Capítulo 1 #3
Estaba decidida a mostrarse fuerte y rebosante de salud a pesar de que acababa de pasar días y noches interminables en las entrañas de un barco infestado de ratas cuidando a su hija, a su madre y a su hermano con poca comida, menos horas de sueño y miles de pasajeros enfermos y hediondos en tercera clase.
Por eso se soltó del brazo de Enzo, se irguió más y se frotó los ojos para limpiarse la humedad y las legañas.
Notaba que los tenía hinchados por el agotamiento y el aire viciado.
Se retiró de la cara los mechones de cabello sucio con la esperanza de, a pesar de su poca estatura, aparentar tener más de diecinueve años.
En ese momento le hacía más falta que nunca parecer fuerte y capaz, aun cuando se sintiera aterrorizada.
La pequeña Ella la necesitaba. Mutti y Enzo la necesitaban también.
Le quitó el gorro a su hermano, le retiró el flequillo sudoroso de la frente, volvió a colocarle el gorro y le alisó el abrigo, y le enderezó el cuello del abrigo a Mutti.
Después de todo lo que habían sufrido y todo lo que habían perdido, no podían separarse.
Sí, tenían que mantenerse juntos. Y entonces se le ocurrió otra cosa y sintió un escalofrío.
¿Y si les negaban la entrada en el país?
¿Y si los deportaban por alguna razón peregrina?
No tenían nada a lo que volver: ni hogar, ni trabajo, ni dinero.
Apenas podía creer que lo hubiesen hecho, que hubieran vendido sus escasas posesiones y hubieran llegado hasta allí.
Nunca olvidaría cuando salió de su pisito por última vez, cuando miró desde el umbral el lugar al que siempre había llamado hogar mientras intentaba recordarse que nada había sido lo mismo desde que Vater murió: ni su madre, ni su hermano, ni ella misma.
A veces se preguntaba si Mutti había querido abandonar Alemania para huir del dolor de su corazón roto.
Solo que mudarse al otro lado del océano no le repararía el corazón partido a Mutti ni le pondría fin a su tristeza.
Tanto la madre como Lena y Enzo llevarían en el alma durante el resto de su vida la desdicha, la agonía horrible e insoportable de perder a Vater , daba igual dónde fueran.
Después de la pena, el hambre y el dolor de verse abandonada por el padre de Ella, Lena había supuesto que estaba más que preparada para empezar una nueva vida en un lugar nuevo.
Pero en ese momento, en la isla de Ellis, donde se rompían los sueños y las familias quedaban destrozadas, echaba de menos con desesperación la cocina diminuta con el horno de leña y la mesa, el dormitorio aún más diminuto que compartía con Ella, las calles empedradas y el sonido de las campanas de la catedral entrando por la ventana.
Por millonésima vez, o eso le pareció, se esforzó en alejar el dolor vano de la nostalgia por su hogar.
No tenía sentido anhelar algo que no podía tener.
Habían tomado la decisión de marcharse a los Estados Unidos y eso era todo.
Por no mencionar que habían pasado meses antes de que el hombre que había accedido a contratar a Enzo y a Mutti pudiera comprarles el billete.
«Todo será mejor en los Estados Unidos —había dicho Mutti —.
Tendremos trabajo estable y ya no tendréis que pasaros los días recogiendo carbón junto a las vías del tren ni rebuscar en la basura en busca de comida.
Nunca más seremos pobres ni pasaremos hambre».
Quería creer en las palabras de su madre, pero en esos momentos le resultaba imposible. ¿Y si su benefactor estadounidense se negaba a acogerlas a ella y a su hija?
Antes de que se diera cuenta les llegó el turno.
Se acercó al soldado de detrás del mostrador alto con los nervios a flor de piel.
Con la placa, las tiras de cuero negro que le cruzaban el pecho del uniforme y el rostro con barba canosa, el soldado resultaba aún más intimidante de cerca.
Su identificación rezaba: «Agente de Inmigración».
—Nombre, número y nacionalidad —espetó sin levantar la vista del portapapeles.
—Magdalena Sofía Russo Conti —dijo Lena—. Número 527. Alemana e italiana. —Posó una mano sobre Ella—. Y esta es mi hija, Ella Gianni Conti, número 526, alemana. Esta es mi madre, Katrina Paulina Conti, número 528, alemana. Y mi hermano, Enzo Nikolas Conti. Número 529, alemán e italiano.
El agente levantó la vista con el ceño fruncido para escudriñarla con sus gafitas redondas.
—¿Su madre y su hermano no saben hablar?
— Nein —negó ella—. Quiero decir, ja. Sí. —Se encogió por dentro y se regañó por no hablar con claridad—. Lo siento. Pensé que sería mejor que yo hablara por ellos. Todavía están aprendiendo inglés y…
El agente levantó una mano.
—Tarjetas de inspección y documentación.
Mientras sacaba los documentos del bolsillo del abrigo, Lena tradujo para Mutti y Enzo, que le tendieron sus tarjetas y documentos.
—¿Nació en Italia? —preguntó el agente mirando a Lena.
—Sí. Nos mudamos a Alemania cuando yo tenía un año.
—¿Es judía?
—No —respondió ella.
—¿Macho o hembra? —preguntó el agente.
Lena enarcó las cejas.
—¿Yo?
El agente asintió.
—Hembra —afirmó.
—¿Profesión?
—Mi madre y yo cosemos y nos encargamos de la colada. En los Estados Unidos esperamos…
—¿Dónde está el padre de la niña?
Durante un segundo pensó en decir la verdad, que las había abandonado, pero ser honesta sobre su situación era un riesgo demasiado grande. Y el padre de Ella bien podría estar muerto.
—Falleció.
—Y no estaban casados. —No era una pregunta.
Tragó saliva. ¿Cómo lo había sabido? Entonces recordó que seguía llevando el mismo apellido que su madre.
—Murió antes de la boda.
Con una mueca de desaprobación, garabateó algo en una hoja de papel y luego volvió a mirarla.
—¿Sabe leer y escribir?
—Sí.
Apretó los dientes. ¿Por qué le hacían tantas preguntas?
Ya había pasado por un proceso de selección varias veces, antes de salir de Alemania y de nuevo en un puesto de control antes de subir a la barcaza hacia la isla de Ellis.
Varios inspectores habían subido a bordo del barco usando unas escalas de cuerda para buscar síntomas de viruela, fiebre amarilla, cólera, peste y lepra.
Una vez que el barco hubo pasado la inspección, llegaron más agentes para hacer más preguntas antes de que pudieran atracar.
—¿Último lugar de residencia?
—Beckingen, Alemania.
—¿Destino final?
—Virginia.
—¿Qué ciudad?
Se volvió hacia su madre.
—¿A dónde vamos? ¿A qué ciudad?
Mutti se aclaró la garganta y dijo en un inglés entrecortado:
—Old Rag Mountain.
El agente escribió el nombre y miró de nuevo a Lena.
—¿Tiene un patrocinador?
Lena frunció el ceño, confusa ante la palabra que él había usado.
El hombre suspiró.
—¿Algún amigo o pariente va a reunirse con ustedes aquí?
Ella asintió.
—Sí. Un primo de mi madre.
—¿Cómo se llama esa persona y dónde vive?
—Se llama Silas Wolfe. Vive en Virginia, en… —volvió a mirar a su madre con inseguridad, pero lo recordó— Old Rag Mountain.
—¿Ha estado antes en los Estados Unidos?
Sacudió la cabeza:
—No.
—¿Ha venido aquí por una oferta, petición, promesa o acuerdo, ya sea expreso o implícito, de trabajo en los Estados Unidos?
—No estoy segura de qué me está preguntando…
—¿Le han prometido u ofrecido un empleo en este país?
—Sí. Mi hermano trabajará para el señor Wolfe y mi madre y yo cuidaremos de la casa y de los niños.
—¿Dónde está su esposa?
—Murió.
—¿Es usted polígama?
Lena volvió a fruncir el ceño.
—Infiel —le aclaró el agente—. Una adúltera, una persona que rompe las leyes del matrimonio.
Sabía lo que significaba ir contra la ley.
—No.
—¿Es usted anarquista?
—¿Disculpe? —preguntó con las cejas enarcadas.
—¿Es alborotadora?, ¿una persona que no sigue las reglas?
—No.
—¿Ha pagado su propio billete o lo compró alguna otra persona, una empresa, alguna sociedad, municipalidad o Gobierno? Si es así, ¿quién lo compró?
—El señor Silas Wolfe compró el billete de mi madre y el de mi hermano —dijo ella—. Nosotros pagamos el mío.
—¿Posee una cantidad mínima de veinticinco dólares?
—Tenemos treinta y cuatro marcos alemanes.
—¿Entre todos?
—Sí.
El agente soltó un bufido.
—Espero que se dé cuenta de que esa cantidad es inferior a diez dólares estadounidenses.
Notó que el miedo le retorcía las tripas. ¿Iban a rechazarlos porque no tenían suficiente dinero? Asintió, no muy segura de qué decir.
—Su patrocinador tendrá que presentarse ante el Consejo de Investigación para firmar los documentos que atestiguan que tiene trabajo para ustedes —declaró el agente—. ¿Lo entiende?
Sintió otro ramalazo de pánico en el pecho. ¿Cómo iba a demostrar el señor Wolfe que tenía trabajo para ella cuando ni siquiera sabía que estaba allí?
—¿Lo entiende? —repitió el agente—. No se le permite la entrada a nadie que vaya a convertirse en una carga pública. No toleraremos que se conviertan en una carga para los Estados Unidos.
Lena asintió.
Cuando terminó de interrogarla a ella, comenzó con Enzo. Lena se encargó de traducir.
—Creía que había dicho que él hablaba inglés —observó el agente.
—Solo un poco —admitió—. Pero está aprendiendo.
Enzo se encogía de hombros al oír algunas preguntas y parecía azorado ante otras. Lena hizo lo que pudo para explicárselo todo. En algunas ocasiones respondió por él.
—¿Cuántas patas tiene un gato? —preguntó el agente.
Ella le tradujo.
—Esa es una pregunta estúpida —le dijo Enzo en alemán.
—Vamos, responde —lo instó.
El agente dejaba ver su irritación.
—¿Es deficiente mental?
—No entiendo lo que…
—¿Es idiota? ¿Es un tarado? ¿Está loco?
No estaba segura de lo que significaban esas palabras, pero advertía por el tono del hombre que no auguraban nada bueno.
—No —afirmó—. Trabajaba entregando telegramas en Alemania y…
—Cuatro —dijo Enzo en inglés. Levantó cuatro dedos y miró al agente con rabia.
—El Consejo de Investigación tendrá que interrogarlo más a fondo —les advirtió el agente. Rodeó el mostrador y marcó el abrigo de Enzo con una X de tiza—. Asegúrese de que no se lo borra.
—¿Por qué? ¿Qué significa?