Las mentiras que nos contaron Capítulo 5
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Capítulo 5

H abían hecho una travesía corta en ferri desde la isla de Ellis hasta Hoboken, Nueva Jersey, y Lena caminaba con brío para seguirle el ritmo a Silas de camino hacia la estación del ferrocarril, con el abrigo sobre un brazo y Ella todavía sujeta al pecho.

Cuando los peatones que se aproximaban veían a Silas acercarse, se apartaban para darle paso, lo cual facilitaba que Lena pudiera seguirle.

Aun así, y a pesar del nerviosismo y el agotamiento, hubiese querido que él caminara más despacio para poder contemplar la ciudad bulliciosa, los tranvías, los automóviles y los carros tirados por caballos que abarrotaban las calles ruidosas y embarradas.

También deseaba admirar a las personas de distinta estatura y complexión que llenaban las aceras.

¡Todo era tan diferente allí! Los edificios altos de madera y los vehículos coloridos; las mujeres con falda ajustada de seda y zapatos de tacón delicados y puntiagudos; los hombres con traje a medida y sombrero de paja; las bocinas; los olores a tubo de escape y cemento.

Allá en su hogar, construían los edificios con estuco o con piedra; la gente iba andando a todas partes o conducía carromatos tirados por caballos y motocicletas que petardeaban; el aire olía a pan recién horneado y a salchichas fritas; las mujeres llevaban delantales y vestidos de campesinas, y los hombres reservaban el traje para ir a la iglesia los domingos.

Cuando vio letreros de colores llamativos en los edificios y en vallas y en postes de teléfono, intentó pronunciar las palabras, ansiosa por aprenderlo todo de los Estados Unidos por si pudiera resultarle útil en el futuro.

Un letrero anunciaba un líquido marrón en una botella de cristal con la palabra extraña, «Coca-Cola», escrita en el lateral.

Otra mostraba una lata roja y blanca en la que se leía «sopa de guisantes Campbell».

Y un cartel blanco y negro mostraba a una mujer que preparaba café debajo de las palabras «Morning Sip Coffee».

Con cada nueva imagen de comida, sentía que el estómago se le retorcía de hambre.

El medio bollo que se había comido antes no había sido suficiente para alimentarla.

Y seguro que Ella también volvía a estar hambrienta.

Después del encontronazo con el guardia en la oficina del registro, Silas le había comprado a un vendedor dos cajas cuyo letrero decía «almuerzo para llevar».

Lena no tenía la menor idea de lo que contenían las cajas ni de si alguna les estaba destinada a ella y a su hija, pero esperaba descubrirlo pronto, porque, además de todo lo anterior, la falta de comida la hacía sentirse débil y temblorosa.

Se detuvo un momento para estudiar un letrero que presentaba planchas, abanicos y teteras, y enseguida se percató de que Silas había desaparecido en la acera abarrotada.

Una oleada de pánico la recorrió. ¿Cómo había conseguido perderle el rastro al hombre más corpulento que jamás había visto?

Y entonces, para su alivio, lo divisó a media manzana de distancia y se apresuró a alcanzarlo mientras trataba de no chocar con nadie por el camino.

Lo último que necesitaba era perderse en una ciudad extraña.

Y también se recordó que ahora vivía allí, por lo que tendría mucho tiempo para verlo y aprenderlo todo.

Seguirle el paso a Silas era esencial en ese momento, daba igual lo interesante que pudiera ser el Nuevo Mundo.

Entonces doblaron una esquina y un letrero con luces parpadeantes hizo que se detuviera. Pronunció en silencio las palabras, no muy segura de lo que significaban.

Sociedad Eugenésica Americana

Algunas personas nacen para ser una carga para el resto. Esta luz parpadea cada 15 segundos. Cada 15 segundos, 100 dólares de su dinero se destinan al cuidado de alguien con genes defectuosos, como los locos, los deficientes mentales, los delincuentes y similares.

Junto a ese cartel, otro decía:

Rasgos humanos no aptos

Deficiencia mental, delincuencia, locura, alcoholismo y muchos otros defectos que son inherentes a las familias y se heredan del mismo modo que el color. Si todos los matrimonios fueran eugenésicos, podríamos eliminar de la raza, en tres generaciones, la mayor parte de estas ineptitudes.

Ahí volvían a aparecer esas palabras: «deficiencia mental». Antes de que pudiera comprender lo que estaba leyendo, Silas la llamó desde la acera de enfrente de la estación, con lo que dejó de prestarle atención a aquellos rótulos tan extraños.

—¿Piensas llegar al tren o te vas a quedar ahí embobada todo el día? —le gritó—. ¡No hay otro ferrocarril hasta mañana!

Lena caminó más rápido. No tenía el menor deseo de esperar otra noche para llegar a su destino.

Su hija necesitaba que le diera de comer, que la bañara y que la acostara.

Y Lena no veía la hora de quitarse esa ropa nauseabunda, darse un baño y descansar.

Como Mutti decía siempre, todo parecía mejor después de dormir bien una noche entera.

Mutti .

Sintió los ojos inundados de lágrimas nuevas.

Se suponía que Mutti iba a estar con ella y con su hija, y Enzo.

Él también se habría maravillado con todos aquellos sonidos e imágenes.

En vez de eso, estaban encerrados como delincuentes dentro de la estación de inspección de la isla de Ellis, donde esperaban a que los embarcaran en el próximo buque de vuelta a casa.

Era tan injusto… Y quién sabía el tiempo que pasaría antes de que pudieran volverse a ver. ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Dos?

No, no tanto tiempo. Volverían a reunirse pronto.

Seguro que solo necesitaría unos meses para ahorrar el dinero suficiente para comprar sus billetes.

Para entonces, Enzo habría aprendido inglés suficiente para aprobar las pruebas de inmigración y Mutti volvería a estar sana.

Y sin duda Silas accedería a pedirles que vinieran una segunda vez, sobre todo si no tenía que pagarles el pasaje.

Y los aceptarían con facilidad en el país porque Lena y Ella ya estaban allí.

Tenía que creérselo o no podría soportar la sola idea de que Ella creciera sin jugar con su tío y sin la posibilidad de que su Oma [3] le enseñara a hacer tartas de ciruela perfectas, asados de carne y estrellas de Navidad con paja amarilla.

Era demasiado. Echar de menos a su padre ya resultaba lo bastante duro.

Mientras intentaba apartarse de la mente esos pensamientos preocupantes, alcanzó a Silas y lo siguió dentro de la estación del ferrocarril, donde cientos de pasajeros ocupaban los bancos de madera o esperaban en fila ante la ventanilla de los billetes con niños de la mano y cargados con equipaje, cajas y bolsas.

Por suerte, Silas había comprado sus billetes en la isla de Ellis, de modo que pudieron saltarse la cola.

Conforme lo seguía por la sala, Lena se fijó en que la gente se lo quedaba mirando, impresionada por su corpulencia, y luego la observaban con ojos curiosos.

Algunas personas la miraban con asco, como si contaminase el aire que respiraban.

Bajó la mirada hacia su vestido hecho a mano y sus zapatos de cuero.

Estaban anticuados y olían mal, pero al menos parecían bastante limpios.

¿La gente la había estado mirando mientras caminaba por la acera?

Podía ser que hubiese estado demasiado distraída con los anuncios para darse cuenta.

O tal vez ahora que estaba dentro de la estación se notaba más el olor de los productos químicos de la planta despiojadora.

Entonces se acordó del aceite con el que llevaba embadurnado el pelo enredado.

Tenía que estar horrible. Le ardía el rostro de vergüenza y de rabia.

Con suerte, algún día tendría ropa a la moda y un peinado a la última, pero no había nada que pudiera hacer al respecto en ese momento.

Y esas personas no tenían ni idea de lo que habían sufrido ella y su hija; si lo hubieran sabido, le habrían mostrado compasión en lugar de desprecio.

Pero, claro, a excepción de aquel vendedor amable que le había dado una pera a Ella, Lena no había experimentado todavía mucha amabilidad en los Estados Unidos.

Por suerte, se estaban acercando a la salida que daba al andén, donde esperaba evitar más miradas inquisitivas.

Silas, quien parecía igual de ansioso por salir de la estación, agachó la cabeza, se apresuró a cruzar una de las puertas dobles y siguió avanzando.

Lena corrió para llegar a la puerta antes de que se cerrara, pero un hombre trajeado se le puso delante y la obligó a detenerse.

—¿Por qué no vuelves al lugar del que vienes? —la interpeló—. ¡No necesitamos que gentuza como tú traiga su sangre asquerosa a nuestro país! —Y le escupió a los pies.

La joven dio un paso atrás. Sentía el corazón golpearle con fuerza las costillas.

¿Era por eso por lo que todo el mundo la miraba con fijeza?

¿Sabían que era una inmigrante? Abrazó a Ella para protegerla y miró hacia el andén por encima del hombro del tipo en busca de Silas.

No se le veía por ninguna parte. De repente, alguien le tiró con fuerza del zurrón para intentar arrancárselo de la espalda.

Ella se dio la vuelta, preparada para luchar.

Un niño con pantalones cortos y tirantes la miraba con desdén:

—¡Sucia inmigrante! ¡Sucia y apestosa inmigrante! —Se echó a reír y se fue corriendo.

Lena se dio la vuelta de nuevo para volver a enfrentarse al hombre, preparada para rodearlo. Para su sorpresa, Silas se hallaba detrás de él, se agachó y, mientras sostenía la puerta abierta, situó la boca cerca de la oreja del hombre.

—Tiene usted que marcharse —le dijo.

El hombre sonrió con suficiencia y se dio la vuelta para mirarlo, preparado para una confrontación. Pero cuando puso la vista sobre el pecho amplio de Silas y fue subiendo hasta la cabeza, abrió los ojos asombrado y se marchó a toda prisa.

Silas miró a Lena.

—El tren nos espera.