Capítulo 5 #2
Antes de que pudiera darle las gracias, le dio la espalda y se dirigió a las vías.
Lo siguió con piernas temblorosas mientras intentaba no pensar en lo que podría haber sucedido si él no hubiera vuelto a buscarla.
¿Iba a ser así siempre? ¿Todo el mundo le diría que volviese por donde había venido? Ojalá pudiera hacerlo.
En el andén, el olor a hierro y al hollín del carbón encendido llenaba el aire, y una locomotora negra enorme resoplaba en las vías.
El humo brotaba de su chimenea en oleadas grisáceas.
Había maleteros que portaban el equipaje, parejas que se besaban y familias que se despedían.
Hombres que se sujetaban el sombrero corrían hacia el tren y mujeres con ropa elegante entraban con cuidado en los vagones de pasajeros.
Silas esperaba a Lena junto a uno, subió los escalones y se agachó para pasar por la estrecha puerta.
Antes de que pudieran encontrar asientos, un silbido perforó el aire, el tren dio una sacudida hacia delante y el vagón comenzó a deslizarse sobre las vías.
Los demás pasajeros levantaron la vista hacia ellos mientras avanzaban por el pasillo; cientos de pares de ojos que los examinaban, los juzgaban y los miraban boquiabiertos.
Lena evitó esas miradas, temerosa de que alguien volviera a gritarle o a escupirle.
Cuando al fin encontraron dos asientos juntos, Silas la dejó pasar primero para que se sentara junto a la ventana.
Lena se deslizó hacia allí, se sentó y dejó el zurrón en el suelo, aliviada de poder descansar.
Entonces desató el chal que sujetaba a Ella.
La niña se retorció y se estiró, feliz de verse libre de sus ataduras.
Silas se quitó el abrigo y se sentó; los hombros y los brazos le sobresalían de los reposabrazos.
Parecía muy abatido, y justo así se sentía Lena.
Sin duda, estaba enfadado por la deportación de Mutti y Enzo, pero había algo más que le molestaba y que ella no sabía qué era.
Él parecía casi igual de incómodo. Pero eso no tenía sentido.
Sus bisabuelos se habían mudado a los Estados Unidos desde Alemania hacía muchos años y él había nacido ahí.
Había oído rumores de cierta animadversión hacia los alemanes que permeaba los Estados Unidos desde la guerra, pero Silas era un ciudadano por nacimiento, un estadounidense más.
Seguro que eso suponía una gran diferencia.
Quizá se sintiera avergonzado de que lo vieran con ella y con su hija.
Quizá no quería que nadie pensara que él también era un inmigrante.
Pero entonces se le ocurrió otra cosa: tal vez su inmensa estatura lo incomodara, sobre todo en aquel vagón tan estrecho.
Con el tren ya a toda velocidad, Lena se situó a Ella a un lado del regazo y se acercó a la ventanilla para dejarle más sitio a Silas.
En el espacio cerrado, el hedor de los productos químicos que rezumaban sus prendas y su pelo era más fuerte que nunca.
Desesperada por eliminarlo, se puso en pie, dejó a Ella en el asiento y abrió la ventanilla.
Luego aupó a su hija hacia el aire fresco y e inhaló bocanadas largas y refrescantes.
Fuera olía a carbonilla, pero era mejor que los vapores tóxicos dentro del vagón.
—No estaréis enfermas, ¿verdad? —preguntó Silas—. No me sirve de nada alguien que no pueda trabajar.
Negó con la cabeza y esperó que no se diera cuenta del sudor que le perlaba la frente.
—No. Solo necesitamos algo de aire fresco. —Tras inspirar hondo varias veces más, cerró la ventanilla hasta dejar solo una rendija abierta y volvió a sentarse—. ¿Cuánto tiempo estaremos en el tren?
—Supongo que siete horas —dijo él—. Luego un trecho de una hora o así carretera arriba hasta llegar a Wolfe Holler.
Lena gruñó para sus adentros. ¿Cómo iban a ir sentadas su hija y ella con la ropa hedionda en ese espacio estrecho durante siete horas? Le parecía casi tan horrible como el viaje en tercera clase. Y, si no comía algo pronto, se marearía o se desmayaría.
Como si le hubiera leído la mente, Silas le tendió una de las cajas que había comprado en la isla de Ellis.
Casi lloró de alivio. Se comerían lo que fuera que contuviese y quedarían agradecidas.
Antes de que pudiera desatar la cuerda que cerraba la caja, su acompañante sacó dos botellas de líquido marrón de un bolsillo del abrigo y le dio una.
Como las botellas del anuncio de fuera de la estación, el lateral rezaba «Coca-Cola».
—Gracias —dijo Lena, e intentó abrirla. El tapón estaba demasiado apretado.
Él tomó la botella, desenroscó el tapón y se la volvió a dar. Luego abrió la suya y le dio un largo trago.
Ella tomó un sorbito. Era dulce y extraño y burbujeante. Y le gustó. Mucho. Se lo dio a probar a Ella. Al principio, frunció los labios y arrugó la nariz, pero luego tragó y pidió más.
Silas abrió su caja y desenvolvió dos trozos de pan pálido rellenos con algo que parecían lonchas de carne. Le señaló su caja.
—Tenéis lo mismo. Es un bocadillo de jamón y pepinillos. Mejor que guardes una mitad para luego.
La joven abrió la caja y sacó la comida. El pan era suave y blanco, como el bollo que había comido antes, y la carne delgada y rosada. Fuera lo que fuese, olía muy bien. Antes de darle un bocado, partió un trozo y se lo dio a comer a Ella. Estaba mucho más rico que el bollo.
—¿Te gusta, mein Schätzelein ?
La niña asintió y abrió la boquita para pedir más.
Cuando se hubieron terminado la mitad del bocadillo, y después de asegurarse de que su hija comiera más que ella misma, Lena envolvió de nuevo la otra mitad y la dejó en la caja para después.
Tras compartir un poco más de Coca-Cola con Ella, se reclinó en su asiento y suspiró de alivio.
Ya se sentía mejor y, con suerte, la bebé también.
Mientras Ella se le quedaba dormida en el regazo, Lena intentó imaginar cómo sería su futuro: la casa en la que vivirían, las personas a las que conocerían, las oportunidades que podrían surgirle en el camino.
Quería ser fuerte para su hija y eso significaba que tenía que mirar hacia el futuro en vez de afligirse por su dolor y su pena, en vez de apenarse por su padre y desear que Mutti y Enzo estuvieran allí también.
Necesitaba buscar en lo más profundo de su ser la esperanza que había sentido el día que salió de Alemania, así como la seguridad de que encontrarían una vida mejor.
Al mismo tiempo, notaba la mente fragmentada, repleta de las imágenes inconexas e impresionantes del día: las familias a las que separaban, los exámenes físicos exhaustivos y las pruebas de inteligencia, la horrible planta despiojadora, el hombre que le había escupido a los pies, el niño que la había llamado sucia inmigrante.
Entonces otro pensamiento surgió y la oscuridad volvió a nublarle la mente.
¿Y si los habitantes del pueblo de Silas le dijeran que se fuese por donde había venido?
¿Y si las insultaban a ella y a su hijita, y nunca las aceptaban?
Sí, la familia de Silas se había integrado pese a ser inmigrante, pero eso fue mucho antes de la guerra, antes de que Alemania hubiera prometido su apoyo al Imperio austrohúngaro en su lucha contra los aliados, antes de que todo el mundo culpara a Alemania por el conflicto.
Quizá debería decir que eran italianas de pura cepa y que había vivido en la aldeíta de su padre la mayor parte de su vida, y que se mudaron a Alemania hacía solo unos meses.
Después de todo, ella había nacido en Italia y su apellido era italiano.
El engaño podía funcionar, siempre y cuando nadie intentase mantener una conversación con ella en italiano y no se percataran de su fuerte acento alemán.
Miró a Silas. Cómo deseaba hacerle preguntas sobre su pueblo: cómo era, si la gente que vivía allí era agradable.
Pero estaba reclinado en el asiento con el ceño fruncido, como si aún siguiera de muy mal humor.
Sus preguntas tendrían que esperar. Lo descubriría pronto.
Y, de todos modos, no había nada que pudiera hacer para cambiar la situación.
Se recordó que tenía que permanecer tranquila y se dispuso a observar la ciudad extraña y bulliciosa que pasaba por la ventanilla del vagón.
Edificios altos y calles ajetreadas llenaban la vista antes de que almacenes de madera dieran paso a cobertizos inclinados a los que les habían improvisado un tejado con mantas harapientas y alfombras gastadas.
Para mayor asombro y confusión, algunas personas con abrigos desgarrados, zapatos sucios y sombreros raídos se reunían alrededor de fogatas para cocinar y hablar.
Otras entraban y salían de las chabolas destartaladas, mientras que niños vestidos con harapos jugaban cerca.
Algo frío y duro le oprimió el pecho. ¿Por qué la gente que estaba junto a las vías se parecía a los indigentes alemanes que vivían en las calles y en los callejones? ¿Era el sueño americano una mentira?
Al final, la ciudad dio paso a pueblecitos, campos, montañas ondulantes y bosques verdes, y cada kilómetro revelaba más campiña.
Estiró el cuello para mirar los lagos, ríos y puentes; y establos enormes de color rojo rodeados de cultivos y de rebaños de vacas, caballos y ovejas.
Todo parecía tan diferente, tan grande y apartado…
En Alemania, algunas granjas estaban situadas dentro de los límites del pueblo, con establos y estercoleros enclavados entre las casas y el resto de los edificios.
Y los pastos y los campos de los granjeros, por pocos que hubiese, se situaban a las afueras.
Había oído hablar de los amplios espacios abiertos de los Estados Unidos, pero no se había imaginado que el territorio sería tan vasto.