Capítulo 4 #3
Lena asintió. Notó que el alivio le recorría todo el cuerpo. Por primera vez desde que pisara tierra estadounidense, se le aflojó el nudo de tensión.
—Gracias —dijo—. Prometo trabajar muy duro.
—Ya lo creo que lo harás, porque no soy de la beneficencia. Y lo primero que vas a hacer es deshacerte de esa ropa y lavotearte. Hueles como los desperdicios que deja un oso.
—Nos pusieron… —Intentó acordarse de la palabra que aludía a los productos químicos, pero no lo consiguió—. Nos rociaron para eliminar los piojos.
Él sacudió la cabeza con asco.
—Cielo santo. Voy a empezar a pensar que no estaba en mis cabales cuando accedí a todo esto.
Lena abrió la boca para repetirle que no se arrepentiría, pero decidió no hacerlo.
Si lo disgustaba, podría cambiar de opinión y no dejarla quedarse.
Mientras esperaban en la fila, le lanzó algunas miradas a hurtadillas para estudiarle los capilares rotos de las mejillas y la hinchazón bajo los ojos.
Tenía las manos gruesas, bastas y recias, con los nudillos manchados y agrietados.
Como su propio padre, Silas parecía un hombre que había trabajado duro toda su vida.
Por desgracia, no parecía poseer el corazón amable de su progenitor.
Cuando al fin le llegó el turno, se acercó al mostrador y dio un puñetazo sobre la superficie.
—¿Quiere decirme por qué van a enviar a dos parientes míos de vuelta a Alemania?
El joven funcionario le lanzó una mirada severa, pero no parecía desconcertado por su arrebato. Al parecer, había presenciado todo tipo de comportamientos en su puesto de trabajo.
—¿Nombre? —inquirió con tono de aburrimiento.
—¿El mío o el suyo? —bramó Silas.
—El de sus parientes —aclaró el funcionario.
Silas se volvió hacia Lena.
—Díselo.
Hizo lo que le pedía.
—¿Y quién es usted? —quiso saber el funcionario.
—Magdalena Conti, la hija de Katrina Conti.
—¿Y usted ha llegado hoy con su madre y su hermano?
—Sí. Veníamos en el SS Hermannsburg.
—¿Qué razón les dieron para negarles la entrada?
—Dijeron que mi hermano es deficiente mental y que mi madre está enferma. Pero no es cierto. Están sanos y pueden trabajar.
El funcionario devolvió su atención a Silas.
—Bueno, pues ahí lo tiene —le dijo—. Ahora ya sabe por qué los van a deportar.
Silas prácticamente le rugió.
—Mocoso, no te des aires conmigo. —Señaló a Lena con un dedo—. La chica dice que su familia está fresca como una lechuga, de modo que no hay necesidad de negarles la entrada.
El funcionario se encogió de hombros.
—Lo siento, pero yo no hago las reglas. Y me siento inclinado a creer la opinión de los agentes de inmigración antes que la de esta joven.
—Entonces, ¿qué tal si me deja hablar con alguien que sí que haga las reglas? —gruñó Silas.
—Le sugiero que se calme, señor. De lo contrario, los caballeros que ve a mi espalda lo arrestarán hasta que lo haga.
—No voy a calmarme. He pagado dos malditos billetes porque necesito que esa gente trabaje para mí. De modo que supongo que tengo algo que decir al respecto de lo que pasa aquí.
Uno de los guardias se acercó más al mostrador.
—Su opinión no cuenta en relación con quién puede y quién no puede entrar en los Estados Unidos de América —afirmó con tono amenazador—. Y ahora, si no tiene más asuntos que tratar, le sugiero que se marche.
—¿Y qué pasa con mi maldito dinero? —planteó Silas—. Tienen que devolverme el dinero si van a enviar de vuelta a mis parientes.
El funcionario rio por lo bajo:
—Eso es imposible.
Silas volvió a dar un puñetazo sobre el mostrador.
—¿Qué quiere decir con que es imposible? ¡Quiero mi dinero!
—Señor —le advirtió el guardia—, tiene que retirarse del mostrador y marcharse. De lo contrario…
—De lo contrario, ¿qué? —aulló Silas—. ¿Me van a meter en la cárcel?
Son todos iguales, viles tipos del Gobierno con sus pamplinas burocráticas.
¡No son nada más que un puñado de ladrones impresentables que se apoderan de todo lo que se les antoja cuando no es suyo!
Y ahora me dicen que pueden tomar mi dinero, ganado con mi esfuerzo, y que no voy a recibir nada a cambio. ¿Quiénes demonios se creen que son?
El guardia rodeó el mostrador, preparado para arrestar a Silas.
Lena se interpuso entre ellos.
—¡Espere! Tiene que firmar mis documentos. —Sacó su tarjeta de inspección, la dejó sobre el mostrador y miró a Silas, que tenía el rostro encendido y respiraba con fuerza—. Por favor, no tenemos ningún otro sitio a donde ir.
Silas clavó la mirada en la del guardia, como si intentara decidir si debían pelearse. Por fin, comenzó a respirar más despacio. Soltó un improperio por lo bajo y asintió.
El guardia le lanzó una mirada de advertencia.
—Le sugiero que firme lo que tenga que firmar y que se vaya antes de que cambie de idea y lo arreste.
El funcionario examinó la tarjeta de Lena y rebuscó en una pila de papeles hasta que encontró el documento con su nombre, una hoja de papel que les permitiría la entrada a ella y a su hija en los Estados Unidos de América. Lo deslizó sobre el mostrador y le ofreció una pluma a Silas.