colgado de un clavo en la pared, y se dispuso a salir de la cocina.
Una sensación de alarma le recorrió el cuerpo.
¿Ya iba a dejarla sola con los niños? ¿Y si venía el sheriff ?
, ¿qué se suponía que debía hacer? Tenía que detenerlo.
Había demasiadas preguntas sin respuesta.
Si se iba al aserradero, no podía esperar más para hacerle la pregunta que tanto temía. Apretó los puños y se armó de valor.
—Por favor, espere —dijo con un tono de voz más alto de lo que pretendía.
Él se detuvo y se dio la vuelta con las cejas enarcadas.
—He venido desde muy lejos para cuidar de su hogar y de sus hijos, ¿verdad?
—Se suponía que tu madre iba a cocinar y a cuidar de la casa y de las criaturas, no tú.
—Sí, y desearía que ella estuviera aquí. Haré el trabajo, pero necesito saber qué pasará cuando usted no esté aquí y venga la polizei.
Una oscura sombra le cruzó su rostro. Entendió lo que ella quería saber.
—Tengo tareas pendientes —zanjó con voz dura—. Bonnie sabe qué hacer.
—Pero ¿por qué…?
—No voy a explicarlo ahora mismo. —Reanudó su camino hacia la puerta trasera.
—¿Saben los niños por qué tienen que esconderse?
Él siguió caminando.
—¿Tengo que esconderme yo también?
Él se volvió para mirarla, esta vez con expresión agria.
—Sí, pero no tengo tiempo para hablar de eso. ¿Lo entiendes? ¿Hemos terminado?
Ella frunció el ceño, confusa.
—¿Tienes más preguntas o puedo irme a trabajar?
Lena se retorció las manos. Silas estaba perdiendo la paciencia, pero había ciertas cosas que necesitaba saber.
— Ja, quiero decir, sí. Una pregunta más, por favor.
Mi madre y mi hermano tienen poco dinero y no tienen un hogar en Alemania.
Cuando yo sepa la dirección de su alojamiento, me gustaría enviarles mi…
mi… —Gruñó para sí. ¿Por qué le resultaba tan difícil de repente encontrar las palabras adecuadas?
¿Era porque Silas tenía la corpulencia de un buey?
¿Era porque la rabia que se le evaporaba del cuerpo como el vapor de una tetera?
¿Era porque tenía el futuro de ella y de su hija en sus manos?
Con toda probabilidad sería por alguna de esas razones, pero tenía que ser fuerte a pesar de no sentirse así—.
Me gustaría enviarle a mi madre el dinero de mi trabajo y yo…
—¿Tu trabajo?
—Sí. El trabajo que haré para usted.
Él se la quedó mirando boquiabierto, con una mezcla extraña de rabia y estupor.
—¿Crees que voy a pagarte?
«Pagarte». Pagar. Sí. Esa era la palabra. Ella asintió, aliviada al ver que la entendía. Entonces se percató de lo que él había dicho. «¿Crees que voy a pagarte?». Y sintió palpitaciones en las sienes.
—A ver si lo he entendido bien —dijo Silas—.
Te he acogido cuando no era lo que habíamos acordado.
Te doy comida, ropa y un techo recio sobre la cabeza, ¿y te crees que voy a darte dinero además de todo eso?
¿Tienes idea siquiera de cuánto dinero pagué por los billetes de tu madre y de tu hermano?
Y todo lo que he conseguido a cambio ha sido a ti y a un bebé, dos bocas más que alimentar.
Hablaba con tono hostil.
El suelo se le tambaleó bajo los pies. Las primeras punzadas de pánico hicieron que se sintiera mareada.
Casi tuvo que sujetarse a la mesa para evitar caerse.
Sí, ella había tenido la impresión de que se le pagaría por su trabajo.
Mutti también lo había pensado. Y además de ayudar a Silas en la granja, Enzo también iba a trabajar en el aserradero.
Todos habían creído que tendrían trabajos auténticos en los Estados Unidos, con salarios y la oportunidad de construir una nueva vida.
Desde luego que Lena se sentía muy agradecida por que Silas las hubiera acogido a ella y a su hija, pero, si él no tenía intención de pagarle, estaba atrapada.
Establecerse por su cuenta para empezar de cero era imposible.
Aún peor, no podría enviarles dinero a Mutti y a Enzo para comida y alquiler, ni para que compraran billetes para viajar a los Estados Unidos.
Tal vez Silas no le hubiera puesto en la mano en la isla de Ellis una octavilla en la que le prometía un trabajo que, en realidad, sería trabajo esclavo, pero era lo mismo.
Y no podía hacer nada. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Intentó pensar en algo que decir, pero no era capaz de hablar.
—Vuelve a hablar de dinero —le advirtió Silas— y te daré tal bofetón que te quedarás bizca. ¿Lo entiendes? Ahora haz algo útil antes de que te lleve montaña abajo y te deje allí.
Antes de que ella pudiera responder, Silas se puso el sombrero, bajó el pasillo con fuertes pisadas y salió con un portazo.
Se llevó las manos al estómago con la certeza de que vomitaría.
Si Mutti y Enzo no conseguían dinero suficiente para los billetes, quizá no volviera a verlos jamás.
Retiró una silla y se sentó. Se tapó el rostro con las manos, le temblaban los hombros.
Quería gritar y chillar; quería romper algo, lanzar algo al suelo.
Pero eso no cambiaría nada. Se permitió llorar durante unos minutos y después, cuando pensó que podía mantenerse en pie sin caerse, se levantó y examinó la cocina con visión borrosa.
Trabajaría tan duro como fuera posible. Haría más de lo necesario, se volvería indispensable.
Y entonces, sin importar cuánto tiempo le llevara, convencería a Silas para que volviera a pagar los billetes de Mutti y Enzo.