Capítulo 2 #3
El líquido que salía de las duchas olía a producto químico, como a una mezcla de gasolina y jabón de sosa.
Lena notó que le ardían los ojos y las fosas nasales, y empezó a toser.
Bajó la cabeza para esforzarse en proteger a Ella hasta que aquello acabase.
La pequeña gritaba histérica, igual que muchos otros niños y mujeres.
Al cabo de unos minutos, el olor desapareció y cayó agua limpia sobre ellos.
La sala se llenó de suspiros de alivio y risas débiles.
Lena enjuagó a Ella con el agua fría, empezando por la cara, los ojos y la boca.
Después se abrieron las puertas y se les ordenó que salieran de una en una.
Lena se puso de puntillas para intentar ver a dónde las llevaban, pero cabezas mojadas y hombros pálidos le bloqueaban la vista.
Al fin se acercó más a la salida, donde dos enfermeras paraban a cada mujer para rociarle el pelo con algo.
¿Por qué necesitaban rociarlas con más productos químicos?
Lo que Lena quería era secar a Ella y vestirla antes de que se acatarrase.
Pero no ganaba nada desobedeciendo. Cuando le llegó el turno, una enfermera le indicó que dejara a su hija en el suelo y que levantase los brazos.
Empapada y temblorosa, Lena hizo lo que le decían y levantó los brazos mientras Ella temblaba y chillaba en el suelo.
La enfermera le impregnó las axilas con una mezcla de olor volátil que le escoció en la piel y que hedía a queroseno o aguarrás.
—Abra las piernas —le ordenó la enfermera.
—¿Perdone?
—Hay que rociar la zona púbica para matar a las liendres.
Mortificada, Lena obedeció con el rostro rojo de vergüenza.
Cuando la enfermera terminó de rociarle la mezcla entre los muslos, le dijo:
—Tengo que tratarle el cabello también. A menos que quiera que se lo cortemos, como hacemos con los hombres.
Lena negó con la cabeza. Le castañeteaban los dientes.
Tenía el pelo marrón chocolate más sucio que nunca; cuando estaba limpio y se lo rizaba con tiras de tela era lo único que le gustaba de su físico.
Aparte de eso, tenía la nariz demasiado grande, las cejas demasiado espesas, los labios demasiado gruesos.
Y esas personas ya le habían arrebatado bastante: su intimidad, su dignidad, sus esperanzas, tal vez hasta a su madre y a su hermano. No permitiría que le quitaran su pelo.
—No, no me lo corte.
—Entonces dese la vuelta.
Mientras Ella continuaba llorando en el suelo, Lena cerró los ojos y esperó a que terminara con la aplicación de la tintura. Intentó no encogerse cuando la enfermera separó el pelo por mechones y la mezcla aceitosa le golpeó el cuero cabelludo.
—El pelo de la niña también —indicó la enfermera.
Lena volvió a levantar a Ella y le tapó la cara con una mano mientras la enfermera le impregnaba el suave pelo rubio con aquella mezcla fétida.
La niña chilló y se retorció para intentar escapar, y Lena odió cada segundo del proceso.
Por suerte, acabó enseguida. Cuando terminaron de tratarlas, Lena abrazó a Ella con fuerza, le frotó la piel para darle calor y siguió al resto de las mujeres a la sala siguiente, donde las bolsas numeradas con su ropa las esperaban tras haber pasado por la sala de fumigación.
Cuando encontró la suya, la abrió de un tirón y sacó su ropa, ansiosa por vestirse y dejar ese lugar atrás.
Se arrodilló junto a Ella y comenzó a vestirla con una camiseta interior, pero enseguida se apartó.
La ropa apestaba a desinfectante. Las sacudió para intentar airearla, pero el olor permaneció.
Y la pobre Ella tenía ya los labios casi azules.
Con rapidez, colocó la ropa sobre la piel húmeda de Ella y luego se vistió ella también, envolvió a Ella en el chal rojo y se la ató al pecho.
En el otro extremo de la habitación, enfermeras e intérpretes gritaban instrucciones en varios idiomas.
—Cuando hayan recogido sus pertenencias, salgan y regresen a la barcaza. Las llevarán de vuelta a la isla de Ellis.
Lena encontró sus zapatos y su cinturón dentro de la bolsa de los objetos de cuero, se los puso y se dirigió hacia las enfermeras y los intérpretes, zigzagueando entre la muchedumbre de mujeres y niños a medio vestir, saltando sobre zapatos y esquivando brazos y mangas de abrigos que surgían por doquier.
Cuando oyó a una enfermera hablar alemán, se acercó a ella y le preguntó:
—¿Dónde está la gente del otro barco? Estoy buscando a mi madre y a mi hermano.
—A todas las personas de la segunda barcaza las han puesto en cuarentena —dijo la enfermera.
Lena sintió que un nudo ardiente le cerraba la garganta.
—¿Cuánto tiempo pasarán así?
Antes se había convencido de que Mutti y Enzo estaban en la otra barcaza, pero ahora rezó por haberse equivocado.
Sin duda, los médicos de la isla de Ellis se habrían percatado de que Mutti se estaba recuperando del duro viaje.
Sin duda, habrían reconocido que tanto ella como Enzo estaban sanos y eran fuertes.
—Hasta que dejen de ser contagiosos —detalló la enfermera—. Pueden ser semanas o meses, o incluso años, si no se les puede dar el alta o deportarlos. Y eso si sobreviven.