Capítulo 5 #3
Durante las horas siguientes cayó en la inercia soporífera de mirar fijamente por la ventanilla, acto que alternaba con cabezadas intermitentes de las que despertaba con sobresalto cuando Ella se agitaba o alguien tosía.
El corazón le latía como loco hasta que recordaba que estaba en un tren en los Estados Unidos, no en las entrañas asquerosas de un barco lleno de inmigrantes enfermos y asustados.
El alivio la inundaba, pero seguía una oleada sorda de pena cuando se acordaba de que Mutti y Enzo no estaban con ella.
Para intentar recordarse lo afortunadas que eran ella y su hijita de estar allí, se decía que estaba pavimentando el camino para que su madre y su hermano fuesen a los Estados Unidos también, y que serían las primeras de su familia directa en asentarse en la tierra de la libertad.
Algún día, sus nietos y bisnietos echarían la vista atrás y le darían las gracias por su valentía.
Y los nietos de Enzo también. Quería creer esas cosas con toda su alma, pero, al mismo tiempo, deseaba más que nada en el mundo estar de camino a casa con Mutti y Enzo.
Mientras recorrían kilómetro tras kilómetro, Silas también dormitó un poco roncando con la cabeza hacia atrás y la boca abierta.
Cada vez que el hombre se levantaba y caminaba para estirar las piernas, hacía lo mismo y dejaba que su hija se tambaleara por el pasillo delante de ella.
Lena y Silas hablaron poco entre sí, a pesar de que ella tenía muchas preguntas sobre el lugar al que se dirigían y sobre cómo era la vida en los Estados Unidos.
Lo único que podía hacer era esperar… y rezar para encontrar, al menos, una amiga en su nuevo país.
Tras lo que le parecieron cien años, el tren llegó por fin a Virginia.
Cuando Silas se comió la otra mitad del bocadillo, Lena y Ella se comieron el suyo también.
Varias horas más tarde, cuando el tren cruzó un puente alto sobre un río embravecido, comenzó a diluviar.
Los árboles y los postes telefónicos parecían manchas marrones y verdes que pasaban emborronadas por las ventanillas veteadas por la lluvia.
En la distancia, montañas descendían hacia el lecho del río hasta donde alcanzaba la vista.
Entonces el tren disminuyó la velocidad y una estación de piedra apareció ante ellos.
Un letrero en el andén decía: «Harrisonburgh, Virginia».
—Aquí nos bajamos —anunció Silas.
Lena sentía que los nervios le cosquilleaban la piel.
En los minutos siguientes tendría que levantarse y bajar del tren.
Eso era todo. No había razón para pensar más allá de esa acción.
No había motivos para preguntarse y preocuparse por lo que pasaría a continuación, porque era incapaz de cambiarlo.
Mientras volvía a envolver a Ella en el chal, oía risas y conversaciones que le zumbaban en los oídos junto con el traqueteo de las ruedas del tren y el martilleo de la locomotora.
Cuando el tren se detuvo con una sacudida y soltó un estallido de vapor, los demás pasajeros se levantaron y recogieron sus pertenencias, ansiosos por salir tras el largo viaje.
Silas permaneció sentado durante el caos y Lena hizo lo mismo; se dedicó a señalarle a Ella diferentes cosas desde la ventanilla y a intentar actuar con entusiasmo por su bien.
Hombres con chaleco y sombrero de paja, niños con ropa blanca de verano y mujeres con atuendo de viaje abarrotaban el andén.
¿Qué harían cuando las vieran a ella y a su hijita, una inmigrante y su bebé con vestidos apestosos de campesinas y cabello aceitoso?
Entonces se percató de que la lluvia los había dejado a todos mojados y abatidos.
Quizá nadie se fijaría en ellas. Solo podía esperar que fuera así.
Cuando la mayoría de los pasajeros hubo bajado del tren, Silas se levantó y se puso el abrigo.
Lena hizo lo mismo antes de recoger su zurrón y seguirlo para salir del vagón.
Fuera el aire era húmedo y caliente, como si hubiera entrado en un baño de vapor.
Incluso la llovizna era tibia. Varios pasajeros los miraron a Silas y a ella un momento, se apartaron de su camino y apresuraron el paso hacia la estación, ansiosos por resguardarse de la lluvia.
Otros viajeros saludaban con la mano y llamaban a los amigos y familiares que los esperaban.
Al otro lado de la estación del ferrocarril, caballos, carretas y automóviles ruidosos llenaban una carretera embarrada, y peatones y ciclistas empapados avanzaban con prisas por una acera de tablones.
Silas se abrió camino hacia una zona cubierta de hierba donde había gran cantidad de camiones agrícolas y motocicletas, bicicletas y tractores, carretas y calesas tiradas por caballos.
Lena, que intentaba seguirle el ritmo mientras la lluvia la obligaba a parpadear, lo siguió hacia el aparcamiento.
Se preguntaba cuál sería su vehículo. Para su sorpresa, se detuvo junto a un camión negro con guardabarros oxidados; en la destartalada caja del vehículo había un montón de paja mojada que quedaba contenida en parte por tablones de madera.
Silas abrió la puerta del copiloto y le dijo que subiera.
Lena tuvo que admitir que se lo había imaginado como propietario de un automóvil reluciente como los que había visto en Nueva Jersey, pero al menos era mejor que un carromato con caballos.
No era que quisiese montar en automóviles elegantes, pero eso le planteaba preguntas sobre su hogar.
Con suerte sería mejor que las chabolas destartaladas que había visto al lado de las vías del tren.
Se quitó el zurrón de la espalda, se aferró a la puerta del camión y comenzó a impulsarse hacia arriba con una mano debajo de Ella.
Silas le dio un golpecito en el brazo y le señaló un peldaño de metal.
Puso el pie en él y subió. Agradecida por estar a resguardo de la lluvia, le enjugó la cara a Ella y se retiró el pelo empapado de la frente y las mejillas.
Sentía el aceite, aguado y baboso, como grasa sobre la piel.
Con la ropa mojada, el olor de los productos químicos era casi agobiante.
Se sentía como una rata ahogada cubierta de grasa rancia.
Cuando hubo accionado la manivela del frontal del camión para arrancar el motor, Silas abrió la puerta del conductor, se quitó el sombrero, lo lanzó sobre el asiento corrido y subió.
Presionaba el salpicadero con las rodillas, tenía el pecho a pocas pulgadas del volante y se sentaba con la espalda encorvada y la cabeza inclinada hacia delante.
Después de secarse el agua de lluvia de la cara con aquellas manos tan grandes, se peleó con la palanca de cambios para poner la marcha atrás.
El camión dio una sacudida hacia atrás que sobresaltó a Lena.
Impasible, él volvió a tironear de la palanca de cambios y pisó el acelerador.
El camión dio una sacudida hacia delante y casi golpeó la parte de atrás de una carreta cercana antes de girar hacia la salida.
Lena abrazó a Ella contra el pecho y se sujetó con fuerza.
Después de sacar el camión del aparcamiento, Silas condujo por la carretera enlodada.
Esquivaba surcos llenos de charcos, hacía sonar la bocina cuando se encontraba con un caballo lento y daba volantazos para evitar atropellar a niños descarriados.
Mientras conducía, tiró de una palanca situada junto al volante y una varilla secó la lluvia del cristal delantero.
Cuando cruzaban el pueblo, Lena se preguntaba qué habrían pensado Enzo y Mutti de todo lo que estaba viendo.
Entonces se dio cuenta de que Enzo y ella habrían tenido que viajar en el montón de paja de atrás, mientras que Mutti se hubiese acomodado en el asiento que ella ocupaba en esos momentos.
La pena y la nostalgia volvieron a abrumarla.
¿Seguirían encerrados en esa jaula o ya habrían embarcado?
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que le escribieran para decirle que estaban sanos y salvos en Alemania?
¿Estaría bien Mutti durante el viaje? La pena le oprimió el pecho.
Pero conforme los edificios iban apareciendo cada vez más apartados unos de otros en su camino mientras salían de la ciudad, conforme pasaban por delante de casas de tablones y de cabañas apartadas en los bosques, poco a poco la determinación venció a la angustia.
Algún día, muy pronto, Mutti y Enzo recorrerían esa misma carretera y verían las mismas cosas que ella de camino hacia su nuevo hogar en los Estados Unidos.
Conseguiría que sucediera, de eso estaba segura. Y nadie se lo impediría.
Para cuando llegaron a las afueras de la ciudad, había escampado y Silas dejó de accionar el limpiaparabrisas.
El camión se movía con pesadez por una carretera con baches y se dirigía hacia unas montañas cubiertas de árboles de hoja perennes, arces y robles.
La carretera giraba hacia la izquierda, llegaba a una desviación a la derecha y luego descendía hacia un vado por el lecho de gravilla de un río.
Silas aceleró y el camión se lanzó hacia la corriente pedregosa para luego subir por un camino estrecho y sin asfaltar hacia un campo inclinado al otro lado de un precipicio.
En la distancia, una locomotora avanzaba despacio detrás de una cuadrilla de hombres que estaban instalando las vías del tren.
El ganado pastaba en las estribaciones pedregosas de las montañas.