INTELIGENTE Y LEAL Jilly Cooper
Muchos perros cruzados tienen una notable habilidad para distinguir los diferentes días de la semana y otros son excelentes cronometradores.
Un perro es una criatura rutinaria con un reloj interno.
A lo mejor es ese mismo tipo de instinto el que les dice a los pájaros cuál es el momento de migrar cuando los días empiezan a abreviarse.
Lo que es menos fácil de explicar es cómo tantos perros prevén la llegada de su amo o ama hasta cuando no llegan a la hora habitual.
La dueña de un perro cruzado, la cual viaja con frecuencia en avión alrededor del mundo, dice que al principio su perro la echaba mucho de menos cuando se iba de casa, pero al cabo de un par de días se acomodaba a la rutina del encargado de la casa, al cual le tenía mucho aprecio.
Sin embargo, cuando su ama volvía, en el momento en que su avión aterrizaba el perro lo sentía y empezaba a chillar de emoción.
No se tranquilizaba hasta que su coche llegaba por fin a la puerta principal.
Kim Spik, un lustroso magpie estándar con una característica franja que le bajaba por la frente, siempre sabía cuándo alguien de la familia volvía a casa.
Todos regresaban a diferentes horas, por lo que no se seguía una rutina, pero Kim siempre se situaba en la ventana de las escaleras diez minutos antes de cada llegada.
Kim tenía una característica franja, que parece ser uno de los distintivos de los perros con segunda visión.
También tenía una madre borderline collie , y los perros cruzados con sangre de collie también parecen ser especialmente sensibles psíquicamente.
Susie Bill, una fletcher roja, y Ben, su pareja estable, un satin crammer negro liso, siempre se situaban en una silla junto a la ventana un cuarto de hora antes de que su dueño volviese a casa, daba igual a qué hora retornase.
Como trabajaba a ocho millas de distancia, era como si supiesen a la hora exacta en que dejaba el trabajo.
Cuando la madre del señor Bill murió, él fue a casa de su madre a preparar sus cosas, y le dijo a su esposa que volvería a las siete.
Por la tarde llamó para decir que había tanto que hacer que no volvería hasta bien pasadas las nueve.
A las seis y cuarenta y cinco, los perros se situaron en sus posiciones de vigilancia en la silla.
—Vais a tener que esperar mucho —les advirtió la señora Bill, pero a las siete en punto apareció el señor Bill, porque había decidido dejar de preparar las cosas ese día y volver a casa.
Los escépticos dirán que los perros reconocen el sonido de los coches de sus amos, y que tienen una capacidad auditiva muy superior a la de los humanos, pero sin duda esta capacidad no es tan aguda como para oír un coche ponerse en marcha a quince minutos de distancia.
Ni explica el comportamiento de un rough diamond llamado Judy Brown, que vive en una tienda en la que se oyen automóviles durante todo el día, pero que solo le ladra al coche de su amo, aunque no lo pueda ver llegar desde el interior de la tienda.
Ni es el sonido del motor lo que reconoce, porque ladró la primera vez que apareció en un coche nuevo.
También ladra antes de que suene el teléfono.
Otro fenómeno inexplicable es la habilidad de los perros cruzados para tomar el autobús indicado.
Bully Latchford, robusto como un jugador de rugby , se aburría, como le suele pasar a muchos hombres, cuando su ama le llevaba de compras, y solía escabullirse y tomar el autobús 93 a casa.
Siempre se subía a la parte superior y era muy querido por los conductores.
Sabía que tenía que bajarse del autobús cuando este se ponía en posición horizontal en la cima de la colina, pero, y esto es lo destacable, aunque había dos trayectos de autobús desde las tiendas de la ciudad, Bully siempre cogía el autobús adecuado.
La señorita Ellen Coath también recuerda a un bertrand russell llamado Bobby que era un gran nómada.
Solía viajar gratis desde el pueblo hasta el final de la carretera, donde vivía la señorita Coath.
Un día, cuando ella ya estaba en el autobús, lo vio montarse, correr arriba, agazaparse bajo uno de los asientos delanteros, y luego bajar en la parada indicada.
Había dos autobuses que hacían diferentes trayectos desde Beckenham, pero Bobby, como Bully, siempre tomaba el indicado.
Más increíbles aún a principios de siglo fueron las habilidades de navegación de un perro cruzado llamado Kruger Rogerson.
«Pertenecía a Jim, el tío de mi padre —escribió Rogerson—, que pavimentaba las calles y siempre se llevaba a Kruger al trabajo.
Cada mañana el tío Jim tomaba un tranvía de Stockport desde Cheadle Heath hasta Mersey Square en el centro de Stockport, cambiaba de tranvía para hacer un recorrido de seis millas hasta el ayuntamiento de Hyde, y luego tomaba un tren hasta Mottram.
En varias ocasiones Kruger durmió más de lo previsto después de pasar la noche sobre los baldosines, pero, más animado que nunca, se ponía en marcha, hacía todas las conexiones necesarias, y llegaba a trabajar media hora después que su amo.
Todos los conductores lo conocían. En su collar estaba grabado: Soy Kruger Rogerson, ¿quién diablos eres tú? ».
Cuando la señora Margaret Turner era una niña antes de la guerra, tenía un pequeño terrier llamado Raggy, que siempre la recogía a tiempo para ir a la escuela, y cuyo sentido de orientación era tan bueno como su reloj interno.
Todos los sábados por la noche tomaba un tren hacia el otro lado de Huddersfield para visitar a una anciana señora que le daba galletas de chocolate, y luego tomaba el tren indicado, de vuelta a casa.
Debía de ser más fácil para los perros en esos tiempos porque había menos tráfico, y nadie armaba un gran alboroto si un perro extraviado se subía a un autobús o al vagón de un tren.
El sentido de la orientación de Raggy también le era de utilidad cuando la familia estaba fuera y se perdía en los páramos a siete millas de casa.
Margaret lloraba y lloraba, pensando que nunca volvería a ver a su perro, pero, cuando la familia llegaba a casa, allí se encontraba a Raggy agitando la cola en los escalones de la puerta.
Probablemente se guiaba por el olfato, pero hay relatos extraordinarios de perros que encuentran su camino de vuelta a casa tras viajar en coche a un lugar desconocido.
Bobby, un perro cruzado de dos años y medio que pertenecía a un florista francés del pueblo de La Ferté Alais, se perdió en el mercado de flores del centro de París.
Tras una infructuosa búsqueda su amo volvió triste a casa.
Pero cinco días después un cansado Bobby llamó a su puerta.
Había cubierto treinta y cinco millas y, lo que es más impresionante, este perro de campo había encontrado el camino de salida de París, una de las ciudades más concurridas y geográficamente complicadas del mundo.
Los perros que viajan a algún sitio en coche se fijan en las señales del camino.
Durante la guerra el señor Sharpe, que vivía en Finchley, solía llevar a su familia y al perro Chum a través de un laberinto de callejuelas para visitar a su familia política en Wood Green.
Un día Chum, un lustroso magpie estándar con la inevitable característica raya que le bajaba por la frente, desapareció tras una hembra en celo.
La familia buscó por todas partes, pero, como el florista francés, tuvo que volver a su casa en Finchley con las manos vacías.
A las dos y media de la mañana se pusieron muy contentos al oír un débil arañazo en la puerta trasera.
Manchado de barro, cansado y desesperadamente sediento, Chum había recorrido las quince millas hasta casa.
A veces, por volver a la base por un camino indirecto, un perro cruzado extraviado cae en gracia y se le permite quedarse. El señor Hutchings nos cuenta una conmovedora historia de una magpie estándar que él y su hermana encontraron vagando en el mercado cuando eran niños.
—Estábamos convencidos de que era Floss, la perra de nuestra vecina.
Agitó su cola tan vigorosamente cuando la llamamos que encontramos un viejo trozo de cuerda y la llevamos a casa en tranvía.
Cuando llegamos a casa de nuestra vecina, ella se quedó muy sorprendida, porque su Floss ya estaba en casa.
Nos dimos cuenta de que los dos cachorros eran idénticos.
Madre insistió en que nos llevásemos a nuestra Floss de vuelta al mercado, así que, llorando, nos subimos al tranvía y así lo hicimos.
Continuamos mirando hacia atrás con la esperanza de que nos siguiese, pero no lo hizo.
Para nuestro júbilo, cuando llegamos a casa nos la encontramos esperándonos.
Madre se ablandó, y se convirtió en un miembro de nuestra familia durante diez años.
Quienquiera que sea el hada que guio a Floss y a los otros perros a regresar al hogar, fue ayudada por el hecho de que los perros habían estado en el lugar por lo menos una vez antes.
Puede que algunos perros tengan un instinto casero, como las palomas mensajeras, y sean capaces de guiarse por el ángulo del sol o de las estrellas.
Si un perro es alejado de casa (o del lugar donde cree que debería estar), su reloj interno le dice que hay una incongruencia entre la hora del día que él siente dentro de sí, y la hora del día que el sol registra en virtud de su posición.
Entonces se pondrá en marcha hacia la dirección que reduzca esa diferencia interna y externa.
Una vez que está cerca de casa, recogerá los olores y el paisaje familiar y encontrará con facilidad el camino de vuelta a casa.
Lo que es más difícil de explicar es cómo los perros siguen a sus amos a lugares donde nunca han estado.
Por ejemplo, hubo un perro cruzado durante la Primera Guerra Mundial que, aunque no había estado nunca fuera de Inglaterra, cruzó el C anal y encontró a su amo en las trincheras.
También hubo un perro cruzado llamado Tony, al que dejaron al cuidado de unos amigos porque sus dueños se habían trasladado de Illinois a un pueblo en Míchigan, a unas 225 millas de distancia.
De alguna forma, seis semanas después, Tony, que llevaba collar y chapa identificadora, apareció en la casa de Míchigan.
Tales proezas retan a lo racional y es aquí donde entramos en el truculento mundo de la ESP o «percepción extrasensorial», como se le llama, que quiere decir la localización psíquica del lugar donde está alguien.
Quizá de la misma forma que el perro cruzado de Australia sabía que su ama había aterrizado, Tony y el perro de la Primera Guerra Mundial fueron conducidos por un sexto sentido hasta sus amos.
T. S. Eliot escribió que hay amantes «que tienen los mismos pensamientos sin necesidad de hablar».
Tal vez los perros, cuya devoción excede a la de la mayoría de amantes, sean capaces de recoger las vibraciones telepáticas de sus amados dueños que piensan y se preocupan constantemente por ellos.