Capítulo 5 #7
Bonnie apartó la mirada de Ella y su expresión suave cambió a otra de impaciencia. Lena había hablado de más, se había esforzado demasiado, había insistido demasiado pronto.
—Es «pan» de maíz, no «pastel» de maíz —corrigió—. Y claro que lo he hecho yo. No hay nadie más que cocine aquí.
—«Pan de maíz» —repitió Lena. Se regañó por haber mencionado a la madre de los niños demasiado pronto—. ¿Es ese el modo correcto de decirlo? —Volvió a hacer a Ella rebotarle sobre la cadera—. ¿Sabes decir «pan de maíz», Ella?
—«Pamaíz» —probó Ella con su vocecita de muñeca.
Otra sonrisita apareció en los labios de Bonnie, pero miró al suelo para ocultarla. Quedaba claro que Ella la había hechizado.
—¿Me ayudarás a enseñarle inglés a Ella? A ti se te dará mucho mejor que a mí.
Bonnie suavizó el rostro por segunda vez y asintió; casi parecía, no del todo, complacida.
—Tendrás que enseñarnos muchas otras cosas también. Como hacer el delicioso pan de maíz.
Bonnie soltó un bufido.
—Lavotear la ropa y hacer pan de maíz no es difícil.
—No lo es para ti. Pero yo nunca he hecho esas cosas.
—¿Nunca has cocinado?
—Un poco. Pero no sé qué le gusta comer a la gente de este país ni cómo prepararlo. Necesitaré que alguien inteligente como tú me enseñe todo sobre los Estados Unidos.
Por primera vez, Bonnie la miró de forma directa con los ojos abiertos de asombro, como si le hubiera dicho que los gatos vuelan. Parecía que nunca nadie le hubiera hecho un cumplido. Lena esperó a ver qué iba a decir, pero el hechizo se rompió y la niña desvió la mirada de nuevo.
—¿He dicho otra palabra mal? Espero que también me ayudes con mi inglés.
Bonnie negó con la cabeza.
—No, es solo que… nadie me había dicho nunca que soy inteligente.
Lena abrió la boca por la sorpresa.
—No me lo creo. Se ve que eres muy lista.
Bonnie soltó una risita rápida entre dientes, como si no tuviera ni idea de cómo responder a las alabanzas. Lena habría jurado que estaba ruborizada. Pero, al segundo siguiente, volvió a adoptar una expresión seria.
—Por cierto, tienes que tener cuidado con la lavadora. No te pilles los dedos con el escurridor.
—¿El escurridor?
Bonnie apoyó la mano sobre la caja de los rodillos.
—Sí, aprendí la lección por las malas.
Lena soltó una exclamación horrorizada ante la perspectiva de que alguien acabara con la mano entre los dos rodillos.
—No me rompí ningún hueso. Pero deja que te diga que duele como un demonio. Mamá tuvo que meterme la mano en el riachuelo para contener la hinchazón.
— Ach, der lieber —dijo Lena—. Siento que te lastimaras. Pero gracias por decírmelo. Ya me has enseñado muchas cosas importantes.
—Bueno, estoy agotada de hacer yo sola todo el trabajo de la casa —dijo Bonnie.
Con ojos llorosos y la mente en otra parte, hizo girar despacio la manivela del escurridor. Por primera vez, a Lena le pareció triste y vulnerable, como si el recuerdo de su madre y de cómo le había cuidado la mano herida la hubiera transportado al pasado.
De nuevo, pensó en preguntarle por qué ella y Jack Henry tenían que esconderse de la policía. Pero antes de que hubiera decidido si debía o no decir algo, Silas gritó desde dentro de la casa:
—¡Bonnie! ¿Qué demonios estáis haciendo ahí fuera?
Bonnie se sobresaltó y volvió a la realidad.
—¡Ya voy, papá! —Le dijo a Lena—: Deja tu ropa aquí. Cuando te laves, pondremos el vestido que llevas puesto en la lavadora también.
Lena abrió su zurrón y empezó a sacar su ropa.
—Ahora no —dijo Bonnie—. Déjalo todo ahí por ahora.
Cuando Lena miró a su alrededor en busca de un lugar donde poner el zurrón, Bonnie se lo arrebató y lo tiró al suelo.
—Vamos. A papá no le gusta esperar.
En la casa, Jack Henry estaba echando más troncos en la cocina de leña y tres teteras de agua se calentaban al fuego y llenaban el aire de vapor.
Tras quitarse su ropa buena y ponerse un peto con parches, guantes de ante y botas de trabajo, Silas llevó una tina de madera a la cocina y la dejó cerca del fuego.
Iba sin camisa, con el torso descubierto a excepción de la pechera de los pantalones.
Le recorrían los brazos y los hombros músculos enormes y firmes como los flancos de un caballo de tiro, y aquella tina tan grande no parecía pesar nada entre sus manos.
Era difícil imaginar que le tuviera miedo ni al sheriff ni a nadie.
—Bonnie, sube y busca algo que Lena y la pequeña puedan ponerse —ordenó—. Luego sal al jardín mientras se asean. Jack Henry, tú te vienes al establo conmigo.
—Sí, señor —dijeron los niños al mismo tiempo. Bonnie se apresuró a cruzar la habitación para subir las escaleras, silenciosa como un gato con sus pies descalzos. Jack Henry vertió las teteras de agua caliente en la tina y después se quedó allí en silencio, como un soldado que esperase órdenes.
Silas se dirigió a Lena.
—Hay jabón sobre la mesa y toallas en la silla. Cuando hayas terminado de lavotearte, ve a tu habitación. Está arriba, la segunda a la izquierda. Puedes descansar esta noche, pero mañana te toca trabajar.
—Sí, señor —dijo Lena.
[3]
N. de la Ed.: En alemán, ‘abuelita’.