Las mentiras que nos contaron Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Significa que hay que hacerle un interrogatorio más exhaustivo —repitió el agente—. El único modo de mantener puros los Estados Unidos es examinar a los inmigrantes para deshacernos de los linajes defectuosos.

Lena sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero sigo sin entender.

—No tengo tiempo de explicarlo. Hay otros esperando. —Se fijó en Mutti —. ¿Su madre está enferma?

—No. Estuvo indispuesta en el barco, pero ya se encuentra mejor.

El agente parecía indeciso.

—¿Qué le pasaba?

—Se mareó mucho con las olas.

Aparte de hacerle las mismas preguntas que a Lena y a Enzo, le preguntó a Mutti cuánto tiempo había estado casada, si tenía más hijos, si había tenido desacuerdos con su marido y si se habían llevado bien.

A Lena le dolió la expresión herida que le apareció a su madre en el rostro cuando le tradujo aquellas pesquisas ridículas.

¿Por qué era importante su relación con Vater ?

Su pobre padre estaba muerto y enterrado a seis mil kilómetros de distancia, frío y solo en el cementerio que había junto a la iglesia de piedra donde bautizaron a Lena y a Enzo nada más nacer.

Para terminar, el agente les entregó a cada uno una etiqueta colgada de un cordel donde se especificaba su nombre, el del barco, el número de pasajero y el destino.

—Pónganse estas tarjetas en la ropa, donde podamos verlas —les ordenó.

En inglés y en nueve idiomas más, la parte de atrás de la tarjeta decía: «Cuando desembarquen en Nueva York, esta tarjeta se adherirá al abrigo o vestido del pasajero en un lugar bien visible».

Lena amarró una etiqueta en un botón del abrigo de Ella y otra en el suyo propio, mientras que Mutti y Enzo se las ataban el uno al otro.

—Pasen hasta el médico que está detrás de mí —indicó el agente.

Lena miró al soldado que estaba detrás y luego lo volvió a mirar con perplejidad.

—No veo médicos.

—Esos hombres son cirujanos militares —aclaró—. Médicos. Ahora muévanse. Ellos les dirán qué hacer a continuación.

Por primera vez se percató de que los tipos de detrás del hombre del mostrador llevaban un uniforme diferente.

Después de explicárselo todo a Mutti y a Enzo, los tres se acercaron al primer médico.

Cuando estaban a unos tres metros, este levantó una mano para indicarles que se detuvieran. Luego señaló a Lena y a Ella.

—Usted primero —ordenó—. Deje a la niña en el suelo y haga que ande.

Una temblorosa Lena desató a Ella del chal con ayuda de Mutti y la depositó en el suelo; cuando el peso del cuerpecillo tibio le abandonó el pecho sintió un vacío espantoso en el corazón. ¿Y si uno de los soldados agarraba a Ella y se la llevaba?

La pequeña alargó los brazos hacia Lena entre llantos.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Avance —dijo el médico. Le hizo un gesto a Lena para que fuera hacia él—. La seguirá.

—No pasa nada —le dijo Lena a Ella—. No llores. Ven conmigo y volveré a tomarte en brazos.

Mirando por encima del hombro para asegurarse de que Ella la seguía, Lena se acercó al médico. Sentía que las piernas y los brazos le temblaban. Ella anduvo tras ella sin dejar de llorar.

El médico las examinó mientras caminaban, estudiándolas de pies a cabeza con mirada crítica. Cuando Lena llegó hasta él, él le dijo que alargara las manos con las palmas hacia arriba.

—¿Tiene alguna deformidad? ¿Tiene dedos torcidos o miembros artificiales?

Sacudió la cabeza en señal de negativa.

El hombre le dedicó una rápida mirada a las manos y le pidió que les diera la vuelta.

—¿Ha estado en compañía de alguien que padeciera cólera, peste, viruela, lepra o tifus?

Algunas de las palabras no le resultaban familiares, pero comprendió «tifus».

—No —respondió.

Su hija le daba tirones del dobladillo del abrigo con el rostro húmedo y congestionado.

—Aúpa, mamá, aúpa.

—Desabróchese el cuello, por favor.

Lena se abrió el abrigo, se desabrochó un poco el suéter y las dos blusas, y por fin se desabotonó el cuello de su vestido de campesina.

El médico le palpó debajo de la mandíbula antes de indicarle que mirase hacia abajo mientras le examinaba el cuero cabelludo. Una vez terminó, le pidió:

—Levante a la niña.

Tras examinar a Ella, las envió hacia el siguiente médico, quien sostenía un objeto parecido a un abrochador.

—Tiene que estarse muy quieta mientras le examino los ojos —dijo el segundo médico al tiempo que le apoyaba una mano en la mejilla a Lena.

El olor a desinfectante le inundó las fosas nasales cuando el médico le pellizcó un párpado entre los dedos pulgar e índice, colocó el borde del abrochador bajo el párpado y lo volvió del revés.

Apenas pudo reprimir un grito de dolor. Tuvo la sensación de que le estaban arrancando el párpado.

Tras haberle examinado ambos ojos, se limpió los dedos en una toalla que llevaba sobre el hombro, tomó un trozo de tiza y le marcó el abrigo con las letras TC.

—¿Qué significa? —inquirió, tocándolas.

—No las toque —mandó el médico con tono severo—. Puede que tenga tracoma, de modo que necesita pasar otra inspección para que decidamos si la tratamos o la enviamos de vuelta a su casa.

—Pero a mí no me pasa nada —repuso ella—. Estoy fuerte y sana.

—Es posible que tenga un problema en los ojos —puntualizó él—, una enfermedad grave que podría provocar que se quedara ciega.

A Lena se le revolvió el estómago. Entendía lo que significaba la palabra «ciega». Pero sabía que no le pasaba nada. Solo estaba agotada y llevaba dos semanas llorando o a punto de llorar. No era de extrañar que tuviera los ojos inyectados en sangre y los párpados hinchados.

—Y ahora su hija —ordenó el médico.

Lena levantó a Ella en brazos.

—Sujétela bien, que no se mueva. Sujétele las manos.

A regañadientes, Lena le sujetó los brazos a los costados y el médico le examinó los párpados con el abrochador. Ella chilló de terror y dolor, se retorcía para que la soltara, y Lena se esforzó por no llorar. Tan pronto como el examen terminó, soltó a la niña y la besó en la frente.

—No llores. Ya está. Estás bien.

Entonces, para mayor horror de Lena, el médico señaló a la izquierda.

Un soldado la tomó del brazo y comenzó a llevársela de allí. Se negó a moverse.

—¿A dónde me lleva? —protestó—. ¡Tengo que quedarme con mi familia!

Volvió la cabeza hacia donde Mutti y Enzo la miraban indefensos. Cuando el segundo médico le hizo un gesto a Mutti para que avanzara, esta hizo lo que le indicaban mientras clavaba los ojos aterrorizados en su hija.

Lena sintió que el miedo se le extendía por el pecho como el fuego.

La estaban separando de su familia, Mutti y Enzo se alejaban cada vez más.

No recordaba cuándo se había soltado del brazo de Enzo, pero se regañó por no haberse aferrado a ellos el mayor tiempo posible.

Antes de saber qué estaba pasando, llevaron a Lena y a Ella a toda prisa por un pasillo largo hasta una sala amplia abarrotada de mujeres, algunas de ellas con bebés y niños.

Todas parecían tan aterrorizadas como Lena, todas llevaban una letra — H, G, L, P, B, X — en el abrigo.

Hacía frío en la habitación desnuda, de paredes blancas y armarios con puertas de cristal.

Había dos inspectores con sujetapapeles y estilográficas sentados detrás de mesas largas, y varios médicos situados delante de ellos para observar a las mujeres y a los niños que iban llegando, que lloraban y hacían preguntas en diferentes idiomas.

Lena buscó a Mutti entre la multitud, rezando para que apareciera, pero no la vio por ninguna parte.

Cuando cerraron la puerta, uno de los médicos se dispuso a leer algo escrito en un papel.

—Todos los pasajeros están expuestos a que se les deniegue la entrada si, tras examinarlos, se les considera lunáticos, idiotas, sordos, mudos, ciegos, tullidos o enfermizos; si sobrepasan la edad de sesenta años; si son viudas con hijos, si son mujeres sin marido y con hijos; si se trata de alguna persona incapaz de cuidarse sin convertirse en una carga para el Estado, si se dan algunas circunstancias para que esa persona se convierta en una carga para el Estado o si padecen alguna enfermedad o condición ya existente antes del viaje que pueda convertirlos pronto en una carga para el Estado.

Las personas enfermas y las viudas con hijos, así como las personas con cojera, no pueden ser admitidos a menos que se dé total seguridad, mediante bonos que el armador suscribirá con el Gobierno de los Estados Unidos, de que las partes implicadas no se convertirán en una carga para el Estado.

A Lena le costó entender todo, pero comprendió lo suficiente para sentir aún más miedo. Tenía una hija y no tenía marido. Y Mutti era viuda con hijos.

Si iban a deportarlos, tenía que volver con su familia para asegurarse de que estuvieran juntos cuando eso sucediera.

Desesperada, miró alrededor, con Ella bien sujeta entre los brazos, en busca de una forma de escapar, pero no vio ninguna.

Y, de todos modos, ¿a dónde huiría? El agente de inmigración ya le había dicho que a Enzo tenían que examinarlo más a fondo y, por lo que sabía, a Mutti también se la habían llevado a otro lugar. ¿Cómo iban a reencontrarse?

Lena se esforzó por tranquilizarse con respiraciones lentas y profundas mientras los médicos recorrían la sala fría inspeccionando a las mujeres y a los niños de uno en uno, examinándoles la piel del cuello y usando un calibrador para medirles de forma metódica la cabeza, la nariz y las orejas.

Compartían sus hallazgos con los hombres sentados a las mesas, quienes escribían la información.