Las mentiras que nos contaron
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Capítulo 1
Isla de Ellis
M agdalena Conti notó que un sudor frío se le deslizaba por el cuello cuando vio lo que hacían los soldados.
Si hubiera sabido los peligros que le esperaban ahí, al otro lado del Atlántico, se habría arriesgado a quedarse en su hogar.
Pero estaba atrapada, rodeada de gritos desgarradores de madres aterrorizadas, de chillidos de niños, de exabruptos de hombres y de sollozos de mujeres.
Todos esos sonidos reverberaban en el edificio inmenso, rebotaban en los techos abovedados y pasaban por los barrotes de hierro de las puertas cerradas como una tormenta imparable.
Como si el caos de miles de personas desesperadas hacinadas en un espacio enorme y sofocante no fuera ya malo por sí solo, flotaba en el aire, como una niebla invisible, un hedor rancio a sudor y a miedo; Magdalena, nerviosa, sentía la mente perdida en un caos al que se añadía el de los baúles y las maletas que arrastraban por el pavimento de madera, el de los pies que al restregarse contra el suelo levantaban una polvareda y el de las voces que gritaban y murmuraban en cientos de idiomas diferentes… , o esa impresión le daba.
¿Cómo era posible que solo unas horas antes hubiese ansiado desembarcar?
¿Cómo era posible que no hubiese visto la hora de abandonar los confines fétidos de la bodega de tercera clase para poner los pies en las orillas esplendorosas de los Estados Unidos?
Quizá los rumores fueran ciertos… Quizá la isla de Ellis fuese en realidad la isla de las lágrimas.
Quizá los estadounidenses seguían reteniendo a los «extranjeros enemigos», como habían hecho durante la Gran Guerra, o quizá habían vuelto a la práctica de colgar a los piratas, a los delincuentes y a cualquier persona que considerasen una amenaza.
Quizá los soldados estaban sacando inmigrantes por la parte de atrás para ejecutarlos.
En ese momento, cualquier cosa le parecía posible.
Un poco más allá, un soldado de gesto severo, sentado tras un mostrador alto, interrogaba a sus compañeros de pasaje antes de enviarlos a que les hicieran un reconocimiento médico exhaustivo.
Otro soldado separó de un muchacho joven a una mujer frágil que se apoyaba en un bastón y se la llevó con brusquedad.
Un tercer soldado sujetó a un hombre y a una anciana que se esforzaba por recuperar el aliento y desapareció con ambos por un pasillo mal iluminado.
Otros dos sacaron a toda una familia de la fila sin hacer ningún caso de las peticiones frenéticas de los padres ni de sus preguntas llenas de angustia.
A veces un militar arrancaba a un bebé de los brazos de su madre y se llevaba a la criatura al tiempo que se arrastraba a los padres en dirección opuesta mientras ellos trataban de seguir unidos, alargando los brazos, gritando y luchando con desesperación para que no los desperdigasen.
Separaban también a maridos y esposas, que, confusos, se esforzaban por liberarse.
Muy a menudo los soldados escribían letras con tiza blanca sobre el abrigo de los inmigrantes ( C, H, X, N, P, L, S ) antes de enviarlos a otra zona.
Nadie conocía el significado de tales letras.
Nadie sabía a dónde se llevaban a los hombres, las mujeres y los niños, ni por qué.
Mientras intentaba no sucumbir al pánico, Magdalena bajó la mirada hacia su hija de dos años, Ella, a quien llevaba atada contra el pecho con un chal rojo.
Posó una mano protectora sobre el gorro de punto que le cubría la cabeza.
Era bajita para su edad, en parte porque la malnutrición dejó sin leche a su madre al poco de que naciese.
La criatura, cansada e inquieta, levantó la vista; se le veía en la cara el hambre casi constante que había sufrido durante esa primera época de su vida.
Magdalena se esforzó al máximo en dedicarle a su hija una sonrisa reconfortante y tarareó una nana con voz temblorosa.
Si los soldados intentaran llevarse a Ella, tendrían que arrancarle los brazos a Magdalena para conseguirlo.
Le habían contado historias trágicas que cruzaban el océano y que hablaban de madres afligidas que habían perdido a su bebé por enfermedades contagiosas que habían contraído mientras pasaban el periodo de cuarentena en la isla de Ellis.
También circulaban rumores de maridos o esposas que se quedaban sin su cónyuge por el mismo motivo.
Había oído hablar de padres que al fin habían ahorrado dinero suficiente para conseguir que su familia se reuniera con ellos en los Estados Unidos para perder a sus hijos durante la travesía o llorar por bebés a los que ni siquiera habían conocido aún.
Pero no se había imaginado que separasen a las familias de modo intencionado ni que fueran capaces de arrancar a los bebés de los brazos de su madre.
Resultaba obvio que había cometido una equivocación espantosa.
Pero ¿qué otra opción tenía?
El país que había amado desde pequeña ya no existía.
Alemania no se había recuperado aún de las consecuencias de la guerra; demasiados hombres reclutados y asesinados, demasiados civiles hambrientos, demasiada tierra saqueada.
Los hombres que habían sobrevido habían quedado a la deriva, sin trabajo, hambrientos y amargados, y la economía seguía sufriendo los efectos de una inflación descontrolada.
Durante años, su familia y ella habían sobrevivido compartiendo media taza de leche al día, y la mayoría de sus comidas se componían de patatas y nabos.
Había tratado de convencer a su madre para que abandonaran la ciudad y se mudaran al campo, donde podrían tener gallinas y un huerto, pero no disponían de capital con el que comprar una casa o tierras, y, de todos modos, Mutti [1] no sabía nada de agricultura ni de la cría de gallinas.
En los Estados Unidos, las oportunidades eran infinitas.
Cualquiera podía pasar con facilidad de la pobreza a la riqueza.
Y por eso se había subido al barco: porque habría hecho cualquier cosa para asegurarse de que su hija nunca volviera a pasar hambre.
Pero la posibilidad aterradora de que la separasen de Ella nunca había se le había pasado por la mente.
En ese momento, ese miedo eclipsaba todo lo demás.
Dentro del edificio parecía hacer más calor a cada minuto que pasaba.
Además de sentir que se estaba asando, a Magdalena le dolían los pies y las piernas, y Ella le pesaba cada vez más.
Haciendo esfuerzos por no hiperventilar, buscó con la mano el apoyo del brazo de su hermano para no caerse y para recordarse que no estaba sola.
Enzo bajó la vista hacia ella con una sonrisa insegura.
Tenía los ojos castaños cargados de agotamiento y de miedo.
A pesar de que el estómago, como a todos los demás, se le había retorcido de hambre muchas más veces de las que hubiese querido, a sus catorce años el chico ya era más alto que ella y que Mutti , y su presencia silenciosa y estoica siempre conseguía que Magdalena se sintiera protegida.
Incluso con el baúl de madera apoyado sobre un hombro se erguía recto como un árbol, como si aquel arcón maltrecho que contenía sus pocas pertenencias no pesase nada.
* * *
Mutti también la hacía sentirse a salvo, pero había envejecido muchísimo durante los tres años que siguieron a la muerte de Vater [2] por fiebre tifoidea y parecía que tenía los hombros vencidos por el peso de la carga que acarreaba.
Magdalena era reticente a apoyarse en ella en busca de consuelo para no ser una carga más, sobre todo tras haberle hecho pasar la vergüenza de que su hija de diecisiete años se quedase embarazada sin estar casada.
¡Oh, cómo las habían criticado las vecinas durante la espera interminable de que aprobaran su viaje a los Estados Unidos!
Y qué tonta había sido Magdalena al creer las promesas de aquel oficial británico que le había jurado que la llevaría a su patria para que conociese a su familia y pudieran casarse.
Incluso le había asegurado que podría enviarle dinero a Mutti después de la boda.
Tendría que haber sabido que el oficial Jonathan Dankworth era demasiado bueno para ser verdad cuando acudió a rescatarla el día en que a su carretilla se le salió una rueda en la plaza del pueblo, traqueteó por los adoquines y se detuvo cerca de una bota de él.
Había temido una reprimenda, pero, a diferencia del resto de los soldados ingleses, quienes aún trataban a los ciudadanos como si fueran el enemigo, se había ofrecido con educación a ayudarla.
Parecía preocupado de verdad por ella, o eso pensó Magdalena.
Después de fracasar en sus intentos de reparar la rueda, insistió en portar la carretilla, y el cargamento de prendas para coser que contenía, de vuelta a su casa, a pesar de que ella vivía a unas veinte manzanas de distancia.
Para cuando llegaron a su edificio, la había persuadido de que se encontrara con él cerca del río esa noche, donde la estaría esperando en un banco del parque con vino, quesos de importación y galletas de mantequilla británicas.
Al principio, aceptó la invitación porque el estómago le rugió ante la mención de queso y galletas de mantequilla, y porque hacía una eternidad desde la última vez que había bebido vino, pero, sentados junto al río durante horas bajo la luz de la luna, acabó por conquistarla con su sonrisa fácil, su inteligencia y su buena disposición para considerarla una igual; además, tenía un mentón muy masculino y unos ojos azules que relucían como la plata.
Durante los siguientes tres meses, él le profesó su amor, obsequió a su familia con más provisiones de las debidas y prometió rescatarla de la pobreza devastadora de la Alemania de posguerra.
Para cuando se percató de que estaba embarazada, él ya se había marchado…
de vuelta con su mujer y sus hijos, según le dijeron sus compañeros.