EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #3
—Esa es la cuestión —contestó el informante ansiosamente—, los testigos eran Floyd, el secretario, y el tal Dr. Valentine, esa especie de cirujano extranjero o lo que sea; y los dos tuvieron una discusión.
Ahora me veo en la obligación de decir que el secretario es un entrometido.
Es una de esas personas apasionadas e impetuosas cuyo cordial temperamento desafortunadamente se convierte en terca desconfianza e irritabilidad, que recela de la gente en vez de confiar en ella.
Esos tipos apasionados de cabellos rojos son o totalmente crédulos o totalmente incrédulos; y a veces ambas cosas a la vez.
No solo conoce todos los oficios, sino que sabe más que cualquier profesional.
No solo lo sabe todo, sino que se dedica a advertir a unos contra otros.
Todo esto se tiene que tener en cuenta para entender sus sospechas sobre Valentine; pero en este caso en particular parece como si hubiera algo detrás de ello.
Dijo que el apellido Valentine no era su verdadero nombre.
Dijo que le conoció en otro lugar con el apellido De Villon.
Dijo que esto invalidaría el testamento; claro que fue lo bastante amable como para explicarle al abogado qué decía la ley al respecto.
Entonces los dos se enfadaron terriblemente.
El padre Brown se rio:
—Les suele ocurrir a las personas que van de testigos a los testamentos —dijo—, y eso quiere decir que no se les ha dejado ni un céntimo.
Pero ¿qué dijo el Dr. Valentine? Sin duda el secretario universal sabía más del nombre del doctor de lo que sabía este mismo.
Pero puede que hasta el doctor tuviese alguna información sobre su propio apellido.
Fiennes hizo una pausa antes de contestar:
—El Dr. Valentine se lo tomó de forma curiosa.
Es un hombre curioso. Tiene una apariencia bastante impresionante, pero muy extranjera.
Es joven, pero lleva una barba muy recortada, y su cara es muy pálida, terriblemente pálida y seria.
Sus ojos deben de sufrir de alguna dolencia, como si debiera llevar gafas, o como si pensar le produjese dolor de cabeza; pero es bastante apuesto y siempre va vestido muy formalmente, con sombrero de copa, una chaqueta oscura y una pequeña escarapela roja.
Sus modales son bastante fríos y altivos, y tiene una forma de mirar muy desconcertante.
Cuando se le acusó de haberse cambiado el apellido, simplemente miró como una esfinge y luego dijo, con una pequeña risa, que suponía que los americanos no tenían apellido que cambiar.
Ante esto creo que el coronel también se irritó y le dijo toda clase de improperios al doctor; y su enfado fue mayor por las pretensiones futuras del doctor a ocupar un lugar en su familia.
Pero no le hubiera dado mayor importancia si no hubiese sido por algunas palabras que casualmente oí después, a primera hora de la tarde de la tragedia.
No quiero exagerar su importancia, ya que no fueron de esas palabras a las que normalmente se da importancia.
Cuando salía con mis dos compañeros y el perro, oí voces que me indicaron que el Dr. Valentine y la señorita Druce se habían retirado a la sombra de la casa, en un ángulo tras una fila de plantas floridas, y se hablaban en susurros apasionados, a veces casi como siseos; porque aquello tenía tanto de pelea de amantes como de cita amorosa.
Las cosas que se dijeron no son como para repetirlas; pero en un desgraciado asunto como este estoy obligado a decir que se repitió más de una vez una frase sobre matar a alguien.
En realidad, parecía que la chica le rogaba que no lo matase, o que ninguna provocación justificaba matar a nadie; lo que resulta una inusual conversación con un caballero que ha venido a tomar el té.
—¿Sabe —preguntó el cura— si el Dr. Valentine parecía muy enfadado tras la escena con el secretario y el coronel, quiero decir, respecto a ser testigo del testamento?
—Sin duda —contestó el otro— no estaba ni la mitad de enfadado de lo que lo estaba el secretario. Fue el secretario quien se fue furioso tras haber atestiguado el testamento.
—¿Y qué pasó con el testamento? —dijo el padre Brown.
—El coronel era un hombre muy rico, y su testamento, importante.
En esos momentos Traill no nos quiso contar el cambio, pero esta mañana he escuchado que la mayor parte del dinero se la ha dejado a la hija en vez de al hijo.
Le dije que Druce estaba muy enfadado con mi amigo Donald por su vida disoluta.
—La cuestión del motivo ha quedado bastante ensombrecida por la cuestión del método —añadió el padre Brown pensativamente—. Por el momento, aparentemente, la señorita Druce es quien sale ganando con la muerte.
—¡Dios mío! ¡Cómo se puede hablar con tanta sangre fría! —exclamó Fiennes, mirándole fijamente—. No insinuará que ella…
—¿Se va a casar con el Dr. Valentine? —preguntó el otro.
—Hay gente que está en contra —contestó su amigo—. Pero en el lugar él es querido y respetado, y es un cirujano capaz y entregado.
—Tan entregado a la cirugía —dijo el padre Brown— que llevaba el instrumental quirúrgico con él cuando fue a visitar a la joven a la hora del té. Porque debió de utilizar un bisturí o algo semejante, y parece que no se fue a casa.
Fiennes se incorporó de pronto y le miró de forma inquisitiva.
—Insinúa que pudo utilizar su propio bisturí.
El padre Brown sacudió la cabeza:
—Todas estas hipótesis son simples fantasías por el momento —dijo—.
El problema no es quién lo hizo o qué hizo, sino cómo lo hizo.
Puede que encontremos a muchos hombres e incluso muchas herramientas: alfileres, tijeras y bisturíes.
Pero ¿cómo entró un hombre en el cenador? ¿Y cómo metió allí una aguja?
Miraba reflexivamente al techo a la vez que hablaba, pero al decir las últimas palabras alzó los ojos con inquietud como si de pronto hubiera descubierto allí una mosca extraña.
—Bueno, ¿qué haría usted? —preguntó el joven—. Tiene mucha experiencia, ¿qué recomienda que se haga?
—Me temo que no voy a ser de gran utilidad —dijo el padre Brown suspirando—.
No puedo dar ningún consejo sin siquiera haber estado cerca del lugar ni de la gente.
Por el momento lo único que se puede hacer es continuar con las pesquisas locales.
Me imagino que su amigo de la policía india será más o menos el que las dirija.
Yo bajaría a ver qué tal le va. Ver qué hace al estilo de los detectives aficionados. Puede que ya haya noticias.
Cuando sus invitados, el bípedo y el cuadrúpedo, desaparecieron, el padre Brown tomó su pluma y volvió a su interrumpida ocupación de planear un ciclo de conferencias sobre la encíclica Rerum novarum .
El tema era amplio y tuvo que volver sobre él varias veces, así que seguía dándole vueltas cuando dos días después un gran perro negro entró saltando en la habitación y se le echó encima con entusiasmo y emoción.
El dueño que seguía al perro compartía la emoción, aunque no el entusiasmo.
Su emoción era poco agradable, ya que sus ojos azules parecían salírsele de las órbitas y en su rostro, un tanto pálido, había una expresión de ansiedad.
—Me dijo —advirtió abruptamente y sin preámbulos— que averiguase qué hacía Harry Druce.
¿Sabe lo que ha hecho? —El cura no respondió, y el joven continuó hablando espasmódicamente—: Le diré lo que ha hecho.
Se ha suicidado. —Los labios del padre Brown se movieron levemente, y no había nada coherente en lo que decía, nada que tuviera que ver en absoluto con la historia o con este mundo—.
A veces me pone la carne de gallina —dijo Fiennes—. ¿Es que esto es lo que esperaba?
—Lo creí posible —dijo el padre Brown—; por eso le pedí que fuese y viera lo que hacía. Esperaba que a lo mejor no llegaría demasiado tarde.
—Fui yo quien lo encontró —dijo Fiennes con voz ronca—.
Es la cosa más desagradable y misteriosa que he visto nunca.
Volví a bajar al viejo jardín, y supe que había algo nuevo y poco natural en él aparte del asesinato.
Las flores aún estaban tiradas en montones azules a cada lado de la entrada negra que lleva al antiguo cenador gris; pero a mí las flores azules me parecían diablos azules que bailaban frente a una oscura caverna del submundo.
Miré a mi alrededor, todo parecía estar en su lugar habitual.
Pero dentro de mí creció una rara sensación de que había algo inhabitual en la forma del cielo.
Y luego me di cuenta de lo que era. La Roca de la Fortuna ha estado siempre en lo alto y al fondo, más allá del seto del jardín y contra el mar, pero la Roca de la Fortuna había desaparecido.
—El padre Brown había levantado la cabeza y escuchaba atentamente—.
Era como si una montaña se hubiese marchado andando del paisaje o como si la luna se hubiese caído del cielo; aunque yo sabía, claro está, que un toque en cualquier momento la habría desajustado por completo.
Corrí como un poseso por el camino del jardín abajo y arramplé con el seto como si fuese una tela de araña.
Realmente era un seto fino, aunque tan bien puesto que había servido de muro.
En la orilla encontré la roca suelta caída de su pedestal, y al pobre Harry Druce tendido debajo, destrozado.
Un brazo lo tenía encima, como en una especie de abrazo, como si se la hubiese tirado encima él mismo; y en las gruesas arenas marrones junto a él, en grandes y disparatadas letras, había garabateado las palabras: «La Roca de la Fortuna cae sobre el idiota».