Capítulo 1 #5
Una enfermera entró en la sala para examinarle el cuero cabelludo a una mujer embarazada con las letras SC pintadas con tiza en la solapa.
La enfermera hizo a la mujer sentarse en un taburete para poder separarle el pelo por secciones.
Otro médico le ordenó a una anciana con la letra L en el suéter que caminara por la sala, a pesar de que estaba claro que la mujer cojeaba y sentía mucho dolor.
Uno de los médicos le examinó los ojos a una joven que llevaba las mismas letras que Lena y después sacudió la cabeza al mirar a la madre, que aguardaba con dos niños más pequeños a su lado.
—Tiene tracoma —le dijo el médico a la mujer—. No puede entrar.
Cuando un intérprete tradujo del inglés al alemán, la madre se deshizo en sollozos y súplicas al médico.
—¿Qué voy a hacer? —gritaba en alemán—. Hemos viajado hasta aquí para reunirnos con mi marido. Llevamos dos años sin verlo. Y ahora tiene un nuevo hogar para nosotros. Tiene que permitirnos la entrada.
—Lo siento, pero usted y el resto de los niños tienen que volver a casa con la enferma.
Cuando el intérprete tradujo esas palabras, la madre cayó al suelo desmayada. La enfermera acudió corriendo, le pasó unas sales volátiles por debajo de la nariz y la ayudó a incorporarse y a salir de la sala. Los niños se fueron llorando tras ella.
Lena apretó la mandíbula, tenía el estómago lleno de rabia y miedo entrelazados.
¿Cómo podían deportar a una madre y a sus hijos cuando el padre ya estaba en los Estados Unidos?
¿Cómo podían separar a familias enteras una y otra y otra vez?
Era inhumano y muy cruel. Miró a Ella a la cara y contuvo las lágrimas.
Si alguien intentaba separarlas, moriría antes de permitirlo.
Cuando levantó la vista de nuevo, un médico con barba se acercaba a ella.
Le miró la letra del abrigo y luego los ojos.
Lena contuvo el aliento. ¿Qué haría si el médico decía que no podía entrar en el país?
¿Deportarían a Enzo y a Mutti también? No, insistiría para que ellos se quedaran en los Estados Unidos sin ella.
No echaría a perder las posibilidades de Mutti y Enzo de tener una vida mejor. Pero ¿qué haría con Ella?
—Deje a la niña en el suelo —ordenó el médico.
Lena obedeció mientras intentaba aparentar valentía y fortaleza.
—¡Mamááá! —chilló Ella.
El médico auscultó a Lena, le miró la nariz y las orejas, y le examinó los ojos con el abrochador por segunda vez. Lena se tragó los gritos de dolor y cuando hubo terminado por fin exhaló y levantó a Ella. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
—¿Habla inglés? —preguntó el médico.
— Ja, digo, sí.
—¿Le duelen o le pican los ojos?
—No.
—¿Le molesta la luz en los ojos?
—No —dijo ella—. Solo estoy cansada y he estado llorando.
—Estoy de acuerdo con usted —asintió el médico—. Creo que solo tiene los ojos irritados. Y su hija también me parece sana. —Se volvió hacia uno de los hombres de las mesas—. Sin signos de tracoma.
Lena casi se cayó del alivio.
Cuando hubieron examinado a todo el mundo, los médicos retrocedieron y miraron a las mujeres.
—Quítense las prendas exteriores y desabróchense la blusa —indicó uno de ellos.
Lena se puso tensa. ¿Había oído bien? ¿Tenían que exponer los senos delante de esos hombres?
Cuando los intérpretes repitieron las instrucciones en diferentes idiomas, resonaron exclamaciones por toda la sala y las mujeres mostraron expresiones de asombro.
Como Lena, era probable que la mayoría no le hubiera enseñado los pechos a nadie desde que eran niñas, cuando se bañaban o cuando su madre o sus hermanas mayores las cambiaban de ropa.
Incluso era probable que los maridos y los amantes solo les hubieran entrevisto los pechos desnudos bajo las sábanas o en habitaciones a oscuras.
—¿Por qué tenemos que hacerlo? —cuestionó Lena en voz alta.
Las otras mujeres la miraron boquiabiertas y con las mejillas teñidas de miedo y vergüenza.
—Porque quieren ser ciudadanas estadounidenses —repuso el médico barbudo—. Y para eso tienen que someterse a la exploración física.
Otro médico fulminó con la mirada a Lena, retándola a contradecirlo.
—Si prefiere no hacer lo que se le dice, podemos firmar los documentos de su deportación ahora mismo.
Lena bajó la mirada y rezó para que ese reconocimiento médico fuera el último.
De mala gana, volvió a dejar a Ella en el suelo, se desprendió del zurrón de tela que llevaba a la espalda, se quitó el abrigo e hizo un hatillo que se puso entre los pies.
Se desabrochó el suéter y las dos blusas de algodón que llevaba debajo, y luego desenganchó los corchetes que le cerraban el vestido, agradecida por llevar un sujetador y poder dejarse el vestido puesto, a diferencia de quienes llevaban prendas que había que sacarse por la cabeza.
Mientras las mujeres temblaban allí expuestas, los médicos recorrían la sala en busca de síntomas de enfermedad; para ello les examinaban la piel de los pechos. Por suerte, fue el médico barbudo quien examinó a Lena. Cuando terminó, dijo:
—Parece estar sana.
Antes de que Lena pudiera preguntar qué sucedería a continuación o cuándo volvería a ver a su familia, le mandó que se vistiera y luego pasó a la siguiente mujer.
Tras recomponerse toda la ropa y volver a colgarse el zurrón a la espalda, alzó a Ella para acomodársela sobre la cadera, la abrazó con fuerza y la besó en las mejillas.
Ella se apoyó contra el cuello de su madre con el corazón encogido y esforzándose por dejar de llorar.
De una en una, guiaron fuera de la sala a Lena y a las demás mujeres que pasaban los exámenes, y les hicieron formar una fila en el pasillo.
Cuando la última mujer salió, dos agentes las condujeron hasta el final del corredor entre taconeo de botas sobre el suelo de piedra.
Nadie sabía dónde las llevaban ni por qué.
Algunas mujeres lloraban en silencio, otras musitaban palabras nerviosas y plegarias en diferentes idiomas.
Cada varios metros, más pasillos surgían del primero, era como un laberinto gigantesco.
Al final, los agentes llevaron a las mujeres hacia la izquierda, a un corredor del tamaño de un transatlántico.
A un lado se alineaban jaulas que iban desde el suelo hasta el techo, cada una lo bastante grande para albergar tres locomotoras una al lado de la otra.
Lena observó horrorizada que las jaulas estaban llenas de hombres, mujeres y niños sentados en bancos, caminando de un lado a otro o rezando.
Los niños lloraban y los hombres suplicaban a los soldados que pasaban que los dejaran salir y les hacían preguntas que nadie contestaba.
Lena sintió que le atenazaba el pecho un nuevo temor.
¿Iban a encerrarlas a ella y a las demás mujeres en una jaula?
¿Por qué? ¿Y durante cuánto tiempo? Examinaba cada rostro, buscaba rasgos familiares, comprobaba cada grupo de jóvenes para ver si su hermano se encontraba entre ellos y llamaba a Mutti y a Enzo a gritos.
Pero su familia no estaba en ninguna parte.
Se adentraron más en la sala, dieron la vuelta a una esquina y se acercaron a un hombre vestido con un traje hecho a medida que estaba hablando con otro agente de inmigración.
Cuando los hombres vieron que el grupo de mujeres se acercaba, se hicieron a un lado, pero no interrumpieron su conversación.
—Admitir a inmigrantes con deficiencias mentales en los Estados Unidos golpea justo en las raíces de la existencia de nuestra nación —declaraba el hombre del traje—.
Hemos de proteger nuestro país de la expansión de este veneno.
En especial, debemos protegernos de los judíos, que son inmorales y endógamos en demasía, y sabemos que sus defectos se deben casi en su totalidad a su herencia genética.
Tenemos que esforzarnos al máximo para identificar a aquellos que parezcan, incluso remotamente, deficientes o retrasados mentales.
Y a los niños hay que examinarlos de forma mucho más minuciosa.
También tendríamos que negarles la entrada a cualquier puerco italiano y a los hebreos rusos.
Ya tenemos suficiente suciedad, miseria, delincuencia y muerte en nuestro país como para permitir que nos impongan aún más.
—Pero, comisionado Williams —argumentó el agente—, no podemos pretender que una sola prueba o procedimiento nos dé resultados que, de forma automática, lleven a un diagnóstico.
No podemos esperar que un pobre granjero que ha estado viviendo en una choza nombre todas las cosas que ve aquí, porque nunca las ha visto ni ha oído hablar de ellas.
Muchos de estos inmigrantes proceden de países pobres.
Han dejado atrás a sus parientes y amigos, han soportado un viaje largo y han sufrido muchas penalidades.
Han venido aquí para empezar una vida nueva.
No cabe duda de que su comportamiento lo han moldeado todas esas circunstancias.
—Puede que sea así, pero no es problema nuestro y, por tanto, no tenemos por qué solucionarlo.
Tenemos que preocuparnos de las enfermedades que esas personas asquerosas traen a nuestro país.
Los asiáticos tienen tuberculosis y los españoles transmiten la viruela y la fiebre amarilla.
Y, como usted sabe, la mayoría de los judíos padecen cólera.