EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #6
—Este hombre era un jugador —dijo el cura—, y un hombre deshonrado por haber asumido riesgos y anticipado órdenes.
Probablemente un tanto inescrupuloso, porque cada policía imperial tiene más de policía secreto ruso de lo que nos gusta pensar.
Pero él había rebasado la línea y había fracasado.
Entonces, la tentación para este tipo de hombre es hacer una locura precisamente porque el riesgo le parecerá maravilloso retrospectivamente.
Se dirá: «Nadie salvo yo podía asumir el riesgo y comprender que era en ese momento o nunca.
Qué idea más salvaje y maravillosa, cuando lo junté todo: Donald caído en desgracia, se llama al abogado, a Herbert y a mí nos llaman al mismo tiempo, y luego nada más salvo la forma en la que el viejo me sonrió y agitó las manos.
Cualquiera diría que era una locura arriesgarme; pero es así como se hacen las fortunas, con un hombre que está lo suficientemente loco como para prever algo».
En pocas palabras, es la vanidad de adivinar.
Es la megalomanía del jugador. Cuanto más incongruente es la coincidencia, más instantánea es la decisión, hay más posibilidades de que aproveche la oportunidad.
El accidente, la trivialidad de la mancha blanca y del agujero en el seto, le embriagó como una visión de los deseos del mundo.
¡Nadie lo suficientemente listo como para ver tal combinación de accidentes podía ser tan cobarde como para no hacer uso de ellos!
Así es como el diablo le habla al jugador.
Pero el propio diablo difícilmente hubiese inducido a ese desdichado a rebajarse de una forma deliberada y despreciable y matar a un viejo tío del que siempre había esperado algo.
Sería demasiado respetable. —Hizo una pausa momentánea, y luego siguió con cierto énfasis—.
Y ahora intente imaginarse la escena, incluso tal y como usted la vio.
Cuando estaba allí de pie, mareado ante su diabólica oportunidad, miró hacia arriba y vio el extraño contorno que podía ser la imagen de su propia alma vacilante; el peñasco peligrosamente equilibrado sobre el otro como una pirámide sobre su punta, y recordó que se llamaba la Roca de la Fortuna.
¿Puede imaginarse cómo un hombre como ese interpretaría tal signo en un momento así?
Creo que le impulsó a actuar e incluso a burlar la vigilancia.
Aquel que puede ser una torre no debe temer ser una torre tambaleante.
De cualquier forma, actuó; la dificultad siguiente consistía en borrar las huellas.
Que le encontraran en posesión de un bastón de estoque, dejar abandonado un bastón de estoque manchado de sangre, sería fatal en la búsqueda que sin duda vendría después.
Si lo dejaba en algún sitio, lo encontrarían y probablemente se sabría de quién era.
Incluso si lo tiraba al mar podía ser que alguien se extrañara, pensó sensatamente, a menos que pudiese pensar alguna forma natural de encubrir su acción.
Como sabe, pensó en una, y muy buena. Como era el único de ustedes que llevaba reloj, les dijo que aún no era la hora de volver, pasearon un poco más y empezó el juego de lanzarle el palo al retriever .
¡Pero cómo debieron recorrer oscuramente sus ojos toda la desolada orilla antes de que se posasen en el perro!
Fiennes asintió, contemplando pensativamente el vacío. Su mente parecía haberse ido hasta una parte secundaria de la narración.
—Es curioso —dijo—, que después de todo el perro tuviese un papel en la historia.
—El perro casi le podría haber contado la historia, si pudiese hablar —dijo el cura—.
De lo que me quejo es de que, como no podía hablar, usted inventase la historia por él, y le hiciese hablar con la lengua de los hombres y de los ángeles.
Eso forma parte de algo que noto cada vez más en el mundo moderno, puede verse en los rumores que aparecen en los periódicos y en los temas de conversación; algo que es arbitrario sin ser una versión contrastada.
La gente se traga las afirmaciones no probadas de esto, aquello o lo otro.
Está ahogando todo el viejo racionalismo y escepticismo; viene como el mar, y su nombre es superstición.
—Se puso en pie bruscamente, con el rostro ensombrecido por el ceño fruncido, y siguió hablando como si estuviese solo—.
El primer efecto de no creer en Dios es perder el sentido común y no poder ver las cosas tal y como son.
Cualquier cosa de la que se hable, y de la que se afirme que tiene significado, se difunde indefinidamente como una visión de pesadilla.
Y un perro es un augurio, y un gato es un misterio, y un cerdo es una mascota y un coleóptero es un escarabajo, que hace resurgir la casa de bestias del politeísmo egipcio y de la vieja India; el perro Anubis y la gran Bastet de ojos verdes y todos los sagrados y aulladores toros de Basán; vuelta a los dioses bestiales del principio, escapando en elefantes y serpientes y cocodrilos; y todo porque teméis cuatro palabras: «Él se hizo Hombre».
El joven se levantó ligeramente desconcertado, casi como si hubiera sorprendido un soliloquio.
Llamó al perro y abandonó la habitación con un vago pero despreocupado adiós.
Pero tuvo que llamar dos veces al perro porque este permanecía detrás, casi inmóvil, mirando fijamente al padre Brown como el lobo había mirado a san Francisco.