Las mejores historias sobre perros EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #5
91%

EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #5

—El perro tenía mucho que ver —dijo el padre Brown—, como hubiera descubierto por sí mismo solo con tratarlo como un perro, y no como a Dios Todopoderoso juzgando las almas de los hombres.

—Se detuvo un momento como avergonzado y luego añadió con un aire apologético bastante patético—: La verdad es que me gustan mucho los perros.

Y creo que en todo este espeluznante atajo de supersticiones perrunas nadie pensó para nada en el pobre perro.

Por empezar por algo menor, que ladrase al abogado o gruñese al secretario.

Me preguntó cómo puedo adivinar las cosas a cien millas de distancia; honestamente ha sido gracias a usted, porque describió tan bien a la gente que reconocí a cada tipo.

Un hombre como Traill, que frunce el ceño con frecuencia y sonríe de forma forzada, un hombre que manosea los objetos, sobre todo cerca de su cuello, es un hombre nervioso y que se avergüenza con facilidad.

No me extraña que Floyd, el eficiente secretario, sea nervioso y asustadizo también; a menudo esos despabilados yanquis lo son.

Si no, no se hubiese cortado los dedos con la podadora y no la hubiese dejado caer cuando oyó a Janet Druce gritar.

Los perros detestan a la gente nerviosa.

No sé si ellos también ponen a los perros nerviosos; o si, al ser a fin de cuentas animales, les gusta intimidar; o si la vanidad canina (que es colosal) se siente ofendida si no gustan a alguien.

El pobre Nox protestaba contra esa gente sencillamente porque no le gustaban, porque le tenían miedo.

Ahora sé que es usted muy listo, y nadie con sentido común desprecia la inteligencia.

Pero a veces creo, por ejemplo, que es usted demasiado inteligente como para comprender a los animales.

A veces es usted demasiado listo como para comprender a los hombres, especialmente cuando actúan casi con tanta simpleza como los animales.

Los animales son muy literales; viven en un mundo de tópicos.

Fíjese en este caso: un perro ladra a un hombre y el hombre se aleja corriendo del perro.

Usted es demasiado complicado como para ver el hecho: el perro ladró porque no le gustaba el hombre y el hombre huyó porque tenía miedo del perro.

No tenían otros motivos ni los necesitaban; pero usted busca los misterios psicológicos, que no existen, y supone que el perro tuvo una visión sobrenatural y que actuó como un misterioso portavoz del destino.

Supone que el hombre no huyó del perro, sino del verdugo.

Si reflexiona un poco, toda esta profunda psicología es extremadamente improbable.

Si el perro de verdad pudiese saber completa y conscientemente quién era el asesino de su amo, no se hubiese quedado quieto ladrando como haría un coadjutor en un té; lo más probable es que se le hubiese tirado al cuello.

Y por otra parte, ¿de verdad cree que un hombre que ha tenido la sangre fría de matar a un viejo amigo y luego pasear sonriente entre la familia de este, bajo la mirada de su hija y un doctor post mortem , cree que un hombre así tendría remordimientos porque un perro ladre?

Puede que percibiese la trágica ironía; puede que se conmoviese su alma, como con cualquier otra trágica nadería.

Pero no correría por el jardín para escapar del único testigo que sabe que no puede hablar.

A la gente le entra ese tipo de pánico cuando tiene miedo, no de las trágicas ironías, sino de los dientes.

El asunto es más simple de lo que pueda suponer.

Pero entonces llegamos al asunto de la orilla, aquí las cosas son mucho más interesantes.

Como usted las contó, son mucho más enigmáticas.

No comprendí el cuento del perro que entraba y salía del agua; a mí no me pareció una cosa muy perruna.

Si Nox hubiese estado muy preocupado por otra cosa, puede que se hubiese negado a ir detrás del palo.

Probablemente se hubiese dedicado a olfatear en cualquiera que fuese la dirección por donde sospechaba que se iba a producir el daño.

Pero una vez que un perro persigue una cosa, una piedra, un palo o a un conejo, mi experiencia me dice que no se parará por nada salvo que se le dé una orden perentoria, y a veces ni siquiera con eso.

Que se dé la vuelta porque cambia de humor me parece impensable.

—Pero se dio la vuelta —insistió Fiennes—, y volvió sin el palo.

—Volvió sin el palo por la mejor razón del mundo —contestó el cura—.

Volvió porque no lo encontraba. Gimoteaba porque no podía encontrarlo.

Ese es el tipo de cosas por las que un perro gimotea de verdad.

Un perro es un animal ritualista, que es tan exigente de la precisa rutina de un juego como un niño lo es de la repetición precisa de un cuento de hadas.

En este caso algo había fallado en el juego.

Volvió para quejarse seriamente de la conducta del palo.

Nunca le había ocurrido nada parecido. Nunca un eminente y distinguido perro había sido tratado así por un asqueroso bastón.

—¿Cómo? ¿Qué había hecho el bastón? —preguntó el joven.

—Se había hundido —dijo el padre Brown. Fiennes no dijo nada, pero siguió mirando fijamente, y fue el cura quien continuó—: Se hundió porque realmente no era un palo, sino una barra de acero con un fino revestimiento de caña y una punta afilada.

En otras palabras, era un bastón de estoque.

Me imagino que un asesino nunca se ha deshecho de un arma ensangrentada de forma tan rara y a la vez de forma tan natural como es tirarla al mar para un retriever .

—Empiezo a comprender lo que quiere decir —admitió Fiennes—; pero, aunque fuera un bastón de estoque, no tengo ni idea de cómo se usó.

—Yo creo que me hice cierta idea —dijo el padre Brown—, al principio, cuando me dijo la palabra «cenador».

Y de nuevo cuando dijo que Druce llevaba una chaqueta blanca.

Mientras todo el mundo buscaba una daga corta, nadie pensó en ello; pero si admitimos que pudo ser una hoja bastante larga como puede ser un estoque, no es tan improbable.

—Se echó hacia atrás, mirando al techo, y empezó como alguien que vuelve a sus primeros pensamientos y fundamentos—: Todas estas discusiones sobre historias de detectives como en el cuarto amarillo, sobre un hombre al que se encuentra muerto en una cámara completamente cerrada en la que nadie podía entrar, no valen para este caso, porque es un cenador.

Cuando hablamos del cuarto amarillo, o de cualquier otra habitación, suponemos que tienen paredes que son completamente homogéneas e impenetrables.

Pero un cenador no está hecho de ese modo; suele ser, como en este caso, de forma entrelazada, con ramas y tiras de madera separadas, en las que hay grietas aquí y allá.

Había una exactamente detrás de la espalda de Druce cuando se sentó en su silla contra la pared.

Pero al igual que la habitación era un cenador, la silla era una silla de mimbre.

Eso también es un enrejado en forma de aspillera.

Por último, el cenador junto al seto; usted me acaba de decir que era realmente un seto muy estrecho.

Un hombre que estuviese fuera podría ver con facilidad, a pesar de la red de ramitas, ramas y cañas, la mancha blanca de la chaqueta del coronel de forma tan clara como el blanco de una diana.

Ahora bien, lo de la geografía lo dejó un poco vago; pero me fue posible atar cabos.

Dijo que la Roca de la Fortuna no estaba muy alta; pero también dijo que se la podía ver dominando el jardín como el pico de una montaña.

En otras palabras, estaba muy cerca del final del jardín, a pesar de que en su paseo tardó en rodearla.

Además, es poco probable que la joven gritase tanto como para que se la oyese a media milla.

Dio un grito corriente, involuntario, y a pesar de todo ustedes la oyeron en la orilla.

Y entre otras cosas interesantes que me contó, me permito el recordarle que dijo que Harry Druce se había quedado detrás encendiendo su pipa bajo el seto.

Fiennes se estremeció ligeramente.

—Quiere decir usted que sacó allí su estoque y que golpeó la mancha blanca a través del seto. Pero sin duda era un riesgo muy grande y una decisión muy repentina. Además, no podía estar seguro de que el dinero del anciano señor hubiese pasado a él, y de hecho no había pasado.

La cara del padre Brown se animó.

—Se equivoca con respecto al carácter del individuo —dijo, como si lo conociera de toda la vida—. Un carácter curioso pero no desconocido. Si hubiese sabido que el dinero era para él, de verdad creo que no lo hubiese hecho. Lo habría considerado tan sucio como realmente era.

—¿No es eso bastante paradójico? —preguntó el otro.