Capítulo 4 #2
No. Se estaba dejando arrastrar por la imaginación.
Mutti había dicho que él estaría allí. La aceptaría y Lena conseguiría que se alegrase de su decisión.
No tenía ni idea de si sería capaz de hacer el trabajo que había estado destinado a Enzo, pero lo intentaría.
Y cocinaría, limpiaría y cuidaría de sus hijos tan bien como lo habría hecho Mutti .
Entonces se dio cuenta de que no sabía cuántos hijos tenía. ¿Cuatro? ¿Seis? ¿Diez?
En ese preciso instante, una voz profunda retumbó sobre el caos.
—¿Conti?
Miró entre la multitud en busca del origen de la voz.
—¿Alguno de ustedes se apellida Conti?
Se puso de puntillas para ver mejor.
—¿Conti? —volvió a rugir la voz.
Al fin lo vio. Un hombre con sombrero negro y abrigo como el carbón que le sacaba una cabeza a la muchedumbre y que tenía una barba larga del color del agua sucia. Volvió a llamar con rostro severo y el ceño fruncido. Costaba adivinar si estaba preocupado o enfadado.
Reunió el valor para abrirse camino entre los demás inmigrantes y avanzar en zigzag entre mujeres, hombres y niños.
Con el corazón en la garganta, salió de entre el gentío y se acercó a Silas Wolfe; juzgó el espacio vacío entre los estadounidenses y los esperanzados recién llegados como una gran división entre el antiguo mundo y el nuevo, el aire impregnado de decisiones y nerviosa expectación.
Cuando llegó al otro lado, se detuvo y levantó la mano para llamar la atención de Silas Wolfe.
Él la vio y avanzó en su dirección a empujones entre la multitud.
Lena bajó la mirada hacia su hija e intentó respirar con normalidad.
—Aquí viene —le susurró—. Pórtate bien ahora.
Cuando Silas Wolfe llegó hasta ella, Lena dio un paso atrás.
De cerca parecía un gigante: los hombros del abrigo color carbón se le tensaban en las costuras y los pantalones le quedaban prietos sobre los muslos.
Mutti había dicho que estaba en la treintena, pero parecía mayor.
Detrás de la barba color agua sucia, la nariz recta y los ojos azul claro insinuaban a un hombre cuyos rasgos atractivos había endurecido el sufrimiento.
También parecía pobre; no era ni mucho menos el estadounidense rico y glamuroso que se había imaginado.
—¿Eres Conti? —preguntó. Tenía en la voz cierta cualidad ronca.
— Ja. Digo, sí.
—¿Hablas inglés?
Asintió.
—Sí.
Para su sorpresa, su modo de hablar le sonó extraño comparado con el de los agentes de inmigración.
Tal vez en las distintas partes de los Estados Unidos se hablaban dialectos diferentes, como la gente del norte y el sur en Alemania.
Con suerte, entendería todo lo que le dijera.
Pero esa era la menor de sus preocupaciones.
—Debe de haber un error —observó él.
—¿Qué?
—He venido a buscar a Katrina y Enzo Conti. Vosotras no sois ellos.
Lena se obligó a sonreír un poco.
—Me llamo Magdalena. Mi madre, Katrina, me llama Lena.
Con gesto de fastidio, él examinó la multitud que había tras ella.
—¿Dónde demonios está tu madre?
—No está aquí.
La fulminó con los ojos.
—¿Qué quieres decir con que no está aquí? Le envié un billete. Y a su hijo también. ¿Los has robado?
De todas las reacciones posibles, Lena no había esperado que la llamara ladrona.
Mutti siempre decía que podías saber si una persona estaba mintiendo si desviaba la mirada mientras hablaba, de modo que Lena clavó los ojos en los del hombre y esperó sonar segura y confiable, aunque estuviera temblando por dentro.
—No, yo tenía mi propio billete.
—Entonces, ¿dónde está tu madre?
La pena y el pánico le bloquearon la garganta. No solo le rompía el corazón decir las palabras, sino que no tenía ni idea de lo que haría él cuando las oyera.
—Mi madre y mi hermano, Enzo, serán enviados de vuelta a Alemania.
El hombre frunció el ceño.
—¿Han hecho algo malo?
Negó con la cabeza. Se sentía más mareada a cada segundo que pasaba.
—No, no han hecho nada malo. Dijeron que Enzo es im… deficiente mental y que mi madre está enferma. Pero no es cierto. —Se le quebró la voz y vaciló. Intentó no volver a echarse a llorar. No se podía permitir mostrarle debilidad—. Ambos son fuertes y están sanos. Y volverán en cuanto puedan.
Silas la miró con rabia.
—¿Quién los envió de vuelta?
—No estoy segura. Creo que un médico.
—¿Sabes cómo se llama?
— Nein. Digo, no. Hay muchos médicos.
—¿Cómo es que no te enviaron a ti de vuelta?
—Estoy sana. Y trabajo muy duro. Ya lo verá.
Él volvió a mirarla con inquina.
—No me he gastado todo ese dinero para recibir a una muchacha sucia y esquelética con una hijita hambrienta. Pagué por un hombre que trabaje de verdad y por una mujer que cuide de mi casa y de mis hijos. No he pagado para tener más bocas que alimentar.
—Yo puedo hacer el trabajo. Y no causaremos ningún problema. Se lo prometo.
—Tú no eres capaz de reparar el tejado del establo ni de trabajar en el aserradero —dijo él.
—Si eso es lo que necesita, lo intentaré.
Él soltó un suspiro de frustración y bajó la mirada hacia Ella.
—¿Dónde está su padre?
—Está muerto.
—¿Nació en el lado equivocado de la cama?
Lena frunció el ceño, confundida.
—Fuera del matrimonio —aclaró él—. ¿Hubo una boda o no?
Al principio bajó la mirada mientras se iba sonrojando, pero volvió a mirarlo y se negó a que le encontrase defectos. De todos modos, no había forma de que averiguara la verdad.
—Murió antes de que pudiéramos casarnos.
Él se la quedó mirando, pensativo, durante lo que le pareció una eternidad.
Contuvo el aliento. ¿Iba a negarse a acogerla porque había tenido una hija sin estar casada?
Entonces, sin previo aviso, el hombre pasó junto a ella hacia la multitud de inmigrantes cargando contra ellos como un toro.
Todo el mundo se apartaba para dejarle pasar.
Lena se quedó clavada en el sitio, incapaz de pensar o de hablar.
La estaba abandonando. La estaba dejando allí con Ella para que se buscaran la vida.
El pánico se apoderó de ella. ¿A dónde irían?
¿Qué podían hacer? ¿Cómo alimentaría a su hija?
Quizá debería volver a buscar a la monja.
No, no se rendiría tan fácilmente. Antes de perder de vista a Silas Wolfe, corrió tras él entre la multitud, decidida a obligarlo a darle una oportunidad.
Para su sorpresa y alivio, él se detuvo para mirarla y esperar a que le diera alcance.
Una chispa diminuta de esperanza se le encendió dentro.
Tal vez iba a acogerlas a ella y a su hija después de todo.
O quizá podía evitar que deportasen a Mutti y a Enzo.
Lo siguió hasta la fila ante la oficina del registro, donde él se dispuso a esperar con los puños apretados; la rabia emanaba de su persona como el calor de una estufa.
Con la mirada baja y el corazón dándole botes en el pecho, se quedó en silencio junto a él mientras le daba palmaditas en la espalda a Ella para que estuviera callada.
Había esperado que fuera amable, pero Silas Wolfe parecía un hombre temible.
Era probable que Mutti hubiese pensado que su familia estaría a salvo siempre y cuando permanecieran juntos; así, si Silas resultaba ser una mala persona, al menos ya estarían en los Estados Unidos y podrían empezar de nuevo sin él.
Mutti no había previsto que Lena y Ella se enfrentasen a él solas.
¿Y cómo iba a haberlo sabido? Entonces a Lena se le pasó otra idea por la cabeza y el miedo volvió a retorcerle las tripas.
Quizá Silas estuviera tan furioso que la enviase de vuelta a Alemania.
Quizá se negara a firmar sus documentos y exigiera que la deportaran.
Levantó la vista hacia él mientras intentaba decidir si debía guardar silencio o hablar. Por puro agotamiento le costaba pensar con claridad. Pero si iba a enviarla de vuelta, tenía que pedirle un favor. Al fin se decidió a darle una palmadita en el brazo.
—Disculpe, señor Wolfe…
Bajó la vista hacia ella.
—¿Puede, por favor, pedirles a los hombres que me pongan en el mismo barco que mi madre y mi hermano para que no tengamos que buscarnos en Alemania?
Él frunció el ceño.
—¿Quieres que te deporten?
Sintió que las mejillas le ardían.
—Pensé que iba usted a enviarnos de vuelta.
Gruñó y le dedicó una mirada de desaprobación.
—Supongo que eso sería una completa estupidez por mi parte. Sigo necesitando a alguien para cocinar, limpiar y ayudarme con mis criaturas. ¿Puedes hacer eso?