Las mentiras que nos contaron Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Más arriba, en las montañas, pasaron junto a taludes empinados y rocosos, por caminos escarpados de gravilla y por bosques oscuros con vegetación tan tupida que la luz era verde.

Una carreta con troncos recién cortados tirada por caballos pasó junto a ellos colina abajo y los conductores los saludaron con la mano.

En algunos lugares, sobre todo cuando parecía que se dirigían directos a un precipicio, Lena apretaba a Ella con fuerza, segura de que iban a volcar.

La niña, por su parte, reía cuando el camión pasaba por los baches más grandes y las hacía saltar en el asiento.

Cada pocos kilómetros pasaban por delante de casas, establos y cobertizos dispuestos en agrupaciones de dos o tres edificios, como pueblos diminutos y desordenados.

Niños con ropa harapienta jugaban descalzos en los patios delanteros o corrían hacia el borde de la carretera para saludarlos.

Mujeres con delantales y vestidos anticuados tendían la colada en cuerdas o sacaban cubos de agua de los pozos.

Los ancianos fumaban en pipa y batían mantequilla en los porches delanteros mientras los observaban pasar con ojos marchitos.

Para incredulidad de Lena, algunas de las casas parecían establos con ventanas rotas y tejados parcheados.

Y muchas personas parecían cansadas y pobres, se parecían a la gente junto a las vías del tren.

Sentía el temor vibrarle dentro, un miedo que consiguió que se sintiera agotada y enferma.

Si Silas vivía en un cobertizo de madera y no tenía dinero, su familia y ella misma habrían pasado por todo aquello para nada.

La venta de todas sus posesiones, el viaje espantoso por el océano, su separación…

, todo habría sido por nada. Tenía que admitir que todos los niños que había visto parecían felices y bien alimentados, pero ¿dónde estaban sus zapatos?

¿Y por qué todas las casas y los establos estaban construidos con troncos de madera estropeada y no con estuco y piedra, como en Alemania?

¿Vivía Silas en esas montañas o solo estaban de paso hacia otro pueblo?

Se recostó en el asiento y dejó caer los hombros. Intentó no dejarse llevar por la imaginación. Un hombre que podía permitirse dos billetes en un transatlántico y pagar a alguien para que cuidara de sus hijos debía de tener dinero, y viviría en una casa robusta y bien cuidada.

«Sus hijos». Entre echar de menos a su familia y las nuevas vistas y nuevos sonidos, se le habían olvidado los niños. Con suerte estarían bien educados y no les dirían a ella y a su hija que se fueran por donde habían venido.

Más arriba de la montaña, Silas condujo el camión por un puente de madera con una cascada con varios niveles a un lado y una corriente rápida al otro.

Mientras rezaba para que llegaran pronto a su aldea, Lena sintió que volvían sus esperanzas de que el final del viaje estuviera cerca cuando pasaron frente a una iglesia blanca a un lado de un río estrecho y lo que parecía ser un grupo de casas y establos al otro.

Cuando vio un edificio con la palabra «correos» encima de la puerta, tomó nota de dónde estaba situado.

No tenía ni idea de cuánto tiempo tardaba una carta en cruzar el océano, pero, si la estafeta de correos estaba cerca de la casa de Silas, ella podría comprobar su correspondencia a diario.

Y tan pronto como recibiera noticias de Mutti contestaría a su carta y, con suerte, podría incluir algo de dinero en el sobre.

Pero entonces la oficina de correos y todo signo de civilización desaparecieron y volvieron a internarse en la naturaleza.

Y cuanto más subían por la montaña, más estrecho y rocoso se volvía el camino.

Justo cuando parecía que no iban a detenerse nunca, Silas volvió a cambiar de marcha para reducir la velocidad y se desvió hacia un camino que pasaba entre dos gruesas hileras de píceas.

Menos de un minuto más tarde, los árboles quedaron a un lado para revelar una vista panorámica de la cordillera montañosa que se extendía durante kilómetros en todas direcciones, como los bultos azules de un millar de gigantes dormidos.

En las colinas y los valles bajo las montañas, tejados y chimeneas salpicaban el paisaje, apiñados aquí y allá entre los árboles y los senderos serpenteantes.

Delante de ellos, escondida dentro de las montañas y sobre una pendiente cubierta de hierba, se hallaba una cabaña de troncos tallados con hacha, con una chimenea enorme de piedra y un porche delantero sobre pilotes.

La bordeaban pinos altos, laurel de montaña, robles, nogales y abedules.

A un lado de la casa blanqueada por el sol, unas gallinas marrones vagaban bajo una parra y un grupo de manzanos.

Había una pocilga y un gallinero junto a un establo de madera muy amplio; dos mulas y un trío de vacas marrones pastaban dentro de una cerca de troncos.

Al otro lado de la casa, tres cobertizos de tablones rodeaban un huerto vallado y un riachuelo se precipitaba por la pendiente de hierba, corría por debajo de una chocita y salía por el otro lado.

Lena exhaló un suspiro de alivio. El hogar de Silas era más sencillo y se situaba en un lugar más remoto de lo que había esperado, y, para ser honesta, no se parecía en nada a la mansión que se había imaginado, pero era espacioso y robusto, con un tejado de hojalata, no de mantas o alfombras.

Y resultaba obvio que sabía cómo cultivar comida y criar gallinas, lo cual le pareció una buena señal.

Silas abandonó el camino estrecho, tomó el sendero de tierra hacia la mitad de la pendiente y aparcó el camión.

Con algo de esfuerzo, salió de detrás del volante y rodeó el vehículo para abrir la puerta del copiloto.

Lena rodeó a Ella con un brazo, recogió su zurrón y salió del camión.

Después de estar en espacios atestados durante tanto tiempo —primero en tercera clase, luego en la isla de Ellis y la planta despiojadora, y finalmente en el ferri y el tren—, sintió que el cielo abierto y las montañas interminables le permitían respirar por primera vez.

De un modo extraño aunque familiar, las vistas hacían que se acordara de las colinas que rodeaban su pueblo natal.

Y el aire estaba impregnado del olor a pino, como en los senderos altos y serpenteantes por los que paseaba antes.

Sintió la garganta atenazada por oleadas de nostalgia.

—Hay que entrar —dijo Silas. Sus palabras la sobresaltaron—. El trabajo me espera.

Parpadeó para contener las lágrimas y se volvió hacia él, pero Silas ya había emprendido camino cuesta arriba hacia la cabaña.

—Al menos nuestro nuevo hogar es precioso —le susurró a Ella, que se retorcía en el chal y se quejaba para que la dejara en el suelo—. Calla, te bajaré pronto. —Le dio un beso en la frente y siguió a Silas hacia la casa.

Un letrero tallado a mano, situado bajo el alero, anunciaba: «Granja Wolfe Hollow».

El espacio bajo el porche estaba lleno de leña bien apilada y de media docena de barriles de madera.

Palas, rastrillos y serruchos oxidados colgaban de parte de los cimientos de piedra.

Ramas de enredadera ojo de poeta flanqueaban por ambos lados los escalones del porche.

Desde más cerca, Lena reparó en las piedras rotas de los cimientos, los parches torcidos del tejado y los trozos de madera gris clavados aquí y allá en las paredes de la casa, por lo que parecía que la habían construido con madera y barro seco.

Tal vez la vivienda no fuera tan robusta como había pensado, pero ya no podía cambiar nada.

Al menos no era una chabola. Y, además, estaba decidida a sacar el mayor partido de todo sin que nada le importase.

De repente, la puerta principal se abrió de golpe y dos niños salieron corriendo para mirar desde la barandilla del porche.

El niño era alto y desgarbado, con pelo rubio oscuro cortado casi al rape; se cubría con un peto raído e iba descalzo.

La niña llevaba un vestido azul descolorido con el dobladillo deshilachado que le caía justo por encima de las rodillas sucias; tenía las piernas escuálidas y los pies desnudos tan pálidos como un hueso.

Unos jirones de tela amarilla le sujetaban los extremos de las trenzas rubio platino. Ambos parecían rondar los diez años.

—¡Papá! —gritaron los niños—. ¡Has vuelto!

Bajaron los escalones del porche corriendo y cruzaron la hierba hacia su padre.

Silas apoyó una mano sobre el hombro de la niña y la atrajo hacia sí para darle un abrazo rápido mientras le daba palmaditas al niño en la cabeza.

Lena se acercó más. Intentó parecer amistosa y rezó para que Ella dejara de patalear.

No tenía ni idea de lo que le había pasado a la madre de los niños, pero reconoció la pena y el sufrimiento en los ojos de ambos.

Y tenía que ser difícil que una extraña apareciera para cuidarte, sobre todo una extraña con el pelo aceitoso y la ropa apestosa.

El niño la vio primero. Cuando se quedó paralizado y su sonrisa vaciló, a Lena le dio un vuelco el corazón.

Tampoco era bien recibida allí. Entonces, para su alivio, volvió a sonreír, y lo hizo con una sonrisa amistosa y genuina que le iluminó los ojos azules.

Silas y la niña se volvieron a mirarla, pero, a diferencia del niño, la niña frunció el ceño y se acercó más a su padre mientras estudiaba a Lena con suspicacia.

Eran criaturas hermosas, pero algo que no conseguía determinar les alteraba las facciones.

Seguro que perder a su madre los había obligado a crecer demasiado rápido, pues la crueldad del mundo actuaba así a menudo, pero lo que presentía en ellos parecía ser otra cosa.

O quizá sus propias inseguridades se habían asomado demasiado a la superficie.

—Esta es la señorita Conti —la presentó Silas—. Va a cuidaros.

—No nos dijiste que había un bebé —apuntó la niña.

—No lo sabía —admitió Silas.