Capítulo 4
C on un nudo en el estómago, Lena condujo a Ella entre la multitud y pasó por la sala de registro hacia la casa de cambio, donde se reunían hordas de inmigrantes para comprar billetes de tren y cambiar su moneda por dólares estadounidenses.
Cuando cambió el poco dinero que tenía, lo devolvió a la bolsita que llevaba colgada del cuello y se dirigió hacia el lugar que el agente había llamado Puerta de los Besos y los pilares gigantescos que había mencionado, donde Silas Wolfe la estaría esperando.
Levantó la barbilla y apretó el paso para dar la impresión de que sabía muy bien lo que estaba haciendo, aunque se sentía aterrorizada, desconsolada, temblorosa, confundida y muerta de hambre, todo al mismo tiempo.
Si alguno de los agentes de inmigración la detuviera para preguntarle por qué estaba sola, seguramente pensaría que estaba enferma o loca.
Entonces la enviarían al hospital de la isla de Ellis. O, peor, al pabellón psiquiátrico.
Antes de llegar a la Puerta de los Besos, se encontró con una fila de vendedores de comida y bebida con menús escritos a mano en distintos idiomas.
Manzanas rojas y peras doradas rebosaban de cestos de mimbre junto a barriles hondos de pepinillos de color escarlata y tarros de huevos duros.
El aroma a cebolla frita, patatas hervidas y pan recién horneado hizo que le doliera el estómago de hambre.
No había visto tanta comida en un solo lugar desde antes de la guerra, ni siquiera en las tiendas alemanas.
Susurró un «gracias» en honor a Mutti por obligarla a quedarse con la mitad del dinero.
Sacó un billete de su bolsita y se acercó a uno de los vendedores.
Una cesta de bollos poco tostados se encontraba sobre el mostrador junto a un tarro de huevos, un cubo de peras, botellas llenas de agua y pedazos de queso debajo de una campana de cristal.
Cuánto deseaba poder comprar dos porciones de cada cosa, pero tenía que ser cauta con el dinero por si Silas Wolfe las rechazaba.
—Me gustaría comprar un bollo y un trozo de queso, por favor —le dijo al hombre que se hallaba detrás del mostrador—. Y una botella de agua.
—Serán doce centavos —respondió el hombre.
Le entregó el billete y esperó que fuera suficiente. Tras devolverle un puñado de monedas, metió un bollo y un trozo de queso en una bolsa de papel y se la dio, junto con el agua, y le dedicó la primera sonrisa genuina que había visto desde que llegara a la isla de Ellis.
—Buena suerte —le deseó.
—Gracias. —Se esforzó en devolverle la sonrisa. Le resultó raro con los ojos tan hinchados.
Para su sorpresa, el comerciante tomó una pera y se la ofreció.
—Para la pequeña.
Lena vaciló insegura. ¿Quería que le pagara la pera o se la estaba regalando?
—Por favor —insistió el vendedor—. Tómela. Parece hambrienta.
Ese gesto amable hizo que se le formara un nudo en el estómago y que se le abriera una grieta diminuta en su asustada concha protectora.
Quizá fueran bienvenidas allí después de todo.
Tal vez había en los Estados Unidos más gente como ese hombre, y ella y su hija estarían bien.
No tenía ni idea de qué hacer aparte de volver a darle las gracias y tomar la pera.
Satisfecho, el hombre se volvió hacia el siguiente cliente.
Alentada por la compasión del vendedor, Lena encontró un lugar menos abarrotado al otro lado de la sala, abrió la botella de agua y le dio un trago a Ella.
Después de tomar unos sorbos ella también, dejó la botella en el suelo, a sus pies, y le ofreció a Ella un trozo de queso.
La bebé tomó un bocado y le sonrió a su madre con ojos tan llenos de gratitud que a Lena casi se le rompió el corazón.
—¿Está bueno? —le preguntó con una sonrisa.
Ella asintió mientras masticaba contenta.
El bollo era tierno y blanco, no oscuro y correoso como el pan de su casa, y olía muy bien.
Tomó un trozo y se lo dio a Ella, quien abrió la boca como un pajarillo, y luego comió un bocado también.
Quizá porque había subsistido a base de ternera fibrosa y arenques durante mucho tiempo, o quizá porque estaba muerta de hambre, el bollo le pareció lo mejor que había comido en mucho tiempo.
Entre bocados de queso, Lena alimentó a Ella con la pera y más pan, y le dio sorbos de agua.
Cuando su hija se sintió llena y la comida se hubo terminado, dobló la bolsa de papel y se la metió en el bolsillo del abrigo.
De repente, un hombre canoso con un abrigo negro se acercó a ellas.
—¿Necesitas trabajo? —le preguntó.
Lena sacudió la cabeza y rodeó con un brazo protector a Ella. Esperaba que se fuera y las dejara en paz.
—Ofrezco empleo en muchos sitios —insistió—. Puedo ayudarte a cuidar de tu hija.
—Ya tengo trabajo —afirmó Lena.
Sin previo aviso, él le tomó la mano y le puso un trozo de papel en la palma. Lena se sobresaltó ante el gesto.
—Si cambias de opinión, ven a buscarme a la dirección de esta octavilla.
La joven dejó caer el papel y corrió hacia la multitud, mirando por encima del hombro para asegurarse de que no la seguía.
Por suerte, lo perdió de vista. Detuvo el paso, aliviada, y deseó no verlo más.
Entonces se dio cuenta de que se había olvidado la botella de agua, que estaba llena a medias.
Pero, si volvía a por ella, el hombre podría pensar que lo estaba buscando.
Y tenía que encontrar a Silas Wolfe. Al menos, ella y su hija habían conseguido alimento suficiente para sustentarlas algunas horas más.
Una monja emergió entre la muchedumbre de inmigrantes y se acercó a ella.
—¿Estás sola, hija mía? —preguntó.
Lena asintió y siguió avanzando.
La monja se situó junto a ella. Sus faldas negras susurraban como cortinas.
—Si necesitas ayuda, ven a Nuestra Señora de Gracia, en Hoboken. —Le tendió una hoja de papel con el nombre y la dirección de la iglesia.
Lena vaciló, pero al final tomó el papel y se lo metió en el bolsillo del abrigo, por si acaso.
—Gracias. Pero no necesito ayuda.
La monja se detuvo.
—Ve con Dios, hija mía —se despidió antes de desaparecer entre la muchedumbre.
Al fin Lena llegó a la Puerta de los Besos, donde amigos y familiares esperaban en el otro extremo de la gran sala y examinaban a los recién llegados en busca de rostros familiares con ojos llenos de expectación nerviosa.
Algunos sostenían carteles con nombres: «Massimo Salvatore», «Jacob Allen», «Elijah Spielman».
Otros se ponían de puntillas y levantaban la barbilla para mirar por encima de las cabezas y hombros que los ocultaban, ansiosos por ver a sus anhelados parientes y amigos.
Gritos eufóricos, saludos felices y lo que parecían ser cien idiomas diferentes retumbaban entre las paredes altas.
El ambiente de alegría y alivio que se percibía en el aire era muy diferente al del resto de la isla de Ellis.
Una mujer con dos niños pasó corriendo junto a Lena para lanzarse a los brazos de un hombre muy bien parecido; sollozaba de gozo mientras los pequeños miraban con aprensión, como si su madre estuviera abrazando a un extraño.
Junto a ellos, un hombre fornido saludó a otro más joven con un movimiento de cabeza tenso para intentar contener la emoción y luego le dio una palmada en la espalda antes de abrazarlo.
Una mujer enjuta comenzó a llorar cuando vio a su marido para luego derrumbarse entre sus brazos acogedores.
Unos hombres se acercaron a otros, se estrecharon la mano a modo de presentación y luego se dirigieron hacia la salida.
Cuando una niña saltó a los brazos de su padre, Lena sintió que la pena y la soledad se le apoderaban del corazón.
Todo el mundo parecía encontrar a las personas que buscaban, felices e ilusionados por estar en ese nuevo país. Todos menos ella.
Se suponía que Mutti y Enzo iban a acompañarla en ese momento, a punto de comenzar una nueva vida en los Estados Unidos.
Se suponía que estarían juntos cuando se reunieran con Silas Wolfe para que Mutti pudiera pedirle con amabilidad que las acogiera también a ella y a su hija, para convencerlo de que no serían una carga.
En vez de eso, estaba sola, sola con una niña muy pequeña en un país desconocido, y su futuro dependía de una sola persona.
Quizá tendría que haberse quedado la octavilla del hombre barbudo del abrigo negro por si acaso.
Comenzó a caminar más despacio al acercarse a los estadounidenses que esperaban para examinar a la multitud; se preguntaba cuál de entre todos esos extraños determinaría el rumbo de su vida y se reprendió por no haberle preguntado a Mutti si sabía cómo era Silas Wolfe.
Hasta donde ella sabía, podría ser el hombre con el gorro de pescador y el pantalón con peto, o el bajito de piernas arqueadas que parecía preparado para una pelea, o el que tenía sobrepeso y una barba castaña y desaliñada.
Quienquiera que resultase ser, rezó por que fuera amable.
Un hombre que ayudaba a unos parientes lejanos a ir a los Estados Unidos debía de ser amable, ¿no?
A menos que fuese un estafador, como tal vez lo era el hombre que le había puesto la octavilla en la mano.
A menos que su oferta de trabajo fuera una mentira y estuviese buscando mano de obra gratis…
o algo peor. En cualquier caso, tanto si resultaba ser compasivo como un embaucador, no había forma de saber qué haría cuando supiera que iban a deportar a Enzo y a Mutti .
Si se negaba a firmar los documentos para Lena, ella y su hija se verían obligadas a encontrar otra manera de entrar en el país, con muy poco dinero, sin perspectivas de futuro y sin forma de volver a casa.
Todo dependía de que fuera capaz de encontrarlo. Y de que él apareciera. ¿Y si había cambiado de opinión?