Las mentiras que nos contaron Capítulo 3
12%

Capítulo 3

D e vuelta al edificio de ladrillos con torreones de la isla de Ellis, Lena volvió a colocarse en una fila con su agotada hija atada al pecho, el pelo grasiento goteando por la espalda y el zurrón fumigado colgándole de la muñeca como un animal inerte.

Por desgracia, la brisa del océano no había conseguido eliminar el hedor del despioje de sus prendas mientras iban en la barcaza, pero al menos ya solo llevaba una capa de ropa debajo del abrigo y no cuatro.

Y había podido retirar la mayor parte del aceite del fino cabello de Ella antes de que le goteara en los ojos.

Con suerte no se habría estropeado ninguna de sus prendas, podría lavarlo todo en cuanto llegaran a su destino.

No era que poseyese mucha ropa, pues su zurrón solo contenía las blusas y el suéter de lana que había vestido antes, un vestido extra, un camisón de dormir, ropa interior, una falda que su difunta abuela había bordado a mano y la ropa de Ella, claro, pero lo último que quería era tener que gastar dinero en tela para prendas nuevas.

Alargó el cuello para buscar a Mutti o a Enzo, pues seguía confiando en que no los hubieran puesto en cuarentena en la isla Hoffman y en que siguieran esperándola en algún lugar del edificio.

Los mostradores de inspección ya albergaban a menos inmigrantes, pero su madre y su hermano no estaban por ninguna parte.

Más adelante, agentes de inmigración procesaban a aquellos procedentes de la planta de despioje, al grupo hediondo de mujeres y niños traumatizados que parecían haberse bañado en aceite.

Cuando al fin le llegó el turno, Lena tuvo que repetir su nombre y el de Ella, así como su número, por enésima vez, o eso le pareció.

El agente tras el mostrador tomó sus tarjetas, las estudió un instante, encontró el nombre de ambas en un listado e hizo una marca.

—He venido en el barco con mi madre y mi hermano, pero no consigo encontrarlos —explicó ella—. ¿Puede ayudarme, por favor?

—Dígame cómo se llaman —solicitó el inspector.

—Katrina Paulina Conti, número 528, y Enzo Nikolas Conti, número 529.

El agente recorrió la lista con un dedo antes de sacudir la cabeza:

—Lo siento, pero ambos serán deportados.

Lena se quedó paralizada durante un segundo. No podía respirar. Lo que le decía no era cierto, no podía serlo. Quizá no le hubiese entendido bien.

—Perdone —insistió—, ¿ha dicho que serán deportados?

—Sí. Los retendremos aquí, en la isla, hasta que podamos enviarlos de vuelta a Alemania en el próximo barco.

Abrió la boca para hablar, pero no produjo ningún sonido. El hombre tenía que estar equivocado. Se equivocaba. Entonces sacó la voz al fin, temblando con rabia contenida, ronca de miedo.

—Pero ¿por qué? No hay motivos para enviarlos de vuelta.

—Enzo Conti, número 529, ha sido declarado deficiente mental. Por lo tanto, se le ha negado la entrada en los Estados Unidos.

Lena sacudió la cabeza mientras miles de pensamientos le surcaban la mente, intentando recordar lo que significaba «deficiente mental». El agente que le había marcado el abrigo a Enzo con una X había dicho que quería decir «idiota» y «tarado», pero esas palabras también le resultaban confusas.

—No sé qué significa «deficiente mental».

—Según este informe —detalló el agente—, Enzo Conti es lento, subnormal. Carece de capacidades mentales y acabará siendo un delincuente o un criminal por el hecho de que no tiene inteligencia suficiente para ser un miembro productivo de nuestra sociedad.

Lena volvió a negar con la cabeza. Más palabras grandilocuentes. Pero comprendió «lento», «no tiene inteligencia suficiente» y «delincuente».

—¡Eso no es cierto! ¡No le pasa nada malo y no es ningún delincuente!

—Lo siento. No podemos permitirles la entrada en el país a aquellos que no pasan nuestras inspecciones. El único modo de preservar la pureza de los estadounidenses es limitar la afluencia de personas nacidas con sangre inferior.

—Pero mi hermano es joven aún —argumentó ella—. ¡Un niño! —Estaba a punto de ponerse a chillar—. Está aprendiendo a hablar inglés. ¡No puede saber todas las respuestas a sus preguntas!

—Sí, es demasiado joven para que lo enviemos de vuelta solo, de modo que su madre tiene que acompañarlo.

— Nein —se desesperó Lena—. Nein! Han cometido un error. Enzo está sano y es fuerte. No ha hecho nada malo. —Se inclinó sobre el mostrador para intentar ver el manifiesto—. Por favor, vuelva a mirar. Tal vez haya comprobado los nombres equivocados.

El agente apiló las páginas con gesto irritado.

—Le aseguro que he mirado los nombres correctos.

—Pero no puede enviar a mi familia de vuelta —lloró—. No tienen nada en Alemania. ¡Ni trabajo, ni casa, ni dinero!

—¿Prefiere que ingresemos a su hermano en nuestro pabellón de psiquiatría?

Lena sintió que la respiración se le volvía superficial y rápida. No tenía ni idea de lo que le estaba hablando, pero no sonaba bien.

—No sé qué es eso.

—Es un hospital para los idiotas, los locos y los epilépticos. Si ingresan a su hermano allí, nunca saldrá. No se puede ayudar a la gente como él.

Lena sintió que la sala daba vueltas a su alrededor.

—Pero ya le he dicho que no le pasa nada malo.

El agente se encogió de hombros.

—No es decisión mía. No soy médico y no marco las reglas.

Se le llenaron los ojos de lágrimas al oír esas palabras.

—Entonces debe enviarme de vuelta a Alemania también. Mi hija y yo no podemos quedarnos solas en los Estados Unidos. No podemos.

Pero mientras pronunciaba las palabras, una sensación nauseabunda en el estómago la hizo percatarse de que no podían volver a Alemania.

Si lo hacían, su hija pasaría hambre. Y ella había recorrido todo ese camino para asegurarse de que eso no volviera a suceder.

Sus propios miedos y deseos no importaban ya.

—¿Tiene dinero suficiente para el billete de vuelta? —quiso saber el agente.

La joven negó con la cabeza.

—Entonces me temo que será imposible que regrese hasta que lo consiga. La compañía naviera es culpable de enviar personas defectuosas y por eso cubre el pasaje de los inmigrantes que son deportados. Usted tiene un patrocinador aquí, ¿verdad? Alguien que le ha prometido un trabajo.

Se tragó el pánico que le subía por la garganta y bajó la vista hacia Ella.

Si contaba la verdad, si confesaba que los trabajos que les habían ofrecido solo eran para Mutti y Enzo y que el patrocinador no tenía ni idea de que ella también iba, el agente la deportaría sin contemplaciones.

Y su hijita sufriría las consecuencias. No tenía elección. Tenía que quedarse.

—Sí, tendré trabajo.

—Entonces ya ha recibido la aprobación para entrar en el país —le anunció el agente.

Se inclinó hacia delante y señaló un pasillo a su izquierda—.

Diríjase hacia la casa de cambio. Después, vaya hacia la Puerta de los Besos, la zona entre los dos pilares gigantescos al final del gran vestíbulo.

Su patrocinador tendría que estar esperándola allí.

Él tendrá que firmar una serie de documentos antes de que le permitamos la entrada legal.

—Le selló la tarjeta y se la devolvió—. Bienvenida a los Estados Unidos.

—Enseguida miró por encima del hombro de Lena a la mujer que iba detrás de ella—. Siguiente.

Lena se negó a moverse.

—Primero quiero ver a mi familia.

Él le lanzó una mirada irritada.

—Muévase o los enviaré a usted y a su hermano al pabellón psiquiátrico.

—Por favor —suplicó—. Usted tiene madre, ¿a que sí? ¿Tal vez un hermano también? Por favor. Dígame dónde están. Solo deseo despedirme de ellos.

El agente la observó durante una eternidad antes de suspirar con fuerza y señalar a la derecha.

—Las celdas de detención están por ahí. Vaya al despacho del funcionario y dígale a quiénes está buscando. Pero no le hará ningún bien. No puede cambiar las reglas.

—Gracias.

Se apresuró a ir en la dirección que le había indicado. No podía permitir que enviaran de vuelta a Mutti y a Enzo. Tenía que evitar como fuera que eso sucediese. Tenía que demostrarles a los inspectores estadounidenses que serían ciudadanos buenos y productivos.

Cuando llegó al despacho, el funcionario, un hombre de rostro inexpresivo, levantó la vista del escritorio.

Resultaba obvio que no se compadecía de sus peticiones frenéticas de ayuda.

Tras rebuscar en un montón de papeles, hizo una llamada telefónica, balbuceó los nombres de Mutti y Enzo, y le dijo que continuara por el corredor, girase a la derecha y siguiera el pasillo hasta el final.

Recorrió todo el camino corriendo, rezando para que no fuera demasiado tarde y rodeando con los brazos a Ella, que le rebotaba contra el pecho.

Al final del pasillo, una pared de malla gruesa con una puerta cerrada con un candado cubría una entrada amplia y la convertía en un espacio en penumbra.

Era otra jaula. Lena se aferró a la puerta de malla, metió los dedos por las aberturas y miró aquella habitación enorme.

Había todo un surtido de inmigrantes; hombres y mujeres, jóvenes y niños, sentados sobre literas de madera y camastros bajos, dormían, jugaban a las cartas o hablaban.

Algunos se paseaban, mientras que otros permanecían quietos y en silencio con expresión ausente.

Sacudió con fuerza la puerta de la jaula, desesperada por abrirla.

—¿ Mutti ? —gritó—. ¿Enzo? ¿Estáis ahí?

No hubo respuesta.

Entonces vio a su madre tumbada en una litera y a Enzo sentado en un camastro junto a ella con la cabeza entre las manos.

—¡Enzo! —gritó—. ¡ Mutti ! ¡Estoy aquí!

Enzo la vio al fin. Le sacudió un hombro a Mutti y se levantó. Al principio, su madre se incorporó y miró alrededor, agotada y confusa. Después se puso en pie y corrió hacia la puerta de la jaula con Enzo.

Mutti se aferró a la malla para entrelazar los dedos con los de Lena.

— Oh, mein Liebchen —lloraba—. ¿Estás bien? ¿Dónde has estado? ¿Qué te han hecho?

—Estoy bien —la tranquilizó Lena—. Pero me han dicho que os van a enviar de vuelta a Alemania.

Mutti asintió con lágrimas en los ojos.