EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #4
—Eso lo provocó el testamento del coronel —dijo el padre Brown—.
El joven lo arriesgó todo para aprovecharse de la desgracia de Donald, especialmente cuando su tío le hizo llamar el mismo día que al abogado, y le recibió tan cariñosamente.
Sin la ayuda de su tío estaba acabado; había perdido su trabajo de policía; se había arruinado en Montecarlo.
Y se suicidó cuando se enteró de que había matado a su pariente para nada.
—¡Pare aquí un momento! —gritó el despavorido Fiennes—. Va demasiado rápido para mí.
—A propósito, hablando del testamento —continuó el padre Brown calmadamente—, antes de que se me olvide, o pasemos a cosas más importantes, había una explicación simple, creo, para lo del apellido del doctor.
Creo haber escuchado ambos apellidos antes en algún sitio.
El doctor es realmente un noble francés con el título de marqués de Villon.
Pero también es un ardiente republicano y ha abandonado su título y ha recuperado el olvidado apellido de la familia.
«Con su ciudadano Riquetti ha desconcertado a Europa durante diez días».
—¿Qué es eso? —preguntó el joven bruscamente.
—Da igual —dijo el cura—. Nueve de cada diez veces el cambio de apellido se debe a una bribonada; pero en este caso fue puro fanatismo.
Esa es la clave de su sarcasmo con respecto a que los americanos no tienen apellidos, es decir, que no tienen títulos.
En Inglaterra al marqués de Harrington nunca le llaman señor Harrington; pero en Francia al marqués de Villon le llaman M.
de Villon, por lo que puede parecer un cambio de apellido.
En cuanto a la conversación sobre matar, creo que eso también forma parte de la etiqueta francesa.
El doctor estaba hablando de retar a Floyd a un duelo, y la chica intentaba disuadirle.
—Ah, ya comprendo —dijo Fiennes lentamente—, ahora comprendo lo que ella quería decir.
—¿Y de qué se trata? —preguntó su compañero sonriendo.
—Bueno —dijo el joven—, es algo que me ocurrió antes de encontrar el cuerpo de ese pobre hombre; la catástrofe me hizo olvidarlo.
Supongo que es difícil recordar un pequeño idilio romántico cuando acabas de encontrarte con una tragedia.
Pero cuando bajaba por el camino que lleva al lugar del coronel me encontré a su hija paseando con el Dr. Valentine.
Ella estaba de luto, claro, y él siempre va de negro, como si fuese a un funeral; pero no puedo decir que sus caras fuesen muy fúnebres.
Nunca he visto a dos personas que parecieran tan respetablemente radiantes y alegres.
Pararon y me saludaron, y luego ella me dijo que se habían casado y vivían en una casita en las afueras del pueblo, donde el doctor seguía ejerciendo.
Esto me sorprendió bastante, porque sabía que en el anterior testamento de su padre le dejaba su propiedad; y se lo señalé delicadamente diciendo que me dirigía a la antigua casa de su padre y que más o menos esperaba encontrármela allí.
Pero ella se limitó a reír y dijo: «Ah, hemos dejado todo eso.
A mi esposo no le gustan las herederas».
Y descubrí con cierta sorpresa que habían insistido en devolverle la propiedad al pobre Donald, por lo que espero que se haya llevado un susto saludable y que sepa cuidarla sensatamente.
La verdad es que nunca hubo motivos de preocupación con él; es muy joven y su padre no muy avisado.
En relación con eso ella dijo algo que no comprendí en ese momento, pero ahora creo que es como usted dice.
Lo dijo con una especie de repentina y espléndida arrogancia completamente altruista: «Espero que esto detenga las protestas de ese idiota de pelo rojo sobre el testamento.
¿Cree que mi esposo, que ha dejado un penacho y una corona tan viejas como las cruzadas por sus principios, mataría a un viejo en su casa de verano por un legado como ese?
». Se rio de nuevo y añadió: «Mi esposo no mata a nadie como no sea en su trabajo.
Vamos, ni siquiera les dijo a sus amigos que se presentasen ante el secretario». Claro, ahora entiendo a qué se refería.
—Entiendo parte de lo que dijo, claro —indicó el padre Brown—. ¿Qué quería decir exactamente respecto a que el secretario discute el testamento?
Fiennes sonrió al responder:
—Me gustaría que conociese al secretario, padre Brown.
Le divertiría ver cómo hace que las cosas bullan, como él dice.
Hizo que la casa entera, enlutada, hirviera.
El funeral tenía la energía y el nervio del más brillante acontecimiento deportivo.
No había forma de pararle cuando se le ocurría una cosa.
Le he contado cómo vigilaba al jardinero cuando este se ocupaba del jardín, y cómo le daba lecciones de derecho al abogado.
No es necesario decir que también le dio clases de cirugía al cirujano; y como el cirujano era el Dr. Valentine, acabó acusándole de algo peor que ser un mal cirujano.
Al secretario se le metió en su roja cabeza que el doctor había cometido un crimen, y cuando la policía llegó se mostró sublime.
¿He de decir que se convirtió, en el mismo lugar, en el más grande de los detectives aficionados?
Sherlock Holmes nunca se puso por encima de Scotland Yard con un orgullo intelectual más titánico y despectivo que el del secretario privado del coronel Druce frente a la policía que está investigando la muerte del coronel.
Verle fue de lo más divertido. Andaba a zancadas de un lado para otro con aire absorto, sacudiendo su cresta de pelo escarlata y dando breves e impacientes respuestas.
Claro que fue su conducta durante estos días lo que hizo que la hija de Druce se enfureciese con él.
Claro que tenía una teoría. Es exactamente el tipo de teoría que un hombre tendría en un libro, y Floyd es el tipo de hombre que debería estar en un libro. Sería más divertido y molestaría menos.
—¿Cuál era su teoría? —preguntó el otro.
—Ah, era muy divertida —contestó Fiennes sombríamente—. Hubiese sido espléndida si se hubiese sostenido diez minutos más. Decía que el coronel aún estaba vivo cuando le encontraron en el cenador, y que el doctor le mató con los instrumentos quirúrgicos haciendo como que le cortaba la ropa.
—Entiendo —dijo el cura—. Me imagino que estaba tumbado boca abajo en el suelo enlodado durmiendo la siesta.
—Es una maravilla lo que hace la prisa —continuó su informador—.
Creo que Floyd habría publicado su gran teoría en los periódicos a toda costa, y a lo mejor habría hecho que arrestasen al doctor, cuando todo voló por los aires como con dinamita con el descubrimiento del muerto bajo la Roca de la Fortuna.
Y después de todo es a esto a lo que volvemos.
Me imagino que el suicidio es casi una confesión.
Pero nadie sabrá nunca toda la historia.
Hubo un silencio, y el cura dijo modestamente:
—Yo creo saber toda la historia.
Fiennes le miró fijamente.
—Pero, vamos a ver —exclamó—, ¿cómo puede saber toda la historia, o saber cuál es la verdadera historia?
Ha estado aquí sentado a cien millas de distancia, escribiendo un sermón; ¿quiere decirme que ya sabe lo que ocurrió?
Si de verdad ha llegado al final, ¿dónde ha empezado? ¿Qué le hizo elaborar su propia teoría?
El padre Brown se levantó de golpe con inusual agitación y su primera exclamación resonó como una explosión.
—¡El perro! —gritó—. ¡El perro, claro! Ha tenido la historia en sus manos cuando lo del perro en la playa, lo único que tenía que hacer era fijarse en él.
Fiennes le miró con más intensidad aún.
—Pero si antes me dijo que lo que yo pensaba de los perros eran insensateces, y que ese animal no tenía nada que ver.