Capítulo 1 #6
A Lena le costaba entender todo lo que esos hombres decían, pero el significado quedaba claro.
El agente de inmigración comprendía que cada persona procedía de entornos diferentes, mientras que el hombre del traje pensaba que podía medir la inteligencia de las personas por su apariencia y que la mayoría de los inmigrantes eran sucios y portaban enfermedades.
¿Podía ser esa la razón de todos los interrogatorios y los reconocimientos médicos?
¿Esa era la razón por la que arrancaban a los niños de los brazos de su madre?
¿Era la razón por la que metían a las personas en jaulas?
Ardió en deseos de gritarle, de decirle que seguramente iría al infierno por tratar a sus congéneres sin un ápice de decencia o compasión.
Pero Lena no era nada para él, solo otra inmigrante asquerosa.
A él no le importaría nada de lo que dijera.
Y tenía que pensar en Ella. En su situación, buscarse problemas no iba a ayudar.
Aun así, comenzó a caminar más despacio, tentada de decirle lo que pensaba, hasta que uno de los guardias le gritó para que siguiera avanzando.
Al otro extremo del pasillo se abrió una puerta y salió al pasillo un hombre con traje blanco que iba empujando una camilla sobre la que habían atado a una pequeña.
Lo seguía una mujer que llevaba un vestido bordado, la cabeza cubierta por una babushka y se tapaba la boca con un pañuelo.
La niña lloraba histérica, llamaba a su madre y se esforzaba por liberarse.
El hombre de blanco guio la camilla hacia el final del pasillo y pasó por una puerta sobre la que se veía un letrero con letras mayúsculas: « AL HOSPITAL» .
La mujer iba detrás, sacudía los hombros al llorar de pena.
Sin previo aviso, uno de los inspectores sacó a Lena de la fila y la hizo pasar a una habitación del tamaño de un despacho antes de cerrar la puerta tras ella.
Banderas en miniatura de diferentes países y fotografías de hombres trajeados llenaban la pared trasera.
Dos agentes de inmigración levantaron la vista hacia ella desde detrás de una mesa alargada, uno tenía las mejillas picadas y el otro un bigote que parecía un cepillo para limpiar botellas.
La ansiedad hizo que se le acelerara la respiración.
¿Se había metido en un lío? ¿Tenían malas noticias?
El agente de las mejillas picadas le ordenó que tomara asiento.
Ella obedeció y, con manos temblorosas, se sentó a Ella sobre las rodillas.
El agente del bigote la miraba con expresión carente de emoción.
—¿Sabe hablar inglés o tengo que llamar a un intérprete? —preguntó con tono neutro.
Lena asintió.
—Hablo… hablo inglés.
Él posó la mirada en su sujetapapeles y luego volvió a dirigirse a ella.
—¿Cuáles son su nombre y su número?
—Magdalena Sofía Russo Conti. Número 527.
—¿Y esta es su hija?
—Sí.
—¿Cuál es su lengua materna?
—Alemán.
Marcó algunas casillas en su hoja de papel mientras el agente de las mejillas picadas examinaba un montón de tarjetas antes de tenderle una de ellas al agente del bigote.
—¿Habla algún otro idioma?
—Un poco de italiano.
—¿Sabe leer y escribir en su lengua materna?
—Sí.
El agente del bigote le dio la tarjeta.
—Lea esto en silencio, por favor.
En alemán, la tarjeta decía: «Cuando termine de leer esta tarjeta, por favor, tome el lápiz que se encuentra sobre la mesa frente a usted y déselo al agente de inmigración. Esto demuestra su habilidad para leer».
Soltó la tarjeta, tomó el lápiz y se lo dio al hombre.
—Muy bien —asintió el agente del bigote. Marcó otra casilla en su documento antes de depositar delante de ella un rectángulo de madera basta junto con unas piezas también de madera en forma de estrellas, círculos, cuadrados y triángulos—. Ahora complete este puzle.
Su hija alargó la mano hacia el puzle y Lena la contuvo sujetándole los bracitos con una mano. Con la mano libre, colocó a toda prisa las piezas en su sitio al tiempo que se preguntaba si pensaban que era una niña. Su Ella podría haberlo completado igual de rápido si se lo hubiera permitido.
—¿Cuánto son dos más tres más cinco? —inquirió el agente de las mejillas picadas.
Lena cerró los ojos, desesperada por recordar los números en inglés. Las matemáticas nunca se le habían dado demasiado bien. Contó con los dedos, presionándolos de uno en uno contra su pierna. Una, dos y tres veces para asegurarse.
—Señorita Conti —insistió el agente del bigote—, ¿entiende la pregunta?
Abrió los ojos.
—Diez —dijo. Rezó para que fuera correcto.
Él asintió.
—Ahora dígame, ¿es mejor barrer una escalera sucia de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba?
Ella frunció el ceño. ¿Qué clase de pregunta trampa era esa?
¿Les harían esas preguntas a Enzo y a Mutti también?
Darían la respuesta correcta a la pregunta sobre barrer, pero a Enzo se le daban los números mucho peor que a ella.
Y ya le habían marcado el abrigo con una X porque el primer agente de inmigración con el que hablaron pensó que era…
¿Cómo lo había llamado? ¿Deficiente mental?
A pesar de los nervios, empezó a indignarse.
Tanto ella como su familia eran buenas personas.
Y tal vez Enzo no fuera el muchacho de catorce años más inteligente del mundo, pero era amable y divertido, y trabajaba duro.
No eran delincuentes ni alborotadores ni idiotas.
Y sin duda no eran veneno, como había dicho el hombre del pasillo.
—No he viajado hasta aquí para ponerme a barrer escaleras.
Para su sorpresa, el agente del bigote sonrió. Entonces se recompuso y volvió a ponerse serio.
—¿Cuál es su respuesta, por favor? —insistió.
—Desde arriba hacia abajo —contestó ella.
Marcó otra casilla en el papel.
—Si tuviera tres caballos, dos vacas y cinco ovejas, ¿cuántos animales tendría?
—Si fuese así de rica, no habría venido a los Estados Unidos.
Esta vez el hombre del bigote soltó una carcajada, pero el agente de las mejillas picadas le lanzó una mirada severa y se recompuso.
—Puede que sea cierto, pero necesito que me responda. Tres caballos, dos vacas y cinco ovejas, ¿cuántos animales son?
—Diez —afirmó ella—. Y ustedes dos y nosotras dos somos cuatro.
El agente de las mejillas picadas frunció el ceño con indignación.
—Esto no es un juego, señorita Conti. Su futuro depende de su respuesta a nuestras preguntas. —Habló con voz dura—. ¿Estas palabras significan lo mismo o lo contrario? «Mojado» y «seco».
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y otro agente se asomó a la habitación.
—Vengo a recogerlas para llevarlas a la isla Hoffman —declaró.
De repente los agentes se levantaron y dieron unos pasos atrás. Tenían el miedo reflejado en el rostro. Lena se los quedó mirando boquiabierta. ¿Por qué, de repente, parecían tenerle miedo?
—Puede marcharse —autorizó el agente del bigote.
—Venga conmigo —le indicó el agente del umbral antes de abrir la puerta del todo y dar un paso atrás.
Lena se puso de pie.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿A dónde nos lleva?
—A la planta despiojadora —respondió el agente.
[1]
N. de la Ed.: En alemán, ‘mamá’.
[2]
N. de la Ed.: En alemán, ‘padre’.