EL FINAL Virginia Woolf
Flush se estaba haciendo ya un perro viejo.
El viaje a Inglaterra y todos los recuerdos que había revivido sin duda le habían cansado.
Se notaba que buscaba la sombra más que el sol a su vuelta, aunque la sombra de Florencia era más cálida que el sol de Wimpole Street.
Estirado bajo una estatua, acostado bajo el borde de una fuente por las pocas gotas que chorreaban de vez en cuando sobre su pelo, dormitaba durante horas.
Los perros jóvenes se le acercaban. A ellos les contaba sus historias de Whitechapel y de Wimpole Street; les describía el olor del trébol y el olor de Oxford Street; enumeraba sus recuerdos de una revolución tras otra, de cómo grandes duques habían venido y de cómo grandes duques se habían ido; pero la spaniel moteada del callejón de la izquierda, ella sigue para siempre, solía decir él.
Luego el violento señor Landor se apresuraba y agitaba su puño frente a él fingiendo estar furioso; la amable señorita Isa Blagden se paraba y tomaba una galleta azucarada de su retículo.
Las mujeres campesinas del mercado le preparaban una cama de hojas a la sombra de las cestas y de vez en cuando le arrojaban un racimo de uvas.
Él era conocido, le gustaba a toda Florencia, a los gentiles y a los simples, a los perros y a los hombres.
Pero ahora se estaba haciendo un perro viejo, y tendía cada vez más a ni siquiera tumbarse bajo la fuente —ya que los adoquines eran demasiado duros para sus viejos huesos—, sino en el dormitorio de la señora Browning, donde las armas de la familia Guidi formaban un suave parche de escayola en el suelo, o en el salón bajo la sombra de la mesa.
Un día, poco después de su vuelta de Londres, estaba allí tumbado dormido profundamente.
Dormitar profundo y sin sueños, propio de la vejez, le pesaba.
De hecho, su sueño hoy era más profundo de lo normal, porque, según dormía, parecía como si la oscuridad se espesase a su alrededor.
Si soñaba algo, soñaba que dormía en el centro de un bosque primaveral, lejos de la luz del sol, lejos de las voces de la humanidad, aunque de vez en cuando, según dormía, soñaba oír el gorjeo de un pájaro que soñaba, o cómo el viento sacudía las ramas, la suave risa ahogada de la cría de un mono.
Entonces de pronto las ramas se separaron; la luz entró aquí y allá, con deslumbrantes rayos.
Los monos hablaban, los pájaros se levantaron gritando y llamando alarmados.
Se puso en pie bien despierto. Una increíble conmoción se estaba produciendo a su alrededor.
Se había quedado dormido entre las patas desnudas de una vulgar mesa de salón.
Ahora estaba rodeado por las ondulaciones de faldas y por el movimiento de pantalones.
Además, la misma mesa oscilaba violentamente de un lado al otro.
No sabía hacia dónde correr. ¿Qué estaba ocurriendo?
¿Qué poseía, Dios mío, a la mesa del salón?
Elevó el tono de su voz con un prolongado aullido de interrogación.
Cuando la señora Browning miró por primera vez la bola de cristal de lord Stanhope en un almuerzo no vio nada, excepto que, en efecto, era un destacable signo de los tiempos.
El espíritu del sol le dijo que ella se marcharía pronto a Roma; pero ella, como no estaba a punto de irse a Roma, contradijo a los espíritus del sol.
«Pero —añadió con sinceridad— me encanta».
De poco aventurera no tenía nada. Había ido a Manning Street arriesgando su vida.
Había descubierto un mundo con el que nunca habría soñado a media hora en coche de Wimpole Street.
¿Por qué no podía haber otro mundo, a menos de un instante de Florencia, un mundo mejor, más bello, donde habiten los muertos tratando en vano de alcanzarnos?
De todas maneras ella asumiría el riesgo.
Y así se sentó a la mesa. Y llegó el señor Lytton, el brillante hijo de un padre invisible; y el señor Frederick Tennyson y el señor Powers y M.
Villari; se sentaron todos a la mesa, y cuando esta comenzó con sus golpecitos, continuaron tomando el té, fresas con nata, con «Florencia disolviéndose en el púrpura de las colinas y las estrellas mirando»…
, hablando y hablando… «¡Qué historias contábamos, y qué milagros jurábamos que ocurrieron!
Aquí todos creemos, Isa, menos Robert». Luego irrumpió el sordo señor Kirkup, con su barba negra: «¡Hay un mundo espiritual, es el que nos aguarda en el futuro!
Lo confieso. Finalmente me he convencido».
Y cuando el señor Kirkup, cuyo credo había sido siempre «lo más próximo al ateísmo», se convirtió simplemente porque, a pesar de su sordera, había escuchado tres golpes tan fuertes que le sobresaltaron, ¿cómo podía el señor Browning apartar las manos de la mesa?
«Ya sabe usted que soy una visionaria que me inclino a llamar a todas las puertas del mundo actual para tratar de salirme de él», escribió.
Así que convocó a los fieles en Casa Guidi y allí estaban, las manos sobre la mesa, intentando salirse de este mundo.
Flush se llevó un susto tremendo. Faldas y pantalones ondeaban a su alrededor, la mesa se sostenía en un solo pie.
Pero por mucho que vieran y oyeran las damas y caballeros en torno a la mesa, Flush no oía nada.
En verdad, la mesa se sostenía con una sola pata, pero eso es lo habitual en las mesas si te apoyas con fuerza en un lado.
Él mismo había echado abajo mesas y le habían reñido por ello.
Pero la señora Browning tenía los ojos muy abiertos, como si viera algo maravilloso fuera.
Flush se precipitó hacia el balcón y miró.
¿Sería otro Gran Duque con banderas y antorchas?
Flush no vio más que a una anciana mendiga acurrucada en la esquina de la calle sobre su cesta de melones.
Pero era evidente que la señora Browning veía algo; y lo que estaba viendo era maravilloso.
Así, en los tiempos ya tan lejanos de Wimpole Street, una vez había llorado sin que él pudiera saber la razón; y otras veces había reído mirando unos garabatos.
Pero esto era diferente. Había algo nuevo en la mirada que le asustó.
Había algo en la habitación, o en la mesa, o en las sayas y pantalones, que le disgustaba profundamente.
A medida que pasaban las semanas, la preocupación de la señora Browning por lo invisible crecía.
Podía hacer un hermoso día de calor, pero, en vez de irse a ver cómo se deslizaban los lagartos por entre las piedras, se sentaba a la mesa; podía haber una noche estrellada, pero en vez de ponerse a leer en su libro, o pasar la mano sobre las hojas, llamaba, si el señor Browning no estaba en casa, a Wilson, y la señora Wilson acudía bostezando.
Se sentaban juntas a la mesa hasta que aquel mueble, cuya principal función era dar sombra, golpeteaba en el suelo y la señora Browning exclamaba que anunciaba a Wilson una enfermedad próxima.
Wilson le respondía que solamente tenía sueño.
Pero pronto la propia Wilson, la implacable, recta y británica Wilson, gritaba y se desmayaba, y la señora Browning correteaba de un lado a otro tratando de encontrar «el higiénico vinagre».
Para Flush eso era una manera muy desagradable de pasar una tarde tranquila.
Muchísimo mejor sentarse y leer un libro.
Sin duda la emoción expectante, el olor intangible pero desagradable, los golpecitos y los gritos y el vinagre perturbaron los nervios de Flush.
Estaba muy bien que el bebé, Penini, rezara para que «el pelo de Flush creciera»; era una aspiración que Flush entendía.
Pero esa forma de plegaria que requería la presencia de hombres malolientes y de aspecto descuidado y las payasadas de una pieza de sólida caoba le irritaban mucho, como irritaban a aquel robusto, sensato y bien vestido hombre, su amo.
Pero mucho peor para Flush que cualquier olor, mucho peor que cualquier payasada, era el aspecto del rostro de la señora Browning cuando miraba por la ventana como si estuviera viendo algo maravilloso cuando no había nada.
Flush se ponía frente a ella. Ella miraba como si él no estuviera delante.
Era la forma más cruel de mirarle que había tenido jamás.
Era peor que la fría cólera de ella cuando él había mordido al señor Browning en una pierna; peor que su sardónica carcajada cuando la puerta se había cerrado sobre su pata en Regent’s Park.
Hubo momentos en que echó de menos Wimpole Street y sus mesas.
Las mesas en el número 50 no solían hacer equilibrios sobre una pata.
La mesita con el aro alrededor donde ella ponía sus preciados adornos estaba siempre absolutamente quieta.
En aquellos días lejanos saltaba al sofá y la señorita Barrett se daba cuenta de su presencia y lo miraba.
Ahora, una vez más, él saltó al sofá. Pero ella no se dio cuenta.
Estaba escribiendo. No le prestó atención.
Siguió escribiendo: «Además, a petición del médium, las manos espirituales tomaron una guirnalda que allí estaba posada y la colocaron sobre mi cabeza.
En concreto la mano que hizo esto era la de mayor tamaño, tan blanca como la nieve, y muy hermosa.
Estaba tan cerca de mí como esta con la que escribo y la vi claramente».
Flush la tocó con viveza. Ella miró a través de él como si fuera invisible.
Él saltó del sofá y salió corriendo escaleras abajo, a la calle.