Capítulo 2
L a barcaza cargada de mujeres y niños asustados y confusos avanzaba despacio.
Apoyada contra la barandilla, Lena sujetaba a Ella, que dormía sobre su pecho, y miraba con ojos entrecerrados hacia la barcaza que iba detrás de ellos mientras se alejaban de la isla de Ellis.
Rezaba por ver algún rastro de Mutti o de Enzo.
Durante un segundo eufórico le pareció ver a una mujer mayor y a un chico alto que podrían haber sido su madre y su hermano, pero estaban demasiado lejos como para distinguir sus rasgos.
En cualquier caso, se dijo que eran ellos y que se reunirían cuando llegaran a la isla Hoffman.
Tenía que creerlo. Si no, ¿cómo iba a volver a encontrarlos?
Antes, mientras buscaba a Mutti y a Enzo por la barcaza en la que se encontraba, había preguntado a otras mujeres que hablaban alemán si habían visto a una mujer mayor con un muchacho alto y de cabello oscuro, y si sabían qué era una planta despiojadora o por qué las llevaban allí.
Todas sacudieron la cabeza, a excepción de una joven pálida que vestía una blusa de cuello alto y zapatos de cuero impecables.
A juzgar por su ropa y su peinado, parecía demasiado rica para haber viajado en tercera clase.
—«Despiojar» significa librarse de los Läuse, piojos —explicó.
—Pero yo no tengo piojos —apuntó otra mujer—. Y mis hijos tampoco.
Varias otras intervinieron.
—Nosotros tampoco tenemos.
—Claro que no.
—Si tenemos piojos, los habremos pillado en el barco.
—Les preocupa el tifus —detalló la mujer pálida—. Quieren asegurarse de que eliminan los piojos. —Tenía una voz clara y serena. Usaba el dialecto alto alemán, diferente del dialecto del sur que hablaban Lena y su familia.
— Danke por explicárnoslo —le agradeció Lena—. ¿Sabe cómo van a hacerlo?
Todas se quedaron mirando a la mujer, ansiosas, a la espera de su respuesta, pero negó con la cabeza.
—Lo siento, no lo sé con seguridad. Podrían usar polvos o Zyklon B.
Una de las mujeres soltó una exclamación.
—Pero el Zyklon lo prohibieron después de la guerra.
La otra se encogió de hombros.
—Ustedes preguntan, yo respondo. Ahora, por favor, déjenme en paz. Perdí a mi hijo en el barco y a mi marido lo han ingresado en el hospital de la isla de Ellis. No deseo seguir hablando.
— Ach, Gott —se lamentó Lena—. Siento mucho su pérdida.
Las otras mujeres también ofrecieron sus condolencias, pero la pálida permaneció en silencio con la vista fija en el mar. Todas intercambiaron miradas de lástima compartida antes de volver a centrarse en ellas mismas, preocupadas por sus propias tribulaciones.
Lena bajó la mirada hacia las olas que golpeaban contra el casco de la barcaza, incapaz de creer que estuvieran embarcadas de nuevo.
Con suerte sería un viaje corto y Mutti no volvería a sufrir mareos.
Pero, claro, si a los inspectores y a los médicos les preocupaba el tifus, marearse en un barco sería la menor de sus preocupaciones.
¿Habían recorrido todo ese camino para perder la vida por una enfermedad?
No, se negaba a pensarlo siquiera. Tenía que creer que despiojarlas solo era una precaución y que algún día todo eso le parecería un mal sueño.
Al mirar más allá del puerto, al entramado de rascacielos de Manhattan, una sensación extraña se apoderó de ella, una mezcla confusa y desagradable de nostalgia y celos que le hacía envidiar a las personas que ya vivían y trabajaban en la ciudad, que tenían sus rutinas y se sentían en casa entre las aceras y los edificios, que dormían en camas que les eran familiares y miraban por ventanas reconocibles.
Qué no habría dado por volver a sentir esa sensación de hogar, por experimentar la comodidad de la rutina mundana, por caminar por calles de adoquines desgastados y callejones que llevaban hacia personas y lugares bien conocidos: el mercado; la catedral gótica en la plaza del pueblo; la casa de su mejor amiga, Ingrid…
; por saber a qué lugar pertenecía. Bien era cierto que la vida en Alemania había sido difícil, pero en ese instante se sentía perdida y a la deriva.
Cualquier sensación de normalidad había sido destruida y lanzada a los cuatro vientos.
Cuando la barcaza pasó junto a la Estatua de la Libertad, se le formó un nudo ardiente en la garganta.
¿Cómo era posible que, solo unas horas antes, la visión de la gran escultura la hubiera llenado de tanta esperanza?
Pero en esos momentos, al contemplar la figura simbólica y la bandera estadounidense que ondeaba a su lado, le dolía el corazón de tristeza y de miedo.
Parecía que aquello de «dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres» se refería en realidad solo a aquellos que ni estaban rendidos ni eran pobres.
Parecía que significaba que si alguien necesitaba ayuda, si se le juzgaba ignorante o enfermo, las puertas que llevaban a la libertad se le cerrarían.
Se retiró de la barandilla y examinó el barco abarrotado en busca de un lugar donde sentarse.
Necesitaba descansar y Ella le pesaba más a cada segundo.
Pero todos los bancos estaban ocupados, cada asiento repleto de mujeres y niñas que mostraban en el rostro las mismas arrugas de agotamiento y angustia.
Al no ver ningún asiento libre, Lena se quitó el zurrón, se sentó en el suelo mohoso de la barcaza y se apoyó contra la fría pared de acero, indiferente a la suciedad y a la grasa que le manchaban el abrigo y el vestido.
Con un brazo alrededor de su zurrón y con Ella dormida sobre el pecho, cerró los ojos e intentó dormir, pero el golpeteo constante del potente motor hacía vibrar todo el barco, latiendo a la par que su pulso palpitante, y convertía todos sus pensamientos en algo más intenso y urgente, cada latido de su corazón era una bomba a punto de explotar.
Y, además de todo eso, tenía el estómago encogido por el hambre.
Habría dado cualquier cosa por una rebanada de pan de centeno y un poco del leberwurst que Mutti había llevado para el viaje a los Estados Unidos.
Por desgracia, esa comida solo había durado unos días, aun cuando Mutti no había sido capaz de ingerir nada, y el único alimento que habían consumido en el barco habían sido raciones escasas de sopa tibia, ternera fibrosa y arenques.
Al recordar el olor repugnante del pescado, Lena se preguntó si alguna vez volvería a ver leberwurst. Pero en esos momentos se hubiera conformado con los arenques.
Cuando la barcaza al fin se fue deteniendo, un rato después, las mujeres alargaron el cuello para ver dónde estaban atracando.
Lena se puso en pie con esfuerzo para no despertar a Ella y miró hacia la proa del barco.
Allí delante, las olas rompían en la orilla rocosa de una islita dominada por un edificio enorme de dos plantas con varias alas y una docena de chimeneas.
En la estructura se alineaban puertas y ventanas arqueadas, algunas cerradas con ladrillos y marcadas con letras X gigantescas trazadas con pintura blanca.
Dos chimeneas, una cuadrada y otra redonda, se elevaban muy por encima de un depósito metálico de agua.
Parecía una prisión. O un hospital.
Las palabras que había oído en la isla de Ellis le resonaron en la cabeza. «Deberíamos negar la entrada a todos los sucios…».
Tal vez en la isla Hoffman los estadounidenses no se deshicieran de los piojos, sino de la gente.
Quizá las iban a encerrar para siempre, o algo peor.
Pero no…, tenía que dejar de albergar esos pensamientos espantosos.
Los estadounidenses intentaban detener la propagación de una enfermedad peligrosa, no era más que eso.
En todo caso, tendría que estarles agradecida por ser tan precavidos.
Solo que cada vez le resultaba más difícil experimentar gratitud, en especial porque se sentía una persona poco grata.
Una vez la barcaza hubo atracado, unos guardias uniformados ordenaron a las mujeres y a los niños que desembarcaran, mientras que otros comprobaban las tarjetas de identificación y escribían el número de los pasajeros en su equipaje.
—Cuando hayamos marcado su equipaje con su número de pasajero —gritó un guardia—, déjenlo en el muelle.
Desde ahí lo trasladarán a las cámaras de fumigación, donde será expuesto al proceso de cianuro al vacío para la destrucción de cualquier plaga que contenga.
No abriremos su equipaje y la exposición se habrá completado en una hora u hora y media.
Durante ese tiempo, a ustedes las enviaremos a las cámaras de despioje, donde les proporcionarán más bolsas para sus objetos valiosos y otras prendas.
Las mujeres y los niños intercambiaban miradas de confusión y expresaban preguntas temerosas en una cacofonía idiomas.
«¿Cámaras de fumigación?», «¿proceso de cianuro al vacío?
», «¿plagas?». ¿Qué significaban esas palabras?
Lena examinó la muchedumbre en busca de la mujer pálida, pues tenía la esperanza de que pudiera ayudar, pero no se la veía por ninguna parte y los guardias habían ordenado que todo el mundo se dispusiera en filas.
Miró por encima del hombro para ver si la otra barcaza había atracado ya y rezó para que Mutti y Enzo estuvieran a bordo, pero seguía demasiado lejos como para distinguirlos.
Cuando todo el equipaje estuvo marcado y colocado en el muelle, los guardias llevaron a las pasajeras hacia una zona cercana del edificio y las hicieron pasar a un pasillo amplio de cemento como si estuvieran pastoreando ganado.
Al final del pasillo, unos médicos militares con mascarillas, situados delante de unas pesadas puertas dobles, les ofrecían unas bolsas de arpillera mientras los intérpretes gritaban en inglés y en otros idiomas.
—Tienen que quitarse toda la ropa y colocarla dentro de las bolsas. Mientras estén ustedes dentro de las cámaras, se introducirán sus prendas por un conducto en la sala de fumigación, donde también se verán expuestas al proceso del cianuro.