Capítulo 5 #6
—Tenéis una casa encantadora —dijo con la esperanza de que nadie hubiera oído el ruido de sus tripas.
—Gracias de corazón, señora —respondió Jack Henry.
—Por favor, llámame Lena.
Bonnie cerró la portezuela de la cocina de leña de un golpe y se dirigió al fregadero; tenía los labios apretados en una línea dura y delgada.
Lena se preguntaba si habría dicho algo inconveniente cuando, de repente, Ella, aún en brazos, se inclinó hacia delante para alcanzar las manzanas de la mesa. Lena tiró de ella hacia atrás.
— Nein —le susurró—. No son nuestras.
La niña empezó a llorar.
—No importa —dijo Jack Henry—. Puede comer las que quiera. Tenemos muchas.
—¿Estás seguro?
—Claro que sí.
Lena empezó a darle las gracias, pero Bonnie se acercó, agarró el cuenco de manzanas y se lo llevó.
—Voy a hacer una tarta con estas —declaró—. Así que ya podéis dejarlas en paz.
Jack Henry dejó de llenar la tetera con agua y la miró con el ceño fruncido.
—Tú nunca haces tarta de manzana.
—Es que no sé. Pero voy a aprender.
—No seas desagradable —la reconvino Jack Henry—. No vas a echar de menos una manzana.
Bonnie dejó el cuenco junto al fregadero.
—Si tienen hambre, pueden comer pan de maíz.
Jack Henry sacudió la cabeza, enojado. Sacó dos vasos de la alacena y los dejó sobre la mesa.
—Sentaos —le indicó a Lena.
A pesar de su estómago vacío, a Lena le habría gustado bañarse y cambiarse antes de comer, pero Ella tenía hambre.
Separó una silla de la mesa y se sentó con su hija, que seguía llorando, sobre el regazo.
Mientras Bonnie se cruzaba de brazos y las miraba, Jack Henry cortó un cuadrado grande de la torta amarilla, que Lena supuso que era el pan de maíz, y se lo ofreció.
Lo tomó y se lo llevó a Ella a la boca. Aún estaba caliente.
Jack Henry tomó una jarra de leche de la encimera y llenó los vasos.
La bebé le dio un bocado al pan de maíz y, con dedos ansiosos, intentó arrebatarle todo el trozo a Lena.
—¿No vas a meterlo en el vaso? —se extrañó Jack Henry—. Le gustará más así.
—¿En la leche? —preguntó Lena.
Bonnie puso los ojos en blanco, sacó una cuchara de un cajón y se acercó a la mesa. Cortó otro trozo de pan de maíz, lo desmigó dentro de uno de los vasos de leche y colocó el vaso y la cuchara frente a Lena.
—Así es como se come el pan de maíz —espetó—. Con leche dulce.
Jack Henry asintió para darle la razón:
—Eso es. Pruébalo.
Lena supuso que sabrían de lo que estaban hablando, de modo que tomó una cucharada de pan de maíz del vaso y lo probó.
El pan caliente y la leche fría creaban una mezcla interesante y deliciosa, casi como el stollen y el cacao caliente que su madre preparaba en Navidad.
Lena sonrió y asintió en dirección a Bonnie y a Jack Henry.
Le dio de comer cucharadas de pan de maíz con leche a Ella, quien lo devoró.
—Gracias —dijo Lena—. Está delicioso.
Mientras ambas terminaban de comerse el pan de maíz, Bonnie comprobó el fuego en la cocina de leña y Jack Henry llenó otra tetera con agua, la levantó del fregadero y la llevó hacia la hornilla con una mueca por el esfuerzo.
Lena pensó en preguntarles por qué habían tenido que esconderse de die polizei, pero era demasiado pronto.
Cuando dejó la tetera sobre la cocina de leña, Jack Henry la miró.
—En esta época del año nos lavoteamos fuera, en el riachuelo. ¿Te dan miedo los bichos?
—¿«Lavoteamos»? —repitió Lena. La palabra sonaba extraña en su boca. Silas le había dicho lo mismo en la isla de Ellis y ella había creído tener una idea de lo que significaba, pero no le había pedido que se lo aclarara. ¿Y cuáles eran las otras palabras que el niño acababa de usar?
Jack Henry la miraba como si ella tuviese que haber entendido lo que le estaba diciendo.
—Ya sabes —dijo—. Cuando te frotas la suciedad para limpiarte. Como cuando lavas los platos y lavas la ropa.
—Oh —Lena comprendió. Había tenido razón: «lavotear» significaba ‘lavar’. Y cuando Silas dijo que pusiera la ropa en la lavadora, se refería a la tina en la que se lavaba la ropa—. Ahora lo entiendo. Pero ¿qué es un bicho?
—Bichos son las serpientes, las ranas y los peces —detalló Jack Henry—. ¿Te dan miedo?
—No. Mi hermano y yo a veces jugábamos con ranas cuando yo era pequeña. ¿Por qué quieres saber si me dan miedo?
—Creí que por eso teníamos que calentar agua para que te lavotearas dentro —explicó Jack Henry—. Supongo que no.
Aliviada por el hecho de que Silas no las hubiera obligado a ella y a su hija a bañarse fuera en el agua fría, se preguntó si no sería más considerado de lo que parecía. O quizá no quería a una mujer desnuda en sus terrenos. En cualquier caso, estaba impaciente por lavarse.
—¿Cómo es que tenemos que prestarte las ropas de nuestra madre? —preguntó Bonnie—. ¿No tienes nada más que ponerte que ese vestido asqueroso?
—Maldita sea, Bonnie —se desesperó Jack Henry—. ¿Qué te pasa?
—No pasa nada —lo apaciguó Lena. Miró a Bonnie con la esperanza de encontrar las palabras correctas para explicarse—.
Nuestra ropa sucia también me disgusta. Cuando abandonamos nuestro hogar, la ropa estaba limpia, pero han pasado muchas cosas de camino hacia aquí.
Nos rociaron con… con algo que olía mal.
Lo hicieron para asegurarse de que no nos pusiéramos enfermas y no contagiáramos enfermedades.
Pero tan pronto como nuestra ropa esté limpia, podremos volver a usarla. ¿Me enseñarás dónde lavarla?
Bonnie hizo una mueca de irritación.
—Supongo que no me queda otro remedio —Salió de la cocina hacia un estrecho pasillo detrás de las escaleras—. La lavadora está detrás.
Lena se levantó de la mesa, se colocó a Ella sobre la cadera, tomó su zurrón y se apresuró a seguir a Bonnie.
Al final del pasillo, pasaron por una puerta mosquitera a un porche estrecho y lo recorrieron alrededor de un lateral de la casa hacia un cobertizo destartalado lleno de cajas con cachivaches y estanterías en las que se alineaban recipientes vacíos para las conservas.
En el centro del cobertizo, una tina baja de madera con una tapa con bisagras se sostenía sobre apoyos gruesos de madera, como un tonel de vino con patas.
A un lado del tonel, una rueda de hierro enorme se sostenía en su sitio por medio de un extraño aparato en el centro.
Al otro lado, una caja de madera con una manivela metálica albergaba lo que parecían ser dos rodillos horizontales.
—Esto es la lavadora —dijo Bonnie mientras señalaba a la tina.
No se parecía en nada a las tinas que Lena y Mutti usaban para lavar la ropa allá en Alemania.
—¿Cómo funciona? —preguntó.
Bonnie enarcó las cejas.
—¿Nunca has visto una lavadora?
—No.
—¿Cómo es posible?
Lena se encogió de hombros.
—No teníamos dinero para comprar una. Mi madre y yo lavábamos la ropa en una tina y la escurríamos a mano. También nos bañábamos en esa tina.
Bonnie se la quedó mirando como si fuera la persona más extraña a la que jamás hubiera conocido.
—Pues me parece la mayor estupidez que he oído nunca. —Y añadió—: Pones la ropa dentro, añades jabón y giras la rueda.
—¿La ropa se lava sola? —Lena abrió los ojos más de lo necesario, con la esperanza de que Bonnie apreciara su reacción. Tenía que hacerse amiga de esa niña. Aún más que eso: necesitaba ganarse su confianza.
Bonnie asintió.
—Siempre y cuando sigas girando esta rueda. Y después de enjuagarla, metes la ropa por los rodillos para que no esté empapada cuando la cuelgues para que se seque.
—¿Los rodillos?
Bonnie señaló los dos rodillos horizontales.
Lena sacudió la cabeza con exagerada incredulidad.
—Esto es lo más maravilloso que he visto en mi vida. —Se dirigió a Ella y la hizo rebotar sobre la cadera—. ¿A que es maravilloso, mein Schatz ?
La niña sonrió y soltó un gritito feliz. Era increíble lo que lograba una barriga llena.
Para su sorpresa, Lena vio que Bonnie miraba a Ella con ojos tiernos, una sonrisa orgullosa se le extendió por el rostro. Parecía haberse abierto una rendija diminuta en su dura coraza.
—Y el pastel de maíz también es maravilloso —alabó Lena—. ¿Lo has hecho tú? ¿Te enseñó tu madre a cocinar?