Las mentiras que nos contaron Capítulo 1 #2
2%

Capítulo 1 #2

Tuvieron que pasar semanas antes de que el dolor se transformara en rabia y la rabia, por fin, en gratitud por haberse librado de un hombre que había resultado no ser más que un embustero y un farsante.

Al menos había conseguido que aprendiera más inglés que en sus ocho años de escuela.

Y, sin duda, siempre le estaría agradecida por Ella, que era su razón para vivir.

Le ayudaba saber que era él quien había salido perdiendo: nunca vería los hoyuelos que le salían a su hija al sonreír ni se enamoraría de sus deditos diminutos.

Nunca la oiría reír ni tendría ningún recuerdo de ella.

La alegría maravillosa de ser progenitor de Ella le pertenecía por completo a Magdalena, y eso era algo que él nunca podría arrebatarle.

* * *

Magdalena se quedó mirándole a Mutti el rostro macilento y pálido, y el temor que su madre albergaba en los ojos castaños provocó que las piernas, ya agotadas, comenzaran a temblarle.

Por primera vez en los catorce días que hacía desde que abandonasen su hogar, Mutti no solo estaba cansada y enferma. Había algo más. Parecía asustada.

—¿Te encuentras bien, Mutti ? —preguntó Magdalena.

—Estoy bien, Lena —dijo Mutti , y el apodo familiar fue otro recordatorio reconfortante de que Lena y Ella no estaban solas—. Bitte, no te preocupes por mí. —Le tocó la cabecita a su nieta con gesto amoroso—. Tú solo sujeta con fuerza a nuestro kleine Engel, nuestro angelito.

Lena asintió, le temblaba la barbilla. Proteger a su hija era lo más importante del mundo, pero también le preocupaba Mutti.

Ya llevaban horas esperando, primero en el barco, luego en las barcazas y después en la fila.

Sí, se acercaba su turno, por eso veían a qué se debía tanta conmoción.

Mutti parecía peor a cada minuto que pasaba.

Se había mareado tanto en el barco que no había podido hacer nada más que dormir y beber sorbos de agua fría, y solo pareció revivir cuando anclaron en el puerto de Nueva York.

Lena y Enzo también se habían mareado, sobre todo durante la tormenta de dos días que había hecho que el barco se bambolease como si fuera de juguete, crujiera y se meciese.

Pero no estuvieron tan enfermos como Mutti , quien había sido incapaz de levantar la cabeza de la almohada durante la mayor parte de la travesía.

Lena le había enjugado el sudor del rostro y la había sostenido mientras vomitaba, con preocupación constante ante la posibilidad de perderla…

, una posibilidad que no se le había ocurrido cuando emprendieron la marcha.

Pero cuando un anciano murió en una de las literas, esa idea aterradora le envenenó la mente.

Hubo un momento en el que el tiempo estaba tan revuelto que cerraron con llave las puertas de acceso a tercera clase para evitar que los pasajeros subieran a cubierta y se cayeran por la borda.

Lena estuvo segura entonces de que todos iban a morir allí.

Por suerte, la tormenta pasó rápido y Ella se encontró bien, aparte de que estaba inquieta y hambrienta… una y otra vez.

Pero en esos momentos Lena miraba a su alrededor: a los pasajeros agotados y temerosos de las otras filas, a los hombres sin afeitar que portaban baúles sobre la cabeza o los hombros, a las mujeres con faldas bordadas y a las abuelas rusas que cargaban en brazos o llevaban de la mano a niños pequeños.

Muchos susurraban plegarias desesperadas.

Todos los rostros aparecían demacrados por el hambre.

Tantas almas indefensas y esperanzadas, amontonadas y nerviosas, con prendas que hedían a tercera clase y a vómito.

¿Quién sabía lo que habrían sufrido antes de embarcar?

¿Quién sabía nada de sus pérdidas, de las atrocidades o adversidades que habrían tenido que soportar antes de decidirse a emigrar a los Estados Unidos?

Y al llegar, por si fuera poco, tenían que pasar por la preocupación de verse separados de las personas a las que más querían.

Como si nada de eso fuera lo bastante difícil y confuso, por alguna razón injusta a los pasajeros de primera y segunda clase se les había permitido desembarcar directamente en Manhattan, mientras que a los de tercera los sacaron del barco, los metieron en barcazas y los enviaron a la estación de inspección de la isla de Ellis, donde los colocaron en filas para examinarlos como si se tratase de ganado.

Antes de volver a mirar hacia delante, Lena se encontró con la mirada turbada de una mujer embarazada de otra fila que llevaba a un pequeñín de pelo rizado atado contra el pecho con una bufanda gris andrajosa.

Los ojos enfebrecidos e inyectados en sangre de la joven madre reflejaban todo lo que Lena sentía: cada esperanza y cada miedo, todos los sueños imposibles y todas las pesadillas posibles.

Examinó a las personas que rodeaban a la chica en busca de otro miembro de la familia, un marido o una madre, pero parecía estar sola.

Con suerte habría ido a reunirse con alguien en los Estados Unidos, alguien que cuidaría de ella y de sus hijos.

Lena se acordó de los estafadores contra los que la habían advertido, rufianes que elegían a sus víctimas entre las mujeres inmigrantes que viajaban solas y les ofrecían una habitación en una casa de huéspedes y un trabajo en un buen hogar cristiano, pero en realidad esas mujeres acababan trabajando como sirvientas sin salario o, peor aún, obligadas a venderse.

Se sintió impelida a invitar a la joven madre a unirse a ella y a su familia.

Entonces la mujer se quedó mirando a Ella con ojos entrecerrados y Lena desvió la vista, preocupada de repente por si la extraña sabía que ella no tenía marido…

y que había llegado a los Estados Unidos de manera fraudulenta.

Era absurdo, claro. Era imposible que alguien pudiera saber que el hombre que había accedido a contratar a Mutti y a Enzo no tenía ni idea de que ella y su hija también habían ido.

Nadie más lo sabía. Podía sentir el peso leve de la bolsa de cuero que llevaba al cuello colgada de un cordón, escondida bajo el vestido de campesina, dos blusas, un suéter y un abrigo de lana, prendas todas que había llevado puestas desde que salieron de Bremerhaven.

Mutti también portaba una bolsa similar debajo de la ropa, un saquito del tamaño de un buñuelo que contenía la otra mitad del poco dinero que les quedó después de vender todo lo que poseían para comprar el billete de Lena.

Les habían aconsejado que llevaran dinero suficiente para demostrar que no acabarían mendigando en las calles, pero no tenía ni idea de si unas docenas de Rentenmarks serían suficientes, puesto que la nueva moneda alemana solo llevaba en circulación unos años.

Antes del cambio de divisa, dos mil millones de Papiermarks apenas llegaban para comprar una hogaza de pan, de modo que la gente había quemado el dinero antiguo en la estufa para calentarse.

No había modo de saber si el nuevo marco tenía algún valor en los Estados Unidos.

Con suerte, el contenido de esas bolsas sería suficiente, porque, aparte de la ropa que los cubría, las bolsas que portaba cada uno, varias ollas y sartenes, el costurero de Mutti , una colcha cosida a mano y otras posesiones de valor sentimental que iban dentro del baúl viejo de madera, ese dinero era todo lo que poseían.

Justo entonces la fila avanzó y el movimiento la sobresaltó y la sacó de sus pensamientos.

Pronto se encontrarían delante del soldado severo apostado tras el mostrador.

Delante de ellos, una pareja con una niña pequeña se acercó al militar.

Este le echó un vistazo a la niña y llamó a un compañero con un gesto.

La madre sujetó a su hija por los hombros y, frenética, negó con la cabeza.

— No, per favore! —exclamó mientras retrocedía—. ¡No!

Su marido se situó delante del soldado con los brazos abiertos, preparado para proteger a su familia.

— La bambina resta con noi —declaró con voz dura.

— Il bambino e malato —dijo el soldado pronunciando las palabras italianas a tropezones—. Ha bisogno di cure mediche. Capisci? —Y añadió en inglés—: Está enferma. Tiene sarampión. La trataremos en el hospital, pero si no pagan ustedes el tratamiento la enviaremos de vuelta a casa. ¿Entienden?

El marido puso cara de pena y asintió. Se volvió hacia su esposa, le habló en voz baja y luego se apartó.

Con lágrimas en los ojos, la mujer se arrodilló, le acarició una mejilla a la niña y le susurró al oído.

La niña gritó y rodeó con los brazos a su madre, quien la abrazó durante un instante antes de incorporarse y llevarla hacia el soldado que esperaba.

Cuando este la tomó de la muñeca y se la llevó, la niña chilló y se esforzó por liberarse.

— Voglio andare con mia mamma! —lloraba.

—No —negó el soldado—. Tienes que venir conmigo.

— Va tutto bene —le gritó la madre—. Ci rivedremo presto, amore mio .

Y luego se derrumbó entre sollozos en los brazos de su marido. Al cabo de unos segundos, otro soldado apareció y se llevó a los padres en otra dirección. La madre enterró el rostro entre las manos.

—¿Qué le pasa? —preguntó Enzo.

Mutti , quien entendía el italiano mejor que sus hijos, puesto que se había casado con un hombre de esa nacionalidad, se lo explicó.

—Ha dicho que la niña está enferma y necesita atención médica. Creo que tenía un sarpullido en la cara.

El intercambio le recordó a Lena que, aunque Mutti hablaba italiano y alemán, no sabía apenas nada de inglés. Y Enzo incluso menos. Ya que estaban allí, en los Estados Unidos, tendría que enseñarles el idioma.