Las mentiras que nos contaron Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Estupefactas y horrorizadas, las mujeres se miraban con ojos frenéticos y hacían más preguntas para las que nadie tenía respuesta.

¿Esperaban que se desnudaran delante de esos hombres?

, ¿delante de todo el mundo? «Esto no puede estar pasando», pensó Lena.

Ni siquiera el padre de Ella la había visto completamente desnuda.

¿Y qué pasaba con los niños? ¿Qué pasaba con la pobre Ella? ¿También tenía que desnudarla?

—Suéltense el pelo para que podamos lavárselo a conciencia —indicó el intérprete.

Una pelirroja fornida se negó con vehemencia a cooperar. Se dio la vuelta para dirigirse a la salida del edificio. Dos guardias la sujetaron por los brazos y la devolvieron a la fila de un empujón.

—¡Hagan lo que se les dice! —gritó un médico—. ¡O las dejaremos en cuarentena por tiempo indefinido!

Confusas y asustadas, las mujeres se quitaron sombreros y pañuelos de la cabeza, se deshicieron trenzas y moños, y se retiraron los peinecillos del pelo.

Lena hizo lo mismo, deshizo su única trenza con una mano para permitir que la melena larga le cayera libre por la espalda.

Las madres desvistieron a sus bebés y a sus niños mientras les decían que todo iría bien, pero el rostro preocupado traicionaba las palabras.

Algunos niños mayores comenzaron a llorar, mientras que otros miraban a su alrededor con mirada nerviosa.

Cuando terminaron con sus hijos, las mujeres se desabrocharon la ropa de abrigo y se desataron el corpiño, se desabotonaron la blusa y se quitaron la ropa interior con el rostro rojo de vergüenza.

Muchas gimoteaban y comenzaban a llorar mientras los médicos marcaban las bolsas de la ropa con su número y los guardias recogían zapatos, cinturones y zurrones.

—Sus posesiones de cuero serán tratadas con gasolina y aceite —anunciaron los intérpretes—. Estos tratamientos matarán a los piojos y las liendres que contagian enfermedades.

Mientras Ella lloraba a sus pies, Lena se quitó los gastados zapatos de cuero junto con el cinturón hecho a mano que le sujetaba la falda sobre el vestido y se los dio a un médico.

Se quitó el abrigo y las varias capas de ropa que llevaba debajo, junto con la bolsita del dinero, el sujetador, la camisola de algodón y las bragas.

Desnuda, desvistió a Ella. Le quitó con cuidado el abrigo y el suéter, los dos vestidos que llevaba debajo, sus medias de lana y sus zapatitos, y, para terminar, el pañal empapado.

Agotada, muerta de hambre y helada, Ella lloró hasta moquear y hasta que la respiración se le entrecortó en el pecho huesudo.

—Calla, mein Engel —la calmó Lena—. Estoy aquí. Todo va a salir bien.

Pero mientras lo decía se preguntaba si de verdad se lo creía. Pero eso era lo que hacían las madres, ¿no? Consolar a sus hijos hasta el último segundo, hasta que ya no se podía negar que nada iba bien.

Tras envolver la bolsita del dinero dentro de las prendas interiores y meter su ropa dentro de la bolsa de arpillera, se lo dio todo a un médico, quien marcó la bolsa con su número y le dijo que se la devolverían más tarde.

Entonces volvió a tomar a Ella en brazos, le abrazó el cuerpecillo contra los pechos desnudos e intentó darle calor aunque le castañeteaban los dientes por los nervios y la humillación.

Cuando todo el mundo estuvo desnudo se quedaron allí, cientos de personas desnudas que temblaban de frío y miedo, como algo salido de una pesadilla, con los ojos muy abiertos y la barbilla temblorosa.

Mujeres jóvenes, ancianas, gordas y delgadas, y niños se mezclaban mientras se preguntaban qué iba a pasar a continuación.

Entonces los médicos militares las arrearon para que entraran en una sala de cemento sin ventanas.

Una multitud de boquillas como de manguera sobresalían del techo y desagües de metal cubrían el suelo.

Algunas mujeres se abrazaban sollozantes, sus llantos desolados retumbaban en la sala hueca.

Varias permanecían en silencio, mientras que otras rezaban o lloraban.

Lena quería que las mujeres se callasen, que dejaran de asustar a los niños y que no empeorasen una situación que ya era espantosa de por sí.

Al mismo tiempo, no le sorprendía que algunas de las mujeres estuvieran al borde de la histeria.

Tras pasar días interminables en las entrañas de un barco que a veces les había parecido que estaba a punto de irse a pique y desaparecer bajo las olas, días seguidos de una bienvenida nada amistosa e interrogatorios intensos en la isla de Ellis, era fácil que esas mujeres desesperadas imaginaran que, de algún modo, se estaban deshaciendo de ellas, sobre todo porque las estaban tratando como a animales de camino al matadero.

Lena cerró los ojos y le sujetó la cabeza a Ella con la barbilla para cubrirle la naricita y la boca con las manos y el pelo.

Otras mujeres también abrazaban a sus bebés y a sus niños con los ojos clavados en las boquillas del techo.

Cuando los médicos hubieron metido a la última mujer en la sala fría y húmeda sala, cerraron las puertas y echaron el pestillo.

Temblorosas, las mujeres se miraron con estupefacción y esperaron.

Se oyó un chirrido metálico. Las tuberías retumbaron.

Y entonces las duchas se abrieron. Una mujer chilló. Otras corrieron hacia la puerta.