Las mejores historias sobre perros EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #2
84%

EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton #2

—De la misma raza que ese —contestó Fiennes—.

Eso fue lo que me hizo empezar con la historia, cuando dijo que no se debía creer a un perro.

Es un gran retriever negro, llamado Nox, un nombre de lo más sugerente; porque creo que lo que hizo es un misterio aún más oscuro que el asesinato.

Ya sabe que la casa y el jardín de los Druce están junto al mar; nos alejamos como una milla andando por la arena y luego nos dimos la vuelta, yendo en la otra dirección.

Pasamos frente a una roca bastante curiosa llamada la Roca de la Fortuna, famosa en la zona porque es uno de esos ejemplos de roca que se balancea ligeramente sobre otra, por lo que un simple toque la haría caer.

La verdad es que no es muy alta, pero su silueta colgante le da un aire salvaje y siniestro; por lo menos esa es la sensación que me dio a mí, porque no creo que a mis joviales jóvenes compañeros les afligiera el pintoresco paisaje.

Pero puede ser que yo empezara a sentir la atmósfera; porque fue entonces cuando surgió la pregunta de si era hora de volver para tomar el té, y creo que fue entonces cuando tuve la premonición de que el tiempo era muy importante en el asunto.

Ni Herbert Druce ni yo teníamos reloj, por lo que llamamos a su hermano, que estaba unos cuantos pasos atrás, porque se había parado para encender su pipa bajo el seto.

Nos dijo con su potente voz, bajo la luz del atardecer, que eran las cuatro y veinte; y de alguna forma fue su intensidad la que la hizo sonar como la proclamación de algo tremendo.

Su inconsciencia pareció aumentarlo; pero siempre pasa así con los augurios, y los particulares tictacs del reloj fueron esa tarde realmente ominosos.

Según el testimonio del Dr. Valentine, el pobre Druce murió hacia las cuatro y media.

»Bueno, dijeron que no teníamos que volver a casa hasta pasados diez minutos y anduvimos un poco más por la playa, sin hacer nada en particular, arrojando piedras para el perro y lanzando palos al mar para que nadara detrás de ellos.

Pero para mí el crepúsculo parecía extenderse extrañamente opresivo, y la mismísima sombra de la pesada roca superior de la Roca de la Fortuna caía sobre mí como una carga.

Y entonces ocurrió algo curioso. Nox acababa de traer de vuelta del mar el bastón de Herbert y su hermano acababa de tirar también el suyo.

El perro volvió a nadar, pero, más o menos cuando debían de haber dado las cuatro y media, dejó de nadar.

Volvió a la orilla y se colocó frente a nosotros.

Entonces levantó la cabeza y lanzó un aullido o un quejido dolorido como nunca he escuchado.

»—¿Qué diablos le ocurre al perro? —preguntó Herbert, pero ninguno de nosotros supo contestar.

»Hubo un largo silencio después de que el quejido y el gimoteo se extinguieran en la desolada orilla; y entonces se rompió el silencio.

Tal y como lo viví, fue roto por un débil y lejano chillido, como el chillido de una mujer más allá de los setos del interior.

Entonces no supimos lo que era; pero después sí.

Fue el grito de la chica cuando vio por primera vez el cuerpo de su padre.

—Me imagino que volvieron —dijo el padre Brown pacientemente—. ¿Qué pasó después?

—Le diré lo que ocurrió después —dijo Fiennes con solemne énfasis—.

Cuando volvimos al jardín al primero que vimos fue a Traill, el abogado; aún le veo con su sombrero y sus bigotes negros que resaltaban sobre la perspectiva de las flores azules que se extendían hasta el cenador, con la puesta de sol y el extraño perfil de la Roca de la Fortuna en la lejanía.

Su rostro y su figura formaban una sombra contra la puesta de sol; pero juro que en el rostro se podían ver sus dientes blancos mientras sonreía.

»En el momento en que Nox vio al hombre se precipitó hacia él y se puso en medio del camino ladrándole como un loco, con aire asesino, lanzándole unas maldiciones, que casi parecían verbales, con un terrible e inconfundible odio.

Y el hombre se volvió y se marchó corriendo por el camino entre las flores.

El padre Brown se puso de pie con una sorprendente impaciencia.

—Así que el perro le denunció, ¿no? —gritó—.

El oráculo del perro le condenó. ¿Vio qué pájaros volaban y si estaban a la derecha o a la izquierda?

¿Consultó los augurios sobre los sacrificios?

Sin duda no se le olvidó rajar al perro y examinar sus entrañas.

Ese es el tipo de examen científico en el que vosotros, los paganos humanitarios, parecéis confiar cuando pensáis quitarle a un hombre su vida y su honor.

Fiennes se quedó sentado boquiabierto durante un instante antes de encontrar aliento para decir:

—¿Cómo? ¿Qué le ocurre? ¿Qué he hecho ahora?

Una especie de ansiedad volvió a los ojos del cura: la ansiedad de un hombre que en la oscuridad se golpea contra un poste y durante unos instantes se pregunta si lo ha dañado.

—Lo siento mucho —dijo con sincera desolación—. Le ruego que me disculpe por mostrarme tan brusco; por favor, perdóneme.

Fiennes le miró con curiosidad.

—A veces pienso que es usted más misterioso que cualquier misterio —dijo—.

Pero, de cualquier modo, si no cree en el misterio del perro, por lo menos no puede pasar por alto el misterio del hombre.

No puede negar que, en el mismísimo momento en que la bestia volvió del mar y rugió, el alma de su amo salió de su cuerpo mediante el soplido de una fuerza invisible que ningún mortal puede seguir o siquiera imaginarse.

Y en cuanto al abogado (no solo me guío por el perro) también hay otros extraños detalles.

Me pareció ese tipo de persona afable, sonriente y equívoca; y una de sus manías me pareció una especie de indicio.

Sabe que el doctor y la policía llegaron al lugar con toda rapidez; a Valentine lo trajeron de vuelta cuando se alejaba de la casa, y él llamó por teléfono al instante.

Eso, junto con la casa aislada, el número reducido de personas, el espacio cerrado, facilitó bastante investigar a todo el mundo que pudo estar cerca; y se les investigó a fondo, en busca de un arma.

Toda la casa, el jardín y la orilla se peinaron en busca de un arma.

La desaparición de la daga es casi tan disparatada como la desaparición del hombre.

—La desaparición de la daga —dijo el padre Brown, moviendo la cabeza.

Dio la impresión de que, de repente, estaba muy atento.

—Bueno —continuó Fiennes—, le dije que ese hombre, Traill, tenía la manía de jugar nerviosamente con su corbata y con el alfiler de esta, sobre todo con el alfiler.

Su alfiler, como él, era a la vez llamativo y pasado de moda.

Tiene una de esas piedras con anillos concéntricos rojizos que simulan un ojo; y concentrarme en él me ponía nervioso, como si fuese un cíclope con un ojo en el centro de su cuerpo.

Pero el alfiler no solo era grande, sino largo; y se me ocurrió que su ansiedad para ajustarlo estribaba en que era más largo de lo que parecía; en realidad tan largo como un estilete.

El padre Brown asintió pensativamente:

—¿Se habló de algún otro instrumento?

—Hubo otra sugerencia —contestó Fiennes— por parte de uno de los jóvenes Druce, quiero decir, los primos.

A nadie se le hubiera ocurrido que Herbert o Harry podrían ayudar en una búsqueda científica; pero mientras que Herbert es el prototipo tradicional del dragón fuerte, que no tiene más preocupación que los caballos y ser muy decorativo en la policía montada, su hermano más joven, Harry, estuvo en la policía india y sabía un poco de esas cosas.

En realidad a su manera es bastante listo, hasta creo que demasiado listo; quiero decir, que dejó la policía por quebrantar algún trámite y asumir cierto tipo de riesgo y responsabilidad por él.

En cierto modo es un detective sin trabajo y se metió en el asunto con más ardor que un aficionado.

Y fue con él con quien tuve una discusión con respecto al arma, una discusión que nos llevó a una cosa nueva.

No estuvo de acuerdo con mi descripción del perro que ladraba a Traill; dijo que un perro en sus peores momentos no ladra, sino que gruñe.

—En eso tiene bastante razón —añadió el cura.

—El muchacho continuó diciendo, en cuanto a eso, que había oído a Nox ladrar a otras personas antes de aquel momento; entre otros a Floyd, el secretario.

Le repliqué que la resolución de su argumento estaba en el propio argumento; porque hay tres o cuatro personas a las que no se les puede imputar el crimen, y menos a Floyd, que es tan inocente como un niño atolondrado, y que fue visto por todos encaramado sobre el seto del jardín con su abanico de cabellos rojos tan visible como una cacatúa escarlata.

»—Sé que de todas formas hay dificultades —dijo mi colega—; pero me gustaría que bajase conmigo al jardín un minuto. Quiero enseñarle algo que creo que nadie ha visto.

»Eso fue el mismo día del descubrimiento, y el jardín estaba como antes.

La escalera de tijera aún junto al seto, y justo debajo del seto se paró mi guía y desenredó algo de entre la profunda hierba.

Eran las podadoras utilizadas para recortar el seto, y en la punta de una de ellas había una mancha de sangre.

Se produjo un breve silencio, y después el padre Brown dijo:

—¿Qué hacía allí el abogado?

—Nos dijo que el coronel le había llamado para modificar su testamento —contestó Fiennes—. Y, a propósito, hay otra cosa respecto al testamento que debo mencionar. Verá, en realidad el testamento no se firmó en el cenador esa tarde.

—Me imagino que no —dijo el padre Brown—; hubieran tenido que estar presentes dos testigos.

—El abogado vino el día antes y se firmó entonces; pero le llamaron de nuevo al día siguiente porque el viejo tenía una duda respecto a uno de los testigos y quería que lo tranquilizaran.

—¿Quiénes eran los dos testigos? —preguntó el padre Brown.