Las mentiras que nos contaron Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

—Pensaba que era una prima vieja —dijo el niño—. No es vieja.

—Ha habido un cambio de planes.

—¿Dónde está el otro? —inquirió la niña—. ¿El chico?

—No ha podido venir.

—¿Por qué no? —preguntó el niño.

—No os hace falta saber esas cosas —dijo Silas—. Lo que importa es que tenemos a alguien para que nos ayude por aquí. —Se dirigió a Lena—. El que hace todas las preguntas es Jack Henry y la que se esconde aquí conmigo es nuestra… mi hija mayor, Bonnie.

Si Lena hubiera tenido que adivinar la edad de los niños por su altura, habría jurado que el niño era el mayor.

—Hola. —Intentó sonar agradable—. Estoy encantada de conoceros. —Apoyó una mano sobre Ella—. Esta es mi hija, Ella.

—Hablas raro —observó Bonnie—. Y pareces algo que haya vomitado el gato.

—Cuida tus modales —la riñó Silas con tono severo—. Tu pariente ha venido a estas montañas desde Alemania, y esta pequeña también. No volveré a decirte que respetes a tus mayores.

—Sí, señor. —Bonnie agachó la cabeza.

—No pasa nada —intervino Lena—. Estoy segura de que sueno extraña a sus oídos.

Silas frunció el ceño.

—No, no está bien. Quiero que mis hijos sean educados. Y, si vas a trabajar para mí, espero que sigas las reglas de mi casa.

Lena bajó la mirada. Tenía que recordar que estaba allí para cuidar de la casa y de los niños, para trabajar duro y ganar suficiente dinero para enviárselo a Mutti y a Enzo.

—Lo siento.

Para su alivio, Silas centró su atención en Jack Henry.

—¿Habéis tenido algún problema mientras he estado fuera?

—No, señor. Alimenté a los animales y ordeñé las vacas. Bonnie se ocupó de la casa y de recoger los huevos por la mañana.

—¿Ha venido alguien a husmear?

Jack Henry asintió.

—El sheriff, tal y como dijiste que pasaría.

A Silas se le ensombreció el rostro.

—¿Os escondisteis como os dije?

—Claro que sí, papá. —Bonnie lo miró con ojos complacientes—. Oímos su automóvil subir por el camino, así que nos escondimos antes de que llegara al porche.

Lena sintió que una sensación de alarma le aceleraba el pulso. Si recordaba bien, la palabra «sheriff» significaba alguien que trabajaba con die polizei. ¿Por qué demonios tenían que esconderse los niños de la policía?

—¿No os vio correr hacia el cobertizo? —interrogó Silas.

Jack Henry miró a Bonnie, nervioso de pronto.

—No, señor —dijo Bonnie.

—¿Qué es lo que no me estáis contando?

—Nada —intervino Jack Henry.

—Sandeces. Reconozco una mentira en cuanto la veo. Escúpelo.

—No nos escondimos en el cobertizo —dijo Bonnie—. Nos escondimos en el agujero de las patatas.

Jack Henry le lanzó una mirada de pánico.

Ella se encogió de hombros y movió los labios como para decir «lo siento».

—¿Por qué demonios hicisteis eso?

—El sheriff Dixon se estaba acercando a la casa y… —dijo Jack Henry. Metió las manos en los bolsillos y miró al suelo.

—¿Y qué? —dijo Silas.

—Supuse que recibirlo en la puerta con un rifle lo asustaría —dijo Jack Henry.

Silas apretó las mandíbulas con rabia.

—¡Maldita sea! ¿Cuántas veces tengo que decirte que las armas solo consiguen traernos más problemas? Tenemos armas para poner comida sobre la mesa, no para pelear y matar.

—Sí, señor —se disculpó Jack Henry al tiempo que arrastraba un pie por el polvo.

Silas le atrapó la barbilla y le levantó la cara para obligarle a mirarlo.

—¿Crees que puedes dispararle a un hombre? Porque no se parece en nada a dispararle a una zarigüeya.

Jack Henry sacudió la cabeza con la parte inferior del rostro atrapado dentro de la enorme mano de su padre.

—Si matas a alguien, te meterán de cabeza en la cárcel —le advirtió Silas—. Si matas al sheriff, te lincharán primero y harán preguntas después. ¿Lo entiendes?

Jack Henry asintió.

—Me acordé de lo que dijiste de las armas, pero lo hice enrabietado y para entonces ya era tarde. Por eso nos tuvimos que meter en el agujero de las patatas.

Silas le soltó la barbilla y soltó un suspiro hondo.

—Supongo que lo hecho hecho está. Pero habéis tenido suerte esta vez. Si volvéis a hacerlo, sacaré la vara de achicoria. ¿Me oís?

Jack Henry asintió por segunda vez. Bonnie también asintió. Miró a su hermano con una mueca compasiva.

—¿Cuánto tiempo estuvo fisgoneando el sheriff Dixon? —preguntó Silas.

—No estamos seguros —respondió Bonnie—. Estuvimos escondidos mucho rato hasta que supusimos que ya se habría ido.

—¿Ha venido alguien más? ¿Alguien a quien no hayáis visto antes?

Bonnie y Jack Henry negaron con la cabeza.

Silas se pasó la mano por la frente como para reorganizarse los pensamientos.

—Bien —dijo, más para sí que para cualquiera de ellos—. Eso está bien.

Mientras Bonnie y Jack Henry relajaban los hombros, Lena sintió que la intranquilidad la reconcomía por dentro.

Se preguntaba por qué los niños habían tenido que esconderse, pero se contuvo para no preguntarlo de viva voz.

Fastidiar a Silas por segunda vez antes de haber puesto siquiera un pie dentro de la casa era, con toda probabilidad, una mala idea.

Y no podía hacer nada al respecto, de todos modos.

De alguna manera, acabaría por encontrar las respuestas, pero de momento tenía que mantenerse en silencio.

Por no mencionar que ella y su hija se morían por darse un baño y por descansar una noche entera.

—Tengo que quitarme la ropa buena antes de ir a comprobar el establo —dijo Silas—. Bonnie, aviva el fuego para calentar agua. — Apuntó con el pulgar a Lena y a Ella—. Estas dos necesitan un buen lavoteo.

A pesar de que el hedor no era culpa suya, a Lena le ardieron las mejillas de vergüenza. No quería que los niños pensaran que ella y su hija siempre olían mal. Al mismo tiempo, sintió alivio por no haber tenido que pedírselo ella.

—También nos fumigaron el pelo y toda la ropa —apuntó—. Tendré que lavarlo todo.

Silas dejó escapar un fuerte suspiro antes de volver a dirigirse a Bonnie.

—Dale uno de los vestidos de tu madre. Y ya sabes dónde está la ropa de bebé. Luego pon sus prendas en la lavadora y prepárales viandas.

—Sí, señor.

Silas le dedicó a Lena una inclinación de cabeza vacilante y brusca antes de marcharse hacia la cabaña, subir los escalones del porche y desaparecer dentro.

Lena y los niños lo siguieron. No tenía ni idea de lo que eran «lavadora» ni «viandas», pero se figuró que lo descubrirían antes o después.

Al acercarse a la casa, el olor hogareño a la levadura del pan que se horneaba salía por las ventanas abiertas, eso consiguió que el estómago se le volviera a retorcer de hambre.

En el porche había dos mecedoras junto a una mantequera y una mesa de madera repleta de cuencos esmaltados, utensilios de cocina de hojalata y pensamientos morados en macetas de cerámica.

Un carillón casero, un anillo con varias capas de cucharas plateadas colgadas, se mecía con la brisa y tintineaba con suavidad en la tarde tranquila.

Mientras Bonnie entraba en la casa, Jack Henry se detuvo cerca de la puerta junto a una olla esmaltada llena de agua.

Usó un cucharón de mango largo para beber.

Luego metió el cucharón de nuevo en el agua y se lo ofreció a Lena.

—Esta es la mejor agua de montaña que hayas probado nunca —le dijo.

A pesar de la sed que tenía, Lena vaciló.

En Alemania, el agua se usaba para diluir el zumo de frutas y para hacer té y café, no para beber.

Y no la guardaban en el porche ni la consumían con un utensilio compartido.

Pero, si quería encajar, ¿cómo iba a negarse?

Tomó el cucharón y se lo llevó a los labios.

El agua estaba fría y le reconfortó como un bálsamo la garganta reseca.

Le dio un sorbo a Ella también antes de devolverle el cucharón a Jack Henry.

—Tienes razón. —Le sonrió—. Está muy buena. Gracias.

Con una sonrisa orgullosa, el niño devolvió el cucharón a la olla y entró en la casa.

Antes de seguirlo dentro, Lena se quitó los zapatos y los dejó junto al umbral.

Esperaba que el aire fresco ayudara a librarlos de la peste del producto despiojador.

Se detuvo un instante en el umbral, respiró hondo y entró en su nuevo hogar.

Una escalera estrecha y rústica con un pasamanos sencillo dividía la planta baja de la cabaña por la mitad, la cocina a un lado y un salón al otro.

Una mesa de madera, cuatro sillas con asientos de caña y un banco se situaban en el centro de la sencilla zona para cocinar.

En esta, habían montado una bomba de agua roja sobre un fregadero, una hornilla de hierro fundido para cocinar a la leña dominaba la pared trasera y había una alacena pintada llena de cestas y vajilla desparejada puesta de través en una esquina cerca de la ventana delantera.

En el salón había una máquina de coser sobre una mesa de pino y un sofá raído frente a dos mecedoras.

Un par de rifles de cañón largo colgaban sobre una chimenea de adoquines enorme.

Aunque la cabaña era basta por fuera, por dentro resultaba acogedora y cómoda, con tarima de placas anchas de madera en el suelo, alfombras tejidas, cortinas de encaje, lámparas de queroseno y retratos en blanco y negro en las paredes de listones grises.

Un reloj de sobremesa decoraba la repisa de la chimenea junto con unos jarrones verdes y habían colocado de forma artística vasijas y jarras de cerámica cerca de la chimenea.

Claro que las alfombras y los muebles estaban raídos y ajados, y que los jarrones y las jarras parecían muy viejos, pero el modo en el que todo estaba dispuesto hacía que la casa resultase muy hogareña.

Mientras Bonnie abría el fogón para echar leña, Jack Henry llevó una tetera de esmalte blanco al fregadero, la colocó debajo de la bomba roja y comenzó a llenarla de agua.

Lena dejó su zurrón junto a la puerta, sacó a Ella del chal y la llevó a la cocina.

Había un cuenco de manzanas sobre la mesa, junto a una sartén de hierro fundido llena de algo amarillo que parecía una torta.

Le rugió el estómago con fuerza durante un rato.