Las mentiras que nos contaron Capítulo 6
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Capítulo 6

S ilas y Jack Henry ya se habían ido al establo cuando Bonnie bajó las escaleras con expresión dolorida, cruzó la cocina y lanzó un vestido azul, ropa interior y un pichi amarillo de talla adecuada para Ella sobre el respaldo de una silla.

—Gracias por la ropa. Prometo que la cuidaré bien.

—Dale las gracias a papá, no a mí.

Antes de que Lena pudiera responder, Bonnie se fue arrastrando los pies hasta el pasillo de atrás y salió dando un portazo con la puerta mosquitera.

Lena suspiró. Era fácil entender por qué le molestaba a Bonnie prestarle la ropa de su madre fallecida a una extraña, pero el poco progreso que Lena pensó que habían conseguido pareció desvanecerse.

Con suerte, mañana sería otro día. Y el día de después.

Y el día de después de ese otro día. Con suerte, para cuando Mutti y Enzo llegaran, Lena y Bonnie serían amigas…

, si Lena acababa quedándose tanto tiempo.

La granja Wolfe Hollow no era deficiente ni los niños insoportables, pero sucedía algo inquietante ahí, algo que podría obligarla a marcharse.

No tenía ni idea de a dónde iría ni de cómo llegaría, puesto que la población más cercana parecía estar a miles de kilómetros de distancia, pero, si la razón por la que Silas hacía que Bonnie y Jack Henry se ocultaran del sheriff supusiera el más mínimo peligro para Ella, sería imposible que se quedaran.

Marcharse haría que fuera más difícil reunir dinero para Mutti y Enzo, y sería todavía más complicado encontrar un lugar donde vivir y un trabajo, pero tenía que mantener a Ella a salvo a toda costa.

Ojalá su familia estuviera allí ahora, pues podrían marcharse juntos y empezar de nuevo en otro lugar.

Pero no era el caso. Tenía que apañárselas sola.

Si no había otra opción, aún tenía el papel de la monja, pero ¿cuánta ayuda podía ofrecerle la Iglesia en realidad?

¿Y durante cuánto tiempo? Con suerte, habría una buena explicación para las precauciones de Silas, pero por el momento no se le ocurría nada que tuviera sentido.

Y estaba demasiado agotada para pensar en lo que podría suceder al día siguiente, y mucho menos en el futuro.

En ese momento necesitaba bañarse y bañar a Ella para poder descansar.

No había motivos para pensar en nada que no fuera eso.

Después de lavar a su hija y vestirla con el pichi amarillo, que le colgaba del cuerpecillo diminuto como un saco de patatas, encontró un tazón de hojalata y una cuchara de madera con los que la niña podía jugar.

Entonces se metió en el agua y se limpió a fondo.

Eliminarse el aceite del cabello requirió más tiempo del que había previsto, y estuvo todo el tiempo preocupada por si Silas y Jack Henry volvían a entrar y se la encontraban desnuda en medio de la cocina.

Con suerte, se mantendrían alejados el tiempo suficiente para que pudiera secarse y ponerse el vestido de la difunta esposa de Silas.

Le sorprendió lo bien que le quedaba su ropa.

Cuando terminó de trenzarse la melena larga y húmeda, colgó las toallas en los respaldos de las sillas de la cocina y se llevó a Ella al piso de arriba para buscar su habitación.

Como estaba limpia y alimentada, Ella se estaba quedando dormida.

Arriba, tres puertas, una a la derecha y dos a la izquierda, se alineaban en un pasillo estrecho con retratos en blanco y negro en las paredes.

Descalza y temblando, Lena solo les dedicó a los retratos una mirada somera.

Tenía que meter a Ella en la cama y volver abajo para lavar la ropa sucia.

Entonces reparó en la fotografía de un joven con barba bien recortada junto a una joven hermosa de pómulos altos y largo cabello rubio; él vestía un traje oscuro y ella un vestido de encaje blanco.

Se detuvo para examinar el retrato de bodas de Silas y su esposa, donde ambos intentaban parecer adecuadamente serios a pesar de que sonreían un poco.

A Silas la sonrisa se le reflejaba en sus ojos, a ella en las comisuras alzadas de los labios suaves.

Se dio cuenta de que Bonnie y Jack Henry poseían la tonalidad clara y la sonrisa amable de su madre.

Pero la niña había heredado el físico delicado de esta, mientras que parecía que Jack Henry adquiriría la altura y la corpulencia de su padre.

Lena intentó reconciliar al guapo novio con el montañés malhumorado cuyos hijos parecían temerle, pero no pudo hacer la conexión.

Aparte de perder a su mujer, lo cual ya era bastante malo de por sí, ¿qué más hacía a Silas desgraciado?

Entonces otro pensamiento le cruzó la mente y se estremeció.

Tal vez él fuera responsable de la muerte de su mujer.

Tal vez el sheriff iba a la casa en su busca para meterlo en prisión.

Quizá por eso les decía a sus hijos que se escondieran cuando él no estaba, para que la policía pensara que se habían marchado todos.

No. Eso no tenía sentido. Su mente agotada le estaba jugando una mala pasada.

La colada tendida en las cuerdas, el huerto, las gallinas y las mulas indicaban con claridad que la casa estaba habitada.

Y si a Silas le preocupaba que lo arrestasen, se habría escondido en lugar de aparcar su camión en el patio delantero para que cualquiera pudiese verlo.

Fuera cual fuese la razón por la que les ordenaba a Bonnie y a Jack Henry que se escondieran, debía residir en otro sitio.

Y aun cuando Lena no se imaginaba qué razón podría ser esa, sí sabía una cosa: Silas había perdido a su esposa porque la vida es injusta, igual que la muerte de su padre había sido injusta, como la deserción del padre de Ella había sido injusta y como era injusta la deportación de Mutti y de Enzo.

Justo cuando una oleada de recuerdos dolorosos estaba a punto de apoderarse de Lena, Ella alargó la mano y le tocó la cara, sonriendo medio dormida.

—Mamá —dijo.

Lena la abrazó con fuerza mientras le daba besos en la frente y en las mejillas.

—Oh, mein Engel, mi ángel —susurró—. Danke Gott, aún te tengo.

Se enjugó las lágrimas, alejó de la mente los pensamientos dolorosos y se dirigió a la última puerta de la izquierda.

Dentro de la habitación estrecha de techo bajo había una cama de hierro forjado pegada a una pared y cubierta con una manta de patchwork, y un aguamanil de madera se alzaba junto a una cómoda que parecía antigua.

Había un camisón blanco doblado sobre la cama, junto a otro de talla de bebé para Ella.

Lena sonrió. Tal vez le resultase simpática a Bonnie después de todo.

Cuando terminó de ponerle el camisón a Ella, se dirigió hacia la ventana abierta, donde una brisa templada serpenteaba entre las cortinas raídas bordadas con margaritas amarillas.

Fuera, el sol iba cayendo por el cielo oscuro, envolviendo las nubes de azul y rosa, y Jack Henry guiaba a tres vacas marrones por la pendiente de una colina rocosa.

Los cencerros que llevaban al cuello repiqueteaban mientras bajaban entre los árboles y la maleza.

Más cerca de la casa, Bonnie arrancaba malas hierbas del huerto lleno de tomateras, judías, cebollas y otras verduras, y las lanzaba a un cubo oxidado.

Justo a la derecha del huerto, un sendero algo dejado llevaba hacia tres cobertizos de madera; en el lateral de uno de ellos había un rosal trepador con rosas rojas.

¿Era ese el cobertizo en el que se escondían los niños o era el otro, el del tejado bajo y torcido?

¿Esperarían que ella y su hijita también se escondieran allí?

¿Qué pasaría si el sheriff los encontraba?

De nuevo se recordó que era mejor no preocuparse por algo que todavía no había sucedido.

Su hija necesitaba dormir. Y sería mejor que descansara unos minutos antes de volver a bajar y tener que fingir que era alguien que no era: una mujer segura que se sentía feliz de estar allí, preparada y deseosa de emprender su nuevo trabajo como ama de casa y cuidadora.

Porque en realidad no era más que una inmigrante asustada, exhausta y confusa que ansiaba estar con su madre tanto como Bonnie y Jack Henry querían estar con la suya.